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ADVIENTO Y NAVIDAD
Domingo I de Adviento Mc
13,33-37
Domingo II de Adviento Mc
1,1-8
Domingo III de Adviento La
Buena Noticia
Domingo IV de Adviento Todo
sucede en María
Natividad del Señor
Domingo de la Sagrada
Familia Pertenencia exclusiva de Dios
Domingo II después de Navidad La luz
verdadera
Epifanía del Señor
Bautismo del Señor Mc
1,6b-11
CUARESMA
Domingo I de Cuaresma Gen
9,8-15; 1Pe 3,18-22; Mc 1,12-15
Domingo II de Cuaresma Mc
9,1-9
Domingo III de Cuaresma Ex
20,1-17; 1Cor 1,22-25; Jn 2,13-25
Domingo IV de Cuaresma 2Cron
36,14-16.19-23; Ef 2,4-10; Jn 3,14-21
Domingo V de Cuaresma Jer
31,31-34; Heb 5,7-9; Jn 12,20-33
Domingo de Ramos Se
despojó
Jueves Santo
Viernes Santo
Vigilia Pascual
Domingo de Resurrección Las
hazañas del Señor
TIEMPO PASCUAL
Domingo II de Pascua Jn
20,19-31
Domingo III de Pascua Presencia
de Dios que lo llena todo
Domingo IV de Pascua Hch
4,8-12; 1Jn 3,1-2; Jn 10,11-18
Domingo V de Pascua Permaneced
en Mí
Domingo VI de Pascua Permaneced
en mi amor
Ascensión del Señor Actuaba
con ellos
Domingo de Pentecostés Sed
del Espíritu
Domingo de la Santísima
Trinidad Familiaridad con Dios
Corpus Christi Mc
14,12-16.22-26
Sagrado Corazón de Jesús Lo que
trasciende toda filosofía
TIEMPO ORDINARIO
II Domingo del Tiempo
Ordinario
Domingo III del Tiempo
Ordinario
Domingo IV del Tiempo
Ordinario
Domingo V del Tiempo
Ordinario
Domingo VI del Tiempo
Ordinario
Domingo VII del Tiempo
Ordinario Sin igual
Domingo VIII del Tiempo
Ordinario Te desposaré
Domingo IX del Tiempo
Ordinario El Señor del sábado
Domingo X del Tiempo
Ordinario
XI Domingo del Tiempo
Ordinario
XII Domingo del Tiempo
Ordinario
XIII Domingo del Tiempo
Ordinario
XIV Domingo del Tiempo
Ordinario
XV Domingo del Tiempo
Ordinario
XVI Domingo del Tiempo
Ordinario
XVII Domingo del Tiempo
Ordinario
XVIII Domingo del Tiempo
Ordinario Un pan que sacia
Domingo XIX del Tiempo
Ordinario El don de la fe
XX Domingo del Tiempo
Ordinario Hambre de Dios
Domingo XXI del Tiempo
Ordinario Optar por Cristo
XXII Domingo
del Tiempo Ordinario Mc 7,1-8. 14-15. 21-23
XXIII Domingo del Tiempo
Ordinario Otra sordera y otra mudez
Domingo XXIV Tiempo
Ordinario Mc 8,27-35
Domingo XXV del Tiempo
Ordinario Mc 9,30-37
XXVI Domingo del Tiempo
Ordinario Mc 9,38-43.45.47-48
XXVII Domingo del Tiempo
Ordinario Mc 10,2-16
XXVIII Domingo del Tiempo
Ordinario Mc 10,17-30
XXIX Domingo del Tiempo
Ordinario Mc 10,35-45
XXX Domingo del Tiempo
Ordinario Mc 10,46-52
XXXI Domingo del Tiempo
Ordinario Mc 12,28-34
XXXII Domingo del Tiempo
Ordinario Mc 12,38-44
XXXIII Domingo del Tiempo
Ordinario Mc 13,24-32
Jesucristo,
Rey del universo
ADVIENTO Y NAVIDAD
Sólo los dos
primeros domingos de Adviento están tomados de Marcos. El tercero es de
Juan (1,6-8.19-28: el Bautista como testigo de la luz) y el cuarto de Lucas
(1,26-38: anunciación a María).
