Fr. Julio González C. OCD

 

TIEMPO DE PASCUA

2008

 

PALABRA Y ESPIRITUALIDAD

Pastoral de Espiritualidad

Frailes Carmelitas

Viña del Mar – Chile

 

                         

TERCERA SEMANA DE PASCUA

CICLO A

DOMINGO

LUNES     MARTES     MIERCOLES     JUEVES     VIERNES     SABADO


 

DOMINGO

Lecturas:

a.-Hch. 2, 14. 22-28: No era posible que la muerte dominará a Jesús

b.- 1Pe. 1, 17-21: Habéis sido redimidos con la sangre de Cristo.

c.- Lc. 24, 13-35: Le reconocieron al partir el pan.

d.- San Juan de la Cruz: “Y a tanto llegaba esta dificultad de entender los dichos de Dios como convenía, que hasta sus mismos discípulos que con el habían andado, estaban engañados; cual eran aquellos dos que después de su muerte iban al castillo de Emaús, tristes, desconfiados y diciendo (Lc. 24, 21): Nosotros esperábamos que había de redimir a Israel, y entendiendo ellos también que había de ser la redención y señorío temporal. A los cuales, apareciendo Cristo nuestro Redentor, reprendió de insipientes y pesados y rudos de corazón para creer las cosas que habían dicho los profetas (Lc. 24, 25)” (2S 19, 9). 

El evangelio narra el encuentro de los discípulos de Emaús con Jesús resucitado, aunque no lo reconocen con tal. Encontrarse con el resucitado es entrar en el camino de la promesa y de la salvación, que la palabra de Dios suscita en el mundo.

El verdadero camino lo señala Jesús: les enseña como el AT anunciaba que el Mesías debía padecer para entrar en su (Lc. 24, 26-27). Les explica las Escrituras, desde Moisés hasta los profetas todo lo que se refería a ÉL. Todas las esperanzas y dolores de la humanidad que narran las Escrituras, con el respaldo de Yahvé, desembocan en la cruz de Cristo. La vida humana, encuentra aquí, toda su profundidad, Cristo se hizo hombre por nosotros, por lo mismo, la humanidad alcanza su sentido en continua tensión hacia la Pascua porque Jesús asume todo su pecado para liberarla de su esclavitud y llevarla a una vida nueva con todo lo bueno que también hay en el hombre. El Hijo de Dios asume todo el dolor de la humanidad  y permanece la esperanza de la resurrección en el corazón de los creyeron en su palabra.

Si bien Jesús les ha explicado las Escrituras, parecen escuchar razones, lo que no significa creer en el Cristo resucitado. Pero una vez sentados para cenar,  el viajante  toma el pan en sus manos, da gracias y reparte el pan, entonces, sus ojos se abren (24,30-31.34). Todo lo anterior, todos los datos dados por el forastero se concentran en un gesto, partir el pan. Jesús resucitado es reconocible en la Eucaristía. Cuando reaccionan y quieren retenerlo, ya no está entre ellos. Hay que buscarlo y encontrarlo de otro modo en la fe y en la eucaristía, acompañando la vida de los hombres como palabra y alimento para su Iglesia desde su misterio de resucitado. 

Ellos que se habían dispersado luego de la muerte de su maestro, ahora que tienen una experiencia de encuentro con el resucitado, vuelven inmediatamente de noche a Jerusalén y narran a los apóstoles cuanto han vivido y cómo reconocieron a Jesús, resucitado, en la fracción del pan. De la dispersión que han vivido de la comunidad, ahora regresan a ella para reconstruirla con la propia vida, con su propio testimonio del paso del Señor por sus vidas. Descubrieron que Jesús resucitado está presente allí donde se encuentran los hermanos de fe.

Como  a los discípulos de Emaús, Juan de la Cruz, nos exhorta a confiar en las Escrituras y no ser tardos en comprenderlas, sino dejarnos inflamar el corazón en fe ardiente de reconocer a Jesús en la Eucaristía, vida para nosotros y para el mundo. Palabra, Eucaristía y vida fraterna, un camino nuevo de santidades la comunidad eclesial.


