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SÍNTESIS DE LA EUCARISTÍA JOSE MARIA IRABURU EL ORIGEN DE LOS TEXTOS, ES DE
LA FUNDACION GRATIS DATE www.gratisdate.org Estimados amigos:
Con mucho gusto les autorizamos a reproducir en sus páginas-web (Caminando
con Jesus, Caminando con Maria y Misa Diaria), ….. Encomendemos al Señor
mutuamente nuestro apostolado. Cordial saludo en
Cristo +FGD |
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INDICE (los números son de la edicion
impresa) Introducción Centralidad
de la eucaristía: fuente y cumbre, 3. -Ignorancia de la misa, 3. -Renovación
litúrgica, 4. -Llamada a los asiduos de la misa, 5. -Llamada a los cristianos
alejados de la eucaristía, 6. 1.
Los sacrificios de la Antigua Alianza Religiosidad
natural del sacrificio, 9. -Religiosidad judía del sacrificio, 9. -Abraham y
el sacrificio de su hijo Isaac, 10. -Sacrificio del cordero pascual, al salir
de Egipto, 10. -Moisés, en el sacrificio del Sinaí, sella la Antigua Alianza,
11. -Elías, en el sacrificio del Carmelo, restaura la Alianza violada, 11.
-Isaías y el cordero sacrificado para salvación de todos, 12. -Los múltiples
sacrificios de Israel, 13. -Los profetas y el culto de Israel, 13. 2.
El sacrificio de la Nueva Alianza El
Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo, 15. -La multiplicación de los
panes, 16. -Jesucristo, entre Moisés y Elías, 16. -Se decide la muerte de
Cristo, 16. -Jesús celebra la Pascua, 17. -Liturgia eucarística de la
Palabra, 17. -Liturgia eucarística del Sacrificio, 17. -Institución de la
eucaristía, 18. -La agonía de Getsemaní, 19. -La libre ofrenda de la Cruz,
20. -Resurrección de Cristo, 21. -El sacrificio de la Nueva Alianza, 21. -En
el signo de la Cruz, 23. -Stabat Mater dolorosa juxta Crucem lacrimosa, 25. 3.
El misterio de la liturgia Ascensión
del Señor a los cielos, 26. -El pueblo cristiano sacerdotal, 27. -El
sacerdote, ministro representante de Cristo, 28. -Lo sagrado cristiano, 29.
-La disciplina sagrada de la sagrada liturgia, 30. -Que la mente concuerde
con la voz, 30. -Y que la voz se oiga y entienda, 30. 4.
La liturgia de la eucaristía Nombres,
32. -Lugar de la celebración, 32. -Estructura fundamental de la misa, 33. I. Ritos iniciales Canto
de entrada, 34. -Veneración del altar, 34. -La Trinidad y la Cruz, 34. -Amén,
35. -Saludo, 35. -Acto penitencial, 35. -Señor, ten piedad, 36. -Gloria a
Dios, 37. -Oración colecta, 37. II. Liturgia de la Palabra Cristo,
Palabra de Dios, 38. -Recibir del Padre el pan de la Palabra encarnada, 39. -La
doble mesa del Señor, 39. -Lecturas en el ambón, 40. -El leccionario, 41.
-Profeta, apóstol y evangelista, 41. -El Credo, 43. -La oración universal u
oración de los fieles, 43. III. Liturgia del Sacrificio A. Preparación de los dones El
pan y el vino, 44. -Oraciones de presentación, 44. -Súplicas del sacerdote y
del pueblo, 45. -Oración sobre las ofrendas, 45. B. Plegaria eucarística El
ápice de toda la celebración, 45. -Las diversas plegarias eucarísticas, 46.
-Prefacio, 47. -Santo-Hosanna, 47. -Invocación al Espíritu Santo (1ª), 48.
-Relato-consagración, 49. -Memorial, 50. -Y ofrenda, 50. -Invocación al
Espíritu Santo (2ª), 51. -Intercesiones, 52. -Ofrecer misas por los difuntos,
52. -Doxología final, 53. C. La comunión El
Padrenuestro, 53. -La paz, 54. -La fracción del pan, 55. -Cordero de Dios,
55. -La comunión, 56. -Disposiciones exteriores para la comunión, 57.
Disposiciones interiores para la comunión frecuente, 57. -La oración
post-comunión, 59. -Comunión y santidad, 60. -Los santos y la comunión
eucarística, 60. IV. Rito de conclusión Saludo
y bendición, 63. -Despedida y misión, 63. 5.
