Fr. Julio González C. OCD

 

TIEMPO DE PASCUA

2008

 

PALABRA Y ESPIRITUALIDAD

Pastoral de Espiritualidad

Frailes Carmelitas

Viña del Mar – Chile

 

                         

CUARTA SEMANA DE PASCUA

CICLO A

DOMINGO

LUNES     MARTES     MIERCOLES     JUEVES     VIERNES     SABADO


DOMINGO

Lecturas

a.-Hch. 2, 14.36-41: Dios constituyó a Jesús, Señor y Mesías

b.- 1 Pe 2, 20-25: Jesucristo, pastor de vuestras almas.

c.- Jn. 10, 1-10: Yo soy la puerta de las ovejas.

d.- San Juan de la Cruz: “Porque el aprovechar no se halla, sino imitando a Cristo, que es el camino y la verdad y la vida, y  ninguno viene al Padre sino por él, según el mismo dice por San Juan  (Jn. 14,6). Y en otra parte dice: Yo soy la puerta; por mí, si alguno entrare, salvarse ha (Jn. 10, 9). De donde todo espíritu que quiere ir por dulzuras y facilidad y huye de imitar a Cristo, no le tendría por bueno (Jn. 10,9)” (CB 7,8).

Hablando a los criados, Pedro, les pone el ejemplo de Cristo, que siendo inocente supo callar y se entregó a sus verdugos, y puso su vida en manos de Aquel que juzga con justicia. Acumula mucho mérito quien sufre haciendo el bien, sobre todo si sus amos son severos. Lo importante es que Cristo llevó a la cruz nuestros pecados, a fin de que nosotros no pequemos y vivamos para la justicia. Les recuerda que en sus “heridas” hemos sido sanados todos. Luego de su misterio pascual Jesucristo, ha sido constituido pastor y guardián de nuestras almas.

La imagen del Jesús, buen pastor del evangelio de hoy, nos habla de la autenticidad de su misión y de su autoridad, que traducimos como servicio hasta entregar la propia vida.

Quizás la imagen del pastor fue muy sugerente en los comienzos de la Iglesia y hasta no hace mucho, pero en la sociedad urbana e industrial, más aún, digital como la nuestra, no diga mucho al hombre posmoderno. No hay que olvidar que Israel fue un pueblo trashumante, incluso después de la conquista de Canaán, y por lo mismo en el AT son frecuentes las imágenes de Yahvé como pastor e Israel, como las ovejas de su rebaño. Los profetas hablaron en esta clave y sobre todo Ezequiel  que presenta a Yahvé como pastor de su pueblo, conducido por malos pastores (Ez. 34,11).

Jesús, es el pastor que entra por la puerta del redil, no como el ladrón que asalta al rebaño para robar y hacer daño. Conoce a cada una de ellas, las llama por su nombre y ellas le siguen porque conocen su voz, no harán lo mismo con un extraño. Como sucede a veces, los interlocutores no se dan por aludidos, los fariseos y saduceos, son los bandidos y ladrones. Sólo Jesús es la puerta de las  ovejas.

Con motivo de la resurrección, la comunidad apostólica comprendió el alcance de esta parábola, donde el pastor finalmente entrega su vida por cada una de sus ovejas. Este es el kerigma que Pedro anuncia en su primer discurso al pueblo el día de Pentecostés: Jesús ha sido constituido Señor y Mesías por Dios su Padre. Dos realidades fundamentales para la fe primitiva que significa reconocer a Cristo, muerto y resucitado, como dador de vida nueva y que  la conversión y el bautismo es salvación verdadera para todos los hombres.

Si Cristo es la puerta del rebaño, bueno será hacerse a su querer, oír su voz si verdaderamente queremos tener parte en su victoria. El dio su vida por las ovejas, ahora nos toca a nosotros dar la vida por ÉL y el prójimo, permaneciendo en el rebaño y ayudar a que otros reconocer su voz de pastor y guardián de nuestra almas.

Entrar por la puerta, que es Cristo, significa para el místico “angostar y adelgazar la voluntad en todas las cosas sensuales y temporales, amando a Dios sobre todas ellas; lo cual pertenece a la noche del sentido, que habemos dicho” (2S 7, 2). Se trata de poner en práctica el evangelio en la existencia cristiana si queremos escuchar la voz del Pastor y conservarnos en su rebaño.  