DOMINGO I DE ADVIENTO
Mc 13,33-37
El primer
domingo está tomado del final del discurso escatológico. En consonancia con
la orientación que tiene este domingo en los demás ciclos, el texto centra
nuestra atención en la segunda venida de Cristo. La perícopa de Marcos
subraya la incertidumbre del cuándo –«no sabéis cuándo es el momento»–,
explicitada por la parábola del hombre que se ausenta. La consecuencia es
la insistencia en la vigilancia –dos veces el imperativo «vigilad» «velad»,
al principio y al final del texto–, pues el Señor puede venir
inesperadamente y encontrarnos dormidos. Finalmente, se subraya el carácter
universal de esta llamada a la vigilancia: «lo digo a todos».
De mil maneras
Llama la
atención en estos breves versículos el número de veces que se repite la
palabra «velar», «vigilar». Esta vigilancia es base en que el Dueño de la
casa va a venir y no sabemos cuándo.
Cristo viene a
nosotros continuamente, de mil maneras, «en cada hombre y en cada
acontecimiento» (Prefacio III de Adviento). El evangelio del domingo pasado
nos subrayaba esta venida de Cristo en cada hombre necesitado; Cristo mismo
suplica que le demos de beber, le visitemos... Estar vigilante significa
tener la fe despierta para saber reconocer a este Cristo que mendiga
nuestra ayuda y tener la caridad solícita y disponible para salir a su
encuentro y atenderle en la persona de los pobres.
Además, Cristo
viene en cada acontecimiento. Todo lo que nos sucede, agradable o
desagradable, es una venida de Cristo, pues «en todas las cosas interviene
Dios para bien de los que le aman» (Rom 8,28). Un rato agradable y un
regalo recibido, pero también una enfermedad y un desprecio, son venida de
Cristo. En todo lo que nos sucede Cristo nos visita. ¿Sabemos reconocerle
con fe y recibirle con amor?
Pero la
insistencia de Cristo en la vigilancia se refiere sobre todo a su última
venida al final de los tiempos. Según el texto evangélico, lo contrario de
vigilar es «estar dormido». El que espera a Cristo y está pendiente de su
venida, ese está despierto, está en la realidad. En cambio, el que está de
espaldas a esa última venida o vive olvidado de ella, ese está dormido,
fuera de la realidad. Nadie más realista que el verdadero creyente. ¿Vivo
esperando a Jesucristo?
¡Ojalá bajases!
Is 63, 16-17;
64,1.3-8
Isaías es el
profeta del Adviento. En todo este tiempo santo somos conducidos de su
mano. Él es el profeta de la esperanza.
«¡Ojalá rasgases
el cielo y bajases!» No se trata de un deseo utópico nuestro. El Señor
quiere bajar. Ha bajado ya y quiere seguir bajando. Quiere entrar en
nuestra vida. Él mismo pone en nuestros labios esta súplica. La única
condición es que este deseo nuestro sea real e intenso, un deseo tan
ardoroso que apague los demás deseos. Que el anhelo de la venida del Señor
vuelva crepusculares todos los demás pensamientos.
«Señor, tú eres
nuestro Padre, nosotros la arcilla y tú el alfarero». Al inicio del
Adviento, que es también el inicio de un nuevo año litúrgico, no se nos
podía dar una palabra más vigorosa ni esperanzadora. El Señor puede y
quiere rehacernos por completo. A cada uno y a la Iglesia entera. Como un
alfarero rehace un cacharro estropeado y lo convierte en uno totalmente
nuevo, así el Señor con nosotros (Jer 12,1-6). Pero hacen falta dos
condiciones por nuestra parte: que creamos sin límite en el poder de Dios y
que nos dejemos hacer con absoluta docilidad como barro en manos del
alfarero.
«Jamás oído oyó
ni ojo vio un Dios, fuera de ti, que hiciera tanto por el que espera en
él». El mayor pecado es no confiar y no esperar bastante del amor de Dios.
Y el mayor reproche que Dios nos puede hacer es el mismo que a Moisés por
dudar del poder y del amor de Dios: «¿Tan mezquina
es la mano de Yahvé?» (Núm 11,23). Ante el nuevo año litúrgico el mayor
pecado es no esperar nada o muy poco de un Dios infinitamente poderoso y
amoroso que nos promete realizar maravillas. «Si tuvierais fe como un
granito de mostaza...»
