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AÑO LITURGICO CICLO C

EL ORIGEN DE LOS TEXTOS, ES DE LA FUNDACION GRATIS DATE www.gratisdate.org

Estimados amigos: Con mucho gusto les autorizamos a reproducir en sus páginas-web (Caminando con Jesus, Caminando con Maria y Misa Diaria), ….. Encomendemos al Señor mutuamente nuestro apostolado.

Cordial saludo en Cristo

+FGD

JULIO ALONSO AMPUERO, MEDITACIONES BÍBLICAS SOBRE EL AÑO LITÚRGICO

En cinco Cuadernos de Espiritualidad Bíblica ya el Autor nos ha ayudado a profundizar en la espiritualidad misma de las Sagradas Escrituras, estudiando importantes temas del Antiguo y del Nuevo Testamento. En esta ocasión, con escritos breves y concisos, nos introduce en la meditación de los textos sagrados meditados en el marco eclesial del Año litúrgico, que es precisamente donde hallan su máxima fuerza reveladora y santificante.

 

 

ADVIENTO Y NAVIDAD

Domingo I de Adviento

Domingo II de Adviento Acontece Dios

Domingo III de Adviento

Domingo IV de Adviento Heme aquí

Natividad del Señor

La Sagrada Familia Una Familia nueva

Domingo II después de Navidad Hemos visto su gloria

Epifanía del Señor

Bautismo del Señor Hijos de Dios

 

CUARESMA

Domingo I de Cuaresma

Domingo II de Cuaresma Dejarnos seducir por Cristo

Domingo III de Cuaresma Nuestro engaño

Domingo IV de Cuaresma El perdón del Padre

Domingo V de Cuaresma Un camino nuevo

 

SEMANA SANTA

Domingo de Ramos La pasión del Señor

Jueves Santo

Viernes Santo

Vigilia Pascual

Domingo de Resurrección

 

TIEMPO PASCUAL

Domingo II de Pascua El cielo en la tierra

Domingo III de Pascua Él mismo en persona

Domingo IV de Pascua Atentos a Cristo

Domingo V de Pascua Amor que glorifica

Domingo VI de Pascua Test de amor

La Ascensión del Señor Semana de cenáculo

Domingo de Pentecostés El prodigio de Pentecostés

Domingo de la Santísima Trinidad Familiares de Dios

Corpus Christi Dadles vosotros

Sagrado Corazón de Jesús La alegría de Dios

 

TIEMPO ORDINARIO

Domingo II del Tiempo Ordinario Por amor de Sión

Domingo III del Tiempo Ordinario Los ojos fijos en Él

Domingo IV del Tiempo Ordinario Te convierto en plaza fuerte

Domingo V del Tiempo Ordinario Perder pie

Domingo VI del Tiempo Ordinario El peligro de las riquezas

Domingo VII del Tiempo Ordinario La propia medida

Domingo VIII del Tiempo Ordinario

Domingo IX del Tiempo Ordinario La fe del centurión

Domingo X del Tiempo Ordinario La visita de Dios

Domingo XI del Tiempo Ordinario La gratitud del perdonado

Domingo XII del Tiempo Ordinario Conocer a Jesús

Domingo XIII del Tiempo Ordinario No se negocia

Domingo XIV del Tiempo Ordinario

Domingo XV del Tiempo Ordinario Entrañas de misericordia

Domingo XVI del Tiempo Ordinario A los pies del Señor

Domingo XVII del Tiempo Ordinario

Domingo XVIII del Tiempo Ordinario Necedad y sensatez

Domingo XIX del Tiempo Ordinario La mejor inversión

Domingo XX del Tiempo Ordinario Pura pasión

Domingo XXI del Tiempo Ordinario Entrar por la puerta estrecha

Domingo XXII del Tiempo Ordinario El único camino

Domingo XXIII del Tiempo Ordinario Sin condiciones

Domingo XXIV del Tiempo Ordinario Estamos todos

Domingo XXV del Tiempo Ordinario

Domingo XXVI del Tiempo Ordinario Basta la palabra

Domingo XXVII del Tiempo Ordinario El poder de la fe

Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario Salvados por la fe

Domingo XXIX del Tiempo Ordinario El poder de la oración

Domingo XXX del Tiempo Ordinario Pasando factura

Domingo XXXI del Tiempo Ordinario Una presencia que transforma

Domingo XXXII del Tiempo Ordinario El gozo de la esperanza

Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario Falsos profetas

Jesucristo, Rey del Universo Un Rey crucificado

 

