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CAMINANDO CON JESUS Pedro Sergio Antonio
Donoso Brant
LA ADORACIÓN EUCARÍSTICA Autor: JOSE MARIA IRABURU |
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El origen de los textos, es de
la FUNDACION GRATIS DATE www.gratisdate.org Estimados amigos: Con mucho
gusto les autorizamos a reproducir en sus páginas-web (Caminando con Jesus,
Caminando con Maria y Misa Diaria), ….. Encomendemos al Señor mutuamente
nuestro apostolado. Cordial saludo en Cristo |
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INDICE 1)
HISTORIA
I.
Centralidad de la Eucaristía
III.
La adoración eucarística dentro de la Misa
IV.
Primeras manifestaciones del culto a la Eucaristía fuera de la Misa
V.
Aversión y devoción en el siglo XIII
VI.
Santa Juliana de Mont-Cornillon y la fiesta del Corpus Christi
VII.
Celebración del Corpus y exposiciones del Santísimo
VIII.
Las Cofradías eucarísticas
IX.
La piedad eucarística en el pueblo católico
XII.
La piedad eucarística en otras confesiones cristianas 2) DOCTRINA ESPIRITUAL
XIII.
Maestros espirituales de la devoción a la Eucaristía
XIV.
Frutos de la piedad eucarística
XVI.
Deficiencias del lenguaje piadoso
XVII.
Deficiencias históricas
XVIII.
Renovación actual de la piedad eucarística
XIX.
Diversas modalidades de la presencia de Cristo en su Iglesia
XX.
El fundamento primero de la adoración
XXII.
Devoción eucarística y comunión
XXIII.
Adoración eucarística y vida espiritual
XXIV.
Adoración y ofrenda personal
XXV.
Adoración y súplica
XXVI.
Adoremos a Cristo, presente en la Eucaristía
XXVII.
Sagrarios dignos en iglesias abiertas
XXVIII.
Devoción eucarística y esperanza escatológica
XXIX.
Los sacerdotes y la adoración eucarística
XXX.
La devoción eucarística después del Vaticano II
XXXI.
Secularización o sacralidad 1) HISTORIA
I.
Centralidad
de la Eucaristía Desde el principio
del cristianismo, la Eucaristía es la fuente, el centro y el culmen de
toda la vida de la Iglesia. Como memorial de la pasión y de la
resurrección de Cristo Salvador, como sacrificio de la Nueva Alianza, como
cena que anticipa y prepara el banquete celestial, como signo y causa de la
unidad de la Iglesia, como actualización perenne del Misterio pascual, como
Pan de vida eterna y Cáliz de salvación, la celebración de la Eucaristía es
el centro indudable del cristianismo. Normalmente, la Misa
al principio se celebra sólo el domingo, pero ya en los siglos III y IV se
generaliza la Misa diaria. La devoción antigua
a la Eucaristía lleva en algunos momentos y lugares a celebrarla en un solo
día varias veces. San León III (+816) celebra con frecuencia siete y aún
nueve en un mismo día. Varios concilios moderan y prohiben estas prácticas
excesivas. Alejandro II (+1073) prescribe una Misa diaria: «muy feliz ha de
considerarse el que pueda celebrar dignamente una sola Misa» cada día. En los siglos
primeros, a causa de las persecuciones y al no haber templos, la conservación
de las especies eucarísticas se hace normalmente en forma privada, y tiene
por fin la comunión de los enfermos, presos y ausentes. Esta reserva de la
Eucaristía, al cesar las persecuciones, va tomando formas externas cada vez
más solemnes. Las Constituciones
apostólicas -hacia el 400- disponen ya que, después de distribuir la
comunión, las especies sean llevadas a un sacrarium. El sínodo de
Verdun, del siglo VI, manda guardar la Eucaristía «en un lugar eminente y
honesto, y si los recursos lo permiten, debe tener una lámpara
permanentemente encendida». Las píxides de la antigüedad eran cajitas
preciosas para guardar el pan eucarístico. León IV (+855) dispone que
«sólamente se pongan en el altar las reliquias, los cuatro evangelios y la
píxide con el Cuerpo del Señor para el viático de los enfermos». Estos signos
expresan la veneración cristiana antigua al cuerpo eucarístico del Salvador y
su fe en la presencia real del Señor en la Eucaristía. Todavía, sin embargo,
la reserva eucarística tiene como fin exclusivo la comunión de enfermos y
ausentes; pero no el culto a la Presencia real.
III.
La
adoración eucarística dentro de la Misa Ha de advertirse,
sin embargo, que ya por esos siglos el cuerpo de Cristo recibe de los fieles,
dentro de la misma celebración eucarística, signos claros de adoración, que
aparecen prescritos en las antiguas liturgias. Especialmente antes de la
comunión -Sancta santis, lo santo para los santos-, los fieles
realizan inclinaciones y postraciones: «San Agustín decía:
"nadie coma de este cuerpo, si primero no lo adora", añadiendo que
no sólo no pecamos adorándolo, sino que pecamos no adorándolo» (Pío XII, Mediator
Dei 162). Por otra parte, la
elevación de la hostia, y más tarde del cáliz, después de la
consagración, suscita también la adoración interior y exterior de los fieles.
Hacia el 1210 la prescribe el obispo de París, antes de esa fecha es
practicada entre los cistercienses, y a fines del siglo XIII es común en todo
el Occidente. En nuestro siglo, en 1906, San Pío X, «el papa de la Eucaristía»,
concede indulgencias a quien mire piadosamente la hostia elevada, diciendo
«Señor mío y Dios mío» (Jungmann II,277-291).
IV.