LUNES

a.- Hch. 11,1-18: Pedro explica su conducta.

b.- Jn. 10, 11-18: El buen pastor da la vida por sus ovejas.

c.- San Juan de la Cruz: “Así este amoroso Pastor y Esposo del alma es admirable cosa de ver el placer que tiene y gozo de ver el alma ya así ganada y perfeccionada, puesta en sus hombros y asida con sus manos en esta deseada junta y unión” (CB 22,1).

Nos centramos en el evangelio, ahora en la figura del pastor. Jesús, es el buen pastor, con autoridad y una misión que se confirma con la entrega de su vida para dar precisamente vida a sus ovejas. El contexto de estas palabras deja claro que la parábola va dirigida a los fariseos, que por cierto, no se dan por aludidos, que más que guías religiosos, son ladrones que asaltan el redil. Todo esto provocado por la curación del ciego de nacimiento a quien ellos expulsan de la sinagoga, los únicos ciegos para Jesús son los guías del pueblo, mientras que el no vidente alcanza a ver la luz del día y la fe,  que le comunica el mirar de Jesús.

La puerta, símbolo de la entrada en el redil, que es Cristo,  lo que identifica al verdadero pastor, es que entra por ella y llama a cada oveja por su nombre, la saca a buenos pastos, camina delante del rebaño, que le sigue confiado. El pastor ladrón sólo hace estragos en el aprisco, mata las ovejas. En el AT, la figura del pastor se centra en el Ezequiel, donde el mismo Dios se compromete a ser pastor de su pueblo: “Porque así dice el Señor Yahvé: Aquí estoy yo,  yo mismo cuidaré de mi rebaño y velaré por él” (Ez. 34,11). La preocupación de Yahvé, es constante por su pueblo, visto que muchos son malos pastores. Jesús, en cambio, desde el comienzo se define como la puerta de las ovejas  (Jn. 1, 1-10), para luego decirnos que también es el buen pastor del rebaño. Entrar por la puerta, que es Cristo es para formar parte de su grey, tener vida eterna, recobrar así la entrada al paraíso que nuestros primeros padres cerraron con su pecado, en definitiva recobrar la unión con Dios Padre y su Reino. Él ha venido para darnos vida y vida en abundancia (vv. 10).

Si la puerta está abierta, es para quien quiere cruzar el umbral. Una vez dentro la comunidad gira en torno a la voz del pastor que enseña y comunica el querer de Dios, su Padre, en un amor que nos sólo une los miembros entre sí, sino que también purifica para crecer aún más como personas y como discípulos. De este modo lo entendió y propuso la primitiva comunidad eclesial fundada por los apóstoles: entregar el evangelio a los judíos y paganos, fundar comunidades cristianas.

La entrada de Pedro en casa de Cornelio, un pagano y lo que allí sucedió, no supo bien a todo el mundo: “Has entrado en casa de incircuncisos y has comido con ellos” (v. 3). Pedro, cabeza de la comunidad tuvo que dar explicaciones de su conducta. Luego de la triple visión (v.10), Pedro va a casa de Cornelio y nada más comenzar a predicar (v.15), desciende el Espíritu Santo (v.15), un nuevo Pentecostés, pero esta vez pagano, si lo podemos denominar así, y entonces bautizó a toda esa familia (v.16) e ingresaron a la Iglesia los primeros paganos, ahora cristianos.

Se rompe el cerco de la Iglesia judía, y se abre la misión al mundo de los paganos; es el primer paso, que luego confirma el concilio de Jerusalén, el primero de la historia de la Iglesia. La salvación llega a todos los confines de la tierra ratificando las palabras de Pedro en casa de Cornelio: “Así pues también a los gentiles les ha dado Dios la conversión que lleva a la vida” (v. 18). Lucas, considera este acontecimiento muy importante, que lo narra con algunas variantes dos veces el mismo hecho (Hch. 10, 1-48 y 11,1-18). Su alcance posee connotaciones universales para la Iglesia, tanto por las visiones de Pedro y Cornelio y las repercusiones que tiene en el primer concilio de Jerusalén (Hch. 15, 7-11.14). Dios ha demostrado que los gentiles deben ser recibidos en la Iglesia sin que se les impusieran las prescripciones de la Ley mosaica y le ha exigido a Pedro aceptar la hospitalidad de Cornelio, un incircunciso, donde se deja de ver las dificultades que había entre los judeocristianos y los venidos de la gentilidad.

