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ADVIENTO Y NAVIDAD
DOMINGO I DE ADVIENTO
El monte
santo
Is 2,1-5
En el pórtico del
Adviento nos encontramos con el texto de Isaías. Es la primera lectura que
la Iglesia nos proclama en este Adviento. Más aún, es el primer texto que
escuchamos en el nuevo año litúrgico que hoy empezamos. Y ello nos indica
el calibre de la esperanza con que hemos de vivir esta nueva etapa. La
visión no puede ser más grandiosa: pueblos innumerables que confluyen hacia
la casa de Dios.
La Iglesia es
el monte santo, la casa del Señor, la ciudad puesta en lo alto de un monte,
la lámpara colocada en el candelero para que ilumine a todos los que están
en este mundo (Mt 5,14-16). De esta nueva Jerusalén sale la Palabra del
Señor. Ella da a los hombres lo más grande que tiene y lo mejor que los
hombres pueden recibir: da la Palabra de Dios, la voluntad de su Señor. Más
aún, da a Cristo mismo, que es la Palabra personal del Padre. Y con Cristo
da la paz y la hermandad entre todos los que le aceptan como Señor de sus
vidas.
Frente a todo
planteamiento individualista, esta visión debe dilatar nuestra mirada.
Frente a toda desesperanza porque no vemos aún que de hecho esto sea así,
Dios quiere infundir en nosotros la certeza de que será realidad porque Él
lo promete. Más aún, a ello se compromete. Por eso la segunda lectura y el
evangelio nos sacuden para que reaccionemos: «Daos cuenta del momento en
que vivís». En esta etapa de la historia de la salvación estamos llamados a
experimentar las maravillas de Dios, la conversión de multitudes al Dios
vivo. Más aún, se nos llama a ser colaboradores activos y protagonistas de
esta historia. Pero ello requiere antes nuestra propia conversión: «Es hora
de espabilarse... dejemos las actividades de las tinieblas y pertrechémonos
con las armas de la luz, caminemos a la luz del Señor».
DOMINGO
II DE ADVIENTO
El deseado de los pueblos
Is 11,1-10
Isaías es el
profeta del Adviento. Él nos conduce de la mano hacia el Mesías que
esperamos. Hoy nos lo presenta como Ungido por el Espíritu. «Sobre Él
reposará el Espíritu del Señor». El mismo nombre de Mesías o Cristo
significa precisamente ungido,
aquel que está totalmente impregnado del Espíritu de Dios y lo derrama en
los demás. El Cristo que esperamos en este Adviento viene a inundarnos con
su Espíritu, a bautizar «con Espíritu Santo y fuego» (evangelio). Ser
cristiano es estar empapado del Espíritu de Cristo. No se puede ser
verdaderamente cristiano sin estar lleno del Espíritu Santo.
Este Cristo a
quien esperamos se nos presenta también como «estandarte de los pueblos»,
como aquel «a quien busca el mundo entero». Cristo es «el Deseado de todos
los pueblos». Aún sin saberlo, todos le buscan, todos le necesitan, pues
todos hemos sido creados para Él y solo en Él se encuentra la salvación (He
4,12). Esta es la esperanza del Adviento: que todo hombre encuentre a
Cristo. Clamamos «Ven, Señor Jesús» para que Él se manifieste a todo
hombre. Nuestra misión es levantar bien alto este estandarte, esta en-seña:
presentar a Cristo a los hombres con nuestras palabras y con nuestras
obras.
El profeta nos
dibuja también como objeto de nuestra esperanza un auténtico paraíso, donde
reine la paz y la armonía entre todos los vivientes. Los frutos de la
venida de Cristo –si realmente le recibimos– superan enormemente nuestras
expectativas en todos los órdenes. Pero el profeta nos recuerda que esta
paz tan deseada será sólo una consecuencia de otro hecho: que la tierra
esté llena del conocimiento y del amor del Señor «como las aguas colman el
mar».
