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Fr. Julio González C. OCD TIEMPO DE PASCUA 2008 PALABRA Y ESPIRITUALIDAD Pastoral de Espiritualidad Frailes Carmelitas Viña del Mar – Chile |
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TERCERA SEMANA DE
PASCUA CICLO
A LUNES MARTES MIERCOLES JUEVES VIERNES SABADO Lecturas: a.-Hch. 2, 14. 22-28: No era posible que la muerte
dominará a Jesús b.- 1Pe. 1, 17-21: Habéis sido redimidos con la
sangre de Cristo. c.- Lc. 24, 13-35: Le reconocieron al partir el
pan. d.- San Juan de El
evangelio narra el encuentro de los discípulos de Emaús con Jesús resucitado,
aunque no lo reconocen con tal. Encontrarse con el resucitado es entrar en el
camino de la promesa y de la salvación, que la palabra de Dios suscita en el
mundo. El
verdadero camino lo señala Jesús: les enseña como el AT anunciaba que el
Mesías debía padecer para entrar en su (Lc. 24, 26-27). Les explica las
Escrituras, desde Moisés hasta los profetas todo lo que se refería a ÉL.
Todas las esperanzas y dolores de la humanidad que narran las Escrituras, con
el respaldo de Yahvé, desembocan en la cruz de Cristo. La vida humana,
encuentra aquí, toda su profundidad, Cristo se hizo hombre por nosotros, por
lo mismo, la humanidad alcanza su sentido en continua tensión hacia Si bien
Jesús les ha explicado las Escrituras, parecen escuchar razones, lo que no
significa creer en el Cristo resucitado. Pero una vez sentados para
cenar, el viajante toma el pan en sus manos, da gracias y
reparte el pan, entonces, sus ojos se abren (24,30-31.34). Todo lo anterior,
todos los datos dados por el forastero se concentran en un gesto, partir el
pan. Jesús resucitado es reconocible en Ellos
que se habían dispersado luego de la muerte de su maestro, ahora que tienen
una experiencia de encuentro con el resucitado, vuelven inmediatamente de
noche a Jerusalén y narran a los apóstoles cuanto han vivido y cómo
reconocieron a Jesús, resucitado, en la fracción del pan. De la dispersión
que han vivido de la comunidad, ahora regresan a ella para reconstruirla con
la propia vida, con su propio testimonio del paso del Señor por sus vidas.
Descubrieron que Jesús resucitado está presente allí donde se encuentran los
hermanos de fe. Como a los discípulos de Emaús, Juan de Lecturas a.- Hch. 6, 8-15: Prisión del diácono Esteban. b.- Jn. 6, 22-29: La obra que Dios quiere: cree en
su enviado. c.- San Juan de La
pasión del diácono Esteban, revive en cierto modo la pasión de Cristo, odio,
calumnia y prisión hasta morir
lapidado, hablan de un claro testimonio de fidelidad a la vocación recibida. Lucas,
fija su atención, además de los apóstoles, en lo diáconos, Esteban en este
caso: hace milagros, predica, lleno de celo y de gracia, un verdadero
apóstol. Por lo mismo sus palabras crean conflicto con el modo de pensar de
los judíos que venían de la diáspora, algo más liberales. Le acusan al
Sanedrín de ir contra las leyes del templo, con el mismo procedimiento
seguido a Jesús: testigos falsos, levantamiento del pueblo contra él, etc. Le
acusan de predicar que Jesús habría destruido el templo (Mc. 14, 58; Jn. 2,
19ss), y cambiar las tradiciones de
Moisés, etc. Esperaban y miraban con los ojos fijos a Esteban, una respuesta
a las acusaciones. Lo que vieron fue la gloria de Dios reflejada en su
rostro, favor concedido a sus testigos escogidos para hacerse conocer como a
Moisés (Ex. 34, 29ss), a Jesús transfigurado en el Tabor (Mt. 17,2), ahora
Esteban, el diácono. El signo
de los panes produjo en la muchedumbre, un gran impacto, lo que hace que
sigan a Jesús donde va, pero ÉL percibe otra realidad más profunda: “En
verdad, en verdad os digo: vosotros me buscáis, no porque habéis visto