La Iglesia, desde los comienzos fiel a la voluntad del Señor, hizo entrar en el rebaño también a “esas otras ovejas que todavía no estaban en  su redil” (v.16),   para que también escucharan su voz. Luego de su resurrección, la actividad evangelizadora de sus discípulos, en este caso Pedro, se logra que  ingresen los paganos por la acción del  Espíritu Santo y la adhesión personal a Cristo Jesús, por medio del bautismo.  

Canta el místico la dichosa ventura que significa la unión ganada y sufrida por el Pastor de llevar sobre sus hombros esta su esposa, el alma cristiana, rescatada de las manos de la sensualidad y del demonio, que la llama su corona, su esposa y la alegría de su corazón. Si esto hace con sus ovejas fieles ¿qué esperamos para adelantar en el camino de la perfección? Es de cristianos agradecidos dejarnos conducir en la vida por tan buen Pastor y pedirle que nos mande buenos pastores que lo representen, mejo dicho que lo imiten en todo. 


MARTES

Lecturas:

a.- Hch. 11, 19-26: Nace la comunidad de Antioquia.

b.- Jn. 10, 22-30: Yo doy vida eterna a mis ovejas.

c.- San Juan de la Cruz: “Que, como el Padre y el Hijo / y el que de ellos procedía / el uno vive en el otro, / así la esposa sería / que, dentro de Dios absorta, / vida de Dios viviría” (Romance sobre el evangelio “In principium erat Verbum” 160-165).


La comunidad de Antioquia, nace como fruto de la dispersión que produjo el martirio de Esteban. Muchos escapando llegaron a Fenicia, Chipre y Antioquia, pero predicaban la palabra sólo a los judíos. Algunos sin embargo, chipriotas y cirenenses les hablaban también a los griegos de la “palabra del Señor Jesús” (v. 20). La iglesia madre de Jerusalén envía a Bernabé a Antioquia y quien vio el don que había echo Dios a esa comunidad, los exhorta a permanecer unidos en el Señor. Al poco tiempo se agrega Saulo de Tarso a esta misión, y luego de permanecer un año allí, muchos se agregaron a la Iglesia. Los gentiles dieron el nombre de “cristianos”, ungidos, a los seguidores de Cristo.

Vemos así no sólo que se incrementa el rebaño de Cristo, sino que Antioquia se convierte en la segunda Iglesia, luego de Jerusalén, puente para el trabajo apostólico con los griegos, como la iglesia madre, era para los judíos.

El evangelio, se centra ahora en las ovejas del rebaño de Jesús y la comunión de vida que se establece entre ellos. El contexto es la visita de Jesús al templo en la fiesta de su dedicación. La pregunta de los judíos es directa: “¿Hasta cuando  vas a tenernos en vilo? Si tú eres el Cristo, dínoslo abiertamente” (v. 24). La respuesta de Jesús los remite a sus obras, pero no creen a ellas, porque no son ovejas de su rebaño. Expone, luego la realidad acerca de la comunión de vida eterna que establece con sus ovejas, que se traduce, en conocimiento del pastor y escuchar  su voz. Estas son las condiciones para vivir esa comunión entre el Pastor y su rebaño.

Es el propio Jesús, quien da razones para constituirse en verdadero y único pastor del rebaño de Dios. Este pastor está dispuesto a dar la vida por sus ovejas, a diferencia del asalariado, que no es pastor ni dueño del rebaño y no le importan las ovejas, porque cuando ve venir al lobo huye, y las deja (vv. 12-13).

Otra razón, es que conoce sus ovejas y ellas le conocen también. Este conocimiento no es de carácter intelectual sino  un conocimiento que crea comunión de vida, relación activa y efectiva, amorosa y familiar, personal e íntima con el otro. Quiere Jesús llevar esta relación, al mismo grado, que hay de conocimiento mutuo con su  Padre.  