DOMINGO
III DE ADVIENTO
El desierto florecerá
IS 35,
1-6A. 10
«El desierto florecerá».
He aquí la intensidad de la esperanza que la Iglesia quiere infundir en
nosotros mediante las palabras del profeta. Nosotros solemos esperar
aquello que nos parece al alcance de nuestra mano. Sin embargo, la
verdadera esperanza es la que espera aquello que humanamente es imposible.
Debemos esperar milagros: que el desierto de los hombres sin Dios florezca
en una vida nueva, que el desierto de nuestra sociedad secularizada y
materialista reverdezca con la presencia del Salvador.
Estos son los
signos que Dios quiere darnos y que debemos esperar: que se abran a la fe
los ojos de los que por no tenerla son ciegos, que se abran a escuchar la
palabra de Dios los oídos endurecidos, que corra por la senda de la
salvación el que estaba paralizado por sus pecados, que prorrumpa en cantos
de alabanza a Dios la lengua que blasfemaba... Si esperamos estos signos,
ciertamente se producirán, y todo el mundo los verá, y a través de ellos se
manifestará la gloria del Señor, y los hombres creerán en Cristo, y no tendrán
que preguntar más: «¿Eres tú el que ha de venir o
tenemos que esperar a otro?» (evangelio).
El que tiene
esta esperanza se siente fuerte y sus rodillas dejan de temblar. Pero el
secreto para tenerla es mirar al Señor. La palabra de Dios quiere clavar
nuestra mirada en el Señor que viene y dejarla fija en su potencia
salvadora: «¡Animo! No temáis. Mirad a vuestro
Dios que viene... Él vendrá y os salvará». Dejar la mirada fija en las
dificultades arruina la esperanza; fijarla en el Señor y desde Él ver las
dificultades acrecienta la esperanza.
DOMINGO
IV DE ADVIENTO
La señal de Dios. Con ella cambió la historia
IS
7,10-14
«El Señor por
su cuenta os dará una señal». En la inminencia ya de la Navidad, la Iglesia
quiere centrar más y más nuestra mirada y nuestro deseo en Cristo que
viene. Con las palabras del profeta nos recuerda que Cristo es el signo que
Dios nos ha dado. Esperamos signos de que el mundo cambia, de que las cosas
mejoran. Pero Dios nos da un único signo: Cristo Salvador. Él es la respuesta
a todos los interrogantes, la solución a todos los problemas. Cristo nos
basta. Sólo hace falta que le acojamos sin condiciones. Si creemos
firmemente en Él y le dejamos entrar en nuestra vida, Él hará lo demás, «Él
salvará a su pueblo de los pecados» (evangelio).
«La Virgen está
encinta y da a luz a un hijo». María está en el centro de la liturgia de
este domingo. Cristo nos es dado a través de ella. Gracias a ella tenemos
al Emmanuel, al «Dios-con-nosotros».
Para darlo al
mundo, primero lo ha recibido. La vida de la Virgen no es llamativa en
actividades exteriores. Al contrario, su vida fue totalmente sencilla. Y,
sin embargo, ella está en el centro de la historia. Con ella la historia ha
cambiado de rumbo. Al recibir a Cristo y darlo al mundo, todo ha cambiado.
Nuestra vida
está llamada a ser tan sencilla y a la vez tan grande como la de María. No
hemos de discurrir grandes planes complicados. Basta que recibamos del todo
a Cristo y nos entreguemos plenamente a Él. Entonces podremos dar a luz a
Cristo para los demás y el mundo tendrá salvación.
NATIVIDAD DEL SEÑOR
Hemos visto su gloria
Mt
1,1-25; Lc 2,1-14.15-20; Jn 1,1-18
Grande es la
riqueza de la liturgia de Navidad, con cuatro misas diferentes. He aquí una
pincelada de cada uno de los cuatro evangelios.
