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ÍNDICE
Proemio [1-13]
Cap. I
La
ordenación de la sagrada Liturgia [14-18]
1.
El Obispo diocesano, gran sacerdote de su grey [19-25]
2. La Conferencia de Obispos [26-28]
3. Los presbíteros [29-33]
4. Los diáconos [34-35]
Cap. II
La
participación de los fieles laicos en la celebración de la Eucaristía
1.
Un participación activa y consciente [36-42]
2. Tareas de los fieles laicos en la celebración de la s. Misa
[43-47]
Cap. III
La
celebración correcta de la santa Misa
1.
La materia de la santísima Eucaristía [48-50]
2. La Plegaria eucarística [51-56]
3. Las otras partes de la Misa [57-74]
4. La unión de varios ritos con la celebración de la Misa [75-79]
Cap. IV
La
sagrada Comunión
1.
Las disposiciones para recibir la sagrada Comunión [80-87]
2. La distribución de la sagrada Comunión [88-96]
3. La Comunión de los sacerdotes [97-99]
4. La Comunión bajo las dos especies [100-107]
Cap. V
Otros
aspectos que se refieren a la Eucaristía
1.
El lugar de la celebración de la santa Misa [108-109]
2. Diversos aspectos relacionados con la santa Misa [110-116]
3. Los vasos sagrados [117-120]
4. Las vestiduras litúrgicas [121-128]
Cap. VI
La
reserva de la s. Eucaristía y su culto fuera de la Misa
1.
La reserva de la santísima Eucaristía [129-133]
2. Algunas formas de culto a la s. Eucaristía fuera de la Misa [134-141]
3. Las procesiones y los congresos eucarísticos [142-145]
Cap. VII
Ministerios
extraordinarios de los fieles laicos [146-153]
1.
El ministro extraordinario de la sagrada Comunión [154-160]
2. La predicación [161]
3. Celebraciones particulares que se realizan en ausencia del sacer.
[162-167]
4. De aquellos que han sido apartados del estado clerical [168]
Cap. VIII
Los
remedios [169-171]
1.
Graviora delicta [172]
2. Los actos graves [173]
3. Otros abusos [174-175]
4. El Obispo diocesano [176-180]
5. La Sede Apostólica [181-182]
6. Quejas por abusos en materia litúrgica [183-184]
Conclusión [185-186]
PROEMIO
[1.] El Sacramento de la Redención,
que la Madre Iglesia confiesa con firme fe y recibe con alegría, celebra
y adora con veneración, en la santísima Eucaristía,[1] anuncia la muerte de Jesucristo
y proclama su resurrección, hasta que Él vuelva en gloria,[2] como Señor y Dominador
invencible, Sacerdote eterno y Rey del universo, y entregue al Padre
omnipotente, de majestad infinita, el reino de la verdad y la vida.[3]
[2.] La doctrina de la Iglesia sobre
la santísima Eucaristía ha sido expuesta con sumo cuidado y la máxima
autoridad, a lo largo de los siglos, en los escritos de los Concilios y
de los Sumos Pontífices, puesto que en la Eucaristía se contiene todo el
bien espiritual de la Iglesia, que es Cristo, nuestra Pascua,[4] fuente y cumbre de toda la vida
cristiana,[5]
y cuya fuerza alienta a la Iglesia desde los inicios.[6] Recientemente, en la Carta
Encíclica «Ecclesia de Eucharistia»,
el Sumo Pontífice Juan Pablo II ha expuesto de nuevo algunos principios
sobre esta materia, de gran importancia eclesial para nuestra época.[7]
Para que también en los tiempos
actuales, tan gran misterio sea debidamente protegido por la Iglesia,
especialmente en la celebración de la sagrada Liturgia, el Sumo Pontífice
mandó a esta Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los
Sacramentos[8]
que, en colaboración con la Congregación para la Doctrina de la Fe,
preparara esta Instrucción, en la que se trataran algunas cuestiones
referentes a la disciplina del sacramento de la Eucaristía. Por
consiguiente, lo que en esta Instrucción se expone, debe ser leído en
continuidad con la mencionada Carta Encíclica «Ecclesia de Eucharistia».