DOMINGO II DE ADVIENTO
Mc 1,1-8
El segundo
domingo –también en consonancia con los otros ciclos– se centra en la
figura de Juan el Bautista (Mc 1,1-8). Marcos subraya fuertemente su
carácter de mensajero y precursor: es como una estrella fugaz que
desaparece rápidamente, pues está en función de otro –como subraya el
inicio de la perícopa: «Evangelio de Jesucristo»–. Su estilo recuerda al
gran profeta Elías, que según la tradición judía debía preceder
inmediatamente al Mesías (cfr. Mc 9,11-13). En el contexto del adviento,
este texto orienta enérgicamente hacia Cristo, hacia el Mesías que viene
como el «más fuerte» y como el que «bautiza con Espíritu Santo». La
respuesta multitudinaria con que es acogida la llamada de Juan a la
conversión es signo de cómo también nosotros hemos de ponernos
decididamente en camino para acoger a Cristo con humildad y sin
condiciones.
Conversión y austeridad
Juan Bautista
nos es presentado como modelo de nuestro Adviento. Hoy sigue haciendo lo
que hizo para preparar la primera venida de Cristo. Ante todo, nos pide
conversión. No podemos recibir a Cristo si no estamos dispuestos a que su
venida cambie muchas cosas en nuestra vida. Es la única manera de recibir a
Cristo. Si esta Navidad pasa por mí sin pena ni gloria, si no se nota una
transformación en mi vida, es que habré rechazado a Cristo. Pero para
ponerme en disposición de cambiar he de darme cuenta de que necesito a
Cristo. En este nuevo Adviento, ¿siento necesidad de Cristo?
Juan Bautista
se nos presenta como modelo de nuestro Adviento por su austeridad –vestido
con piel de camello, alimentado de saltamontes...– Pues bien, para recibir
a Cristo es necesaria una buena dosis de austeridad (Rom 13, 13-14).
Mientras uno esté ahogado por el consumismo no puede experimentar la dicha de
acoger a Cristo y su salvación. Es imposible ser cristiano sin ser austero.
La abundancia y el lujo asfixian y matan toda vida cristiana.
Cristo viene
para bautizar con Espíritu Santo. Esto quiere decir que el esperar a Cristo
nos lleva a esperar al Espíritu Santo que él viene a comunicarnos, pues «da
el Espíritu sin medida» (Jn 3,34). Con el Adviento hemos inaugurado un
camino que sólo culmina en Pentecostés. ¿Tengo ya desde ahora hambre y sed
del Espíritu Santo?
Aquí está vuestro Dios
Is 40, 1-5.
9-11
«Consolad,
consolad a mi pueblo...» La Iglesia nos anuncia la venida de Cristo. Y Él
viene para traer el consuelo, la paz, el gozo. Ese consuelo íntimo y
profundo que sólo Él puede dar y que nada ni nadie puede quitar. El
consuelo en medio del dolor y del sufrimiento. Porque Jesús, el Hijo de
Dios, no ha venido a quitarnos la cruz, sino a llevarla con nosotros, a
sostenernos en el camino del Calvario, a infundirnos la alegría en medio
del sufrimiento. ¡Y todo el mundo tiene tanta necesidad de este consuelo!
Este mundo que Dios tanto ama y que sufre sin sentido.
«En el desierto
preparadle un camino al Señor». Es preciso en este Adviento reconocer
nuestro desierto, nuestra sequía, nuestra pobreza radical. Y ahí preparar
camino al Señor. No disimular nuestra miseria. No consolarnos haciéndonos
creer a nosotros mismos que no vamos mal del todo. Es preciso entrar en
este nuevo año litúrgico sintiendo necesidad de Dios, con hambre y sed de
justicia. Sólo el que así desea al Salvador verá la gloria de Dios, la salvación
del Señor. Por eso dijo Jesús: «Los publicanos y las prostitutas os llevan
la delantera en el camino del Reino de Dios» (Mt 21,31).
«...Alza con
fuerza la voz, álzala, no temas, di a las ciudades de Judá: aquí está
vuestro Dios». La mejor señal de que recibimos al Salvador, es el deseo de
gritar a todos que «¡hemos encontrado al Mesías!»