LUNES

Lecturas

a.- Hch. 6, 8-15: Prisión del diácono Esteban.

b.- Jn. 6, 22-29: La obra que Dios quiere: cree en su enviado.

c.- San Juan de la Cruz: “De donde, pues es verdad que siempre se ha de estar en lo que Cristo nos enseñó, y todo lo demás no es nada ni se ha de creer si no conforma con ello, en vano anda el que quiere ahora tratar con Dios a modo de la Ley Vieja” (2S 22,8).     

La pasión del diácono Esteban, revive en cierto modo la pasión de Cristo, odio, calumnia y prisión hasta  morir lapidado, hablan de un claro testimonio de fidelidad a la vocación recibida.

Lucas, fija su atención, además de los apóstoles, en lo diáconos, Esteban en este caso: hace milagros, predica, lleno de celo y de gracia, un verdadero apóstol. Por lo mismo sus palabras crean conflicto con el modo de pensar de los judíos que venían de la diáspora, algo más liberales. Le acusan al Sanedrín de ir contra las leyes del templo, con el mismo procedimiento seguido a Jesús: testigos falsos, levantamiento del pueblo contra él, etc. Le acusan de predicar que Jesús habría destruido el templo (Mc. 14, 58; Jn. 2, 19ss), y cambiar  las tradiciones de Moisés, etc. Esperaban y miraban con los ojos fijos a Esteban, una respuesta a las acusaciones. Lo que vieron fue la gloria de Dios reflejada en su rostro, favor concedido a sus testigos escogidos para hacerse conocer como a Moisés (Ex. 34, 29ss), a Jesús transfigurado en el Tabor (Mt. 17,2), ahora Esteban, el diácono. 

El signo de los panes produjo en la muchedumbre, un gran impacto, lo que hace que sigan a Jesús donde va, pero ÉL percibe otra realidad más profunda: “En verdad, en verdad os digo: vosotros me buscáis, no porque habéis visto señales,          sino porque habéis comido de los panes y os habéis saciado” (v. 26). Jesús sufre la incomprensión de la muchedumbre que saciada hasta la hartura, quiere un dios de consumo, que pueda manejar a placer, que sirva a sus intereses, un dios comercial que vive de la demanda. Lo que Jesús reprocha es esta fe supersticiosa, propia de una religión natural, que busca enclaustrar a Dios en ritos y formulas de culto para servirse de lo divino.

La voluntad de  Jesús es: “Obrad, no por el alimento perecedero, sino por el alimento que permanece para vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre,          porque a éste es a quien el Padre, Dios,  ha marcado con su sello. Ellos le dijeron: ¿Qué hemos de hacer para obrar las obras de Dios? Jesús les respondió: «La obra de Dios es que creáis en quien él ha enviado” (Jn. 6, 27-29).          

Esta obra, voluntad de Jesús, es aceptar al enviado del Padre, que es su Hijo, creer en ÉL, sellado por el Padre con la divinidad. Sólo la fe permite reconocer a Jesús como su Hijo y Mesías. De estas palabras de Jesús se concluye que la fe es gracia y don de Dios, y al mismo tiempo, respuesta libre del hombre. Permanecer en la fe, es permanecer para recibir el alimento que perdura hasta la vida eterna, el pan de vida eterna. Este alimento sacia también nuestra hambre de justicia y verdad, amor y paz para nosotros y para la sociedad.

Vivir el camino de la fe, enseña Juan de la Cruz, es caminar en el querer de Jesucristo, como los presenta la Palabra y la Iglesia nos enseña, teniendo a sus pastores como voz del Maestro y guías en el camino de la salvación. La eucaristía alimento de este caminar por la vida nos invita a la oración y compartir la fe y el pan con quien no tiene nada con que saciar su hambre de pan y de fe.