Primeras
manifestaciones del culto a la Eucaristía fuera de la Misa La adoración de
Cristo en la misma celebración del Sacrificio eucarístico es vivida, como
hemos dicho, desde el principio. Y la adoración de la Presencia real fuera de
la Misa irá configurándose como devoción propia a partir del siglo IX, con
ocasión de las controversias eucarísticas. Por esos años, al simbolismo
de un Ratramno, se opone con fuerza el realismo de un Pascasio
Radberto, que acentúa la presencia real de Cristo en la Eucaristía, no
siempre en términos exactos. Conflictos
teológicos análogos se producen en el siglo XI. La Iglesia reacciona con
prontitud y fuerza unánime contra el simbolismo eucarístico de Berengario de
Tours (+1088). Su doctrina es impugnada por teólogos como Anselmo de Laón
(+1117) o Guillermo de Champeaux (+1121), y es inmediatamente condenada por
un buen número de Sínodos (Roma, Vercelli, París, Tours), y sobre todo por
los Concilios Romanos de 1059 y de 1079 (Dz 690 y 700). En efecto, el pan y
el vino, una vez consagrados, se convierten «substancialmente en la
verdadera, propia y vivificante carne y sangre de Jesucristo, nuestro Señor».
Por eso en el Sacramento está presente totus Christus, en alma y
cuerpo, como hombre y como Dios. Estas enérgicas
afirmaciones de la fe van acrecentando más y más en el pueblo la devoción a
la Presencia real. Veamos algunos
ejemplos. A fines del siglo IX, la Regula solitarium establece que los
ascetas reclusos, que viven en lugar anexo a un templo, estén siempre por su
devoción a la Eucaristía en la presencia de Cristo. En el siglo XI,
Lanfranco, arzobispo de Canterbury, establece una procesión con el Santísimo
en el domingo de Ramos. En ese mismo siglo, durante las controversias con
Berengario, en los monasterios benedictinos de Bec y de Cluny existe la
costumbre de hacer genuflexión ante el Santísimo Sacramento y de incensarlo.
En el siglo XII, la Regla de los reclusos prescribe: «orientando
vuestro pensamiento hacia la sagrada Eucaristía, que se conserva en el altar
mayor, y vueltos hacia ella, adoradla diciendo de rodillas: "¡salve,
origen de nuestra creación!, ¡salve, precio de nuestra redención!, ¡salve,
viático de nuestra peregrinación!, ¡salve, premio esperado y deseado!"». En todo caso,
conviene recordar que «la devoción individual de ir a orar ante el sagrario
tiene un precedente histórico en el monumento del Jueves Santo a
partir del siglo XI, aunque ya el Sacramentario Gelasiano habla de la reserva
eucarística en este día... El monumento del Jueves Santo está en la
prehistoria de la práctica de ir a orar individualmente ante el sagrario,
devoción que empieza a generalizarse a principos del siglo XIII» (Olivar
192).
V.
Aversión
y devoción en el siglo XIII Por esos tiempos,
sin embargo, no todos participan de la devoción eucarística, y también se dan
casos horribles de desafección a la Presencia real. Veamos, a modo de
ejemplo, la infinita distancia que en esto se produce entre cátaros y
franciscanos. Cayetano Esser, franciscano, describe así el mundo de los
primeros: «En aquellos
tiempos, el ataque más fuerte contra el Sacramento del Altar venía de parte
de los cátaros [muy numerosos en la zona de Asís]. Empecinados en su dualismo
doctrinal, rechazaban precisamente la Eucaristía porque en ella está siempre
en íntimo contacto el mundo de lo divino, de lo espiritual, con el mundo de
lo material, que, al ser tenido por ellos como materia nefanda, debía ser
despreciado. Por oportunismo, conservaban un cierto rito de la fracción del
pan, meramente conmemorativo. Para ellos, el sacrificio mismo de Cristo no
tenía ningún sentido. «Otros herejes
declaraban hasta malvado este sacramento católico. Y se había extendido un
movimiento de opinión que rehusaba la Eucaristía, juzgando impuro todo lo que
es material y proclamando que los "verdaderos cristianos" deben
vivir del "alimento celestial". «Teniendo en cuenta
este ambiente, se comprenderá por qué, precisamente en este tiempo, la
adoración de la sagrada hostia, como reconocimiento de la presencia real,
venía a ser la señal distintiva más destacada de los auténticos verdaderos
cristianos. El culto de adoración de la Eucaristía, que en adelante irá
tomando formas múltiples, tiene aquí una de sus raíces más profundas. Por el
mismo motivo, el problema de la presencia real vino a colocarse en el primer
plano de las discusiones teológicas, y ejerció también una gran influencia en
la elaboración del rito de la Misa. «Por otra parte, las
decisiones del Concilio de Letrán [IV: 1215] nos descubren los abusos de que
tuvo que ocuparse entonces la Iglesia. El llamado Anónimo de Perusa es
a este respecto de una claridad espantosa: sacerdotes que no renovaban al
tiempo debido las hostias consagradas, de forma que se las comían los
gusanos; o que dejaban a propósito caer a tierra el cuerpo y la sangre del
Señor, o metían el Sacramento en cualquier cuarto, y hasta lo dejaban colgado
en un árbol del jardin; al visitar a los enfermos, se dejaban allí la píxide
y se iban a la taberna; daban la comunión a los pecadores públicos y se la
negaban a gentes de buena fama; celebraban la santa Misa llevando una vida de
escándalo público», etc. (Temi spirituali, Biblioteca Francescana,
Milán 1967, 281-282; +D. Elcid, Clara de Asís, BAC pop. 31, Madrid
1986, 193-195). Frente a tales
degradaciones, se producen en esta época grandes avances de la devoción
eucarística. Entre otros muchos, podemos considerar el testimonio
impresionante de san Francisco de Asís (1182-1226). Poco antes de morir, en
su Testamento, pide a todos sus hermanos que participen siempre de la
inmensa veneración que él profesa hacia la Eucaristía y los sacerdotes: «Y lo hago por este
motivo: porque en este siglo nada veo corporalmente del mismo altísimo Hijo
de Dios, sino su santísimo cuerpo y su santísima sangre, que ellos reciben y
sólo ellos administran a los demás. Y quiero que estos santísimos misterios
sean honrados y venerados por encima de todo y colocados en lugares preciosos»
(10-11; +Admoniciones 1: El Cuerpo del Señor). Esta devoción
eucarística, tan fuerte en el mundo franciscano, también marca una huella muy
profunda, que dura hasta nuestros días, en la espiritualidad de las clarisas.