 

 

 

 

ADVIENTO Y NAVIDAD

DOMINGO I DE ADVIENTO

«Se acerca vuestra liberación»

Lc 21,25-28.34-36

«Se salvará Judá». Es notable que la mayor parte de los textos bíblicos de la liturgia de Adviento nos hablan de la salvación del pueblo entero. «Cumpliré mi promesa que hice a la casa de Israel». Hemos de ensanchar nuestro corazón y dejar que se dilate nuestra esperanza al empezar el Adviento. Debemos evitar reducir o empequeñecer la acción de Dios: nuestra mirada debe abarcar a la Iglesia entera, que se extiende por todo el mundo. No podemos conformarnos con menos de lo que Dios quiere darnos.

«Santos e irreprensibles». Lo mismo hemos de tener presente en cuanto a la intensidad de la esperanza. Si Cristo viene no es sólo para mejorarnos un poco, sino para hacernos partícipes de la santidad misma de Dios. Y esta obra suya de salvación quiere ser tan poderosa que se manifestará ante todo el mundo que él es nuestra santidad, que no somos santos por nuestras fuerzas, sino por la gracia suya, hasta el punto de que a la Iglesia se le pueda dar el nombre de «Señor-nuestra-justicia».

«Se acerca vuestra liberación». Toda venida de Cristo es siempre liberadora, redentora. Viene para arrancamos de la esclavitud de nuestros pecados. Por eso, nuestra esperanza se convierte en deseo apremiante, en anhelo incontenible, exactamente igual que el prisionero que contempla cercano el día de su liberación. La auténtica esperanza nos pone en marcha y desata todas nuestras energías.

 

DOMINGO II DE ADVIENTO

Acontece Dios

Lc 3,1-6

«Vino la palabra de Dios sobre Juan». Lucas, con su mentalidad de historiador, tiene mucho interés en precisar los datos históricos de la predicación del Bautista. La palabra de Dios acontece. No se nos habla de algo irreal, abstracto o ajeno a nuestra historia. Dios interviene en momentos concretos y en lugares determinados de la historia de los hombres. También de la tuya. Quizá ahora mismo, en este preciso instante...

«Un bautismo de conversión». La misión de Juan ha estado marcada por esta llamada incesante a la conversión. También la Iglesia ha recibido este encargo. Y esta invitación no siempre nos resulta grata; nos escuece, nos molesta... Y sin embargo, la llamada a la conversión es llamada a la vida: sólo mediante la conversión será realidad que «todos verán la salvación de Dios». Convertirnos es en realidad despojarnos del vestido de luto y aflicción y vestirnos las galas perpetuas de la gloria que Dios nos da (1ª lectura: Bar 5,1).

«Elévense los valles, desciendan los montes y colinas». La esperanza del adviento quiere levantarnos de los valles de nuestros desánimos y cobardías, y abajarnos de los montes de nuestros orgullos y autosuficiencias. Quiere ponernos en la verdad de Dios y en la verdad de nosotros mismos. Quiere conducirnos a no esperar nada de nosotros mismos, y al mismo tiempo a esperarlo todo de Dios, a esperar cosas grandes y maravillosas porque Dios es grande y maravilloso.

 

DOMINGO III DE ADVIENTO

¡Alégrate!

Sof 3, 14

La liturgia de este domingo quiere infundirnos una alegría desbordante: «Regocíjate... Grita de júbilo... Alégrate y gózate de todo corazón...» ¿La razón? La Iglesia presiente la inminencia de Cristo –«el Señor será el rey de Israel en medio de ti»– y no puede contener su gozo; la esperanza,, el deseo de Cristo, se transforma en júbilo porque ya viene, está a la puerta. He ahí la gran certeza de la esperanza cristiana.