«Jacob engendró
a José, el esposo de María». La misa vespertina de la vigilia recoge la
larga genealogía de Jesús. El Hijo de Dios ha asumido la historia de Israel
y, en ella, la historia entera de la humanidad. En ella hay de todo, desde hombres
piadosos hasta grandes pecadores. Así, Cristo ha redimido esta historia
desde dentro, haciéndola suya.
«La gran
alegría». La misa de medianoche está marcada por ese estallido de júbilo:
ha nacido el Salvador. Un año más la Iglesia acoge con gozo esa «buena
noticia» de labios de los ángeles, se deja sorprender y entusiasmar por
ella y, de ese modo, se capacita para ser ella misma mensajera de esa gran
alegría para todos los hombres.
«Fueron
corriendo». La misa de la aurora está marcada por las prisas de los
pastores para ver lo que el ángel anunció. Es la reacción ante la
maravillosa noticia: nadie puede quedar indiferente. Menos aún después de
ver a Jesús: «Se volvieron dando gloria y alabanza a Dios».
«Hemos
contemplado su gloria». Tras la reacción inicial, la actitud contemplativa
del evangelista Juan. Se trata de acoger la luz que irradia de la carne del
Verbo. Y de acoger toda la abundancia de vida que de Él brota: «de su
plenitud todos hemos recibido», «da poder para ser hijos de Dios»...
LA
SAGRADA FAMILIA
(domingo después de Navidad)
Iglesia doméstica
Col
3,12-21
El Concilio
Vaticano II presenta a la familia cristiana como «Iglesia doméstica» (LG
11; GS 48; AA 11). La comunidad familiar formada por los padres y los hijos
es una comunidad eclesial. Es una comunidad de bautizados que viven con
gozo su condición de hijos de Dios y su condición de miembros de la
Iglesia, unidos en la misma fe y en el mismo Espíritu (Ef 4,4-6). La
segunda lectura de hoy nos presenta algunos rasgos que definen esta iglesia
doméstica:
«Cantad a Dios,
dadle gracias de corazón, con salmos, himnos y cánticos inspirados». La
familia es el lugar natural donde se ora, donde se alaba a Dios. Con la
misma naturalidad con que se enseña al niño a leer o se le da de comer, se
le debe enseñar a orar orando con él. La familia es una comunidad orante.
Es necesario recuperar la alegría de la oración en familia, dejando de lado
timideces y falsos pudores.
«Enseñaos unos
a otros con toda sabiduría, exhortaos mutuamente». Cada uno debe ayudar al
otro con el testimonio, pero también con la palabra. Cada uno ha recibido
el don de la palabra para ponerlo al servicio de los demás; una palabra que
ilumina, que alienta, que estimula, que consuela, que corrige, que abre los
ojos, que da vida...
«El Señor os ha
perdonado, haced vosotros lo mismo». La convivencia de cada día requiere
mucha paciencia, mucha capacidad de perdón, mucha capacidad de ceder...
Cristo nos ofrece no sólo el modelo, sino la fuerza para perdonar una y
otra vez. Apoyados en el perdón que de Él hemos recibido, también nosotros
somos capaces de perdonar siempre.
DOMINGO II DESPUÉS DE NAVIDAD
El mayor regalo
Jn
1,1-18
«Se hizo
carne». Estos días son para dejarnos saturar por el realismo de este
acontecimiento. El Hijo de Dios, eterno, infinito, se hizo hombre de
verdad. «Se hizo carne» significa «se hizo hombre», pero resaltando la
dimensión corporal y, sobre todo, las limitaciones propias de todo ser
humano. De hecho, los evangelios se encargarán de indicarnos que Jesús se
cansa, siente hambre, es vencido por el sueño... ¡Hombre verdadero! En todo
igual a nosotros menos en el pecado y sus consecuencias (Hb 2,15). Y sin
dejar de ser Dios, omnipotente, infinito... No podríamos pensar un Dios más
cercano. ¿Cómo sentirnos solos, incomprendidos o abandonados?