MARTES

Lecturas

a.-Hch.7,51-59: Martirio de San Esteban.

b.- Jn. 6, 30-35: Mi Padre os da el verdadero pan del cielo.

c.- San Juan de la Cruz: Dice el Padre al Hijo: “Una esposa que te ame,/ mi Hijo, darte quería, /que por tu valor merezca/ tener nuestra compañía / y comer pan a una mesa/ de el mismo que yo comía, /porque conozca los bienes / que en tal Hijo yo tenía / y se congracie conmigo/ de tu gracia y lozanía” (Romance sobre el evangelio “In principio erat Verbum” 3).

El discurso de Esteban, además de un buena síntesis de la historia de Israel, recalca las infidelidades continuas del pueblo para con Dios, rechazo de su palabra. Les atribuye la muerte de los profetas, y ahora la muerte del Justo por excelencia (Jn. 3, 14: Sap. 2,10ss), es decir, al Mesías. Las palabras de Esteban en contra del Sanedrín era una crítica muy dura para sus oídos, para sus conciencias, tanto que rechinaban sus dientes (v. 54).

La visión que contempla luego Esteban, los cielos abiertos, y el Hijo de Dios en su gloria a la diestra del Padre (v.56) fue la gota que desató la ira de todos los presentes. Era tanto como afirmar: Esteban ha tenido una teofanía (Lc. 3,21), Dios aprobaba sus palabras; identificaba a Jesús de Nazaret con el Hijo del Hombre. Más aún, quería decir que los cristianos, Esteban hablaba como ellos, estaban en una justa relación con Dios, mientras que ellos, permanecían en la distancia y resistencia a Dios (v.51). Ve a Jesús, participando de la gloria de Dios y como Hijo del hombre exaltado era una blasfemia para los judíos. Ellos lo habían condenado por blasfemo al declararse Hijo de Dios, no podían soportar las palabras del acusado que los acusa del la decisión tomada respecto a Jesús.

Cumplen la ley y lo sacan fuera de la ciudad (Nm.15, 23). La condena sería: quien confiese a Jesús como Mesías, sea condenado a muerte; Esteban sufre el martirio por lapidación, como testigo de Jesús, y muere como ÉL, perdonando a sus enemigos: “Señor, no les tengas en cuenta este pecado” (v. 60).  

Si Jesús quiere que crean en ÉL como enviado del Padre, que acepten sus palabras ¿qué signos extraordinarios justifican esta exigencia de Jesús? (v. 30). El razonamiento de los judíos es también quizás el nuestro. Desde el momento en que se toca el tema del maná, ellos quieren signos como los que hacía Moisés, si quiere que ser aceptado como un profeta de esa categoría. La respuesta de Jesús es: “En verdad, en verdad os digo: No fue Moisés quien os dio el pan del cielo; es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo; porque el pan de Dios  es el que baja del cielo  y da la vida al mundo” (Jn. 6, 32-33). Moisés había dado un pan sobrenatural sí, pero que saciaba el hambre y la necesidad física; lo que Jesús ofrece es mucho más ya que satisface todas las exigencias existenciales del hombre. Quien lo acepta y coma como el verdadero pan del cielo no tendrá nunca más hambre. “Entonces le dijeron: “Señor, danos siempre de ese pan. Les dijo Jesús: “Yo soy el pan de la vida. El que venga a mí, no tendrá hambre,  y el que crea en mí, no tendrá nunca sed” (vv. 34-35).

Quien acepta  a Jesús como verdadero pan, que quita el hambre, lo hace solo desde la fe. Sólo ella lo descubre como pan bajado del cielo y solo la ella le revela sus necesidades  más apremiantes, como hambre existencial, que sólo Jesucristo puede saciar. Venir a ÉL es sinónimo de creer en ÉL. Alimentarse con su pan es entrar en comunión perfecta con Dios.

La gente no había comprendido lo suficiente como para desear un pan que saciase verdaderamente el hambre que aflige al hombre, como tampoco hoy tantos cristianos dejen la comunión y se alimente de lo que no nutre para la vida eterna. Quedémonos con las palabras: “Señor, danos siempre de ese pan” (v. 34).