señales, sino porque habéis
comido de los panes y os habéis saciado” (v. 26). Jesús sufre la
incomprensión de la muchedumbre que saciada hasta la hartura, quiere un dios
de consumo, que pueda manejar a placer, que sirva a sus intereses, un dios
comercial que vive de la demanda. Lo que Jesús reprocha es esta fe
supersticiosa, propia de una religión natural, que busca enclaustrar a Dios
en ritos y formulas de culto para servirse de lo divino. La
voluntad de Jesús es: “Obrad, no por
el alimento perecedero, sino por el alimento que permanece para vida eterna,
el que os dará el Hijo del hombre,
porque a éste es a quien el Padre, Dios, ha marcado con su sello. Ellos le dijeron:
¿Qué hemos de hacer para obrar las obras de Dios? Jesús les respondió: «La
obra de Dios es que creáis en quien él ha enviado” (Jn. 6, 27-29). Esta
obra, voluntad de Jesús, es aceptar al enviado del Padre, que es su Hijo,
creer en ÉL, sellado por el Padre con la divinidad. Sólo la fe permite
reconocer a Jesús como su Hijo y Mesías. De estas palabras de Jesús se
concluye que la fe es gracia y don de Dios, y al mismo tiempo, respuesta
libre del hombre. Permanecer en la fe, es permanecer para recibir el alimento
que perdura hasta la vida eterna, el pan de vida eterna. Este alimento sacia
también nuestra hambre de justicia y verdad, amor y paz para nosotros y para
la sociedad. Vivir el
camino de la fe, enseña Juan de Lecturas a.-Hch.7,51-59: Martirio de San Esteban. b.- Jn. 6, 30-35: Mi Padre os da el verdadero pan
del cielo. c.- San Juan de El
discurso de Esteban, además de un buena síntesis de la historia de Israel,
recalca las infidelidades continuas del pueblo para con Dios, rechazo de su
palabra. Les atribuye la muerte de los profetas, y ahora la muerte del Justo
por excelencia (Jn. 3, 14: Sap. 2,10ss), es decir, al Mesías. Las palabras de
Esteban en contra del Sanedrín era una crítica muy dura para sus oídos, para
sus conciencias, tanto que rechinaban sus dientes (v. 54). La
visión que contempla luego Esteban, los cielos abiertos, y el Hijo de Dios en
su gloria a la diestra del Padre (v.56) fue la gota que desató la ira de
todos los presentes. Era tanto como afirmar: Esteban ha tenido una teofanía
(Lc. 3,21), Dios aprobaba sus palabras; identificaba a Jesús de Nazaret con
el Hijo del Hombre. Más aún, quería decir que los cristianos, Esteban hablaba
como ellos, estaban en una justa relación con Dios, mientras que ellos,
permanecían en la distancia y resistencia a Dios (v.51). Ve a Jesús, participando
de la gloria de Dios y como Hijo del hombre exaltado era una blasfemia para
los judíos. Ellos lo habían condenado por blasfemo al declararse Hijo de
Dios, no podían soportar las palabras del acusado que los acusa del la
decisión tomada respecto a Jesús. Cumplen
la ley y lo sacan fuera de la ciudad (Nm.15, 23). La condena sería: quien
confiese a Jesús como Mesías, sea condenado a muerte; Esteban sufre el
martirio por lapidación, como testigo de Jesús, y muere como ÉL, perdonando a
sus enemigos: “Señor, no les tengas en cuenta este pecado” (v. 60). Si Jesús
quiere que crean en ÉL como enviado del Padre, que acepten sus palabras ¿qué
signos extraordinarios justifican esta exigencia de Jesús? (v. 30). El
razonamiento de los judíos es también quizás el nuestro. Desde el momento en
que se toca el tema del maná, ellos quieren signos como los que hacía Moisés,
si quiere que ser aceptado como un profeta de esa categoría. La respuesta de
Jesús es: “En verdad, en verdad os digo: No fue Moisés quien os dio el pan
del cielo; es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo; porque el pan
de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo” (Jn. 6, 32-33).