Sin embargo, la intención no es tanto
preparar un compendio de normas sobre la santísima Eucaristía sino más
bien retomar, con esta Instrucción, algunos elementos de la normativa
litúrgica anteriormente enunciada y establecida, que continúan siendo
válidos, para reforzar el sentido profundo de las normas litúrgicas[9] e indicar otras que aclaren y
completen las precedentes, explicándolas a los Obispos, y también a los
presbíteros, diáconos y a todos los fieles laicos, para que cada uno,
conforme al propio oficio y a las propias posibilidades, las puedan poner
en práctica.
[3.] Las normas que se contienen en
esta Instrucción se refieren a cuestiones litúrgicas concernientes al
Rito romano y, con las debidas salvedades, también a los otros Ritos de
la Iglesia latina, aprobados por el derecho.
[4.] «No hay duda de que la reforma
litúrgica del Concilio ha tenido grandes ventajas para una participación
más consciente, activa y fructuosa de los fieles en el santo Sacrificio
del altar».[10] Sin embargo, «no faltan sombras».[11] Así, no se puede callar ante
los abusos, incluso gravísimos, contra la naturaleza de la Liturgia y de
los sacramentos, también contra la tradición y autoridad de la Iglesia,
que en nuestros tiempos, no raramente, dañan las celebraciones litúrgicas
en diversos ámbitos eclesiales. En algunos lugares, los abusos litúrgicos
se han convertido en una costumbre, lo cual no se puede admitir y debe
terminarse.
[5.] La observancia de las normas que
han sido promulgadas por la autoridad de la Iglesia exige que concuerden
la mente y la voz, las acciones externas y la intención del corazón. La
mera observancia externa de las normas, como resulta evidente, es
contraria a la esencia de la sagrada Liturgia, con la que Cristo quiere
congregar a su Iglesia, y con ella formar «un sólo cuerpo y un sólo
espíritu».[12]
Por esto la acción externa debe estar iluminada por la fe y la caridad,
que nos unen con Cristo y los unos a los otros, y suscitan en nosotros la
caridad hacia los pobres y necesitados. Las palabras y los ritos
litúrgicos son expresión fiel, madurada a lo largo de los siglos, de los
sentimientos de Cristo y nos enseñan a tener los mismos sentimientos que
él;[13]
conformando nuestra mente con sus palabras, elevamos al Señor nuestro
corazón. Cuanto se dice en esta Instrucción, intenta conducir a esta
conformación de nuestros sentimientos con los sentimientos de Cristo,
expresados en las palabras y ritos de la Liturgia.
[6.] Los abusos, sin embargo,
«contribuyen a oscurecer la recta fe y la doctrina católica sobre este
admirable Sacramento».[14] De esta forma, también se
impide que puedan «los fieles revivir de algún modo la experiencia de los
dos discípulos de Emaús: Entonces se les abrieron los ojos y lo
reconocieron».[15] Conviene que todos los fieles
tengan y realicen aquellos sentimientos que han recibido por la pasión
salvadora del Hijo Unigénito, que manifiesta la majestad de Dios, ya que
están ante la fuerza, la divinidad y el esplendor de la bondad de Dios[16], especialmente presente en el
sacramento de la Eucaristía.[17]
[7.] No es extraño que los abusos
tengan su origen en un falso concepto de libertad. Pero Dios nos ha
concedido, en Cristo, no una falsa libertad para hacer lo que queramos,
sino la libertad para que podamos realizar lo que es digno y justo.[18] Esto es válido no sólo para
los preceptos que provienen directamente de Dios, sino también, según la
valoración conveniente de cada norma, para las leyes promulgadas por la
Iglesia. Por ello, todos deben ajustarse a las disposiciones establecidas
por la legítima autoridad eclesiástica.