Fuente y cumbre Eucaristía
y vida cristiana, 64. -Eucaristía y vida sacramental, 65. -Eucaristía y
Liturgia de las Horas, 65. -El Misal de los fieles, 65. -El culto de la
eucaristía fuera de la misa, 66. -La eucaristía, «prenda de la gloria
futura», 66. -María y la eucaristía, 67. I
Apéndice Textos
eucarísticos primitivos La
Doctrina de los doce apóstoles (Dídaque), 69. -San Justino, 70. -San Ireneo,
71. -Traditio apostolica, 71. -Orígenes, 72. -San Cipriano, 73. -Eusebio de
Cesarea, 73. -San Atanasio, 74. II
Apéndice Ordinario
de la Misa Siglas Catecismo = Catecismo de la Iglesia
Católica, 1992. Código = Código de Derecho Canónico,
1983. Dominicae
Coenae = Carta de
Juan Pablo II, 1980. Denz = Enchiridion
Symbolorum, Denzinger-Schönmetzer. Eucharisticum
mysterium =
Instrucción S. C. Ritos, 1967. MG
= Patrologia graeca, J. P. Migne. ML
= Patrologia latina, J. P. Migne. Mysterium
fidei = encíclica
de Pablo VI, 1965. OGMR
= Ordenación general del Misal Romano, 1969. PE
= Plegaria eucarística. SC
= Sacrosanctum Concilium, constitución del Vaticano II, 1963. STh
= Summa
Theologica, Santo Tomás de Aquino. Bibliografía JUNGMANN,
J.A., El sacrificio de la Misa, Madrid, BAC 68, 19593. LECUYER,
J., El sacrificio de la Nueva Alianza, Barcelona, Herder 1969. PARDO,
A., Liturgia de la eucaristía. Selección de documentos posconciliares,
coedit. Libros de la Comunidad 1981. RIVERA,
J. - IRABURU, J. M., Síntesis de espiritualidad católica, Pamplona,
Fundación GRATIS DATE 19944. SAYÉS,
J.A., La presencia real de Cristo en la eucaristía, Madrid, BAC 386,
1976. -El misterio eucarístico, ib. 482, 1986. -La
eucaristía, Madrid, EDAPOR 1981. SOLANO,
J., Textos eucarísticos primitivos I-II, Madrid, BAC 88 y 118, 1978 y
1979. SUSTAETA,
J.M., Misal y eucaristía, Valencia, Fac. Teología, 1979. VELADO
GRAÑA, B., Vivamos la santa Misa, Madrid, BAC pop. 1986 |
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Introducción Centralidad
de la eucaristía: fuente y cumbre La
Iglesia siempre ha comprendido que su centro vivificante está en la
eucaristía, que hace presente a Cristo, continuamente, en el sacrificio
pascual de la redención. En la santa misa, el mismo Autor de la gracia se
manifiesta y se da a los fieles, santificándoles y comunicándoles su
Espíritu. El Vaticano II afirma por eso con verdadera insistencia que la
eucaristía es «fuente y cumbre de toda la vida cristiana» (LG 11a; +CD «La
celebración de la misa -afirma la Ordenación general del Misal Romano-,
como acción de Cristo y del Pueblo de Dios ordenado jerárquicamente, es el
centro de toda la vida cristiana para la Iglesia universal y local y para
todos los fieles individualmente, ya que en ella se culmina la acción con que
Dios santifica en Cristo al mundo y el culto que los hombres tributan al
Padre, adorándole por medio de Cristo, Hijo de Dios. En ella, además, se
recuerdan a lo largo del año los misterios de la redención de tal manera, que
en cierto modo éstos se nos hacen presentes. Así pues, todas las demás
acciones sagradas y cualesquiera obras de la vida cristiana se relacionan con
ella, proceden de ella y a ella se ordenan» (OGMR 1). Ignorancia
de la misa Hay
que reconocer, sin embargo, que, a pesar de esa centralidad indudable, son
pocos los cristianos que tienen acerca de la eucaristía un conocimiento de fe
suficiente. Y
esa ignorancia litúrgica viene de lejos. La Iglesia de nuestros padres y
antepasados -que en tantas cosas, si somos humildes, se nos muestra ahora
admirable-, padecía, sin embargo, notables ignorancias en materia de
liturgia. Todavía hoy, los cristianos de mayor edad saben que, cuando
eran niños o muchachos, era normal que durante la misa se rezara el rosario,
o se hicieran desde el púlpito novenas y predicaciones morales, que sólo
cesaban durante el tiempo de la consagración, para seguir después. Recuerdan
también las misas de comunión general o aquellas especialmente solemnes, que
se celebraban ante la Custodia expuesta. En alguna ocasión habrían visto cómo
en una misma iglesia, en distintos altares laterales, varios sacerdotes solos
celebraban diversas misas. O es posible que recuerden cómo su párroco, a
primera hora del día, rezaba completo el Oficio Divino, para quedar ya libre
de él durante toda la jornada... ¿Cómo
pudo la Iglesia, incluso en excelentes cristianos, ir derivando en su vida
litúrgica a situaciones tan anómalas? Son muchas y graves las causas, pero aquí sólamente
señalaremos una. La capacidad de los fieles para comprender y participar
activamente en los sagrados misterios va disminuyendo, más o menos
desde el Renacimiento, a medida que va creciendo en la espiritualidad
del Occidente cristiano un voluntarismo de corte semipelagiano. La clave de
la santificación, entonces, no está tanto en la gratuidad de la liturgia sino
en el esfuerzo de la ascética. Y en ésta es, durante los últimos siglos,
donde centran su atención los autores espirituales. Renovación
litúrgica En
este sentido, la renovación litúrgica impulsada por el Vaticano II es un
don inmenso del Espíritu Santo a la Iglesia actual. Es una gracia de cuya
magnitud quizá no nos hemos dado cuenta todavía. Esta renovación, iniciada un
siglo antes, no sólamente ha verificado los ritos litúrgicos en muchos
aspectos, devolviéndoles su sencillez y su genuino sentido, sino que, sobre
todo, ha impulsado la renovación espiritual litúrgica del mismo pueblo