Finalmente, da su vida por sus ovejas para recuperarla, la entrega libremente, por eso lo ama el Padre. Nadie le quita la vida, la entrega libremente, por que tiene poder para entregarla y para recobrarla (vv. 17-18). 

El Señor resucitado nos abre la puerta de su rebaño para conocernos por nuestros nombres, darnos la vida nueva. La esperanza que nace de su resurrección  transforma en testigos, como Pedro,  a sus discípulos, alegres de su fe y del amor nuevo que mueve su apostolado en la sociedad.  Llamando a sus hermanos a formar parte de su rebaño, con la voz del único Pastor, que resuena en nuestro interior.  

Juan de la Cruz, nos habla de la comunión intratrinitaria  la que se abre al cristiano si vive en comunión  con el Pastor y sus hermanos de de fe y amor. Comunión y vida, que nos lleva a ser testigos del Pastor de nuestras almas, en la sociedad donde hay discordia y soberbia, que separa a los hombres.


MIERCOLES

Lecturas

a.- Hch. 12, 24; 13, 1-5: Misión de Bernabé y Saulo.

b.- Jn. 12, 44-50: Yo, la luz, he venido al mundo.

c.- San Juan de la Cruz: “Bien así como cuando el cristal limpio y puro es embestido de la luz, cuantos más grados de luz va recibiendo, tanto más de luz en él se va reconcentrando, y tanto más se va él esclareciendo; y puede llegar a tanto por la copiosidad de luz que recibe, que venga él a parecer todo luz, y no se divise entre la luz, estando él esclarecido en ella todo lo que puede recibir de ella, que es venir a parecer como ella” (LB 1,13).

La lectura de Hechos, nos sitúa en Antioquia. Bernabé y Pablo, son contados como profetas y maestros de la comunidad. La palabra de Dios crecía y se propagaba entre los paganos.

A estos dos los selecciona el Espíritu Santo, para una nueva misión, el primer viaje apostólico. Lo importante es que son elegidos en el contexto de una celebración litúrgica (v.2) y la comunidad se hace responsable de esta misión (v. 3). En ambas ocasiones la oración y el ayuno son imprescindibles para conocer la voluntad del Señor. Une en forma entrañable, culto a Dios y misión evangelizadora. Esto nos hace descubrir que el culto que tributamos a Dios en forma privada o personal en el hogar y sobre el culto público debe estar impregnado de amor, es lo que hace que sea un verdadero culto, pero sin olvidar el amor al prójimo,  comunicarles la fe. La misión evangelizadora brota de la dimensión comunitaria, de la propia vida de los creyentes. El mayor bien que podemos hacer a los hermanos, es llevarles la palabra de Dios y anunciarles que Jesús ha resucitado para transformar su existencia, si creen y contando con Dios, no están solos, pueden mejorar su vivir. Dios nos da la vida nueva, pero es el cristiano quien tiene que vivirla, colocando una visión nueva a las cosas que hace todos los días. 

El evangelio nos presenta a Jesús como luz y quien crea en ÉL, no andará en tinieblas (v. 46). Lo que se constata al final de este pasaje es la incredulidad de los judíos a pesar de los innumerables signos que había dado de su identidad de Mesías, no creían en ÉL (v. 37ss). Sin embargo, muchos de ellos habían aceptado su mensaje en secreto, pero por  temor de ser expulsados de la sinagoga por los fariseos, no hablan en su favor, aún así, el juicio de Juan es categórico: “prefirieron la gloria de los hombres a la gloria de Dios” (v. 43).

Hay dos realidades que juzgan la incredulidad de los judíos: la luz y la palabra.

En el diálogo con Nicodemo, Jesús deja en claro que la causa de la condenación es que la luz vino al mundo, pero los hombres prefirieron las tinieblas, porque sus obras eran malas (Jn. 3, 19). Se agrega ahora el tema de la palabra, quien no la acepta, ya tiene quien lo juzgue, porque su palabra no es suya sino del Padre que lo envió (vv. 48-49).

Jesús, es la única palabra del Padre, palabra hecha hombre; escuchar su palabra, es dejarse iluminar por ella, es ver a Dios en su persona puesto que es uno con el Padre. Creer en Jesucristo, más que una adhesión a su doctrina es a su Persona, al Hombre-Dios, que nos comunica la palabra de Dios. El vínculo de unión, es la fe, por la que hacemos nuestra su Persona y su Palabra, principio de vida y comunión de amor para el discípulo.