«A cuantos le
recibieron les da poder par ser hijos de Dios». Cristo viene para realizar
este «maravilloso intercambio». Así es el amor de Cristo: se abaja Él para
levantarnos a nosotros. Este es el gran regalo de Cristo en su nacimiento,
que no sólo nos llamamos hijos de Dios, sino que realmente lo somos (1 Jn
3,1). ¿Cabía regalo mayor? No sólo se hace hombre para ser nuestro
compañero de camino, sino que nos eleva a su misma dignidad, nos infunde su
misma vida. ¡Somos partícipes de la naturaleza divina! (2 Pe 1,4).
«De su plenitud
todos hemos recibido». Si contemplamos la grandeza de Cristo, entenderemos
que en Él lo tenemos todo. Él mismo nos dice: «El que tenga sed, que venga
a mí y beba» (Jn 7,37). Es inútil, absurdo y nocivo pretender saciar
nuestra sed en otras personas, cosas o medios que antes o después se
revelan cisternas agrietadas que no pueden saciar (Jer 2,13). «Señor, ¿a
quién vamos a acudir? Sólo tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6,68).
EPIFANÍA
DEL SEÑOR
Rendirse ante Dios
Mt
2,1-12
El primer
detalle que el evangelio de hoy sugiere es el enorme atractivo de
Jesucristo. Apenas ha nacido y unos magos de países lejanos vienen a
adorarlo. Ya desde el principio, sin haber hecho nada, Jesús comienza a
brillar y a atraer. Es lo que después ocurrirá en su vida pública
continuamente: «¿Quién es este?» (Mc 4,41). «Nunca
hemos visto cosa igual» (Mc 2,12). ¿Me siento yo atraído por Cristo? ¿Me
fascina su grandeza y su poder? ¿Me deslumbra la hermosura de aquel que es
«el más bello de los hombres» (Sal 45,3)?
Además, toda la
escena gira en torno a la adoración. Los Magos se rinden ante Cristo y le
adoran, reconociéndole como Rey –el oro– y como Dios –el incienso– y
preanunciando el misterio de su muerte y resurrección –la mirra–. La
adoración brota espontánea precisamente al reconocer la grandeza de Cristo
y su soberanía, sobre todo, al descubrir su misterio insondable. En medio
de un mundo que no sólo no adora a Cristo, sino que es indiferente ante Él
y le rechaza, los cristianos estamos llamados más que nunca a vivir este
sentido de adoración, de reverencia y admiración, esta actitud
profundamente religiosa de quien se rinde ante el misterio de Dios.
Y, finalmente,
aparece el símbolo de la luz. La estrella que conduce a los Magos hasta
Cristo expresa de una manera gráfica lo que ha de ser la vida de todo
cristiano: una luz que brillando en medio de las tinieblas de nuestro mundo
ilumine «a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte» (Lc 1,79), les
conduzca a Cristo para que experimenten su atractivo y le adoren, y les
muestre «una razón para vivir» (Fil 2,15-16).
BAUTISMO
DEL SEÑOR
(domingo después de
Epifanía)
Ceder a Cristo
Mt
3,13-17
«Juan trataba
de impedírselo». Con toda su buena voluntad, Juan intenta evitar que el
Hijo de Dios pase a los ojos de los hombres como un pecador. Él tenía su
lógica, pero según unos criterios que no coincidían con los de Dios. Si
hubiera logrado impedírselo, nos habríamos quedado sin esta grandiosa
revelación que el evangelio de hoy nos ofrece, no se habrían abierto los
cielos y en definitiva habría impedido a Jesús manifestarse como Hijo del
Padre y Ungido por el Espíritu Santo.