La creación es en un comienzo la esposa que el Padre quiere para el Hijo, más tarde será la Iglesia en la que se come el pan de la Eucaristía, sentarse a su mesa es entrar en comunión con el Padre y el Hijo, pero también con sus bienes para congraciarse con Dios de la gracia que el Hijo nos ha dispensado en este banquete y darnos vitalidad nueva, vigor que nutre y sacia hasta la eternidad.


MIERCOLES

Lecturas

a.-Hch. 8,1-8: Diáspora y evangelización.

b.- Jn. 6, 35-40: El que cree tiene vida eterna.

c.- San Juan de la Cruz: “El alma que quiere que Dios se le entregue todo, se ha de entregar toda, sin dejar nada para sí” (D 132)

La muerte de Esteban, le sirve a Lucas para presentar a Saulo, que aprobó la muerte del diácono, sino que producto de ello la comunidad se dispersó y este celoso fariseo hacía estragos en la Iglesia metiendo en la cárcel a hombres y mujeres que habían adherido a la nueva fe. Sin embargo, no todo fue tan malo ya que la persecución produjo la expansión de la fe porque los discípulos predicaron la palabra en esos lugares. Se puede afirmar que la persecución provocada por el martirio de Esteba, abrió el Evangelio a los paganos. Sólo lo apóstoles permanecieron en Jerusalén para asegurar la continuidad de la comunidad.

Felipe, uno de los siete diáconos, es presentado como evangelista (Hch. 21,8), predica y obra prodigios. Evangeliza Samaría, muy cercanos a los judíos, por lengua y religión, aunque considerados por éstos como cismáticos y fuera de la salvación. Termina este pasaje, destacando la alegría del pueblo, fruto de la eficaz predicación de Felipe. Esta es una de las características de Lucas: la alegría, el gozo, como consecuencia de la fe recibida, los prodigios que obra en los hombres, la acción fecunda del Espíritu Santo de Dios en ellos. 

Creer en Aquél que el Padre ha enviado no depende de una lección que cada uno haga libremente, sino antes que el hombre venga a Dios, Dios debe venir a él, para que así la acción del hombre sea una respuesta. Jesús, viene del cielo, cumple la voluntad del Padre. Todos los que Padre le entregue vendrán a ÉL, y aquellos que vengan recibirán la vida eterna y resucitarán en el último día. La verdadera venida de Cristo Jesús es en fe. Como don celestial, la fe depende de Dios, pero una vez recibida es responsabilidad del hombre, conservarla con una responsabilidad ineludible de decisión (Jn. 5, 40). Jesús resalta esta responsabilidad cuando dice: “Vosotros me habéis visto, y no creéis” (v. 36). Ver y no creer, una gran paradoja.

Pan de vida, hace una referencia a los orígenes de la vida y a su destino o realidades últimas. Cristo Jesús, es la vida eterna prometida al hombre desde el comienzo y a la que ahora puede acceder por medio de la fe. Nuestros primeros padres probaron el árbol de la vida y su fruto fue la muerte. Quisieron construir su felicidad lejos de Dios, el resultado la muerte y la expulsión del paraíso. La esperanza de restaurar el paraíso no se perdió. La sinagoga veía en la Ley, el árbol de la vida para quien la hacía suya, la sabiduría, también fue considerada como tal, hasta que el tiempo del Nueva Testamento, Jesucristo es esa sabiduría y palabra que da vida eterna. La cruz gloriosa de Cristo muerto y resucitado, es el árbol de la vida, que en medio del mundo, ofrece el fruto de la redención y de la vida eterna a quien se acerque a él con fe.