Si Jesús se presenta como el enviado del Padre, y la palabra que comunica es fielmente transmitida, lo mismo el discípulo, enviado por Cristo, debe mostrar la misma fidelidad, a la hora de evangelizar y llevar adelante la misión confiada por el Espíritu a su Iglesia, sede de sus carismas y dones para el cristiano.  

Luz, bañada de divino amor, es el soplo que el Espíritu infunde en el alma sedienta de vida y calor, ella brinda juventud y lozanía a nuestra fe, esperanza y caridad. Es la resurrección que actúa en la vida, nos invade y seduce, para hacernos capaces de más y más luz divina que reverbera en el rostro de Cristo Jesús y en nuestro espíritu.


JUEVES

Lecturas:

a.- Hch. 13, 13-25: Pablo en Antioquia de Pisidia.

b.- Jn. 13, 16-20: El siervo no es más que su amo.

c.- San Juan de la Cruz: “Y todo el señorío y libertad del mundo, comparado con la libertad y señorío del espíritu de Dios, es suma servidumbre, y angustia, y cautiverio. Por tanto, el alma que se enamora de mayorías, o de otros tales oficios, y de las libertades de su apetito, delante de Dios es tenido y tratado no como hijo, sino como bajo esclavo y cautivo, por no haber querido el tomar su santa doctrina, en que nos enseña que el que quisiere ser mayor sea menor, y el que quisiere ser menor sea el mayor (Lc. 22, 26)” (1S 4,6).

Los jefes de la sinagoga de Antioquia de Pisidia invitan  Pablo y Bernabé a comentar los textos bíblicos de los profetas que se habían leído. Estaban de visita, era el primer viaje apostólico de Pablo y Bernabé, se sabía que conocían bien las Escrituras. La exhortación recorre la historia de salvación de Israel y una constante era preguntarse si era este el tiempo en que se cumplirían las promesas del AT. La respuesta a estas inquietudes, era considerada una palabra de exhortación. Lucas, con este  discurso da inicio a la misión paulina en su obra. Pablo, comienza su discurso refiriéndose al pasado, para suscitar la decisión sobre el presente y fundamentar la esperanza del futuro. Empieza por la conquista de la tierra prometida, el período de los jueces y los primeros reyes de Israel, Saúl y David. “Depuso a éste y les suscitó por rey a David, de quien precisamente dio este testimonio: He encontrado a David, el hijo de Jesé, un hombre según mi corazón, que realizará todo lo que yo quiera. De la descendencia de éste, Dios, según la Promesa, ha suscitado para Israel un Salvador, Jesús” (vv. 22-23). La exhortación de Pablo, consiste en confirmar que las promesas hechas a David se cumplen en Jesús, es el Salvador.         

Pablo, quiere colocar toda su atención en David. Según la tradición judía, Dios había prometido un rey que reinaría para siempre; pero todavía no había llegado. La monarquía había desaparecido hacía siglos. Los judíos llamaban Mesías y Cristo a ese rey que debía venir; de ahí la importancia de la referencia inmediata que hace Pablo de David a Jesús. El Bautista, dice, Pablo, precedió a la actividad de Jesús y dio testimonio de ÉL y se consideró indigno de desatar las sandalias de sus pies (v.25). Juan Bautista, fue su precursor y su testigo de Jesús, quien lo anunció y abrió caminos llanos al Salvador y redentor del mundo en el corazón de los hombres.   

El texto evangélico nos sitúa en un clima de servicio y de traición; Jesús siendo maestro y Señor, se humilla a sí mismo tomando la condición de esclavo y lava los pies a sus discípulos, incluido el traidor. “No es más el siervo que su amo, ni el enviado más que el que lo envía. Sabiendo esto, dichosos si lo cumplís” (v. 16). La destinataria de esta práctica de humildad y amor, es la comunidad cristiana.