cristiano. En efecto, el concilio Vaticano II exhorta con insistencia a una
renovada catequesis litúrgica -que, por otra parte, es imposible sin
una simultánea catequesis bíblica (SC 41-46)-, especialmente en lo
referente a la eucaristía. Todos
debemos ser muy conscientes de que la mejor formación espiritual cristiana
está en aprender a participar plenamente de la eucaristía. En efecto, «la
Iglesia, con solícito cuidado, procura que los cristianos no asistan a este
misterio de fe como extraños y mudos espectadores, sino que, comprendiéndolo
bien a través de los ritos y oraciones, participen consciente, piadosa y
activamente en la acción sagrada, sean instruídos con la Palabra de Dios,
se fortalezcan en la mesa del Señor, den gracias a Dios, aprendan a ofrecerse
a sí mismos al ofrecer la hostia inmaculada no sólo por manos del sacerdote,
sino juntamente con él; se perfeccionen día a día por Cristo Mediador en la
unión con Dios y entre sí» (SC 48). Es
honrado comprobar, sin embargo, que esta renovación de los fieles en temas
litúrgicos no se ha producido sino muy escasamente. Todavía la mayor
parte de los cristianos de hoy apenas entiende nada de lo que en la liturgia,
concretamente en la eucaristía, se está celebrando. Los mayores -que
ya venían, si vale la expresión, malformados-, porque apenas han
recibido en estos decenios el complemento necesario de catequesis litúrgica
que hubieran necesitado; y los más jóvenes, porque han tenido que
sufrir catequesis escasamente religiosas, excesivamente éticas, muy poco
capaces de revelar el mundo formidable de la gracia en la liturgia. Y así,
unos y otros, aunque sean practicantes -para qué decir de los que no lo son-,
entran con gran dificultad en las acciones sagradas de la misa; las
siguen de lejos, con no pocas distracciones, tan devotamente como pueden,
pero sin facilidad alguna para participar en ellas activa y
conscientemente. Y no pocos sufren la mala conciencia de aburrirse durante la
celebración de algo que saben tan santo... Llamada
a los asiduos de la misa Los
cristianos fieles conocen la eucaristía, ciertamente, entienden en la fe lo
principal del misterio litúrgico: que allí está Cristo santificando más
intensamente que en ningún otro momento. Y por eso acuden a la misa con
devoción, y perseveran años y años en esa asistencia. Buscan a Cristo en la
eucaristía con sincero corazón, y allí le encuentran. Esto es indudable. Pero
ellos mismos confiesan con frecuencia que tienen grandes dificultades
habituales para seguir atentamente la misa, para participar en todos y
cada uno de sus momentos sagrados con fácil y activa devoción... Muy pocos de
ellos, si son padres, están en condiciones de «explicar a su hijo» la santa
misa. No es raro, pues, que el hijo la vaya abandonando, y diga como excusa:
«la misa no me dice nada». Y aún podría alegar: «¿Y cómo la podré entender,
si nadie me la explica?» (Hch 8,31). Y el padre, a su vez podría decir: «¿Y
cómo podré explicar a mi hijo lo que yo mismo apenas entiendo?»... En
la eucaristía, es evidente, debemos procurar que la mente esté atenta a las
palabras y acciones de la celebración. Pero tantas veces esto no se da. ¿Por
qué? ¿Cómo es posible que, incluso en personas de buen espíritu, sea más
frecuente en la misa la distracción que la atención? Si en la misa se
dicen cosas tan grandiosas y bellas, tan formidables y estimulantes, y
después de todo tan sencillas, ¿cómo es que tantos fieles no logran
habitualmente decirlas, interior o vocalmente, con sincero y
entusiasta corazón? ¿Por qué algo tan fácil resulta a tantos tan difícil? Pues,
sencillamente, porque muchos cristianos no entienden suficientemente el
acto litúrgico en el que, con su mejor voluntad, están participando. No
es que tengan el corazón «lejos del Señor», no. Muchas veces, en ese mismo
momento, estarán pensando en Él, suplicándole y alabándole. Lo que ocurre es
que, psicológicamente, viene a ser en la práctica imposible atender
sin entender. No es posible mantener la atención en palabras y gestos
cuya significación en gran parte se ignora. El
sacerdote, por ejemplo, dice: «Orad, hermanos»... Y el pueblo responde: «El
Señor reciba de tus manos este sacrificio, para alabanza y gloria de su
nombre, para nuestro bien y el de toda su santa Iglesia». ¿Por qué, tantas
veces, esa respuesta tan hermosa viene dada por el pueblo sin atención ni
intensidad? Pues porque muchos fieles apenas saben que la eucaristía es
realmente el sacrificio de la Nueva Alianza; porque no son suficientemente
conscientes de que la alabanza y glorificación de Dios es el fin
primordial de la Iglesia; porque apenas saben que están en la eucaristía para
procurar el bien de la santa Iglesia, y no solo el bien personal
propio... Para ser más exactos: todo eso lo saben por la fe, pero, por falta
de formación bíblica y litúrgica, no lo tienen actualizado mental y
afectivamente de un modo suficiente. Es,
pues, conveniente y necesario hacer sobre tan grave tema un examen humilde de
conciencia. ¿Será posible que un cristiano asiduo a la eucaristía
emplee cientos y miles de horas en leer los diarios o en desentrañar las Instrucciones
que acompañan a sus ordenadores y máquinas domésticas, o que van referidas a tantas
otras actividades necesarias o supérfluas, y que apenas haya dedicado en su
vida un tiempo para informarse acerca de los sagrados misterios de la
eucaristía, que constituyen sin duda el centro vital de su existencia?