Moisés había dado un pan sobrenatural sí, pero que saciaba el hambre y la
necesidad física; lo que Jesús ofrece es mucho más ya que satisface todas las
exigencias existenciales del hombre. Quien lo acepta y coma como el verdadero
pan del cielo no tendrá nunca más hambre. “Entonces le dijeron: “Señor, danos
siempre de ese pan. Les dijo Jesús: “Yo soy el pan de la vida. El que venga a
mí, no tendrá hambre, y el que crea en
mí, no tendrá nunca sed” (vv. 34-35). Quien
acepta a Jesús como verdadero pan, que
quita el hambre, lo hace solo desde la fe. Sólo ella lo descubre como pan
bajado del cielo y solo la ella le revela sus necesidades más apremiantes, como hambre existencial,
que sólo Jesucristo puede saciar. Venir a ÉL es sinónimo de creer en ÉL.
Alimentarse con su pan es entrar en comunión perfecta con Dios. La gente
no había comprendido lo suficiente como para desear un pan que saciase
verdaderamente el hambre que aflige al hombre, como tampoco hoy tantos
cristianos dejen la comunión y se alimente de lo que no nutre para la vida
eterna. Quedémonos con las palabras: “Señor, danos siempre de ese pan” (v.
34). La
creación es en un comienzo la esposa que el Padre quiere para el Hijo, más
tarde será Lecturas a.-Hch. 8,1-8: Diáspora y evangelización. b.- Jn. 6, 35-40: El que cree tiene vida eterna. c.- San Juan de La
muerte de Esteban, le sirve a Lucas para presentar a Saulo, que aprobó la
muerte del diácono, sino que producto de ello la comunidad se dispersó y este
celoso fariseo hacía estragos en Felipe,
uno de los siete diáconos, es presentado como evangelista (Hch. 21,8),
predica y obra prodigios. Evangeliza Samaría, muy cercanos a los judíos, por
lengua y religión, aunque considerados por éstos como cismáticos y fuera de
la salvación. Termina este pasaje, destacando la alegría del pueblo, fruto de
la eficaz predicación de Felipe. Esta es una de las características de Lucas:
la alegría, el gozo, como consecuencia de la fe recibida, los prodigios que
obra en los hombres, la acción fecunda del Espíritu Santo de Dios en
ellos. Creer en
Aquél que el Padre ha enviado no depende de una lección que cada uno haga
libremente, sino antes que el hombre venga a Dios, Dios debe venir a él, para
que así la acción del hombre sea una respuesta. Jesús, viene del cielo,
cumple la voluntad del Padre. Todos los que Padre le entregue vendrán a ÉL, y
aquellos que vengan recibirán la vida eterna y resucitarán en el último día.
La verdadera venida de Cristo Jesús es en fe. Como don celestial, la fe
depende de Dios, pero una vez recibida es responsabilidad del hombre,
conservarla con una responsabilidad ineludible de decisión (Jn. 5, 40). Jesús
resalta esta responsabilidad cuando dice: “Vosotros me habéis visto, y no
creéis” (v. 36). Ver y no creer, una gran paradoja. Pan de
vida, hace una referencia a los orígenes de la vida y a su destino o
realidades últimas. Cristo Jesús, es la vida eterna prometida al hombre desde
el comienzo y a la que ahora puede acceder por medio de la fe. Nuestros
primeros padres probaron el árbol de la vida y su fruto fue la muerte.