Este gesto de humildad, Jesús, lo realiza en este contexto de despedida y traición. Le lava los pies incluso a quien lo va a entregar, pero debía cumplirse la Escritura: “El que come mi pan ha alzado contra mi su talón (Sal. 41, 10). Os lo digo ahora antes que suceda,  para que, cuando suceda creáis que Yo soy” (vv. 18-20). Estas palabras  expresan  el dolor de la traición, pero también, es la confesión de su divinidad: “Yo soy”. Lo que hace muy significativa estas palabras en su contenido, pues a esa confesión de su origen divino, corresponde la máxima humillación de Jesús. El Dios de Jesús, después de la Encarnación, no es el Dios inmutable, sino el Dios humillado, que ama, que sufre y muere en cruz, el Dios del servicio y el amor a los suyos. Dios se había hecho hombre en su Hijo, reconozcámoslo.

El cristiano comprometido debe seguir el camino de su Maestro, es decir, de servicio, de humillación y gloria. Seguir a Jesús, en este camino de evangelio, se trata de imitar sus actitudes: amor y servicio a los hermanos, entrega y renuncia, obediencia y humillación. No olvidemos que el servicio y el amor tienen la otra cara es precisamente, el sacrificio y la renuncia. Son intrínsecos al amor ya que sin ellos éste no vale nada.

Saber conjugar la autoridad y el servicio en la comunidad eclesial, es fruto de la ascesis y de la caridad probada, como servicio de amor. La humildad y entrega de Jesús, son palabras mayores a la hora de querer servir a los hermanos,  sin estos sentimientos nuestro servicio y entrega en el amor, pueden ser hipocresía delante de Dios y de los hombres.   

Solo el servicio humilde y desinteresado nos abre a comprender el gesto de Jesús. El místico nos enseña que toda la libertad el mundo y señorío, es mentira, porque en el fondo es esclavitud a los criterios del mundo. No es tenido por hijo quien busca mayorías en este mundo, porque ha desobedecido la voz del maestro que con su ejemplo y palabra nos manda servir a los hermanos.


VIERNES

Lecturas

a.-Hch.13,26-33: Pablo en Antioquia de Pisidia

b.- Jn. 14, 1-16: Yo soy el camino, la verdad y la vida.

c.- San Juan de la Cruz: “Es, pues, de notar que el amor es la inclinación del alma y la fuerza y virtud que tiene para ir a Dios, porque mediante el amor se une el alma con Dios; y así, cuantos más grados de amor tuviere, tanto más profundamente entra en Dios y se concentra con él. De donde podemos decir que cuantos grados de amor de Dios el alma puede tener, tantos centros puede tener en Dios, uno más adentro que otro; porque el amor más fuerte es más unitivo, y de esta manera podemos entender las muchas mansiones que dijo el Hijo de Dios (Jn 14, 2) haber en la casa de su Padre” (LB 1,13).

En Cristo Jesús, Dios Padre ha cumplido todas las promesas del AT, es lo que enseña Pablo a los judíos en la sinagoga de Antioquia de Pisidia. En este primer viaje, Pablo y Bernabé, acuden al culto de la sinagoga los sábados y si les dan la oportunidad de intervenir lo hacen, anunciando la palabra del Señor Jesús. Las promesas hechas a David de parte de Yahvé se han cumplido en Cristo: su padecer muerte de cruz y resurrección estaban anunciadas y ahora Dios las cumplen en su Hijo. Ese que ha muerto ahora está resucitado y se ha aparecido a sus discípulos y éstos ahora son sus testigos (v. 30). No podía conocer la corrupción del sepulcro Aquel de quien se había dicho: “No permitirás que tu santo experimente la corrupción” (Sal.16, 10). El discurso de Pablo es una catequesis, donde el mensaje de la resurrección de Cristo, se vive desde la experiencia, pero sin olvidar las Escrituras, fuente perenne de cercanía con Dios y su designio salvador (v. 27).

Casa del Padre, hacia ella encamina Jesús sus pasos a prepararnos un lugar, para venir a buscarnos y estar juntos con ÉL para siempre. Este es el presupuesto con que el evangelio nos quiere enseñar el cómo llegar a esta realidad que Jesús nos propone. La pregunta de Tomás es la llave que abre el misterio de la comunión y la respuesta de cómo realizarlo. “Le dice Tomás: Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino? Le dice Jesús: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida.      Nadie va al Padre sino por mí” (vv. 5-6).