Sí, será posible, es posible. ¿Espera, acaso, este cristiano progresar en la
participación eucarística por la mera repetición de asistencias? La realidad
defrauda, sin duda, esta esperanza. ¿O quizá espere ese progreso espiritual
de una cierta ciencia infusa? Anímense,
pues, los cristianos a procurar un mayor conocimiento de la liturgia de la
misa, para que puedan celebrar los sagrados misterios con mayor provecho y
gozo, y la mente en ellos concuerde con su voz. Llamada
a los cristianos alejados de la eucaristía La
vida cristiana es una vida eclesial, que tiene su corazón en la eucaristía.
No puede haber, pues, vida cristiana en un alejamiento habitual de la
eucaristía, y por tanto, de la Iglesia. Por eso la Iglesia, que nunca da leyes que no sean
estrictamente necesarias, dispone en su Código de vida comunitaria: «El
domingo y las demás fiestas de precepto los fieles tienen obligación de
participar en la misa» (cn. 1247). Manda esto la Iglesia porque está
convencida de que los fieles no pueden permanecer vivos en Cristo si se
alejan de la eucaristía de modo habitual y voluntario. Desde el comienzo de
la Iglesia los cristianos han sido siempre hombres que el domingo celebran
la eucaristía. Y así seguirá siéndolo hasta el fin de los siglos.
Recordemos aquí sólamente algunos testimonios documentales: Siglo
I.-Jesús murió en la cruz «para congregar en uno a todos los hijos de Dios,
que están dispersos» (Jn 11,52). Por eso los que habían creído «perseveraban
en oír la enseñanza de los apóstoles, en la unión, en la fracción del pan [la
eucaristía] y en la oración» (Hch 2,42). «Reunidos cada día del Señor [el
domingo], partid el pan y dad gracias [celebrad la eucaristía]» (Dídaque
14). Siglo
II.-«Celebramos esta reunión general [eucarística] el día del sol [el
domingo], pues es el día primero, en el que Dios creó el mundo, y en que
Jesucristo resucitó de entre los muertos» (San Justino, I Apología
67). Siglo
III.-«En tu enseñanza, invita y exhorta al pueblo a venir a la asamblea, a no
abandonarla, sino a reunirse siempre en ella; abstenerse es disminuirla. Sois
miembros de Cristo; no os disperséis, pues, lejos de la Iglesia, negándoos a
reuniros. Cristo es vuestra cabeza, siempre presente, que os reune; no os
descuidéis, ni hagáis al Salvador extraño a sus propios miembros. No dividáis
su cuerpo, no os disperséis» (Didascalia II,59,1-3). Es
clara, pues, y constante desde el principio de la Iglesia, la convicción de
que los cristianos, ante todo, hemos sido congregados como pueblo
sacerdotal, para ofrecer a Dios la eucaristía, el sacrificio de la Nueva
Alianza. En medio de una humanidad que da culto a la criatura y se olvida de
su Creador, despreciándolo (+Rm 1,18-25), ésa es, como asegura San Pedro,
nuestra identidad fundamental: «vosotros,
como piedras vivas, sois edificados en casa espiritual y sacerdocio santo,
para ofrecer sacrificios espirituales, aceptos a Dios por Jesucristo». Así
pues, «vosotros sois linaje escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo
adquirido para pregonar el poder del que os llamó de las tinieblas a su luz
admirable» (1Pe 2,5.9). Sería
vano excusarse de la asistencia a la eucaristía, alegando que, sin ella,
puede vivirse la moral evangélica, que es lo más importante. Sí, hemos sido llamados los
cristianos a una vida moral nueva, que sea en el mundo luz, sal y fermento.
Es cierto. Pero recordemos sobre esto dos verdades fundamentales: 1º-
La primera obligación moral del hombre es ésta: «al Señor tu Dios
adorarás, y a Él solo darás culto» (Mt 4,10). Lo
más injusto, lo más horrible, desde el punto de vista moral -peor que la
mentira, la calumnia o el robo, el homicidio o el adulterio-, es que los
hombres se olviden de su Creador, «no le glorifiquen ni le den gracias», y
vengan así, aunque sea sólamente en la práctica, a «adorar a la criatura en
lugar del Creador, que es bendito por los siglos» (Rm 1,21.25). Y de esa
miserable irreligiosidad, precisamente, es de donde vienen todos los demás
pecados y males de la humanidad (1,24-32). 2º-
La fe cristiana nos asegura que es la eucaristía la clave necesaria para
toda transformación moral. Cree en lo que afirma Cristo: «Sin mí, no
podéis hacer nada» (Jn 15,5). En la misa, no sólo el pan y el vino se
convierten en el Cuerpo de Cristo, sino también la asamblea de los creyentes
se va convirtiendo en Cuerpo místico de Cristo. Participando asiduamente en
la eucaristía es precisamente como los discípulos de Jesús «nos vamos
transformando en su imagen con resplandor creciente, a medida que obra en
nosotros el Espíritu del Señor» (2Cor 3,18). Por
otra parte, recuerden también los cristianos alejados que es Cristo mismo
quien nos convoca a la eucaristía con todo amor y con toda autoridad.