(Jn 1,41). Si de veras acogemos a Cristo y experimentamos la salvación que
Él trae, no podemos permanecer callados. Nos convertimos en heraldos, en
mensajeros, en profetas, en apóstoles. Y no por una obligación exterior,
sino por necesidad interior: «No podemos dejar de hablar lo que hemos visto
y oído» (He 4,20).
DOMINGO III DE ADVIENTO
La Buena Noticia
Is 61,1-2.10-11
«Como el suelo
echa sus brotes... así el Señor hará brotar la justicia y los himnos ante
todos los pueblos». La palabra de Dios escuchada como es y como se nos da,
saca del individualismo y de las expectativas reducidas. La acción de Dios
se asemeja a una tierra fértil que hace germinar con vigor plantas de todo
tipo. Así Dios suscita la santidad –«justicia»– y, en consecuencia, provoca
la alabanza gozosa y exultante –«los himnos»–. Y eso no para unos pocos,
sino para «todos los pueblos». Éstos son los horizontes en que nos
introduce la esperanza del Adviento. Pues la acción de Dios es fecunda e
inagotable, genera vida.
«Me ha enviado
para dar la buena noticia a los que sufren». Si prestamos atención a los
textos, ellos nos dirán quiénes somos o cómo estamos y a la vez qué estamos
llamados a ser. Nos encontramos desgarrados, cautivos, prisioneros... Nos
encontramos llenos de sufrimientos porque todavía no conocemos ni vivimos
lo suficiente la buena noticia, el Evangelio... Pero es a los que así se
encuentran a los que se les proclama la amnistía y la liberación de la
esclavitud; se les anuncia la buena nueva y se les invita a dejarse vendar
los corazones desgarrados... ¿Lo creo de veras? ¿Lo espero?
«El Espíritu
del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido». Para todo esto
viene Cristo, el Mesías, el Ungido. Nosotros también hemos sido ungidos.
Somos cristianos. Hemos recibido el mismo Espíritu de Cristo. Y también
somos enviados a dar la buena noticia a los que sufren, a vendar los
corazones desgarrados... además de acoger la acción de Cristo en nosotros,
a favor nuestro –o mejor, en la medida en que la acojamos–, prolongamos a
Cristo y su acción en el mundo y a favor del mundo, dejándole que tome
nuestra mente, nuestro corazón, nuestros labios, nuestras manos..., y los
use a su gusto.
Testigo de la Luz
Jn 1,6-8.19-2
Juan Bautista
es testigo de la luz. Nos ayuda a prepararnos a recibir a Cristo que viene
como «luz del mundo» (Jn 9,5). Para acoger a Cristo hace falta mucha
humildad, porque su luz va a hacernos descubrir que en nuestra vida hay
muchas tinieblas; más aún, Él viene como luz para expulsar nuestras
tinieblas. Si nos sentimos indigentes y necesitados, Cristo nos sana. Pero
el que se cree ya bastante bueno y se encierra en su autosuficiencia y en
su pretendida bondad, no puede acoger a Cristo: «Para un juicio he venido a
este mundo: para que los que no ven, vean; y los que ven se vuelvan ciegos»
(Jn 9,39).
Juan Bautista
es testigo de la luz. Y bien sabemos lo que le costó a él ser testigo de la
luz y de la verdad. Pues bien, no podemos recibir a Cristo si no estamos
dispuestos a jugarnos todo por Él. Poner condiciones y cláusulas es en
realidad rechazar a Cristo, pues las condiciones las pone sólo Él. Si
queremos recibir a Cristo que viene como luz, hemos de estar dispuestos a convertirnos
en testigos de la luz, hasta llegar al derramamiento de nuestra propia
sangre, si es preciso, lo mismo que Juan. «Por todo aquel que se declare
por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que
está en los cielos; pero a quien me niegue ante los hombres, le negaré yo
también ante mi Padre que está en los cielos» (Mt10, 32-33).
Juan Bautista es testigo de la
luz. Pero confiesa abiertamente que él no es la luz, que no es el Mesías.
Él es pura referencia a Cristo; no se queda en sí mismo ni permite que los
demás se queden en él. ¡Qué falta nos hace esta humildad de Juan, este
desaparecer delante de Cristo, para que sólo Cristo se manifieste! Ojalá
podamos decir con toda verdad, como Juan: «Es preciso que Él crezca y que
yo disminuya» (Jn 3,30).