La resurrección a la que alude Juan: todos aquellos que ven al Hijo y crean tendrán vida eterna y resucitarán el último día, se vive en la eucaristía en clave de fe y de futuro (vv. 39-40). En cada eucaristía vivimos el aquí y el ahora de la vida nueva de los creen en ÉL, lo contemplan y lo comen como pan de vida, pan vivo que da vida eterna. Desde que comienza a creer por medio de la fe, la semilla de la vida eterna comienza a germinar. Esta es la entrega de la que habla Juan de la Cruz, en fe ha de ser la entrega como respuesta que por medio de la fe me hecho Dios de su misterio de salvación.


JUEVES

Lecturas

a.- Hch. 8, 26-40: Felipe y el eunuco.

b.- Jn. 6, 44-51: Yo soy el pan vivo.

c.- San Juan de la Cruz: “Aprenda el espiritual a estarse con advertencia amorosa en Dios, con sosiego de entendimiento, cuando no puede meditar, aunque le parezca que no hace nada; porque así, poco a poco, y muy presto, se infundirá en su alma el divino sosiego y paz con admirables y subidas noticias de Dios, envueltas en divino amor” (2S 15,5).

La conversión del etíope es todo un hito en la evangelización que lleva a cabo Felipe, pues es el primer pagano que se convierte a la fe, leyendo un pasaje del profeta Isaías. La tarea de Felipe, fue llevarlo a Jesucristo e indicarle que aquel de quien habla el profeta es Jesús de Nazaret. Predicarle la Buena nueva lleva a etíope a pedir el Bautismo, es decir, acepta y reconoce a Jesús como Hijo de Dios. “Aquí hay agua, ¿qué impide que yo sea bautizado?” (v. 36). Esta fue una gran hazaña evangelizadora puesto que hay que considerar el eunuco era un excluido por la sociedad judía (Dt. 23, 2) y además que seguramente este hombre era pagano. Dos razones para ser excluido de la sinagoga, pero no así para la naciente comunidad cristiana. Es el Señor y el Espíritu Santo quienes impulsan a Felipe a evangelizar y protagonizar el encuentro con el etíope (vv. 26 y 29); la iniciativa de la evangelización no es cosa de hombres sino que siempre es de Dios, el diácono secundó la obra del Señor.

Si vamos a Jesucristo, es por voluntad el Padre, quiere que seamos sus hijos, para darnos vida nueva y resurrección al final, al último día. La condición para adquirir tal divinidad es la de escuchar al Padre, por medio del Hijo y aprender su querer. Creerle al Hijo es poseer ya la vida eterna, sólo en ÉL se encuentra la fuente de la vida, porque Jesucristo es vida.

Al identificarse, Jesús, con el pan de vida, significa que comunica vida a quien se alimenta de ÉL; el maná fue alimento pasajero, que quitaba el hambre pero no daba la saciedad de la que está hablando Jesús. Los que lo comieron, murieron en el desierto. Este pan baja del cielo, para adquirir vida eterna, vivir para siempre en la compañía del Señor, es el pan que se nos da es su carne para vida del mundo. Nótese que habla de pan para esta vida de itinerantes en el camino de la fe hacia la casa del Padre, por lo tanto es el pan que se nos da en el banquete de la Eucaristía, en el día del Señor.      

Hoy más que nunca los cristianos necesitamos escuchar a Dios, para aprender, reconocer a su Hijo en su palabra y en la Eucaristía como alimento que sacie el hambre de vida, de Dios, de dignidad humana robada, de verdad y de justicia, de paz y amor que existe como vacío en nuestra sociedad. Muchos creyentes absorbidos por sus ocupaciones al reflexionar un poco, ven que sus fundamentos de fe han sido sino del todo, están algo corroídos por el materialismo. Unos reaccionan positivamente y vuelven a la fe, otros se abandonan.