En la Vida de santa Clara (+1253), escrita muy pronto por el
franciscano Tomás de Celano (hacia 1255), se refiere un precioso milagro
eucarístico. Asediada la ciudad de Asís por un ejército invasor de
sarracenos, son éstos puestos en fuga en el convento de San Damián por la
virgen Clara: «Ésta, impávido el
corazón, manda, pese a estar enferma, que la conduzcan a la puerta y la
coloquen frente a los enemigos, llevando ante sí la cápsula de plata,
encerrada en una caja de marfil, donde se guarda con suma devoción el Cuerpo
del Santo de los Santos». De la misma cajita le asegura la voz del Señor:
"yo siempre os defenderé", y los enemigos, llenos de pánico, se
dispersan» (Legenda santæ Claræ 21). La iconografía
tradicional representa a Santa Clara de Asís con una custodia en la mano.
VI.
Santa
Juliana de Mont-Cornillon y la fiesta del Corpus Christi El profundo
sentimiento cristocéntrico, tan característico de esta fase de la Edad Media,
no puede menos de orientar el corazón de los fieles hacia el Cristo glorioso,
oculto y manifiesto en la Eucaristía, donde está realmente presente. Así lo
hemos comprobado en el ejemplo de franciscanos y clarisas. Es ahora,
efectivamente, hacia el 1200, cuando, por obra del Espíritu Santo, la
devoción al Cristo de la Eucaristía va a desarrollarse en el pueblo cristiano
con nuevos impulsos decisivos. A partir del año
1208, el Señor se aparece a santa Juliana (1193-1258), primera abadesa
agustina de Mont-Cornillon, junto a Lieja. Esta religiosa es una enamorada de
la Eucaristía, que, incluso físicamente, encuentra en el pan del cielo su
único alimento. El Señor inspira a santa Juliana la institución de una fiesta
litúrgica en honor del Santísimo Sacramento. Por ella los fieles se
fortalecen en el amor a Jesucristo, expían los pecados y desprecios que se
cometen con frecuencia contra la Eucaristía, y al mismo tiempo contrarrestan
con esa fiesta litúrgica las agresiones sacrílegas cometidas contra el
Sacramento por cátaros, valdenses, petrobrusianos, seguidores de Amaury de
Bène, y tantos otros. Bajo el influjo de
estas visiones, el obispo de Lieja, Roberto de Thourotte, instituye en 1246 la
fiesta del Corpus. Hugo de Saint-Cher, dominico, cardenal legado para
Alemania, extiende la fiesta a todo el territorio de su legación. Y poco
después, en 1264, el papa Urbano IV, antiguo arcediano de Lieja, que tiene en
gran estima a la santa abadesa Juliana, extiende esta solemnidad litúrgica a
toda la Iglesia latina mediante la bula Transiturus. Esta carta
magna del culto eucarístico es un himno a la presencia de Cristo en el
Sacramento y al amor inmenso del Redentor, que se hace nuestro pan
espiritual. Es de notar que en
esta Bula romana se indican ya los fines del culto eucarístico que más
adelante serán señalados por Trento, por la Mediator Dei de Pío XII o
por los documentos pontificios más recientes: 1) reparación, «para
confundir la maldad e insensatez de los herejes»; 2) alabanza, «para
que clero y pueblo, alegrándose juntos, alcen cantos de alabanza»; 3) servicio,
«al servicio de Cristo»; 4) adoración y contemplación, «adorar, venerar,
dar culto, glorificar, amar y abrazar el Sacramento excelentísimo»; 5) anticipación
del cielo, «para que, pasado el curso de esta vida, se les conceda como
premio» (DSp IV, 1961, 1644). La nueva devoción,
sin embargo, ya en la misma Lieja, halla al principio no pocas oposiciones.
El cabildo catedralicio, por ejemplo, estima que ya basta la Misa diaria para
honrar el cuerpo eucarístico de Cristo. De hecho, por un serie de factores
adversos, la bula de 1264 permanece durante cincuenta años como letra muerta. Prevalece, sin
embargo, la voluntad del Señor, y la fiesta del Corpus va siendo aceptada en
muchos lugares: Venecia, 1295; Wurtzburgo, 1298; Amiens, 1306; la orden del
Carmen, 1306; etc. Los títulos que recibe en los libros litúrgicos son
significativos: dies o festivitas eucharistiæ, festivitas
Sacramenti, festum, dies, sollemnitas corporis o
de corpore domini nostri Iesu Christi, festum Corporis Christi, Corpus
Christi, Corpus... El concilio de
Vienne, finalmente, en 1314, renueva la bula de Urbano IV. Diócesis y órdenes
religiosas aceptan la fiesta del Corpus, y ya para 1324 es celebrada en todo
el mundo cristiano.
VII.