Celebrarla a lo largo de los días y de los siglos es para nosotros un mandato
del Señor, no un simple consejo: «En
verdad, en verdad os digo que, si no coméis la carne del Hijo del hombre y no
bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros... El que come mi carne y bebe
mi sangre permanece en mí y yo en él» (Jn 6,53.56). Así pues, «tomad,
comed mi cuerpo y bebed mi sangre. Haced esto en memoria mía» (+Mt
26,26-28; 1Cor 11,23-26). Escuchemos,
pues, la voz de Cristo y de la Iglesia, que desde el fondo de los siglos, hoy
y siempre, nos está llamando a la participación asidua en la eucaristía.
No despreciemos a Cristo, no menospreciemos la «doble mesa del Señor», en
la que Él mismo nos alimenta primero con su Palabra, y en seguida con su
propio Cuerpo. Los
alejados, al no asistir habitualmente a la eucaristía, se privan así del
pan de la palabra divina y del pan del cuerpo de Cristo.
«La palabra del Señor es para ellos algo sin valor: no sienten deseo alguno
de ella» (Jer 6,10). Y el pan del cielo no les sabe a nada: «se nos quita el
apetito de no ver más que maná» (Núm 11,6). Lo que ellos desean, según se ve,
es la comida de Egipto: «carne y pescado, pepinos y melones, puerros,
cebollas y ajos» (11,5). Así
las cosas, el Señor se queja con gran amargura, diciendo a sus hijos
alejados: «Pasmáos, cielos, de esto, y horrorizáos sobremanera, palabra del
Señor. Ya que es un doble crimen el que ha cometido mi pueblo: Dejarme a mí,
fuente de aguas vivas, para excavarse cisternas agrietadas, incapaces de
contener el agua» (Jer 2,12-13). «¡Ah! Mi pueblo está loco, me ha
desconocido» (4,22). Que
en no pocas Iglesias locales descristianizadas un 50, un 80 % de los
bautizados viva habitualmente alejado de la eucaristía es un espanto, es una inmensa
ceguera, es algo que no es posible sin una inmensa y generalizada
falsificación voluntarista del cristianismo. Por eso a todos los cristianos
alejados les exhortamos, como el apóstol San Pablo, «con temor y temblor»
(1Cor 2,3), y «con gran aflicción y angustia de corazón, con muchas lágrimas»
(2Cor 2,4). «En el nombre de Cristo os suplicamos» (2Cor 5,20): «no os
engañéis» (1Cor 6,9; 15,33; Gál 6,7), pensando que la eucaristía no os es
necesaria, «no recibáis en vano la gracia de Dios» (2Cor 6,1). «Miremos los
unos por los otros, no abandonando nuestra asamblea, como acostumbran
algunos» (Heb 10,24-25). Quiera
Dios que las páginas que siguen sean una ayuda para los cristianos que
«perseveran en oir la enseñanza de los apóstoles y en la fracción del pan», y
un estímulo también para aquellos cristianos que viven, que malviven,
alejados de la eucaristía, donde Cristo se manifiesta y se comunica a sus
fieles. 1 Los
sacrificios de la Antigua Alianza Religiosidad
natural del sacrificio Casi
todas las religiones naturales, en unas u otras formas, han practicado sacrificios
cultuales, y los han ofrecido mediante sacerdotes, hombres
especialmente destinados a ese ministerio. En efecto, partiendo de que es
connatural al hombre expresar su espíritu interior por medio de signos
sensibles, Santo Tomás deduce que es natural que «el hombre use de
ciertas cosas sensibles, que él ofrece a Dios como signo de la sujeción y del
honor que le debe». Ahora bien, «siendo esto precisamente lo que se expresa
en la idea de sacrificio, se sigue que la oblación de sacrificios
pertenece al derecho natural» (STh II-II,85,1). El
sacrificio exterior-litúrgico es, pues, signo del sacrificio
interior-espiritual,
por el cual el hombre, él mismo, se entrega devotamente a su Creador, y sólo
a Él, en alabanza y acción de gracias, en súplica de perdón y de favor
(+85,2; III,82,4). Y suele implicar algún modo de alteración del bien
ofrecido a Dios: perfume derramado, incienso quemado, animal sacrificado. Pues
bien, el sacrificio redentor de Jesucristo lleva a su plenitud, en la
eucaristía de la Iglesia, una larga, muy larga, historia religiosa de la
humanidad. Y en esto, como en otro lugar hemos escrito, conviene recordar que «hay
una continuidad entre lo sagrado-natural y lo sagrado-cristiano, que pasa
por la transición de lo sagrado-judío, por supuesto. En efecto, la
gracia viene a perfeccionar la naturaleza, a sanarla, purificarla, elevarla,
no viene a destruirla con menosprecio. Por eso mismo el cristianismo viene a
consumar las religiosidades naturales, no a negarlas con altiva dureza. Hay,
pues, continuidad desde la más precaria hierofanía pagana hasta la
suprema epifanía de Jesucristo, imagen perfecta de Dios; desde el más
primitivo culto tribal hasta la adoración cristiana "en espíritu y en
verdad" (Jn 4,24)» (Rivera-Iraburu, Síntesis 92). Religiosidad
judía del sacrificio La
vida religiosa de Israel es organizada minuciosamente por el mismo Dios, Creador
del cielo y de la tierra. Sabemos por la Escritura que Yavé instituye
sacrificios cultuales y expiatorios, para fomentar por ellos en su Pueblo
el espíritu de alabanza y de reparación por el pecado. «El
Señor habló a Moisés:... Éstas son las festividades del Señor en las que os
reuniréis en asamblea litúrgica y ofreceréis al Señor oblaciones, holocaustos
y ofrendas, sacrificios de comunión y libaciones, según corresponda a cada
día. Además de los sábados del Señor, además de vuestros dones y cuantos
sacrificios ofrezcáis al Señor, sea en cumplimiento de un voto o
voluntariamente» (Lev 23,33.37-38). Y
en el Nuevo Testamento, la carta a los Hebreos nos enseña que todos estos
múltiples sacrificios de la Antigua Alianza no eran sino una figura
anticipadora del único sacrificio de Cristo, ofrecido en la Cruz.