Del mismo modo,
también nosotros ¡cuántas veces entorpecemos los planes de Dios porque no
se ajustan a nuestras ideas! Olvidamos que los pensamientos de Dios no
coinciden con los nuestros y que sus planes superan infinitamente los
nuestros (Is 55, 8-9). Deberíamos al menos tener la humildad de Juan para
ceder a los deseos de Cristo aunque no los entendamos, pues ellos le llevan
a manifestar su gloria, mientras los nuestros la oscurecen. Deberíamos
hacer caso a la palabra de Dios: «Confía en el Señor con toda el alma y no
te fíes de tu propia inteligencia» (Prov 3,5).
«Conviene que
cumplamos todo lo que Dios quiere». Son las primeras palabras de Jesús que
el evangelio de san Mateo nos refiere. Ellas constituyen una consigna, un
programa de vida para el Hijo de Dios. Toda su vida va a estar marcada por
esta decisión de «cumplir», de llevar hasta el final lo que es justo a los
ojos de Dios, lo que es voluntad del Padre. Así comienza su vida pública
junto al Jordán y así terminará en Getsemaní.
También para
nosotros, nuestra realidad de hijos de Dios debe manifestarse en esta
adhesión incondicional a la voluntad de Dios. No como una carga que uno
arrastra pesadamente, con resignación, sino como la expresión infinitamente
amorosa de lo que Dios quiera para nuestro bien, que se abraza con gozo y
se vive con entrega y fidelidad.
CUARESMA
DOMINGO I DE CUARESMA
Conversión posible y
necesaria
Rom
5,12-19
«Todos
pecaron». Al inicio mismo de la Cuaresma la Iglesia pone ante nuestros ojos
este hecho triste y desgraciado. La historia de Adán y Eva es nuestra propia
historia: la historia de un fracaso y de una frustración como consecuencia
del pecado. Por el pecado entró en el mundo la muerte. En el fondo, todos
los males provienen del pecado, del querer ser como dioses, del deseo de
construir un mundo sin Dios, al margen de Dios.
Por eso la
conversión es necesaria. Estamos tocados por el pecado, manchados,
contaminados... No podemos seguir viviendo como hasta ahora. Se hace
necesario un cambio radical de mente, de corazón y de obras. La conversión
es necesaria. O convertirse o morir. Y eso no sólo cada uno como individuo;
también nuestras comunidades, nuestras parroquias, nuestras instituciones,
la diócesis, la Iglesia entera... que han de ser continuamente reformadas
para adaptarse al plan de Dios, para ser fieles al evangelio. «Si no os
convertís, todos pereceréis de la misma manera». (Lc 13,5).
La conversión
es necesaria. Esta es la buena noticia que nos da la Iglesia, que quiere
sacarnos de nuestros pecados, de la mentira, de la muerte. Pero además nos
anuncia que donde Adán fracasó Cristo ha vencido (evangelio). También Él ha
sido tentado, pero el pecado no ha podido con Él: Satanás y el pecado han
sido derrotados. Más aún, la victoria de Cristo es también la nuestra
(segunda lectura). La conversión es posible. El pecado ya no es
irremediable. No podemos seguir excusándonos diciendo que somos débiles y
pecadores. La gracia de Cristo es más fuerte que el pecado. El pecado ya no
debe dominar en nosotros. Entramos en la Cuaresma para luchar y para
vencer; y no sólo nuestro pecado, sino también el de los demás; pero no con
nuestras solas fuerzas, sino con la fuerza y las armas de Cristo.
DOMINGO
II DE CUARESMA
Sal de tu tierra
Gén 12,1-4a; 2Tim 1,8b-10; Mt 17,1-9
La llamada a la
conversión que la Iglesia nos ha dirigido en el primer domingo, ahora se
precisa más. La conversión sólo es posible mirando a Cristo, dejándonos
cautivar por su infinito atractivo: «Señor, ¡qué hermoso es estar aquí!».
Contemplando a Cristo también nosotros vamos siendo transfigurados;
recibiendo su luz vamos siendo transformados en una imagen cada vez más
perfecta del Señor (2 Cor 3,18).