Celebración
del Corpus y exposiciones del Santísimo La celebración del
Corpus implica ya en el siglo XIII una procesión solemne, en la que se
realiza una «exposición ambulante del Sacramento» (Olivar 195). Y de ella van
derivando otras procesiones con el Santísimo, por ejemplo, para bendecir los
campos, para realizar determinadas rogativas, etc. Por otra parte,
«esta presencia palpable, visible, de Dios, esta inmediatez de su presencia,
objeto singular de adoración, produjo un impacto muy notable en la mentalidad
cristiana occidental e introdujo nuevas formas de piedad, exigiendo rituales
nuevos y creando la literatura piadosa correspondiente. En el siglo XIV se
practicaba ya la exposición solemne y se bendecía con el
Santísimo. Es el tiempo en que se crearon los altares y las capillas
del santísimo Sacramento» (Id. 196). Las exposiciones
mayores se van implantando en el siglo XV, y siempre la patria de ellas «es
la Europa central. Alemania, Escandinavia y los Países Bajos fueron los
centros de difusión de las prácticas eucarísticas, en general» (Id. 197). Al
principio, colocado sobre el altar el Sacramento, es adorado en silencio. Poco
a poco va desarrollándose un ritual de estas adoraciones, con cantos
propios, como el Ave verum Corpus natum ex Maria Virgine, muy popular,
en el que tan bellamente se une la devoción eucarística con la mariana. La exposición del
Santísimo recibe una acogida popular tan entusiasta que ya hacia 1500 muchas
iglesias la practican todos los domingos, normalmente después del rezo de las
vísperas -tradición que hoy perdura, por ejemplo, en los monasterios
benedictinos de la congregación de Solesmes-. La costumbre, y también la
mayoría de los rituales, prescribe arrodillarse en la presencia del
Santísimo. En los comienzos, el
Santísimo se mantenía velado tanto en las procesiones como en las
exposiciones eucarísticas. Pero la costumbre y la disciplina de la Iglesia van
disponiendo ya en el siglo XIV la exposición del cuerpo de Cristo «in
cristallo» o «in pixide cristalina».
VIII.
Las
Cofradías eucarísticas Con el fin de que
nunca cese el culto de fe, amor y agradecimiento a Cristo, presente en la
Eucaristía, nacen las Cofradías del Santísimo Sacramento, que «se
desarrollan antes, incluso, que la festividad del Corpus Christi. La de los Penitentes
grises, en Avignon se inicia en 1226, con el fin de reparar los
sacrilegios de los albigenses; y sin duda no es la primera» (Bertaud 1632).
Con unos u otros nombres y modalidades, las Cofradías Eucarísticas se
extienden ya a fin del siglo XIII por la mayor parte de Europa. Estas Cofradías
aseguran la adoración eucarística, la reparación por las ofensas y desprecios
contra el Sacramento, el acompañamiento del Santísimo cuando es llevado a los
enfermos o en procesión, el cuidado de los altares y capillas del Santísimo,
etc. Todas estas
hermandades, centradas en la Eucaristía, son agregadas en una archicofradía
del Santísimo Sacramento por Paulo III en la Bula Dominus noster Jesus
Cristus, en 1539, y tienen un influjo muy grande y benéfico en la vida
espiritual del pueblo cristiano. Algunas, como la Compañía del Santísimo
Sacramento, fundada en París en 1630, llegaron a formar escuelas completas
de vida espiritual para los laicos. Su fundador fue el
Duque de Ventadour, casado con María Luisa de Luxemburgo. En 1629, ella
ingresa en el Carmelo y él toma el camino del sacerdocio (E. Levesque, DSp
II, 1301-1305). Las Asociaciones y
Obras eucarísticas se multiplican en los últimos siglos: la Guardia de
Honor, la Hora Santa, los Jueves sacerdotales, la Cruzada
eucarística, etc. Atención especial
merece hoy, por su difusión casi universal en la Iglesia Católica, la Adoración
Nocturna. Aunque tiene varios precedentes, como más tarde veremos, en su
forma actual procede de la asociación iniciada en París por Hermann Cohen el
6 de diciembre de 1848, hace, pues, ciento cincuenta años.
IX.
La
piedad eucarística en el pueblo católico Los últimos ocho siglos
de la historia de la Iglesia suponen en los fieles católicos un crescendo
notable en la devoción a Cristo, presente en la Eucaristía. En efecto, a partir
del siglo XIII, como hemos visto, la devoción al Sacramento se va difundiendo
más y más en el pueblo cristiano, haciéndose una parte integrante de la
piedad católica común. Los predicadores, los párrocos en sus comunidades, las
Cofradías del Santísimo Sacramento, impulsan con fuerza ese desarrollo
devocional. En el crecimiento de
la piedad eucarística tiene también una gran importancia la doctrina del
concilio de Trento sobre la veneración debida al Sacramento (Dz 882.
878. 888/1649. 1643-1644. 1656). Por ella se renuevan devociones antiguas y
se impulsan otras nuevas. La adoración
eucarística de las Cuarenta horas, por ejemplo, tiene su origen en
Roma, en el siglo XIII. Esta costumbre, marcada desde su inicio por un
sentido de expiación por el pecado -cuarenta horas permanece Cristo en el
sepulcro-, recibe en Milán durante el siglo XVI un gran impulso a través de
San Antonio María Zaccaria (+1539) y de San Carlos Borromeo después (+1584).