Y con la presencia de Cristo, la salvación que trae: «El Señor ha cancelado tu condena, ha expulsado a tus enemigos». No sólo es la alegría por la presencia del Amado, sino también el entusiasmo por la victoria: «El Señor tu Dios, en medio de ti, es un guerrero que salva». Los males que nos rodean tienen, por fin, remedio, porque llega Cristo, Salvador del mundo.

Se nos regala un nuevo Adviento para que aprendamos a vivir esta realidad: «¡Gritad jubilosos...! ¡Qué grande es en medio de ti el santo de Israel!» Y eso que la salvación que experimentamos ya es sólo el comienzo, pues es Jesús viene a bautizarnos con Espíritu Santo y fuego. Este es su don, el don mesiánico por excelencia. Jesús anhela sumergirnos en su Espíritu. El Adviento nos abre no sólo a Navidad, sino también a Pentecostés.

 

DOMINGO IV DE ADVIENTO

Heme aquí

Lc 1,39-45

Cerca ya de la Navidad, la liturgia de este domingo nos invita a clavar nuestros ojos en el misterio de la encarnación: Cristo entrando en el mundo. Y en este acontecimiento central de la historia, la obediencia. Desde el primer instante de su existencia humana, Cristo ha vivido en absoluta docilidad al plan del Padre: «Aquí estoy para hacer tu voluntad». Y así hasta el último momento, cuando en Getsemaní exclame: «No se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú». Y gracias a esta voluntad todos quedamos santificados, pues «así como por la desobediencia de un solo hombre todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo, todos serán constituidos justos» (Rom 5,19).

Y, además de la obediencia, Cristo vive desde el primer instante de su existencia humana en actitud de ofrenda: «No quieres sacrificios... Pero me has preparado un cuerpo... Aquí estoy». La entrega de Cristo en la cruz no es cosa de un momento. Es que ha vivido así toda su vida humana, en oblación continua, como ofrenda permanente. Su ser de Hijo ha de expresarse necesariamente en esta manera de vivir dándonos al Padre.

Y en el misterio de la encarnación está María. Más aún, la misma encarnación es posible gracias a la fe de María que se fía de Dios y acepta totalmente su plan. Por eso se le felicita: «¡Dichosa tú que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá!» Este acto de fe tan sencillo y aparentemente insignificante ha sido la puerta por la que ha entrado toda la gracia en el mundo.

 

NATIVIDAD DEL SEÑOR

Hemos visto su gloria

Mt 1,1-25; Lc 2,1-14.15-20; Jn 1,1-18

Grande es la riqueza de la liturgia de Navidad, con cuatro misas diferentes. He aquí una pincelada de cada uno de los cuatro evangelios.

«Jacob engendró a José, el esposo de María». La misa vespertina de la vigilia recoge la larga genealogía de Jesús. El Hijo de Dios ha asumido la historia de Israel y, en ella, la historia entera de la humanidad. En ella hay de todo, desde hombres piadosos hasta grandes pecadores. Así, Cristo ha redimido esta historia desde dentro, haciéndola suya.

«La gran alegría». La misa de medianoche está marcada por ese estallido de júbilo: ha nacido el Salvador. Un año más la Iglesia acoge con gozo esa «buena noticia» de labios de los ángeles, se deja sorprender y entusiasmar por ella y, de ese modo, se capacita para ser ella misma mensajera de esa gran alegría para todos los hombres.

«Fueron corriendo». La misa de la aurora está marcada por las prisas de los pastores para ver lo que el ángel anunció. Es la reacción ante la maravillosa noticia: nadie puede quedar indiferente. Menos aún después de ver a Jesús: «Se volvieron dando gloria y alabanza a Dios».

«Hemos contemplado su gloria». Tras la reacción inicial, la actitud contemplativa del evangelista Juan. Se trata de acoger la luz que irradia de la carne del Verbo. Y de acoger toda la abundancia de vida que de Él brota: «de su plenitud todos hemos recibido», «da poder para ser hijos de Dios»...