«Nos salvó y
nos llamó a una vida santa» (segunda lectura). La conversión no es poner
algún parche o remiendo a los defectos más gruesos. Cristo quiere hacernos
santos. Y la conversión está en función de esta vida santa a la que nos
llama. Él no se conforma con menos. La conversión es continua, hasta que
quede perfectamente restaurada en nosotros la imagen de Dios, hasta que
Cristo sea plenamente formado en nosotros (Gal 4,19). Dejar de lado la
conversión es olvidar que hemos sido llamados a una vida santa y es
despreciar a Cristo que nos llama a ella.
«Sal de la
tierra» (primera lectura). También a nosotros se nos dirige esta llamada,
como a Abraham. Conversión significa salir de nosotros mismos, romper con
nuestra instalación y nuestras seguridades, dejar nuestros egoísmos y
comodidades... Llamada a la santidad significa ponernos en camino hacia la
tierra que el Señor nos mostrará, con entera disponibilidad a su voluntad,
a los planes que nos irá manifestando, para que nos lleve a donde Él
quiera, cuando y como Él quiera.
«Sal de tu
tierra» significa también «toma parte en los duros trabajos del evangelio
según las fuerzas que Dios te dé» (segunda lectura), es decir, colabora con
todas tus energías para que muchos otros reciban la buena noticia de que
pueden convertirse y ser santos. He ahí el profundo sentido apostólico,
evangelizador y misionero de la Cuaresma. El Señor nos ofrece, como a
Abraham: «De ti haré un gran pueblo». El Señor desea que demos fruto
abundante (Jn 15,16). Pero una vida mediocre es una vida estéril. De
nuestra conversión y santidad depende que nuestra vida sea fecunda.
DOMINGO
III DE CUARESMA
Diálogo de salvación
Jn
4,5-42
«Dame de
beber». Con sorpresa de los discípulos y de ella misma, Cristo inicia el
diálogo con la samaritana. Él toma la iniciativa. No tiene inconveniente en
mendigar de ella un poco de agua para entrar en diálogo. Cristo desea
ardientemente establecer este diálogo con cada uno de nosotros. El pecado
rompe este diálogo. El pecado no consiste ante todo en hacer el mal, sino
en romper este diálogo, dejar que se enfríe esta amistad. Por eso, el
primer fruto de la Cuaresma debe ser un diálogo renovado con Cristo, una
oración más viva, más consciente y personal, más abundante; un diálogo que
impregne toda nuestra vida.
«Si conocieras
el don de Dios...» Es admirable como Jesús va conduciendo el diálogo con
esta mujer pecadora, suscitando en ella el atractivo por lo bello, por lo
grande, por lo eterno. El que ha empezado pidiendo se revela en seguida
como el que ofrece y es capaz de dar lo infinito, lo divino. Poco a poco se
va dando a conocer a ella, para que al final termine aceptándole como «el
Salvador del mundo». El diálogo con Cristo –también para nosotros– es
siempre un diálogo de salvación, un diálogo que nos dignifica y nos hace
descubrir el sentido de nuestra vida, los horizontes sin fin de una
vocación eterna.
«En aquel pueblo,
muchos creyeron en Él por el testimonio que había dado la mujer». El que
nota que Cristo ha entrado en su vida y experimenta el gozo de su
salvación, él mismo hace que continúe para otros este diálogo de salvación.
Es lo que hace la samaritana: «Venid a ver... me ha dicho todo lo que he
hecho...» Su testimonio suscita en otros el atractivo por Cristo y hace que
entren en la órbita de Cristo. De esa manera acaban también ellos
experimentando la salvación: «Ya no creemos por lo que tú dices, pues
nosotros mismos hemos oído y sabemos...» ¿Será tan difícil que cada uno de
nosotros dé testimonio de lo que Cristo ha hecho en su vida?