Clemente VIII, en 1592, fija las normas para su realización. Y Urbano VIII
(+1644) extiende esta práctica a toda la Iglesia. La procesión
eucarística de «la Minerva»,
que solía realizarse en las parroquias los terceros domingos de cada mes,
procede de la iglesia romana de Santa Maria sopra Minerva. Las devociones
eucarísticas, que hemos visto nacer en centro Europa, arraigan de modo muy
especial en España, donde adquieren expresiones de gran riqueza estética y
popular, como los seises de Sevilla o el Corpus famoso de
Toledo. Y de España pasan a Hispanoamérica, donde reciben formas
extremadamente variadas y originales, tanto en el arte como en el folclore
religioso: capillas barrocas del Santísimo, procesiones festivas,
exposiciones monumentales, bailes y cantos, poesías y obras de teatro en
honor de la Eucaristía. El culto a la
Eucaristía fuera de la Misa llega, en fin, a integrar la piedad común del
pueblo cristiano. Muchos fieles practican diariamente la visita al
Santísimo. En las parroquias, con el rosario, viene a ser común la Hora
santa, la exposición del Santísimo diaria o semanal, por ejemplo, en los
Jueves eucarísticos. El arraigo devocional
de las visitas al Santísimo puede comprobarse por la abundantísima literatura
piadosa que ocasiona. Por ejemplo, entre los primeros escritos de san Alfonso
María de Ligorio (+1787) está Visite al SS. Sacramento e a Maria SS.ma,
de 1745. En vida del santo este librito alcanza 80 ediciones y es traducido a
casi todas las lenguas europeas. Posteriormente ha tenido más de 2.000
ediciones y reimpresiones. En los siglos
modernos, hasta hoy, la piedad eucarística cumple una función providencial de
la máxima importancia: confirmando diariamente la fe de los católicos en la
amorosa presencia real de Jesús resucitado, les sirve de ayuda decisiva para
vencer la frialdad del jansenismo, las tentaciones deistas de un iluminismo
desencarnado o la actual horizontalidad inmanentista de un secularismo
generalizado. Institutos
especialmente centrados en la veneración de la Eucaristía hay muy antiguos,
como los monjes blancos o hermanos del Santo Sacramento, fundados en
1328 por el cisterciense Andrés de Paolo. Pero estas fundaciones se producen
sobre todo a partir del siglo XVII, y llegan a su mayor número en el siglo
XIX. «No es exagerado
decir que el conjunto de las congregaciones fundadas en el siglo XIX
-adoratrices, educadoras o misioneras- profesa un culto especial a la
Eucaristía: adoración perpetua, largas horas de adoración común o individual,
ejercicios de devoción ante el Santísimo Sacramento expuesto, etc.» (Bertaud
1633). Recordaremos aquí
únicamente, a modo de ejemplo, a los Sacerdotes y a las Siervas del
Santísimo Sacramento, fundados por san Pedro-Julián Eymard (+1868) en
1856 y 1858, dedicados al apostolado eucarístico y a la adoración perpetua. Y
a las Adoratrices, siervas del Santísimo Sacramento y de la caridad,
fundadas en 1859 por santa Micaela María del Santísimo Sacramento (+1865),
que escribe en una ocasión: «Estando en la
guardia del Santísimo... me hizo ver el Señor las grandes y especiales
gracias que desde los Sagrarios derrama sobre la tierra, y además sobre cada
individuo, según la disposición de cada uno... y como que las despide de Sí
en favor de los que las buscan» (Autobiografía 36,9). Es en estos años, en
1848, como ya vimos, cuando Hermann Cohen inicia en París la Adoración
Nocturna. En el siglo XX son
también muchos los institutos que nacen con una acentuada devoción
eucarística. En España, por ejemplo, podemos recordar los fundados por el
venerable Manuel González, obispo (1887-1940): las Marías de los Sagrarios,
las Misioneras eucarísticas de Nazaret, etc. En Francia, los Hermanitos
y Hermanitas de Jesús, derivados de Charles de Foucauld (1858-1916) y de
René Voillaume. También las Misioneras de la Caridad, fundadas por la
madre Teresa de Calcuta, se caracterizan por la profundidad de su piedad
eucarística. En éstos y en otros muchos institutos, la Misa y la adoración
del Santísimo forman el centro vivificante de cada día. Émile Tamisier
(1843-1910), siendo novicia, deja las Siervas del Santísimo Sacramento para
promover en el siglo la devoción eucarística. Lo intenta primero en forma de
peregrinaciones, y más tarde en la de congresos. Éstos serán diocesanos,
regionales o internacionales. El primer congreso eucarístico internacional se
celebra en Lille en 1881, y desde entonces se han seguido celebrando
ininterrumpidamente hasta nuestros días.
XII.
La
piedad eucarística en otras confesiones cristianas Ya hemos aludido a
algunas posiciones antieucarísticas producidas entre los siglos IX y XIII.
Pues bien, en la primera mitad del siglo XVI resurge la cuestión con los
protestantes y por eso el concilio de Trento, en 1551, se ve obligado a
reafirmar la fe católica frente a ellos, que la niegan: «Si alguno dijere
que, acabada la consagración de la Eucaristía, no se debe adorar con culto de
latría, aun externo, a Cristo, unigénito Hijo de Dios, y que por tanto no se
le debe venerar con peculiar celebración de fiesta, ni llevándosele
solemnemente en procesión, según laudable y universal rito y costumbre de la
santa Iglesia, o que no debe ser públicamente expuesto para ser adorado, y
que sus adoradores son idólatras, sea anatema» (Dz 888/1656). El anglicanismo,
sin embargo, reconoce en sus comienzos la presencia real de Cristo en la
Eucaristía. Y aunque pronto sufre en este tema influjos luteranos y calvinistas,
conserva siempre más o menos, especialmente en su tendencia tradicional, un
cierto culto de adoración (Bertaud 1635). El acuerdo anglicano-católico sobre
la teología eucarística, de septiembre de 1971, es un testimonio de esta
proximidad doctrinal («Phase» 12, 1972, 310-315). En todo caso, el mundo
protestante actual, en su conjunto, sigue rechazando el culto eucarístico. En nuestro tiempo,
estas posiciones protestantes han afectado a una buena parte de los llamados católicos
progresistas, haciendo necesaria la encíclica Mysterium fidei
(1965) de Pablo VI: En referencia a la
Eucaristía, no se puede «insistir tanto en la naturaleza del signo
sacramental como si el simbolismo, que ciertamente todos admiten en la
sagrada Eucaristía, expresase exhaustivamente el modo de la presencia de
Cristo en este sacramento. Ni se puede tampoco discutir sobre el misterio de
la transustanciación sin referirse a la admirable conversión de toda la
sustancia del pan en el cuerpo de Cristo y de toda la sustancia del vino en
su sangre, conversión de la que habla el concilio de Trento, de modo que se
limitan ellos tan sólo a lo que llaman transignificación y transfinalización.