[8.] Además, se advierte con gran
tristeza la existencia de «iniciativas ecuménicas que, aún siendo
generosas en su intención, transigen con prácticas eucarísticas
contrarias a la disciplina con la cual la Iglesia expresa su fe». Sin
embargo, «la Eucaristía es un don demasiado grande para admitir
ambigüedades y reducciones». Por lo que conviene corregir algunas cosas y
definirlas con precisión, para que también en esto «la Eucaristía siga
resplandeciendo con todo el esplendor de su misterio».[19]
[9.] Finalmente, los abusos se
fundamentan con frecuencia en la ignorancia, ya que casi siempre se
rechaza aquello de lo que no se comprende su sentido más profundo y su
antigüedad. Por eso, con su raíz en la misma Sagrada Escritura, «las preces,
oraciones e himnos litúrgicos están penetrados de su espíritu, y de ella
reciben su significado las acciones y los signos».[20] Por lo que se refiere a los
signos visibles «que usa la sagrada Liturgia, han sido escogidos por
Cristo o por la Iglesia para significar las realidades divinas
invisibles».[21] Justamente, la estructura y la
forma de las celebraciones sagradas según cada uno de los Ritos, sea de
la tradición de Oriente sea de la de Occidente, concuerdan con la Iglesia
Universal y con las costumbres universalmente aceptadas por la constante
tradición apostólica,[22] que la Iglesia entrega, con
solicitud y fidelidad, a las generaciones futuras. Todo esto es
sabiamente custodiado y protegido por las normas litúrgicas.
[10.] La misma Iglesia no tiene
ninguna potestad sobre aquello que ha sido establecido por Cristo, y que
constituye la parte inmutable de la Liturgia.[23] Pero si se rompiera este
vínculo que los sacramentos tienen con el mismo Cristo, que los ha
instituido, y con los acontecimientos en los que la Iglesia ha sido
fundada,[24]
nada aprovecharía a los fieles, sino que podría dañarles gravemente. De
hecho, la sagrada Liturgia está estrechamente ligada con los principios
doctrinales,[25] por lo que el uso de textos y
ritos que no han sido aprobados lleva a que disminuya o desaparezca el
nexo necesario entre la lex orandi y la lex credendi.[26]
[11.] El Misterio de la Eucaristía es
demasiado grande «para que alguien pueda permitirse tratarlo a su
arbitrio personal, lo que no respetaría ni su carácter sagrado ni su
dimensión universal».[27] Quien actúa contra esto,
cediendo a sus propias inspiraciones, aunque sea sacerdote, atenta contra
la unidad substancial del Rito romano, que se debe cuidar con decisión,[28] y realiza acciones que de
ningún modo corresponden con el hambre y la sed del Dios vivo, que el
pueblo de nuestros tiempos experimenta, ni a un auténtico celo pastoral,
ni sirve a la adecuada renovación litúrgica, sino que más bien defrauda
el patrimonio y la herencia de los fieles. Los actos arbitrarios no
benefician la verdadera renovación,[29] sino que lesionan el verdadero
derecho de los fieles a la acción litúrgica, que es expresión de la vida
de la Iglesia, según su tradición y disciplina. Además, introducen en la
misma celebración de la Eucaristía elementos de discordia y la deforman,
cuando ella tiende, por su propia naturaleza y de forma eminente, a
significar y realizar admirablemente la comunión con la vida divina y la
unidad del pueblo de Dios.[30] De estos actos arbitrarios se
deriva incertidumbre en la doctrina, duda y escándalo para el pueblo de
Dios y, casi inevitablemente, una violenta repugnancia que confunde y
aflige con fuerza a muchos fieles en nuestros tiempos, en que
frecuentemente la vida cristiana sufre el ambiente, muy difícil, de la
«secularización».[31]
[12.] Por otra parte, todos los
fieles cristianos gozan del derecho de celebrar una liturgia verdadera, y
especialmente la celebración de la santa Misa, que sea tal como la
Iglesia ha querido y establecido, como está prescrito en los libros
litúrgicos y en las otras leyes y normas. Además, el pueblo católico
tiene derecho a que se celebre por él, de forma íntegra, el santo
sacrificio de la Misa, conforme a toda la enseñanza del Magisterio de la
Iglesia. Finalmente, la comunidad católica tiene derecho a que de tal
modo se realice para ella la celebración de la santísima Eucaristía, que
aparezca verdaderamente como sacramento de unidad, excluyendo
absolutamente todos los defectos y gestos que puedan manifestar
divisiones y facciones en la Iglesia.[32]
[13.] Todas las normas y
recomendaciones expuestas en esta Instrucción, de diversas maneras, están
en conexión con el oficio de la Iglesia, a quien corresponde velar por la
adecuada y digna celebración de este gran misterio. De los diversos
grados con que cada una de las normas se unen
con la norma suprema de todo el derecho eclesiástico, que es el cuidado
para la salvación de las almas, trata el último capítulo de la presente
Instrucción.[33]
CAPÍTULO I
LA ORDENACIÓN DE LA SAGRADA LITURGIA
[14.] «La ordenación de la sagrada
Liturgia es de la competencia exclusiva de la autoridad eclesiástica;
ésta reside en la Sede Apostólica y, en la medida que determine la ley,
en el Obispo».[34]
[15.] El Romano Pontífice, «Vicario
de Cristo y Pastor de la Iglesia universal en la tierra... tiene, en
virtud de su función, potestad ordinaria, que es suprema, plena,
inmediata y universal en la Iglesia, y que puede siempre ejercer
libremente»,[35] aún comunicando con los
pastores y los fieles.