 

LA SAGRADA FAMILIA

Una Familia nueva

Lc 2,22-40

Nada más celebrar la Navidad, la liturgia nos introduce en esta fiesta de la Sagrada Familia. Tiene un profundo significado: Al entrar en este mundo, el Verbo lo renueva todo; al hacerse hombre, sana y regenera todo lo humano. También la familia. Al sanar el corazón humano, herido por el pecado, Cristo hace posible una familia nueva.

Los valores naturales de la familia no son anulados. Todo lo contrario. La gracia de Cristo los purifica, los potencia, los eleva. Las virtudes que el Espíritu de Cristo siembra en el corazón humano hacen posible vivir de una manera nueva el misterio de la familia. La misericordia, la bondad, la dulzura, la humildad, el perdón, el amor, la unidad, la paz son fruto del Espíritu Santo. Vividas a semejanza de Cristo, hacen que la familia cristiana sea reflejo de la familia de Nazaret y –más aún– de la Trinidad misma.

En el mundo actual, cuando la familia se deteriora por momentos, es más necesario que nunca contemplar a la Sagrada Familia para comprender que la familia sólo en Cristo puede realizar su ideal, pues sólo él une, da cohesión y hace a cada uno capaz de amar generosamente, de perdonar, de darse sin medida, de comprender. Sin Cristo, el hombre y la familia, dejados a su debilidad, sucumben. «El que escucha la palabra de Dios y la cumple, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre» (Lc 8,21).

 

DOMINGO II DESPUÉS DE NAVIDAD

Hemos visto su gloria

Jn 1,1-18

La Iglesia permanece absorta en el misterio de la Navidad. Es tan grande lo que ha ocurrido que no tiene ojos más para mirar a su esposo. Y los textos de este domingo son simplemente eso: como cuando uno ha vivido un acontecimiento sumamente importante y vuelve una y otra vez sobre lo que le ha sucedido, recordándolo, saboreándolo, considerándolo, dejándose empapar por ello.

Y es que el Misterio de la Navidad no es algo pasajero. El Hijo de Dios ha plantado su tienda entre nosotros y ya para siempre se queda con nosotros. Se ha hecho «conciudadano» nuestro, de nuestra tierra, de nuestro mundo, para hacerse a nosotros «ciudadanos del cielo» (Fil 3, 20). Quiere convivir con nosotros, busca estrechar lazos de familiaridad y de intimidad. Desea que le veamos, que le escuchemos, que le palpemos (1 Jn 1,1).

«Hemos visto su gloria». La Iglesia sabe que todo lo tiene en su Esposo y por eso se dedica a contemplar su gloria. Nada hay comparable a este conocimiento de Cristo: «Juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor» (Fil 3,8). Hemos nacido para contemplar al Verbo hecho carne y la Iglesia, como Esposa enamorada, sabe que todo le viene de este conocimiento amoroso: «Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo» (Jn 17,3).

 

EPIFANÍA DEL SEÑOR

Rendirse ante Dios

Mt 2,1-12

El primer detalle que el evangelio de hoy sugiere es el enorme atractivo de Jesucristo. Apenas ha nacido y unos magos de países lejanos vienen a adorarlo. Ya desde el principio, sin haber hecho nada, Jesús comienza a brillar y a atraer. Es lo que después ocurrirá en su vida pública continuamente: «¿Quién es este?» (Mc 4,41). «Nunca hemos visto cosa igual» (Mc 2,12). ¿Me siento yo atraído por Cristo? ¿Me fascina su grandeza y su poder? ¿Me deslumbra la hermosura de aquel que es «el más bello de los hombres» (Sal 45,3)?