DOMINGO IV DE ADVIENTO
Todo sucede en María
2Sam
7,1-5.8-11.16; Lc1,26-38
«¿Eres tú quien
me va a construir una casa...?» Por medio del profeta Natán, Dios rechaza
el deseo de David de construirle una casa... Dios mismo se va a construir su
propia casa: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la fuerza del Altísimo te
cubrirá con su sombra». Jesús será la verdadera Casa de Dios, el Templo de
Dios (Jn 2,21), la Tienda del Encuentro de Dios con los hombres. En la
carne del Verbo los hombres podrán contemplar definitivamente la gloria de
Dios (Jn 1,14) que los salva y diviniza.
«Te daré una
dinastía». A este David que quería construir una casa a Dios, Dios le
anuncia que será Él más bien quien dé a David una casa, una dinastía. A
este David que aspiraba a que un hijo suyo le sucediera en el trono, Dios
le promete que de su descendencia nacerá el Mesías: a Jesús «Dios le dará
el trono de David su padre, reinará... para siempre, y su reino no tendrá
fin».
La iniciativa
de Dios triunfa siempre. Dios desbarata los planes de los hombres. Y colma
unas veces, desbarata otras y desborda siempre las
expectativas de los hombres. ¿Qué maravillas no podremos esperar ante la
inaudita noticia de la encarnación del Hijo de Dios?
«Hágase en mí
según tu palabra». Todo sucede en María. En ella se realiza la encarnación.
Por ella nos viene Cristo. Y esto es y será siempre así: por la acción del
Espíritu Santo a través de la receptividad y absoluta docilidad de María
Virgen.
¿Se trata de
que Cristo nazca, viva y crezca en mí? Por obra del Espíritu en el seno de
María. ¿Se trata de que Cristo nazca en quien no le posee o no le conoce?
¿Se trata de que Cristo sea de nuevo engendrado y dado a luz en este mundo
tan necesitado por Él? Por gracia del Espíritu Santo a través de María
Virgen. Es el camino que Él mismo ha querido y no hay otro.
Enteramente disponibles
Lc 1,26-38
A las puertas
mismas de la Navidad y después de habérsenos presentado Juan Bautista, se
nos propone a María como modelo para recibir a Cristo. Sobre todo, por su
disponibilidad. Ante el anuncio del ángel, María manifiesta la
disponibilidad de la esclava, de quien se ofrece a Dios totalmente, sin
poner condiciones, sometiéndose perfectamente a sus planes. Si nosotros
queremos recibir de veras a Cristo, no podemos tener otra actitud distinta
de la suya. Cristo viene como «el Señor» y hemos de recibirle en completa
sumisión, aceptando incondicionalmente su señorío sobre nosotros mismos,
sino que «somos del Señor» (Rom 14,8).
Además, María
acoge a Cristo por la fe. Frente a lo sorprendente de lo que se le anuncia,
ella no duda; se fía de la palabra que se le dirige de parte de Dios: «para
Dios nada hay imposible». Cree sin vacilar y en esto consiste su felicidad:
«Dichosa tú que has creído, porque lo que se te ha dicho de parte del Señor
se cumplirá» (Lc 1,45). Para recibir a Cristo hace falta una fe viva que
nos haga creer que es capaz de sacarnos de nuestras debilidades y que puede
y quiere transformar un mundo corrompido, ya que «ha venido a buscar y a
salvar lo que estaba perdido» (Lc 19,10). No hay motivo para la duda, pues
lo que está en juego es «el poder del Altísimo».
Finalmente, lo
primero que experimenta María es la alegría: «¡Alégrate!».
Es la alegría de recibir al Salvador. También nosotros, si recibimos a
Cristo, estamos llamados a experimentar esta alegría: una alegría que no
tiene nada que ver con la que ofrece el consumismo de estos días, pues es
incomparablemente más profunda, más duradera y más intensa.
NATIVIDAD DEL SEÑOR
Hemos visto su gloria
Mt 1,1-25; Lc 2,1-14.15-20; Jn 1,1-18
Grande es la riqueza de la liturgia de Navidad, con
cuatro misas diferentes. He aquí una pincelada de cada uno de los cuatro
evangelios.