[16.] Compete a la Sede Apostólica
ordenar la sagrada Liturgia de la Iglesia universal, editar los libros
litúrgicos, revisar sus traducciones a lenguas vernáculas y vigilar para
que las normas litúrgicas, especialmente aquellas que regulan la
celebración del santo Sacrificio de la Misa, se cumplan fielmente en
todas partes.[36]
[17.] «La Congregación para el Culto
Divino y la Disciplina de los Sacramentos trata lo que corresponde a la
Sede Apostólica, salvo la competencia de la Congregación para la Doctrina
de la Fe, respecto a la ordenación y promoción de la sagrada liturgia, en
primer lugar de los sacramentos. Fomenta y tutela la disciplina de los
sacramentos, especialmente en lo referente a su celebración válida y
lícita». Finalmente, «vigila atentamente para que se observen con
exactitud las disposiciones litúrgicas, se prevengan sus abusos y se
erradiquen donde se encuentren».[37] En esta materia, conforme a la
tradición de toda la Iglesia, destaca el cuidado de la celebración de la
santa Misa y del culto que se tributa a la Eucaristía fuera de la Misa.
[18.] Los fieles tienen derecho a que
la autoridad eclesiástica regule la sagrada Liturgia de forma plena y
eficaz, para que nunca sea considerada la liturgia como «propiedad
privada de alguien, ni del celebrante ni de la comunidad en que se
celebran los Misterios».[38]
1. EL OBISPO DIOCESANO, GRAN
SACERDOTE DE SU GREY
[19.] El Obispo diocesano, primer
administrador de los misterios de Dios en la Iglesia particular que le ha
sido encomendada, es el moderador, promotor y custodio de toda la vida
litúrgica.[39]
Pues «el Obispo, por estar revestido de la plenitud del sacramento del
Orden, es "el administrador de la gracia del supremo
sacerdocio"[40], sobre todo en la Eucaristía,
que él mismo celebra o procura que sea celebrada[41], y mediante la cual la Iglesia
vive y crece continuamente».[42]
[20.] La principal manifestación de
la Iglesia tiene lugar cada vez que se celebra la Misa, especialmente en
la iglesia catedral, «con la participación plena y activa de todo el
pueblo santo de Dios, [...] en una misma oración, junto al único altar,
donde preside el Obispo» rodeado por su presbiterio, los diáconos y
ministros.[43]
Además, «toda legítima celebración de la Eucaristía es dirigida por el
Obispo, a quien ha sido confiado el oficio de ofrecer a la Divina
Majestad el culto de la religión cristiana y de reglamentarlo en
conformidad con los preceptos del Señor y las leyes de la Iglesia,
precisadas más concretamente para su diócesis según su criterio».[44]
[21.] En efecto, «al Obispo
diocesano, en la Iglesia a él confiada y dentro de los límites de su
competencia, le corresponde dar normas obligatorias para todos, sobre
materia litúrgica».[45] Sin embargo, el Obispo debe
tener siempre presente que no se quite la libertad prevista en las normas
de los libros litúrgicos, adaptando la celebración, de modo inteligente,
sea a la iglesia, sea al grupo de fieles, sea a las circunstancias
pastorales, para que todo el rito sagrado universal esté verdaderamente
acomodado al carácter de los fieles.[46]
[22.] El Obispo rige la Iglesia
particular que le ha sido encomendada |