Recordemos, pues, ahora, aquellos antiguos sacrificios judíos, al menos los
más significativos, para entender mejor el sacrificio único de la Nueva
Alianza. Abraham
y el sacrificio de su hijo Isaac (Gén 22) Hacia
el año 1850 (a.C.), es decir, en los mismos comienzos de la historia de la
salvación, «quiso Dios probar a Abraham», y le mandó ir a un monte, para que
le ofreciera allí en holocausto a su unigénito amado, Isaac. Sin
dudarlo un momento, Abraham va con su hijo a un monte de Moriah indicado por
Dios. Por el camino le dice Isaac: «Padre mío... Aquí llevamos fuego y leña,
pero ¿dónde está el cordero para el holocausto?». Respondió Abraham: «Dios
proveerá el cordero para el holocausto, hijo mío». Y cuando ya alzaba el
cuchillo para sacrificar a su propio hijo, el ángel del Señor detuvo su mano. Vemos,
pues, ya, al comienzo mismo de la historia sagrada, cómo vincula Dios
misteriosamente la salvación de los hombres al sacrificio de un «hijo
unigénito», sustituido finalmente por un «cordero»... Pero
sigue la historia, y los hijos de Abraham, Isaac y Jacob, hacia 1700 (a.C.),
se ven obligados por el hambre a abandonar Palestina, para emigrar como
esclavos a Egipto, donde permanecerán durante varios siglos. Sacrificio
del cordero pascual, al salir de Egipto (Éx 12) Hacia
1250 (a.C.), por fin, el fuerte brazo de Yavé va a intervenir en favor de su
pueblo, dándole libertad y autonomía nacional, un culto y leyes propias, como
conviene a la nación que está llamada en este mundo a ser el Pueblo de Dios. Yavé
da entonces a Moisés las órdenes necesarias. Cada grupo familiar debe tomar
una res lanar, cordero o cabrito, «sin mácula, macho, de un año». Y el
catorce del mes de Nisan, lo degollará en el crepúsculo vespertino. Su sangre
marcará las puertas de los israelitas, para que así el ángel que va a
exterminar a todos los primogénitos de Egipto pase de largo. Su carne, asada
al fuego, será comida de prisa, ceñida la cintura, con el bastón en la mano,
listos todos para salir de Egipto: «¡Es la Pascua de Yavé!». «Este día será
para vosotros memorable, y lo festejaréis como fiesta en honor de Yavé; lo
habéis de festejar en vuestras sucesivas generaciones como institución
perpetua». Moisés
cumple estas órdenes, y manda a su pueblo: «¡Inmolad la Pascua!... Habéis de
observar esta ordenanza como institución perpetua para ti y tus hijos. Y
cuando hayáis llegado al país que Yavé os va a dar, conforme su promesa, y
observéis este rito, si vuestros hijos os preguntán: "¿Qué significa tal
rito para vosotros?", responderéis: "Es el sacrificio de la Pascua
en honor de Yavé"». Después
de cuatrocientos treinta años de esclavitud y exilio, el sacrificio del
Cordero pascual, seguido inmediatamente del paso del Mar Rojo (Éx 14), significa,
pues, para Israel su propio nacimiento como Pueblo de Dios, y será celebrado
cada año en las familias judías como memorial permanente de aquella
liberación primera. Moisés,
en el sacrificio del Sinaí, sella la Antigua Alianza (Éx 24) Poco
después, al sur de la península arábiga, Yavé, por medio de Moisés, en
el marco formidable del monte Sinaí, va a establecer solemnemente la Alianza
con su pueblo elegido: «Escribió
Moisés todas las palabras de Yavé y, levantándose temprano por la mañana,
construyó al pie de la montaña un altar con doce piedras, por las doce tribus
de Israel». Sobre él se «inmolaron toros en holocausto, víctimas pacíficas a
Yavé». Moisés, entonces, «tomó el libro de la alianza, y se lo leyó al
pueblo, que respondió: "Todo cuanto dice Yavé lo cumpliremos y
obedeceremos". Tomó después la sangre y la esparció sobre el pueblo,
diciendo: "Ésta es la sangre de la Alianza que hace con vosotros Yavé
sobre todos estos preceptos"». Así
pues, en esta gran ceremonia litúrgica, una vez celebrada la liturgia de la