Quisieron construir su felicidad lejos de Dios, el resultado la muerte y la
expulsión del paraíso. La esperanza de restaurar el paraíso no se perdió. La
sinagoga veía en La
resurrección a la que alude Juan: todos aquellos que ven al Hijo y crean
tendrán vida eterna y resucitarán el último día, se vive en la eucaristía en
clave de fe y de futuro (vv. 39-40). En cada eucaristía vivimos el aquí y el
ahora de la vida nueva de los creen en ÉL, lo contemplan y lo comen como pan
de vida, pan vivo que da vida eterna. Desde que comienza a creer por medio de
la fe, la semilla de la vida eterna comienza a germinar. Esta es la entrega
de la que habla Juan de Lecturas a.- Hch. 8, 26-40: Felipe y el eunuco. b.- Jn. 6, 44-51: Yo soy el pan vivo. c.- San Juan de La
conversión del etíope es todo un hito en la evangelización que lleva a cabo
Felipe, pues es el primer pagano que se convierte a la fe, leyendo un pasaje
del profeta Isaías. La tarea de Felipe, fue llevarlo a Jesucristo e indicarle
que aquel de quien habla el profeta es Jesús de Nazaret. Predicarle Si vamos
a Jesucristo, es por voluntad el Padre, quiere que seamos sus hijos, para
darnos vida nueva y resurrección al final, al último día. La condición para
adquirir tal divinidad es la de escuchar al Padre, por medio del Hijo y
aprender su querer. Creerle al Hijo es poseer ya la vida eterna, sólo en ÉL
se encuentra la fuente de la vida, porque Jesucristo es vida. Al
identificarse, Jesús, con el pan de vida, significa que comunica vida a quien
se alimenta de ÉL; el maná fue alimento pasajero, que quitaba el hambre pero
no daba la saciedad de la que está hablando Jesús. Los que lo comieron,
murieron en el desierto. Este pan baja del cielo, para adquirir vida eterna,
vivir para siempre en la compañía del Señor, es el pan que se nos da es su
carne para vida del mundo. Nótese que habla de pan para esta vida de
itinerantes en el camino de la fe hacia la casa del Padre, por lo tanto es el
pan que se nos da en el banquete de Hoy más
que nunca los cristianos necesitamos escuchar a Dios, para aprender,
reconocer a su Hijo en su palabra y en La
comunidad eclesial debe reaccionar y de la fuerza que da Lecturas a.- Hch. 9, 1-20: Conversión de San Pablo. b.- Jn. 6, 52-58: Mi carne es verdadera comida. c.- San Juan de La
conversión de Saulo, es otro de los grandes hitos del libro de los Hechos. El
perseguidor es ahora perseguido por la gracia y camino de Damasco se produce
el encuentro donde del ¿por qué me persigues?, le sigue otra pregunta: ¿quién
eres Señor? (v. 4). Jamás
Saulo, se imaginó este encuentro con Jesús resucitado, menos cuando el iba a
Damasco en busca de cristianos para encarcelar, por ser miembros de esta
nueva secta. Esta conversión va marcar el rumbo de los acontecimientos en la
intención de Lucas que dedicará buena parte de su obra a relatar las
actividades del apóstol de los gentiles, como lo insinúa el propio Jesús, en
su diálogo con Ananías será instrumento elegido para esa misión (vv. 15-16).
La imposición de manos por parte de Ananás colma del Espíritu Santo a Saulo y
recibe el bautismo. Esta experiencia paulina será seguida a lo largo de los
siglos por muchos santos y santas que descubren en este acontecimiento el
interés de Jesús de escoger a sus discípulos y testigos para el bien de su
Iglesia. ¿Cómo
puede este darnos a comer su carne? (v. 52). Fue la interrogante de los que
escuchaban a Jesús en la sinagoga de Cafarnaún. Jesús no se detiene ni en el
cómo ni en la respuesta que ellos esperan. Va más allá, a los efectos de la
comida: vida eterna y comunión con ÉL y con el Padre. Asegura que si no se
comen su carne ni se beben su sangre, no hay vida en ellos, en cambio, quien
lo hace, es decir, quien come su carne y bebe su sangre, tiene vida eterna;
su carne es verdadera comida, su sangre es verdadera bebida; más aún, “el que
come mi carne y bebe mi sangre, habita en mí y yo en él” (v. 56). El lenguaje
es duro pero real, Jesús habla de comer su carne y beber su sangre. No vale