«Jacob engendró a José, el esposo de María». La misa
vespertina de la vigilia recoge la larga genealogía de Jesús. El Hijo de
Dios ha asumido la historia de Israel y, en ella, la historia entera de la
humanidad. En ella hay de todo, desde hombres piadosos hasta grandes
pecadores. Así, Cristo ha redimido esta historia desde dentro, haciéndola
suya.
«La gran alegría». La misa de medianoche está marcada
por ese estallido de júbilo: ha nacido el Salvador. Un año más la Iglesia
acoge con gozo esa «buena noticia» de labios de los ángeles, se deja
sorprender y entusiasmar por ella y, de ese modo, se capacita para ser ella
misma mensajera de esa gran alegría para todos los hombres.
«Fueron corriendo». La misa de la aurora está marcada
por las prisas de los pastores para ver lo que el ángel anunció. Es la
reacción ante la maravillosa noticia: nadie puede quedar indiferente. Menos
aún después de ver a Jesús: «Se volvieron dando gloria y alabanza a Dios».
«Hemos contemplado su gloria». Tras la reacción inicial,
la actitud contemplativa del evangelista Juan. Se trata de acoger la luz
que irradia de la carne del Verbo. Y de acoger toda la abundancia de vida
que de Él brota: «de su plenitud todos hemos recibido», «da poder para ser
hijos de Dios»...
DOMINGO DE LA SAGRADA FAMILIA
Pertenencia exclusiva de Dios
Lc 2,22-40
«Llevaron a
Jesús a Jerusalén para presentarlo al Señor». Jesús es ofrecido, consagrado
a Dios. María y José saben que Jesús es santo (Lc 1,35), que ha sido
consagrado por el Espíritu Santo. No necesita ser consagrado, pues ya está
consagrado desde el momento mismo de su concepción. Sin embargo, realizan
este pacto para ratificar públicamente que Jesús pertenece a Dios, que es
pertenencia exclusiva del Padre y por consiguiente sólo a sus cosas se va a
dedicar (Lc 2,49).
También
nosotros estamos consagrados a Él por el bautismo. No es cuestión de que
nos consagremos a Dios, sino de tomar conciencia de que ya lo estamos y que
cuando no vivimos así, estamos profanando y degradando nuestra condición y
nuestra dignidad de hijos de Dios.
«Éste está
puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten». Ya desde el inicio
Jesús es signo de contradicción. Lo fue durante toda su vida terrena y lo
seguirá siendo hasta el fin de los tiempos. También durante este año
litúrgico. El Señor se nos irá revelando y conviene tener presente que
existe el peligro de que le rechacemos cuando sus planes y sus caminos no
coincidan con los nuestros, cuando sus exigencias nos parezcan excesivas,
cuando la cruz se presente en nuestra vida... Para que no rechacemos a
Cristo necesitamos la actitud de Simón y de Ana, los pobres de Yahvé que lo
esperan todo de Dios y que no le ponen condiciones. «¡Dichoso
aquel que no se sienta escandalizado por mí!» (Mt 11,6).
Por otra parte,
si Cristo se presenta ya desde el principio como signo de contradicción
–que llegará a su culmen en la cruz–, esto nos debe hacer examinar cómo le
manifestamos. No debe extrañarnos que el mundo nos odie por ser cristianos
(Jn 15,19-20). Más bien debería sorprendernos que nuestra vida no choque ni
provoque reacciones en un mundo totalmente pagano. ¿No será que hemos
dejado de ser luz del mundo y sal de la tierra?
Modelo de toda familia
En estos
versículos del evangelio de la infancia se nos presenta la familia de
Nazaret como modelo de toda familia cristiana. En primer lugar, todo el
episodio está marcado por el hecho de cumplir la ley del Señor –cinco veces
aparece la expresión en estos pocos versículos–. San Lucas subraya cómo
María y José cumplen con todo detalle lo que manda la ley santa; lejos de
sentirse dispensados, se someten dócilmente a ella. De igual modo, no puede
haber familia auténticamente cristiana si no está modelada toda ella, en
todos sus planeamientos y detalles, según la ley de Dios, según sus
mandamientos y su voluntad.