palabra, se realiza la liturgia del sacrificio, y en la sangre derramada
viene a sellarse la Alianza Antigua de amor mutuo que une a Yavé con su
Pueblo. Posteriormente,
ya en la tierra de Canán, vivirá Israel bajo la autoridad de Jueces ( Elías,
en el sacrificio del Carmelo, restaura la Alianza violada (1Re 16-18) Una
de las más horribles infidelidades de Israel se produce hacia el año 850
(a.C.), cuando, después de Basá y de sus malvados sucesores, reina sobre
Israel el rey Ajab: «Él hizo el mal a los ojos de Yavé, más que todos cuantos
le habían precedido». Después de casarse con Jezabel, hija del rey de Sidón,
comienza a dar culto a Baal, y alza en su honor altares idolátricos,
fomentando en Israel su culto. Jezabel, por su parte, hace cuanto puede para
eliminar a todos los profetas de Yavé... El principal de ellos, Elías, ha de huir
y esconderse, hasta el día que el Señor quiera. En
efecto, llega el día en que el profeta Elías consigue que Ajab reuna al
pueblo de Israel en el monte Carmelo, que, a la altura de Nazaret, se alza
sobre el Mediterráneo. Él es el único profeta de Yavé, y a la asamblea
decisiva acuden cuatrocientos cincuenta profetas de Baal. Ha llegado el
momento de plantear claramente al pueblo: «¿Hasta cuándo habéis de estar
vosotros claudicando de un lado y de otro? Si Yavé es Dios, seguidle a él; y
si lo es Baal, id tras él». Sin embargo, a tan clara pregunta, «el pueblo no
respondió nada». Acude
entonces Elías a una espectacular prueba de Dios. Preparen los
profetas de Baal el sacrificio de un buey, y Elías preparará otro. Invoquen
unos y otro el fuego divino para el holocausto. «El Dios que respondiere con
el fuego, ése sea Dios». Esto sí convence al pueblo, que aprueba: «Eso está
muy bien». Los
profetas de Baal, de la mañana al mediodía, se desgañitan llamando a su Dios,
saltando según sus ritos, sangrándose con lancetas. Todo inútil. Elías
ironiza: «Gritad más fuerte; es dios, pero quizá esté entretenido
conversando, o tiene algún negocio, o quizá esté de viaje»... «Entonces
Elías dijo a todo el pueblo: Acercáos». Y tomando «doce piedras, según el
número de las tribus de los hijos de Jacob, alzó con ellas un altar al nombre
de Yavé». Hizo cavar en torno al altar una gran zanja, que mandó llenar de
agua. Y después clamó: «"Yavé, Dios de Abraham, de Isaac y de Israel...
Respóndeme, para que todo este pueblo conozca que tú, oh Yavé, eres Dios, y
que eres tú el que les ha cambiado el corazón". Bajó entonces fuego de
Yavé, que consumió el holocausto y la leña,las piedras y el polvo, y aún las
aguas que había en la zanja. Viendo esto el pueblo, cayeron todos sobre sus
rostros y dijeron: "¡Yavé es Dios, Yavé es Dios!"». Así
fue como el gran profeta Elías, en la sangre de aquel sacrificio del monte
Carmelo, restauró entre Yavé y su Pueblo la Alianza quebrantada. Isaías
y el cordero sacrificado para salvación de todos Entre
los años 746 y 701 (a.C.) suscita Dios la altísima misión profética de
Isaías. La segunda parte de su libro (40-55), contiene los Cantos del
Siervo de Yavé, al parecer compuestos por los años 550-538 (a.C.). Pues
bien, en esta profecía grandiosa, que se cumplirá en Jesucristo, se anuncia
que Dios, en la plenitud de los tiempos mesiánicos, dispondrá el sacrificio
de un cordero redentor. «He
aquí a mi siervo, a quien yo sostengo, mi elegido, en quien se complace mi
alma. He puesto mi espíritu sobre él, y él dará la Ley a las naciones... Yo
te he formado y te he puesto por Alianza para mi pueblo, y para luz de las
gentes»... (42,1.6). «Tú eres mi siervo, en ti seré glorificado» (49,3). «He
aquí que mi Siervo prosperará, será engrandecido y ensalzado, puesto muy
alto... Se admirarán de él las gentes, y los reyes cerrarán ante él su boca,
al ver lo que jamás vieron, al entender lo que jamás habían oído» (52,13-15).