La comunidad eclesial debe reaccionar y de la fuerza que da la Eucaristía, debe nacer la vida para el mundo, es decir, para los hermanos de fe y reanimarlos y para que los paganos descubran el camino de la fe. Tener por maestro al propio Dios, enseña Juan de la Cruz, es dejarse formar por su querer, su voluntad, aunque en la vida de oración el discípulo piense que no hace nada y ÉL lo hace todo, es para aprender a escuchar con advertencia amorosa su voz que todo lo transforma, para darnos vida nueva en el Espíritu. Dejar la propia condición de entender a Dios es básico para el espiritual que comprende que Dios quiere ser guía, el discípulo, puestos los oídos a su palabra se abandona a su querer divino.


VIERNES

Lecturas

a.- Hch. 9, 1-20: Conversión de San Pablo.

b.- Jn. 6, 52-58: Mi carne es verdadera comida.

c.- San Juan de la Cruz: “¡Oh qué bienes serán aquellos que gozaremos con la vista de la Santísima Trinidad!” (D 188).

La conversión de Saulo, es otro de los grandes hitos del libro de los Hechos. El perseguidor es ahora perseguido por la gracia y camino de Damasco se produce el encuentro donde del ¿por qué me persigues?, le sigue otra pregunta: ¿quién eres Señor? (v. 4).

Jamás Saulo, se imaginó este encuentro con Jesús resucitado, menos cuando el iba a Damasco en busca de cristianos para encarcelar, por ser miembros de esta nueva secta. Esta conversión va marcar el rumbo de los acontecimientos en la intención de Lucas que dedicará buena parte de su obra a relatar las actividades del apóstol de los gentiles, como lo insinúa el propio Jesús, en su diálogo con Ananías será instrumento elegido para esa misión (vv. 15-16). La imposición de manos por parte de Ananás colma del Espíritu Santo a Saulo y recibe el bautismo. Esta experiencia paulina será seguida a lo largo de los siglos por muchos santos y santas que descubren en este acontecimiento el interés de Jesús de escoger a sus discípulos y testigos para el bien de su Iglesia.

¿Cómo puede este darnos a comer su carne? (v. 52). Fue la interrogante de los que escuchaban a Jesús en la sinagoga de Cafarnaún. Jesús no se detiene ni en el cómo ni en la respuesta que ellos esperan. Va más allá, a los efectos de la comida: vida eterna y comunión con ÉL y con el Padre. Asegura que si no se comen su carne ni se beben su sangre, no hay vida en ellos, en cambio, quien lo hace, es decir, quien come su carne y bebe su sangre, tiene vida eterna; su carne es verdadera comida, su sangre es verdadera bebida; más aún, “el que come mi carne y bebe mi sangre, habita en mí y yo en él” (v. 56). El lenguaje es duro pero real, Jesús habla de comer su carne y beber su sangre. No vale la interpretación materialista ni antropofágica, ni el simbolismo protestante, sino la realidad sacramental, que nos deja el propio Jesús, en su despedida del jueves santo.

Si en un comienzo Jesús en su discurso une la vida eterna a la fe, creer en el Aquel enviado del Padre, en esta segunda parte, la vincula con la comunión con su cuerpo y sangre, verdadera comida, verdadera bebida. Se necesita fe para la vida nueva de hijos de Dios, fe para vivir la eucaristía, fe para recibir el cuerpo y sangre de  Cristo, como fuente de vida eterna para quien comulga.

Sin fe no hay vida ni sacramento ni comunión con Jesucristo, de ahí que al comulgar decimos “Amén” cuando se nos presenta a Jesús sacramentado: “Este es el Cuerpo de Cristo”. La fe precede  al sacramento y éste la expresa y alimenta. La comunión significa nuestro vivir en Cristo, pero fundamentalmente su vivir en nosotros con la misma dimensión con que ÉL habita en su Padre. Comunión eucarística que me abre a la comunión trinitaria, vida intratrinitaria de amor y conocimiento, alianza de Dios con el hombre, por medio del cuerpo y la sangre de Cristo.