Además, toda la escena gira en torno a la adoración. Los Magos se rinden ante Cristo y le adoran, reconociéndole como Rey –el oro– y como Dios –el incienso– y preanunciando el misterio de su muerte y resurrección –la mirra–. La adoración brota espontánea precisamente al reconocer la grandeza de Cristo y su soberanía, sobre todo, al descubrir su misterio insondable. En medio de un mundo que no sólo no adora a Cristo, sino que es indiferente ante Él y le rechaza, los cristianos estamos llamados más que nunca a vivir este sentido de adoración, de reverencia y admiración, esta actitud profundamente religiosa de quien se rinde ante el misterio de Dios.

Y, finalmente, aparece el símbolo de la luz. La estrella que conduce a los Magos hasta Cristo expresa de una manera gráfica lo que ha de ser la vida de todo cristiano: una luz que brillando en medio de las tinieblas de nuestro mundo ilumine «a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte» (Lc 1,79), les conduzca a Cristo para que experimenten su atractivo y le adoren, y les muestre «una razón para vivir» (Fil 2,15-16).

 

BAUTISMO DEL SEÑOR

Hijos de Dios

Is 42,1-7; Hch 10,34-38; Lc 3,15-22

Siendo Hijo, Jesús pasa por el Bautismo para que los que éramos «hijos de ira» (Ef 2,3) llegásemos a ser hijos de Dios. Gracias a Cristo se han abierto para nosotros los cielos, cerrados desde que Adán y Eva fueron expulsados del paraíso (Gén 3,23-24). Gracias a Cristo somos «miembros de la familia de Dios» (Ef 2,19). No deberíamos olvidar nunca la gratitud ni apartar de nuestro corazón el gozo ante esta realidad: «Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!» (1 Jn 3,1).

Hemos sido bautizados «con Espíritu Santo y fuego». El Espíritu es fuego que, derramado en nuestros corazones por el bautismo, nos incendia en el amor a Cristo y a los hombres. No hemos recibido un Espíritu cobarde, sino un Espíritu de energía (2 Tim 1,7) que nos impulsa sin cesar, como a Cristo. Pues también nosotros hemos sido «ungidos con la fuerza del Espíritu para pasar haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo».

La fiesta de hoy debe hacernos reconocer nuestra dignidad de bautizados. En el bautismo radica nuestra identidad. En él hemos recibido la vida misma de Dios y la capacidad de vivir en intimidad con el Padre, con Cristo, en el Espíritu Santo. Dejemos que la gracia del bautismo fructifique en nosotros para la vida eterna.

 


 

CUARESMA

 

DOMINGO I DE CUARESMA

¿De qué parte?

Lc 4,1-13

Al inicio de la Cuaresma, este evangelio pone delante de nuestros ojos toda la seriedad de la vida cristiana. «Nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino... contra los espíritus del mal que están en las alturas» (Ef 6, 12). Desde el Paraíso (Gén 3), toda la historia humana es una lucha entre el bien y el mal, entre Cristo y Satanás. La Cuaresma nos fuerza a una decisión: ¿De qué parte nos ponemos?

Pero en esta lucha no estamos a la deriva. Cristo ha luchado, para que nosotros luchemos; Cristo ha vencido para que nosotros venzamos. En este sentido, la liturgia de Cuaresma comienza haciéndonos elevar los ojos a Cristo, para seguirle como modelo y para dejarnos influir por el impulso interior de combate victorioso que quiere infundir en nosotros.

También se nos indican las armas para vencer a Satanás. A cada tentación Jesús responde con un texto de la Escritura. En estos días Cuaresmales se nos invita a alimentarnos con más abundancia de la Palabra de Dios, para que esta sea como un escudo que nos haga inmunes a las asechanzas del enemigo. El salmo responsorial nos recuerda la confianza que, ante la prueba, Cristo tiene en el Padre y que nosotros necesitamos para no sucumbir a la tentación: «Me invocará y lo escucharé». Necesitamos vivir la fe (segunda lectura), una fe hecha plegaria –«no nos dejes caer en la tentación»–, que es la que nos libra de la esclavitud del pecado y de Satanás, pues sólo la fe da la victoria (1 Jn 5,4).