DOMINGO
IV DE CUARESMA
Era ciego y ahora veo
Jn
9,1-41
En nuestro
camino cuaresmal la palabra de Dios nos hace entender hoy que ese ciego del
evangelio somos cada uno de nosotros. Ciegos de nacimiento. E incapaces de
curarnos nuestra propia ceguera. Hemos entrado en la Cuaresma para ser
iluminados por Cristo, para que Él sane nuestra ceguera. ¡Qué poquito
conocemos a Dios! ¡Qué poco entendemos sus planes! De Dios es más lo que no
sabemos que lo que sabemos. Somos incapaces de reconocer a Cristo, que se
acerca a nosotros bajo tantos disfraces. Nuestra fe es demasiado corta.
Pero Cristo quiere iluminarnos. El mejor fruto de Cuaresma es que salgamos
de ella con una fe acrecentada, más lúcida, más potente, más en sintonía
con el misterio de Dios y con sus planes, más capaz de discernir la
voluntad de Dios. Dios quiere «arrancarnos del dominio de las tinieblas»
(Col 1,13) para que vivamos en la luz de Cristo, iluminados por su
presencia.
Para ello, la
primera condición es reconocer que somos ciegos y dejar entrar plenamente
en nuestra vida a Cristo, que es «la luz del mundo». El hombre ciego
reconoce su ceguera y además de la vista física recibe la fe. Los fariseos,
en cambio, se creen lúcidos «nosotros sabemos» y rechazan a Jesús, se
cierran a la luz de la fe y quedan ciegos. La soberbia es el mayor
obstáculo para acoger a Cristo y ser iluminados. Por eso insiste la
Escritura: «Hijo mío, no te fíes de tu propia inteligencia... no te tengas
por sabio» (Prov 3, 5-7).
Esta sanación
es un testimonio potente del paso de Cristo por la vida de este ciego. Él
no sabe dar explicaciones de quién es Jesús cuando le preguntan los fariseos.
Simplemente confiesa: «sólo sé que era ciego y ahora veo». Pero con ello
está proclamando que Cristo es la luz del mundo. No se trata de ideas, sino
de un acontecimiento: estaba muerto y he vuelto a la vida, era esclavo del
pecado y he sido liberado. Esto ha de ser nuestra Cuaresma y nuestra
Pascua: el acontecimiento de Cristo que pasa por nuestra vida sanando,
iluminando, resucitando, comunicando vida nueva.
DOMINGO
V DE CUARESMA
Ver la gloria de Dios
Jn
11,1-45
«Señor, si hubieras estado aquí, no habría
muerto mi hermano». Idénticas palabras repiten las dos hermanas, cada una
por su cuenta. Palabras que son expresión de fe en Jesús, pero una fe muy
limitada, muy condicionada, muy a la medida humana. Creen que Jesús puede
curar un enfermo, pero no creen que puede
resucitar un muerto. ¿No es así también nuestra fe? Creemos «hasta cierto
punto». Y esta poca fe se manifiesta en expresiones de este tipo: «si las
circunstancias fueran favorables», «si el ambiente fuera mejor», «si
hubiese aprovechado aquella oportunidad». Ponemos condiciones al poder del
Señor. Y sin embargo su poder es incondicionado. «Para Dios nada hay
imposible» (Lc 1,37).
«Si crees verás la gloria de Dios». Frente
a esta fe tan recortada, el evangelio de hoy nos impulsa a una fe «a la
medida de Dios». Él quiere manifestar su grandeza divina, su poder
infinito, su gloria. Deliberadamente, Jesús tarda en acudir a la llamada de
Marta y Maria. Permite que Lázaro muera para resucitarle y manifestar de
manera más potente su gloria: «Esta enfermedad... servirá para la gloria de
Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella». No hay situación
que no tenga remedio. Más aún, cuanto más difícil, más facilita que Cristo
«se luzca».