Como tampoco se puede proponer y aceptar la opinión de que en las hostias
consagradas, que quedan después de celebrado el santo sacrificio, ya no se
halla presente nuestro Señor Jesucristo» (4). Las Iglesias
de Oriente, en fin, todas
ellas, promueven en sus liturgias un sentido muy profundo de adoración de
Cristo en la misma celebración del Misterio sagrado. Pero fuera de la Misa,
el culto eucarístico no ha sido asumido por las Iglesias orientales separadas
de Roma, que permanecen fijas en lo que fueron usos universales durante el
primer milenio cristiano. Sí en cambio por las Iglesias orientales que viven
la comunión católica (+Mysterium fidei 41). En ellas, incluso, hay
también institutos religiosos especialmente destinados a esta devoción, como
las Hermanas eucarísticas de Salónica (Bertaud 1634-1635). 2 DOCTRINA
ESPIRITUAL
XIII.
Maestros
espirituales de la devoción a la Eucaristía El más grande
teólogo de la devoción a la Eucaristía es santo Tomás de Aquino
(1224-1274). Según datos históricos exactos, sabemos que santo Tomás era en
su comunidad dominica «el primero en levantarse por la noche, e iba a
postrarse ante el Santísimo Sacramento. Y cuando tocaban a maitines, antes de
que formasen fila los religiosos para ir a coro, se volvía sigilosamente a su
celda para que nadie lo notase. El Santísimo Sacramento era su devoción
predilecta. Celebraba todos los días, a primera hora de la mañana, y
luego oía otra misa o dos, a las que servía con frecuencia» (S. Ramírez, Suma
Teológica, BAC 29, 1957,57*). Él compuso, por
encargo del Papa, el maravilloso texto litúrgico del Oficio del Corpus: Pange
lingua, Sacris solemniis, Lauda Sion, etc (+Sisto Terán, Santo
Tomás, poeta del Santísimo Sacramento, Univ. Católica, Tucumán 1979). La
tradición iconográfica suele representarle con el sol de la Eucaristía en el
pecho. Un cuadro de Rubens, en el Prado, «la procesión del Santísimo
Sacramento», presenta, entre varios santos, a santa Clara con la custodia, y
junto a ella a santo Tomás, explicándole el Misterio. Sobre la tumba de éste,
en Toulouse, en la iglesia de san Fermín, una estatua le representa teniendo
en la mano derecha el Santísimo Sacramento. Desde el siglo XIII,
los grandes maestros espirituales han enseñado siempre la relación profunda
que existe entre la Eucaristía -celebrada y adorada- y la configuración
progresiva a Jesucristo. Recordaremos sólo a algunos. Guiard de Laon, el doctor
eucarístico, relacionado con Juliana de Mont-Cornillon y el movimiento
eucarístico de Lieja, publica hacia 1222 De XII fructibus venerabilis
sacramenti. San Buenaventura (+1274) expresa su franciscana devoción
eucarística en De sanctissimo corpore Christi, partiendo de los seis
grandes símbolos eucarísticos anticipados en el Antiguo Testamento. El
franciscano Roger Bacon (+1294), la terciaria franciscana santa Ángela de
Foligno (+1309), los dominicos Jean Taulero (+1361) y Enrique Suso (+1365),
el canciller de la universidad de París, Jean Gerson (+1429), Dionisio el
cartujano, el doctor extático (+1471), se distinguen también por la
centralidad de la devoción eucarística en su espiritualidad. La Devotio
moderna, tan importante en la espiritualidad de los siglos XIV y XV, es
también netamente eucarística. Podemos comprobarlo, por ejemplo, en el libro
IV de la Imitación de Cristo, De Sacramento Corporis Christi. Esta relación de maestros
espirituales acentuadamente eucarísticos podría alargarse hasta nuestro
tiempo. Pero aquí sólamente haremos mención especial de algunos santos de los
últimos siglos. En el XVI, pocos
hacen tanto por difundir entre el pueblo cristiano el amor al Sacramento como
san Ignacio de Loyola (1491-1556). En seguida de su conversión,
estando en Manresa (1522-1523), en la Misa, «alzándose el Corpus Domini, vio
con los ojos interiores... vio con el entendimiento claramente cómo estaba en
aquel Santísimo Sacramento Jesucristo nuestro Señor» (Autobiografía,
29). Recordemos también
las visiones que tiene de la divina Trinidad, con tantas lágrimas, en la
celebración de la Misa, y «acabando la Misa», al «hacer oración al Corpus
Domini», estando en el «lugar del Santísimo Sacramento» (Diario espiritual
34: 6-III-1544). No es extraño, pues,
que san Ignacio fomentara tanto en el pueblo la devoción a la Eucaristía. Así
lo hizo, concretamente, con sus paisanos de Azpeitia. En efecto, cuando Paulo
III, en 1539, aprueba con Bula la Cofradía del Santísimo Sacramento fundada
por el dominico Tomás de Stella en la iglesia dominicana de la Minerva, San
Ignacio se apresura a comunicar esta gracia a los de Azpeitia, y en 1540 les
escribe: «ofreciéndose una gran obra, que Dios N. S. ha hecho por un fraile
dominico, nuestro muy grande amigo y conocido de muchos años, es a saber, en
honor y favor del santísimo Sacramento, determiné de consolar y visitar
vuestras ánimas in Spiritu Sancto con esa Bula que el señor bachiller
[Antonio Araoz] lleva» (VIII/IX-1540). Los jesuitas, fieles a este carisma
original, serán después unos de los mayores difusores de la piedad
eucarística, por las Congregaciones Marianas y por muchos otros
medios, como el Apostolado de la Oración. Santa Teresa
de Jesús (1515-1582), en el
mismo siglo, tiene también una vida espiritual muy centrada en el Santísimo
Sacramento. Ella, que tenía especial devoción a la fiesta del Corpus (Vida
30,11), refiere que en medio de sus tentaciones, cansancios y angustias,
«algunas veces, y casi de ordinario, al menos lo más continuo, en acabando de
comulgar descansaba; y aun algunas, en llegando a el Sacramento, luego a la
hora quedaba tan buena, alma y cuerpo, que yo me espanto» (30,14). Confiesa con
frecuencia su asombro enamorado ante la Majestad infinita de Dios, hecha
presente en la humildad indecible de una hostia pequeña: «y muchas veces
quiere el Señor que le vea en la Hostia» (38,19). «Harta misericordia nos
hace a todos, que quiere entienda [el alma] que es Él el que está en el
Santísimo Sacramento» (Camino Esc. 61,10). La Eucaristía, para
el alma y para el cuerpo, es el pan y la medicina de Teresa: «¿pensáis
que no es mantenimiento aun para estos cuerpos este santísimo Manjar, y gran
medicina aun para los males corporales? Yo sé que lo es» (Camino Vall.