DOMINGO II DE CUARESMA

Dejarnos seducir por Cristo

Lc 9,28-36

Introducidos en el camino cuaresmal, la Iglesia nos presenta hoy a Cristo en su transfiguración: Un acontecimiento indescriptible, pero que pone de relieve la hermosura de Cristo –«el aspecto de su rostro cambió sus vestidos brillaban de blancos»– y el enorme atractivo de su persona, que hace exclamar a Pedro «¡Qué hermoso es estar aquí!».

Todo el esfuerzo de conversión en esta Cuaresma sólo tiene sentido si nace de este encuentro con Cristo. Pablo se convierte porque se encuentra con Jesús en el camino de Damasco (Hch 9,5). Pues, del mismo modo, nosotros no nos convertiremos a unas normas éticas, sino a una persona viviente. De ahí las palabras del salmo y de la antífona de entrada: «Oigo en mi corazón: Buscad mi rostro. Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro». Se trata de mirar a Cristo y de dejarnos seducir por él. De esta manera experimentaremos, como Pablo, que lo que nos parecía ganancia nos parece pérdida (Fil 3, 7-8) y la conversión se obrará con rapidez y facilidad.

Y, por otra parte, la transfiguración nos da la certeza de que nuestra conversión es posible: «Él transformará nuestra condición humilde según el modelo de su condición gloriosa, con esa energía que posee para sometérselo todo». Si la conversión dependiera de nuestras débiles fuerzas, poco podríamos esperar de la Cuaresma. Pero el saber que depende de la energía poderosa de Cristo nos da la confianza y el deseo de lograrla, porque Cristo puede y quiere cambiarnos.

DOMINGO III DE CUARESMA

Nuestro engaño

Lc 13,1-9

Casi a la mitad de la Cuaresma, Cristo nos recuerda algo sumamente importante: tenemos el peligro de no convertirnos. La parábola de la higuera estéril lo pone de relieve con una fuerza sorprendente. Lo mismo que su amo a la higuera, Dios nos ha cuidado con cariño y con mimo; más aún, en esta Cuaresma está derramando abundantemente su gracia, pero ésta puede estar cayendo en vano, puede estar siendo rechazada. ¿Encontrará Cristo frutos de conversión?

«Déjala todavía este año». La parábola sugiera que este año puede ser el último. De hecho, será el último para mucha gente. No se trata de ponernos tétricos, sino de una posibilidad real. Puede no haber ya más oportunidades de gracia. La conversión es urgente, de ahora mismo. Y retrasarla para otro año, para otra ocasión, es una manera de cerrarse a Cristo, de darle largas... Hay tantas maneras de decir «no»...

«Si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera». Llama la atención que precisamente san Lucas, el evangelista de la misericordia y la bondad de Jesús, traiga estas amenazas. Pero si nos fijamos bien, estas advertencias también provienen de la misericordia. Advertirle a uno de un peligro es una forma principal de misericordia. Al enfrentarnos a la conversión, Cristo no sólo nos recuerda los bienes que nos va a traer la conversión, sino que nos abre los ojos ante los males que nos sobrevendrán si no nos convertimos. El amor apasionado que siente por nosotros le lleva a sacarnos de nuevo engaño.

DOMINGO IV DE CUARESMA

El perdón del Padre

Lc 15,1-3.11-32

Esta parábola tan conocida quiere movernos al arrepentimiento poniéndolo en su sitio, es decir, relación a Dios. El pecado no es solamente hacer cosas malas o faltar a una ley. Es despreciar el amor infinito del Padre, marcharse de su casa, vivir por cuenta propia. Es, en definitiva, no vivir como hijo del Padre y, por tanto mal-vivir. De ahí que el muchacho de la parábola que se marcha alegremente, pensando ser libre y feliz, acabe pasando necesidad y muriendo de hambre. Ha perdido su dignidad de hijo y experimenta un profundo vacío.

Lo mismo el arrepentimiento. Sólo es posible convertirse de verdad cuando uno se siente desconcertado por el amor de Dios Padre, al que se ha despreciado: «Padre, he pecado contra el cielo y contra ti». Precisamente «contra ti»: la conciencia de haber rechazado tanto amor y a pesar de todo seguir siendo amado por aquél a quien hemos ofendido es lo único que puede movernos a contrición. Y junto a ello, la experiencia del envilecimiento al que nos ha conducido nuestro pecado, la situación calamitosa en que nos ha dejado.