La casa del Padre, ya no es el templo de Jerusalén, es la propia Persona de Jesús y en este caso concreto la gloria del cielo, en que dentro de poco entrará como vencedor del pecado,  el demonio y la muerte, luego de su misterio pascual. El va a preparar  en el cielo, en las muchas habitaciones que hay, en la casa de su Padre, una morada para cada uno de sus discípulos.

El único mediador para ir a la casa del Padre, es el propio Jesús, camino de comunión con Dios. La única verdad es Jesús, frente a la mentira del mundo, porque es la auténtica revelación del Padre. Es la única vida digna de ser vivida, porque es la vida en plenitud, frente a la muerte y autodestrucción que experimenta el ser humano, porque por ÉL entramos en comunión con el Dios vivo. Es el camino porque su palabra es vida y luz para ir hacia el Padre y poder realizarnos en nuestra condición de hijos de Dios y hermanos de todos los hombres.

Hoy el hombre cristiano camina hacia Dios, guiado por el Espíritu Santo, que en la Iglesia alienta fuerza redentora y gracia salvadora para los que son fieles a Cristo desde hace muchos años, como a los recién se incorporan, sena sus testigos en medio de sus preocupaciones temporales, sin olvidar su itinerario hacia la casa del Padre. Por la íntima comunión de Cristo con el Padre, es uno con el Padre, puede autoproclamarse  camino hacia Dios porque nos los revela y nos hace partícipes de su vida divina. Es el fruto de su misterio pascual, la comunión con Dios, la vida en abundancia que había prometido (Jn. 10, 10).

Cristo, es el amor del Padre para el pecador. El es “resplandor de su gloria y la impronta de sus sustancia” (Hb. 1, 3), comunicación de su vida y realización de su voluntad, anuncio y tensión hacia el Reino de Dios. En el Credo profesamos nuestra fe en el Hijo de Dios, pero también creemos en el Primogénito del Padre, primer hermano de muchos hermanos, por ÉL, nos dona su Espíritu Santo para que seamos sus hijos para siempre. 

Siempre será el amor el que nos abra las puertas de la casa del Padre, a más amor, más avanza en el conocimiento y misterio de Dios. Es el grado de unión el que nos debe preocupar para penetrar en el corazón de Dios y Él en el nuestro. Esos grados de amor se pueden identificar con las mansiones celestiales en los que gozaremos para siempre de la visión beatífica.


SABADO

Lecturas

a.-Hch. 13, 44-52: Nos dedicaremos a los gentiles.

b.- Jn. 14, 7-14: Quien me ve a mí ve al Padre.

c.- San Juan de la Cruz: “La flor que tienen las obras y virtudes es la gracia y virtud que del amor de Dios tienen, sin el cual no solamente no estarían floridas, pero todas ellas serían secas y sin valor delante de Dios, aunque humanamente fuesen perfectas. Pero, porque él da su gracia y amor, son las obras floridas en su amor” (CB 30,8).

La primera predicación de Pablo trajo en la comunidad abundantes frutos, pero también tuvo que pagar su precio, pues así como muchos aceptaron la fe, otros la rechazaron y les mandaron salir de la ciudad. Los que aceptaron su palabra, les pedían que siguieran hablando de esto al sábado siguiente (vv.42-43).

La reunión del sábado siguiente, al ver el número grande de personas que querían escuchar a Pablo, los judíos organizaron la ofensiva con blasfemias contra su palabra. La reacción de Pablo es sabia y sensata: “Entonces dijeron con valentía Pablo y Bernabé: “Era necesario anunciaros a vosotros en primer lugar la Palabra  de Dios; pero ya que la rechazáis y vosotros mismos no os juzgáis dignos de la vida eterna, mirad que nos volvemos a los gentiles. Pues así nos lo ordenó el Señor: Te he puesto como la luz de los gentiles, para que lleves la salvación hasta el fin de la tierra” (vv. 46-47).

La intención de Pablo era buena, llevar a sus propios hermanos  la fe en Jesucristo, como cumplimiento perfecto de todo cuanto se había dicho del Mesías en las escrituras del AT. Si ellos que eran los primeros destinatarios de las promesas ya cumplidas en Cristo Jesús, no lo aceptan, serán los gentiles quienes se verán beneficiados, si aceptan la fe. “Al oír esto los gentiles se alegraron y se pusieron a glorificar la Palabra del Señor; y creyeron cuantos estaban  destinados a una vida eterna. Y la Palabra del Señor se difundía por toda la región” (vv. 48-49). Aquí se ve como la mano de Dios acompaña la evangelización de los pueblos, en esa visión de cómo se construye la historia de la salvación, donde el aporte del hombre de fe, es fundamental.