El hablar de la carne, mejor dicho, de su carne y de su sangre en labios de Jesús denota la importancia del misterio de la Encarnación y del misterio pascual, ambas realidades unidas están asociadas a la Eucaristía, cuyo origen unión Jesús a su muerte en la cruz, en la víspera, como alianza nueva y eterna. El sentido y valor de sacrificio y kerigma que posee la Eucaristía van muy unidos a la hora de proclamar la muerte y resurrección de Jesús y la espera en su pronta venida.

La visión beatífica comienza en el alma del cristiano desde que comienza a  amar a Dios y cumplir su palabra concientemente. Sacramentalmente, desde el Bautismo. Viene al alma ha habitar el Padre y el Hijo, también después de cada comunión eucarística, hecha con fe, pan que da vida eterna en el aquí y ahora. ¡Qué de bienes trae consigo cada visita del Señor! Es lo que enseña Juan de la Cruz, desde su experiencia eucarística y contemplativa.


SABADO

Lecturas

a.-Hch. 9, 31-42: Pedro resucita a una mujer.

b.- Jn. 6, 60-69: Reacciones al discurso del pan de vida.

c.- San Juan de la Cruz: “Porque la fe que habemos dicho, son los pies con que el alma va a Dios, y el amor es la guía que la encamina” (CB 1,11). 

Las reacciones al discurso de Jesús no se hacen esperar: unos en contra otros a favor, unos no creen a sus palabras, otros tratan de comprenderlas. Por boca de Pedro y los apóstoles con él están a su favor, el pueblo en contra, la mayoría. El tema de trasfondo es la fe o la incredulidad que provoca la gran crisis y con el que termina su  ministerio de Jesús en Galilea.

Si la crisis afectó al pueblo, no quedaron inmunes los apóstoles que reconocen que el discurso de Jesús es un lenguaje duro de comprender: “¿Quién puede escucharlo?” (v. 60). Jesús comprende que lo pueden abandonar no sólo el pueblo  sino también sus propios discípulos: “¿También vosotros queréis marcharos? Le respondió Simón Pedro: «Señor, ¿donde quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios” (vv. 67-69). A pesar del duro lenguaje los apóstoles siguen fieles a Jesús con lo que se demuestra que  sin comprender el discurso, lo aceptan porque viene de Jesús, como el Santo de Dios,  título sinónimo de Mesías (Mc. 1, 24). Las palabras de Pedro son una clara profesión de fe, parecida a la que también hace en Cesarea de Filipo, según los sinópticos (Mt. 16, 16), aquí en Cafarnaún según Juan.

En la vida cristiana también hay momentos en que la fe vacila y nos asalta la duda: seguir o abandonar a Jesús. Cansa vivir los valores del reino, cansa la fidelidad a Dios y se nos hace duro el evangelio, y es entonces, cuando aparece el olimpo de los dioses sustitutos (dinero y poder, soberbia y egoísmo, consumismo y placer) del único y verdadero Dios. En la vida del hombre es legítimo buscar lo que lo lleve a su realización personal, el joven busca su futuro, el casado y profesional busca mantener su dignidad como padre, esposo y hombre de trabajo, también el anciano mantiene su esperanza de reconocimiento de una vida entregada con experiencia regalada para quien se la pida.

Lo mismo en la fe. Este es un camino que va en búsqueda de Dios, saliendo de Egipto de nuestras cautividades o de Ur, como Abraham, atravesar el desierto que lo purifica, la noche diría Juan de la Cruz, para llegar a la tierra de promisión. En todo esta travesía, lo único necesario es Jesucristo, que por nosotros se hace camino, verdad y vida, agua de vida en el desierto y pan para alimento que da vida eterna. En los momentos de flaqueza le diremos como Pedro: “¿Señor ¿a quién vamos a ir? Sólo tú tienes palabras de vida eterna. Creemos y sabemos que eres el Santo de Dios” (vv. 67-68). Estas palabras de Pedro hay que hacerla oración para asegurar nuestra fidelidad a la palabra dada, ya sea en la luz o en las tinieblas de la vida de fe y amor, pies y luz del cristiano en camino, como enseña el místico.    

Fr. Julio González C.  OCD

 

 

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