«Yo soy la resurrección y la vida». No
sólo «da» la resurrección, sino que Él mismo es la resurrección. Incluso si
permite el mal es para que más se manifieste lo que Él es y lo que es capaz
de realizar: «Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros... para que
creáis». Esta cuaresma tiene que significar para nosotros y para mucha
gente una auténtica resurrección a una vida nueva. Cristo es la
resurrección, y lo típico de su acción es hacer surgir la vida donde sólo
había muerte. Cristo puede y quiere resucitar al que está muerto por el
pecado o por la carencia de fe. Lo suyo es hacer cosas grandes, maravillas
divinas. Y nosotros no podemos conformarnos con menos. No tenemos derecho a
dar a nadie por perdido.
SEMANA SANTA
DOMINGO
DE RAMOS
La Pasión «por dentro»
Mt
27,11-54
Al entrar en la Semana Santa la Iglesia
nos proclama la Pasión de Jesucristo. Pero al escucharla o al leerla por
nuestra cuenta hemos de evitar un peligro. Tenemos el riesgo de asistir a
ella como espectadores que contemplan unos hechos sólo desde fuera. Porque
lo que el Espíritu Santo pretende es hacernos conocer cómo Cristo ha vivido
la Pasión «por dentro». Se trata de dejarnos iluminar esa interioridad de
Cristo. Lo que nos salva no son los simples sufrimientos de Cristo, sino el
amor con que los ha vivido, un amor que le ha llevado a dar la vida
libremente por nosotros.
De hecho, en la oración colecta del
domingo pasado pedíamos a Dios Padre que «vivamos siempre de aquel mismo
amor que llevó al Hijo a entregarse a la muerte por la salvación del
mundo». La liturgia no es una representación teatral. Nos introduce en el
misterio. Y al introducirnos en él no sólo nos hace capaces de contemplarlo
en toda su riqueza, sino que el contacto con el misterio de Cristo nos
transforma, pues Cristo mismo nos contagia su vida, sus actitudes y
sentimientos. No podemos entrar en la Semana Santa ni vivirla con provecho
si no estamos dispuestos a subir con Cristo a la cruz.
El relato de la
Pasión según san Mateo subraya además cómo en ella se cumplen las Escrituras.
Todo estaba predicho. Nada ocurre por casualidad. El plan del Padre se
cumple. Y Cristo vive la Pasión en perfecta obediencia a la voluntad del
Padre, «para mostrar al género humano el ejemplo de una vida sumisa a su
voluntad» (oración colecta). Cristo puede decir con las palabras del
profeta: «El señor Dios me ha abierto el oído y yo no me he rebelado ni me
he echado atrás» (primera lectura). Adán desobedeció la voluntad de Dios y
nos trajo la ruina; Cristo obedece «hasta la muerte y muerte de cruz» y nos
salva (segunda lectura). En su obediencia al Padre y en su amor a los
hombres está nuestra salvación. Y esta salvación seguirá haciéndose
presente hoy si nosotros prolongamos la entrega de Cristo, su obediencia al
Padre y su amor a los hombres.
JUEVES
SANTO
Hasta el extremo
Ex
12,1-14; 1Cor 11,23-26; Jn 13,1-15
«Los amó hasta
el extremo». Estas palabras son la clave para entender el triduo pascual,
la pasión y muerte de Jesús, la eucaristía... Todo ello es expresión y
realización de ese amor hasta el extremo que lo ha dado todo sin reservarse
nada, que se ha hecho esclavo por nosotros. Es ese amor el que está
presente en cada misa y en cada sagrario: ¿cómo es posible la rutina o el
aburrimiento?, ¿cómo permanecer indiferente ante ese amor que sobrepasa
toda medida?
«Es la Pascua,
el Paso del Señor». En cada misa es Cristo mismo quien pasa junto a
nosotros, quien desea entrar –si le dejamos– para quedarse con nosotros.
Pasa Cristo para hacernos pasar con Él de este mundo al Padre. Si la vivo
bien, cada misa me introduce más en Dios, en su seno y en su corazón. La
misa me introduce en el cielo, aunque siga viviendo aún sobre la |