El ataque de los judíos, no se dejó esperar: “Pero los judíos incitaron a mujeres distinguidas que adoraban a Dios, y a los principales de la ciudad; promovieron una persecución contra Pablo y Bernabé y les echaron de su territorio. Estos sacudieron contra ellos el polvo de sus pies y se fueron a Iconio” (vv. 50-51).

Pero lo más importante, después del anuncio del kerigma es que desde entro los animaba el Espíritu de Dios: “Los discípulos quedaron llenos de gozo y del Espíritu Santo” (v. 52). Toda evangelización necesita al Espíritu Santo que anime a los misioneros y evangelizadores para que verdaderamente sea proclamado el kerigma, al igual que los apóstoles Pedro, Pablo, Esteban, olvidar esto, es sembrar sin la simiente de la fe: la unción del Espíritu.

El conocer al Padre, pasa por el conocimiento del Hijo y la eficacia de la fe hace que reconozcamos en Cristo, el camino, la verdad y la vida. Conocer a Cristo es conocer al Padre, es su rostro humano por eso dice: “Si me conocéis a mí, conoceréis también a mí Padre; desde ahora lo conocéis y lo habéis visto” (v. 7). Si bien, Tomás le preguntó por el camino, es ahora Felipe, quien pregunta por el Padre: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (v. 9). Queda claro entonces que el conocimiento del Padre, está condicionado al conocimiento del Hijo. También cabe la pregunta: ¿Qué habían conocido los apóstoles del Padre? Por la pregunta se deja ver que era muy poco lo que sabían del Padre. Les cuesta aceptar que Jesús, es la imagen del Padre, su Palabra más personal e íntima, hecha hombre. “¿Cómo dices tú: muéstranos al Padre? ¿No crees  que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí?” (vv. 9-10).

Precisamente porque Jesús está en Padre, es uno con su Padre, contemplarlo  es ver el rostro de Dios. Se comprende que ese ver y conocer al Padre, va mucho más allá de lo meramente intelectual, es una visión de fe, que es don del Padre y responsabilidad del hombre que lo ha recibido. Durante su ministerio muchos vieron y escucharon a Cristo, mas sin fe no lo reconocieron ni como Mesías ni mucho menos como rostro del Padre. Sin embargo, los que acogieron la fe, llamados por el Padre (Jn 18,24), si lo aceptaron como Hijo de Dios y camino de unión con el Padre, porque había venido como su enviado (Jn. 13,20). 

A ver y conocer hay que agregar el creer, signo eficaz de la fe, contacto y experiencia personal de Dios por medio de Jesucristo, plenamente identificado con su Padre, uno con ÉL en su ser, en su voluntad y su obrar. Sus palabras y obras, son palabras y obras del Padre (v. 10).

La eficacia de la fe son precisamente las obras que la corroboran la actitud de creer. “Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Al menos, creedlo por las obras. En verdad, en verdad os digo: el que crea en mí, hará él también las obras que yo hago, y hará mayores aún, porque yo voy al Padre (vv. 11-12). La fe y el conocimiento de Jesús, lleva a la acción, a las obras, signos de la presencia de Dios en la sociedad. Si a esta fe, agregamos la oración, alma de la comunión con Dios, se posee el arma para no sólo obtener gracias, sino que se permanece en la misma unión que goza el Padre y el Hijo. Ahí es donde la oración crea un espacio de comunión y unión con los Tres.

Las obras de la fe y del amor son fruto del ejercicio de la vida teologal  y de la  gracia de Dios. Las obras serán florecidas en su amor, enseña Juan de la Cruz, sólo si contamos con el amor de Dios, que nos viene de la comunión con el Hijo y con el Padre. El conocimiento del Hijo asegura que las obras que hagamos sean la voluntad del Padre y hechas para su gloria.

Fr. Julio González C.  OCD

 

 

Caminando con Jesus

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