la interpretación materialista ni antropofágica, ni el simbolismo protestante,
sino la realidad sacramental, que nos deja el propio Jesús, en su despedida
del jueves santo. Si en un
comienzo Jesús en su discurso une la vida eterna a la fe, creer en el Aquel
enviado del Padre, en esta segunda parte, la vincula con la comunión con su
cuerpo y sangre, verdadera comida, verdadera bebida. Se necesita fe para la
vida nueva de hijos de Dios, fe para vivir la eucaristía, fe para recibir el
cuerpo y sangre de Cristo, como fuente
de vida eterna para quien comulga. Sin fe
no hay vida ni sacramento ni comunión con Jesucristo, de ahí que al comulgar
decimos “Amén” cuando se nos presenta a Jesús sacramentado: “Este es el
Cuerpo de Cristo”. La fe precede al
sacramento y éste la expresa y alimenta. La comunión significa nuestro vivir
en Cristo, pero fundamentalmente su vivir en nosotros con la misma dimensión
con que ÉL habita en su Padre. Comunión eucarística que me abre a la comunión
trinitaria, vida intratrinitaria de amor y conocimiento, alianza de Dios con
el hombre, por medio del cuerpo y la sangre de Cristo. El
hablar de la carne, mejor dicho, de su carne y de su sangre en labios de
Jesús denota la importancia del misterio de La
visión beatífica comienza en el alma del cristiano desde que comienza a amar a Dios y cumplir su palabra
concientemente. Sacramentalmente, desde el Bautismo. Viene al alma ha habitar
el Padre y el Hijo, también después de cada comunión eucarística, hecha con
fe, pan que da vida eterna en el aquí y ahora. ¡Qué de bienes trae consigo
cada visita del Señor! Es lo que enseña Juan de Lecturas a.-Hch. 9, 31-42: Pedro resucita a una mujer. b.- Jn. 6, 60-69: Reacciones al discurso del pan
de vida. c.- San Juan de Las
reacciones al discurso de Jesús no se hacen esperar: unos en contra otros a
favor, unos no creen a sus palabras, otros tratan de comprenderlas. Por boca
de Pedro y los apóstoles con él están a su favor, el pueblo en contra, la
mayoría. El tema de trasfondo es la fe o la incredulidad que provoca la gran
crisis y con el que termina su
ministerio de Jesús en Galilea. Si la
crisis afectó al pueblo, no quedaron inmunes los apóstoles que reconocen que
el discurso de Jesús es un lenguaje duro de comprender: “¿Quién puede
escucharlo?” (v. 60). Jesús comprende que lo pueden abandonar no sólo el
pueblo sino también sus propios
discípulos: “¿También vosotros queréis marcharos? Le respondió Simón Pedro:
«Señor, ¿donde quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros
creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios” (vv. 67-69). A pesar del duro
lenguaje los apóstoles siguen fieles a Jesús con lo que se demuestra que sin comprender el discurso, lo aceptan
porque viene de Jesús, como el Santo de Dios,
título sinónimo de Mesías (Mc. 1, 24). Las palabras de Pedro son una
clara profesión de fe, parecida a la que también hace en Cesarea de Filipo,
según los sinópticos (Mt. 16, 16), aquí en Cafarnaún según Juan. En la
vida cristiana también hay momentos en que la fe vacila y nos asalta la duda:
seguir o abandonar a Jesús. Cansa vivir los valores del reino, cansa la
fidelidad a Dios y se nos hace duro el evangelio, y es entonces, cuando
aparece el olimpo de los dioses sustitutos (dinero y poder, soberbia y
egoísmo, consumismo y placer) del único y verdadero Dios. En la vida del
hombre es legítimo buscar lo que lo lleve a su realización personal, el joven
busca su futuro, el casado y profesional busca mantener su dignidad como
padre, esposo y hombre de trabajo, también el anciano mantiene su esperanza
de reconocimiento de una vida entregada con experiencia regalada para quien
se la pida. Lo mismo
en la fe. Este es un camino que va en búsqueda de Dios, saliendo de Egipto de
nuestras cautividades o de Ur, como Abraham, atravesar el desierto que lo
purifica, la noche diría Juan de Fr. Julio
González C. OCD |
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Caminando con Jesus |
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