Igualmente, el perdón es fruto del amor del Padre, que se conmueve y sale al encuentro de su hijo, que se alegra de su vuelta y le abraza, que hace fiesta. Este perdón devuelve al hijo la dignidad perdida, lo recibe de nuevo en la casa y en la intimidad del Padre; es un amor potente y eficaz que realiza una auténtica resurrección: «Este hijo mío estaba muerto y ha revivido».

DOMINGO V DE CUARESMA

Un camino nuevo

Jn 8,1-11

Si el evangelio del domingo pasado nos revelaba el pecado como ruptura con el Padre, hoy nos lo presenta como infidelidad al Esposo. Esa mujer adúltera somos cada uno de nosotros, que, en lugar de ser fieles al amor de Cristo (2 Cor 11,2), le hemos fallado en multitud de ocasiones. Ahí radica la gravedad de nuestros pecados: el amor de Cristo despreciado. Lo mismo que el pueblo de Israel (Os 1,2; Ez 16), también nosotros somos merecedores de reproche: «¡Adúlteros¡ ¿No sabéis que la amistad con el mundo es enemistad con Dios? Cualquiera, pues, que desee ser amigo del mundo se constituye en enemigo de Dios» (Sant 4,4).

Por otra parte, el conocimiento del propio pecado es lo que nos hace radicalmente humildes. Los acusadores de esta mujer desaparecen uno tras otro cuando Jesús les hace ver que son tan pecadores como ella. La presente Cuaresma quiere dejarnos más instalados en la verdadera humildad, la que brota de la conciencia de la propia miseria y no juzga ni desprecia a los demás (cfr. Lc 18, 9-14).

Finalmente, este relato manifiesta toda la fuerza y la profundidad del perdón de Cristo, que no consiste en disimular el pecado, sino en perdonarlo y en dar la capacidad de emprender un camino nuevo: «Vete, y en adelante no peques más». La grandeza del perdón de Cristo se manifiesta en el impulso para vencer el pecado y vivir sin pecar.

SEMANA SANTA

DOMINGO DE RAMOS

La pasión del Señor

Lc 23,33-49

El relato de la pasión según san Lucas –que hemos de releer y meditar– quiere llevarnos a mirar a Jesús para aprender de Él a ser verdaderos discípulos. La traición de Judas, uno de los Doce, nos pone en guardia frente a nosotros mismos, que también podemos traicionar al Señor. Y lo mismo ocurre con la negación de Pedro, que desenmascara la tentación que aparece en cada corazón: no querer cuentas con el Maestro que se abaja hasta este punto. Sin embargo, la mirada de Jesús, que se vuelve hacia él, alcanza su conversión, y las lágrimas de Pedro, pecador arrepentido, indican la manera como el discípulo debe participar en la pasión del Salvador.

San Lucas insiste más que ningún otro evangelista en la inocencia de Jesús, para sacar así la lección de que los discípulos no deben extrañarse de que sean arrastrados a los tribunales por su fidelidad a la voluntad de Dios. Más aún, siendo inocente, Jesús muere perdonando a sus asesinos y confiando en el Padre, en cuyas manos se abandona totalmente. También los cristianos deberán seguir este doble ejemplo, asociándose de cerca a la pasión de su Salvador.

Finalmente, san Lucas subraya la eficacia del sacrificio de Cristo: la cruz de Jesús transforma el mundo produciendo la conversión de los corazones y abriendo a los hombres el Paraíso. Junto al buen ladrón, cada uno de nosotros es invitado a considerar los sufrimientos de Jesús y a hacer examen de conciencia –«lo nuestro nos lo hemos merecido, pero éste nada malo ha hecho»– para poder oír de labios del mismo Jesús: «Hoy estarás conmigo en el Paraíso».

JUEVES SANTO