34,7; +el pan nuestro de cada día: 33-34). Ella se conmueve
ante la palabra inefable del Cantar de los Cantares, «bésame con beso de tu
boca» (1,1): «¡Oh Señor mío y Dios mío, y qué palabra ésta, para que la diga
un gusano de su Criador!». Pero la ve cumplida asombrosamente en la
Eucaristía: «¿Qué nos espanta? ¿No es de admirar más la obra? ¿No nos
llegamos al Santísimo Sacramento?» (Conceptos del Amor de Dios 1,10).
La comunión eucarística es un abrazo inmenso que nos da el Señor. Para santa Teresa,
fundar un Carmelo es ante todo encender la llama de un nuevo Sagrario. Y esto
es lo que más le conforta en sus abrumadores trabajos de fundadora: «para mí es
grandísimo consuelo ver una iglesia más adonde haya Santísimo Sacramento» (Fundaciones
3,10). «Nunca dejé fundación por miedo de trabajo, considerando que en
aquella casa se había de alabar al Señor y haber Santísimo Sacramento... No
lo advertimos estar Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, como está,
en el Santísimo Sacramento en muchas partes, grande consuelo nos había de
ser» (18,5). Hecha la fundación, la inauguración del Sagrario es su máximo
premio y gozo: «fue para mí como estar en una gloria ver poner el Santísimo
Sacramento» (36,6). Por otra parte,
Teresa sufre y se angustia a causa de las ofensas inferidas al Sacramento.
Nada le duele tanto. Mucho hemos de rezar
y ofrecer para que «no vaya adelante tan grandísimo mal y desacatos como se
hacen en los lugares adonde estaba este Santísimo Sacramento entre estos luteranos,
deshechas las iglesias, perdidos tantos sacerdotes, quitados los sacramentos»
(Camino Perf. Vall. 35,3)... «parece que le quieren ya tornar a echar
del mundo» (ib. Esc. 62,63; +58,2). Pero aún le
horrorizan más a Teresa las ofensas a la Eucaristía que proceden de los malos
cristianos: «Tengo por cierto habrá muchas personas que se llegan al
Santísimo Sacramento -y plega al Señor yo mienta- con pecados mortales
graves» (Conceptos Amor de Dios 1,11). En la España de ese
tiempo, la devoción eucarística está ya plenamente arraigada en el pueblo
cristiano. San Juan de Ribera (1532-1611), obispo de Valencia, en una
carta a los sacerdotes les escribe: «Oímos con mucho
consuelo lo que muchos de vosotros me han escrito, afirmándome que está muy
introducida la costumbre de saludarse unas personas a otras diciendo: Alabado
sea el Santísimo Sacramento. Esto mismo deseo que se observe en todo
nuestro arzobispado» (28-II-1609). En Francia, en el
siglo XVII, las más altas revelaciones privadas que recibió santa Margarita
María de Alacoque (1647-1690), religiosa de la Visitación, acerca del
Sagrado Corazón se produjeron estando ella en adoración del Santísimo
expuesto. Y como ella misma
refiere, esa devoción inmensa a la Eucaristía la tenía ya de joven, antes de entrar
religiosa, cuando todavía vivía al servicio de personas que le eran hostiles:
«ante el Santísimo Sacramento me encontraba tan absorta que jamás sentía
cansancio. Hubiera pasado allí los días enteros con sus noches sin beber, ni
comer y sin saber lo que hacía, si no era consumirme en su presencia, como un
cirio ardiente, para devolverle amor por amor. No me podía quedar en el fondo
de la iglesia, y por confusión que sintiese de mí misma, no dejaba de
acercarme cuanto pudiera al Santísimo Sacramento» (Autobiografía 13). De hecho, la
devoción al Corazón de Jesús, desde sus mismos inicios, ha sido siempre
acentuadamente eucarística, y por causas muy profundas, como subraya el
Magisterio (+Pío XII, 1946, Haurietis aquas, 20, 35; Pablo VI, cta.
apost. Investigabiles divitias 6-II-1965). En el siglo
siguiente, en el XVIII, podemos recordar la gran devoción eucarística de san
Pablo de la Cruz (+1775), el fundador de los Pasionistas. Él, como
declara en su Diario espiritual, «deseaba morir mártir, yendo allí donde
se niega el adorabilísimo misterio del Santísimo Sacramento» (26-XII-1720).