Por otra parte,
para los israelitas, presentar el hijo primogénito en el santuario era
reconocer que pertenecía a Dios (Ex 13,2). Más que nadie, Jesús pertenece a
Dios, pues es el Hijo del Altísimo (Lc 1,32). Este gesto es muy iluminador
para toda familia, que ha de recibir cada nuevo hijo como un don precioso
de Dios, que es el verdadero Padre (Mt 23,9), y ha de saber ofrecerle de
nuevo a Dios, sabiendo para toda la vida que en realidad ese hijo no les
pertenece a ellos, sino a Dios; por lo cual han de educarle según la
voluntad del Señor, no la suya propia, de manera que crezca en gracia y
sabiduría.
En la vida de
la familia de Nazaret también está presente la cruz. Jesús es signo de
contradicción y a María una espada le traspasa el alma. ¡Qué consolador
para una familia cristiana saber que José, María y Jesús han sufrido antes
que ellos y más que ellos! También en esas situaciones de dificultad, de
enfermedad, de persecución por sus convicciones y conducta cristiana, lo
decisivo es saber que «la gracia de Dios les acompaña».
DOMINGO II DESPUÉS DE NAVIDAD
La luz verdadera
Jn 1,1-18
«La Palabra era
la luz verdadera que alumbra a todo hombre». Cristo, el Hijo de Dios hecho
hombre, es la Luz. «En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece
en el misterio del Verbo encarnado» (GS 22). Sólo en Cristo cobra sentido
la vida de todo hombre. Pues bien, cuando vemos a nuestro alrededor tantos
hombres y mujeres destruidos, ¿cómo permanecer tranquilos habiendo venido
el Redentor? ¿Qué estamos haciendo con la luz de Cristo, la que el mundo
necesita, la única que redime?
Juan «venía
como testigo para dar testimonio de la luz». ¡Qué hermosa expresión del ser
cristiano! «No era él la luz, sino testigo de la luz». La Luz es Cristo y
sólo Él. Pero el mundo necesita testigos de la Luz para creer en la Luz. Y
a nosotros se nos ha dicho: «vosotros sois la luz del mundo» (Mt 5,14). El
mundo necesita la luz de Cristo y nos necesita a nosotros como testigos de
la luz. Necesita nuestra vida transfigurada por la luz de Cristo, luminosa
con la luz que proviene de Él, reflejándole a Él en cada palabra, en cada
gesto.
«Vino a su casa
y los suyos no le recibieron». Ésta es la tragedia, la única tragedia: no
recibir a Cristo, sofocar la luz. Una Navidad más los hombres pueden
rechazar a Cristo. También nosotros podemos rechazarle. Si permanecemos en
nuestra comodidad, si no nos arranca de nuestros esquemas, habremos
rechazado a Cristo. «Los suyos no le recibieron». No le recibieron los que
oficialmente pertenecían al pueblo de Dios, al Pueblo santo, al Pueblo de
las promesas. Y podemos no recibirle nosotros que pertenecemos al nuevo
pueblo de Dios, oficialmente cristianos. Es preciso renovar ahora, más que
nunca, la actitud de conversión para que esta Navidad no pase ni pena ni
gloria, para que Cristo venga a su Casa y pueda disponerlo todo a su gusto
EPIFANÍA DEL SEÑOR
Rendirse ante Dios
Mt 2,1-12
El primer detalle que el evangelio de hoy sugiere es el
enorme atractivo de Jesucristo. Apenas ha nacido y unos magos de países
lejanos vienen a adorarlo. Ya desde el principio, sin haber hecho nada,
Jesús comienza a brillar y a atraer. Es lo que después ocurrirá en su vida
pública continuamente: «¿Quién es este?» (Mc
4,41). «Nunca hemos visto cosa igual» (Mc 2,12). ¿Me siento yo atraído por
Cristo? ¿Me fascina su grandeza y su poder? ¿Me deslumbra la hermosura de
aquel que es «el más bello de los hombres» (Sal 45,3)?
Además, toda la escena gira en torno a la adoración. Los
Magos se rinden ante Cristo y le adoran, reconociéndole como Rey –el oro– y
como Dios –el incienso– y preanunciando el misterio de su muerte y
resurrección –la mirra–. La adoración brota espontánea precisamente al
reconocer la grandeza de Cristo y su soberanía, sobre todo, al descubrir su
misterio insondable. En medio de un mundo que no sólo no adora a Cristo,
sino que es indiferente ante Él y le rechaza, los cristianos estamos
llamados más que nunca a vivir este sentido de adoración, de reverencia y
admiración, esta actitud profundamente religiosa de quien se rinde ante el
misterio de Dios.