Captaba en la Eucaristía de tal modo la majestad y santidad de Cristo, que
apenas le era posible a veces mantenerse en la iglesia: «decía yo a los
ángeles que asisten al adorabilísimo Misterio que me arrojasen fuera de la
iglesia, pues yo soy peor que un demonio. Sin embargo, la confianza en mi
Esposo sacramentado no se me quita: le decía que se acuerde de lo que me ha
dejado en el santo Evangelio, esto es, que no ha venido a llamar a los
justos, sino a los pecadores» (Diario 5-XII-1720). En cuanto al siglo
XIX, recordemos al santo Cura de Ars (1786-1859). Juan XXIII, en la
encíclica Sacerdotii Nostri primordia, de 1959, en el centenario del
santo, hace un extenso elogio de esa devoción: «La oración del Cura
de Ars que pasó, digámoslo así, los últimos treinta años de su vida en su
iglesia, donde le retenían sus innumerables penitentes, era sobre todo una
oración eucarística. Su devoción a nuestro Señor, presente en el Santísimo Sacramento,
era verdaderamente extraordinaria: Allí está, solía decir» (16). Otro gran modelo de
piedad eucarística en ese mismo siglo es san Antonio María Claret
(1807-1870), fundador de los Misioneros del Inmaculado Corazón de María,
los claretianos. En su Autobiografía refiere: cuando era niño, «las
funciones que más me gustaban eran las del Santísimo Sacramento» (37). Su
iconografía propia le representa a veces con una Hostia en el pecho, como si
él fuera una custodia viviente. Esto es a causa de
un prodigio que él mismo refiere en su Autobiografía: el 26 de agosto
de 1861, «a las 7 de la tarde, el Señor me concedió la gracia grande de la
conservación de las especies sacramentales, y tener siempre, día y noche, el
Santísimo Sacramento en el pecho» (694). Gracia singularísima, de la que él
mismo no estaba seguro, hasta que el mismo Cristo se la confirma el 16 de
mayo de 1862, de madrugada: «en la Misa, me ha dicho Jesucristo que me había
concedido esta gracia de permanecer en mi interior sacramentalmente» (700).
El Señor, por otra parte, le hace ver que una de las devociones fundamentales
para atajar los males que amenazan a España es la devoción al Santísimo
Sacramento (695).
XIV.
Frutos
de la piedad eucarística El desarrollo de la
piedad eucarística ha producido en la Iglesia inmensos frutos espirituales.
Los ha producido en la vida interior y mística de todos los santos;
por citar algunos: Juan de Ávila, Teresa, Ignacio, Pascual Bailón, María de
la Encarnación, Margarita María, Pablo de la Cruz, Eymard, Micaela, Antonio
María Claret, Foucauld, Teresa de Calcuta, etc. Ellos, con todo el pueblo
cristiano, contemplando a Jesús en la Eucaristía, han experimentado qué
verdad es lo que dice la Escritura: «contemplad al Señor y quedaréis
radiantes» (Sal 33,6). Pero la devoción
eucarística ha producido también otros maravillosos frutos, que se dan
en la suscitación de vocaciones sacerdotales y religiosas, en la educación
cristiana de los niños, en la piedad de los laicos y de las familias, en la
promoción de obras apostólicas o asistenciales, y en todos los otros campos
de la vida cristiana. Es, pues, una espiritualidad de inmensa fecundidad.
«Por sus frutos los conoceréis» (Mt 7,20). Hoy, por ejemplo, en
Francia, los movimientos laicales con más vitalidad, y aquellos que más
vocaciones sacerdotales y religiosas suscitan, como Emmanuel, se
caracterizan por su profunda piedad eucarística. En las Comunidades
de las Bienaventuranzas, concretamente, compuestas en su mayor parte por
laicos, se practica la adoración continua todo el día. Iniciadas hacia 1975,
reunen hoy unos 1.200 miembros en unas 70 comunidades, que están distribuidas
por todo el mundo. Y recordemos también la Orden de los laicos consagrados
(Angot, Las casas de adoración).
XV.
¿Deficiencias
en la piedad eucarística? La sagrada
Eucaristía es en la Iglesia el misterio más grandioso, es el misterio por
excelencia: mysterium fidei. Excede absolutamente la capacidad
intelectual de los teólogos, que balbucean cuando intentan explicaciones
conceptuales. Y también es inefable para los más altos místicos, que se
abisman en su luz transformante. No es, pues, extraño
que, al paso de los siglos, las devociones eucarísticas hayan incurrido a
veces en acentuaciones o visiones parciales, que no alcanzan a abarcar
armoniosamente toda la plenitud del misterio. No se trata en esto de errores
doctrinales, pero sí de costumbres piadosas que expresan y que inducen
acentuaciones excesivamente parciales del misterio inmenso de la Eucaristía.
Escribe acerca de esto Pere Tena: «"El Espíritu
de verdad os guiará hasta la verdad completa" (Jn 16,13)... Desde la
primitiva comunidad de Jerusalén, que partía el pan por las casas y tomaba
alimento con alegría y simplicidad de corazón (Hch 2,46), hasta la solemne
misa conclusiva de un Congreso Eucarístico internacional, pasando por las
asambleas dominicales de las parroquias y por las prolongadas adoraciones
eucarísticas de las comunidades religiosas especialmente dedicadas a ello, la
realidad de la Eucaristía se ha visto constantemente profundizada, y continúa
siendo fuente renovada de vigor cristiano. «Esto no significa
que en todo momento haya habido, o haya en la actualidad incluso, una armonía
perfecta de los diversos aspectos (...) Un aspecto legítimo de la Eucaristía
puede, en determinadas circunstancias espirituales, adquirir tal intensidad y
tal valoración unilateral, que llegue casi a relegar a un segundo plano los
aspectos más fundamentales y fontales del misterio. Pero estas desviaciones
de atención no niegan el valor de acentuación que tal aspecto concreto
representa para la comprensión de la Eucaristía, ni pueden ser relegados al
olvido tales aspectos en la práctica histórica de la comunidad eclesial, una
vez han entrado a formar parte del patrimonio de las expresiones de la fe
cristiana» (205-206). Es una trampa dialéctica, en la que ciertamente no pensamos caer, decir: «cuanto más se centren los fieles en el Sacramento, menos valorarán el Sacrificio»; «cuanto más capten la presencia de Cristo en la Eucaristía, menos lo verán en la Palabra divina o en los pobres»; etc. Un san Luis María Grignion de Montfort, por ejemplo, ya conoció ampliamente este tipo de falsas contraposiciones -«a mayor devoción a María, menos |