Y, finalmente, aparece el símbolo de la luz. La estrella
que conduce a los Magos hasta Cristo expresa de una manera gráfica lo que
ha de ser la vida de todo cristiano: una luz que brillando en medio de las
tinieblas de nuestro mundo ilumine «a los que viven en tinieblas y en
sombra de muerte» (Lc 1,79), les conduzca a Cristo para que experimenten su
atractivo y le adoren, y les muestre «una razón para vivir» (Fil 2,15-16).
BAUTISMO DEL SEÑOR
Mc 1,6b-11
En el tiempo de
Navidad y Epifanía Marcos está casi totalmente ausente. Sabido es cómo –a
diferencia de los otros evangelios – no contiene nada referente a los
evangelios de la infancia. Sólo al final del Ciclo de Navidad –fiesta del
Bautismo del Señor– volvemos a encontrar el evangelio de Marcos.
El bautismo de
Jesús (Mc 1,6b-11) pone de relieve que Él es efectivamente el Mesías, el
Ungido de Dios (cfr. Is 11,2; 42,1; 63,11-19), como ya se indicaba en el
título del Evangelio (Mc 1,1). Los cielos –tanto tiempo
cerrados– ahora se rasgan: en Jesús se ha restablecido la
comunicación de Dios con los hombres y de los hombres con Dios; con Jesús,
siervo de Yahvé e Hijo muy amado de Dios comienza una etapa nueva. Por lo
demás, la perícopa incluye, además del relato del bautismo en sí –muy breve
en Marcos–, el anuncio del Bautista de que Él bautizará con Espíritu Santo;
con ello se pone de relieve que precisamente por ser el Mesías y estar
lleno del Espíritu, Jesús puede bautizar –es decir, sumergir– en Espíritu a
todos los le que aceptan.
En la benevolencia del Padre
En el relato
del bautismo, Jesús aparece como el «Hijo amado» del Padre. Esta es su
identidad y su misterio a la vez: este hombre es el Hijo único del Padre,
Dios igual que Él. Toda la vida humana de Jesús es una vida filial; vive
como Hijo y se siente amado por el Padre: «El Padre ama al Hijo y lo ha
puesto todo en sus manos» (Jn 3,35). También nosotros somos hijos de Dios
por el bautismo. Pero nuestra vida cristiana no tendrá base sólida ni
cobrará altura si no vivimos en la benevolencia del Padre y no
experimentamos la alegría de ser hijos amados de Dios.
Jesús se
manifiesta igualmente al inicio de su vida pública como ungido por el
Espíritu Santo. Toda su existencia va a ser conducida por este Espíritu (Lc
4,1.4). Jesús es totalmente dócil a la acción del Espíritu Santo en Él y
nos da su mismo Espíritu a nosotros. ¿Tengo conciencia de ser «templo del
Espíritu Santo»? (1Cor 6,19) ¿Conozco al Espíritu Santo o soy como aquellos
discípulos de Juan que ni siquiera sabían que existía el Espíritu Santo?
(He 19,2). «Los que se dejan llevar por el Espíritu, esos son los hijos de
Dios» (Rom 8,14): ¿me dejo guiar dócilmente por este Espíritu que mora en
mí? ¿Experimento como Jesús «la alegría del Espíritu Santo»? (Lc 10,21).
¿Dejo que Él produzca en mí sus frutos? (Gal 5,22-23).
Siendo inocente
y santo, al bautizarse Jesús pasa por un pecador; por eso Juan quiere
impedírselo (Mt 3,14). Jesús inicia su vida pública con la humillación, lo
mismo que había sido su infancia y seguirá siendo toda su vida hasta acabar
en la suprema humillación de la cruz. Jesús vive en la humillación
permanente; no sólo acepta la humillación, sino que Él mismo la elige. ¿Y
yo?
CUARESMA
DOMINGO I DE CUARESMA
Gen 9,8-15; 1Pe
3,18-22; Mc 1,12-15
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