«No
hay en él apariencia ni hermosura que atraiga las miradas, no hay en él
belleza que agrade. Despreciado, desecho de los hombres, varón de dolores,
conocedor de todos los quebrantos, ante quien se vuelve el rostro,
menospreciado, estimado en nada. «Pero
fue él, ciertamente, quien tomó sobre sí nuestras enfermedades, y cargó con
nuestros dolores, y nosotros le tuvimos por castigado y herido por Dios y
humillado. Fue traspasado por nuestras iniquidades y molido por nuestros
pecados. El castigo salvador pesó sobre él, y en sus llagas hemos sido
curados. Todos nosotros andábamos errantes, como ovejas, siguiendo cada uno
su camino, y Yavé cargó sobre él la iniquidad de todos nosotros. «Maltratado
y afligido, no abrió la boca como cordero llevado al matadero, como oveja
muda ante los trasquiladores. Fue arrebatado por un juicio inicuo, sin que
nadie defendiera su causa, cuando era arrancado de la tierra de los vivientes
y muerto por las iniquidades de su pueblo... «Ofreciendo
su vida en sacrificio por el pecado, tendrá posteridad y vivirá largos días,
y en sus manos prosperará la obra de Yavé... El Justo, mi siervo, justificará
a muchos, y cargará con las iniquidades de ellos. Por eso yo le daré por
parte suya muchedumbres, y recibirá muchedumbres por botín: por haberse
entregado a la muerte, y haber sido contado entre los pecadores, cuando
llevaba sobre sí los pecados de todos e intercedía por los pecadores»
(53,2-12). Los
múltiples sacrificios de Israel Hemos
evocado hasta aquí aquellas principales figuras de la Antigua Alianza, que
anuncian y anticipan el sacrificio único y definitivo de la Alianza Nueva. Añadiremos
todavía algunos datos más sobre los ritos sacrificiales de Israel. En
Israel, como en otros pueblos, el sacrificio es una acción ritual por la
que se ofrece a Dios algún bien creado, privándose de él en todo o en parte,
para expiar por el pecado (Miq 6,6-7), para eliminar la culpa y la impureza
(Lev 14,4-7.52; 16,21-25; Dt 21,1-9), para expresar devoción y adoración, y
para ganarse, en fin, el favor y la protección de Dios. En efecto, no
conviene que las criaturas se acerquen a su Creador si no es en actitud de
perfecta sumisión y agradecimiento. Es el mismo Dios quien así lo manda: «No
te presentarás ante mí con las manos vacías» (Ex 23,15; 34,20). Antes
de seguir adelante, es importante advertir aquí que los israelitas -a
diferencia de babilonios, egipcios y otros pueblos antiguos-, protegidos por
la Palabra divina, nunca creyeron que la Divinidad necesitase ser
alimentada con los sacrificios y libaciones rituales. Yavé, en efecto,
dice a su pueblo: «Las fieras de la selva son mías, tengo a mano cuanto se
agita en los campos. Si tuviera hambre, no te lo diría: pues el orbe y cuanto
lo llena es mío» (Sal 50,8-13). No es Dios quien «necesita» los
sacrificios rituales; es el hombre el que está necesitado de hacerlos,
para, ofreciendo al Señor parte de los dones de Él recibidos, afirmar así su
propio corazón en la sumisión y en el amor, y expiar por tantos abusos
cometidos en las criaturas, con desprecio de su Creador. La misma verdad
inculcará San Pablo a los atenienses, tan apegados a la veneración de sus
templos: «siendo Señor del cielo y de la tierra, él no habita en templos
hechos por mano del hombre, ni por manos humanas es servido, como si
necesitase de algo, siendo Él mismo quien da a todos la vida, el aliento y
todas las cosas» (Hch 17,24-25). El
pueblo de Israel ofrece, pues, al Señor de sus propios bienes, de sus medios
de sustento, y hace sobre todo víctimas animales de sus propios ganados.
Ofrece también pan, vino, aceite u otros alimentos, o incluso oro y plata
(Núm 7,31-50). Hace oblación de las primicias de los frutos del campo o de
los ganados. Y según la condición nómada o sedentaria del pueblo, cambian,
lógicamente, las ofrendas presentadas al Señor. En
estos sacrificios la víctima puede ser ofrecida totalmente, como en el
caso del holocausto o sacrificio total. Pero otras veces se ofrece sólo
una parte de la víctima, la grasa, los riñones, y sobre todo la sangre,
es decir, lo que es tenido como fundamento de la vida (Lev 3; 17,10-14), y el
resto es consumido en un banquete sacrificial (Dt 12,23-27). También en
ocasiones se hace aspersión de la sangre victimal sobre el altar y el pueblo
(Ex 24,3-8) Los
profetas y el culto de Israel La
legislación sacerdotal y las prescripciones rabínicas configuran al paso de
los siglos, particularmente acerca del culto ofrecido en el Templo, un mundo
ritual sumamente minucioso, en cuyos detalles no entraremos. Se multiplican
más y más los sacrificios de purificación o de expiación, de acción de
gracias o de reparación, matutinos o vespertinos, etc. Y el pueblo judío,
perdido a veces entre las exterioridades rabínicas, no pocas veces no
tiene escrúpulos de conciencia para unir a esas prácticas rituales externas
una vida moral indigna, desleal, injusta, como si la salvación viniera de
la eficacia mágica de ciertas prácticas rituales reiteradas, y no estuviera
más bien reservada para -como suele decirse en la Biblia- «los que aman al
Señor y cumplen sus mandatos» (+Sir 2,15-16; Dan 9,4; Sal 118; +Jn 14,15;
15,10). El sacrificio exterior, entonces, es algo completamente vacío, pues
no va unido al sacrificio interior, es decir, a la ofrenda personal. Contra
esa ignominia claman una y otra vez los profetas de Israel. En efecto, el mismo Yavé que ha
suscitado esos ritos cultuales, suscita también profetas y autores
sapienciales que con su enseñanza purifican al pueblo de esos errores
gravísimos, como también purifican los ritos judíos de toda adherencia
idolátrica bastarda (Is 1,10-16; 29,13; Jer 7, 4-23; Ez 16,16-19; Os 4,8-18;
8,4-6.11-13; Am 5,21-27; Miq 6,6-8). ((Es
falso, sin embargo, afirmar que los profetas de Israel condenasen el culto y
los sacrificios. Los profetas, lo mismo que los salmistas (Sal 39,7-11;
68,31-32), reverencian el culto del Templo (Is 30,29), y se duelen de que los
desterrados se vean privados de él (Os 9,4-6).)) Así
pues, cuando Jesucristo condena toda exterioridad religiosa que
esté vacía de verdad interior, hace suya, esta tradición profética: «Este
pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí» (Mt 15,79 =
Is 29,13). «Prefiero la misericordia al sacrificio, y el conocimiento de Dios
al holocausto» (Mt 9,13 = Os 6,6). «Mi casa será llamada casa de oración,
pero vosotros la habéis convertido en cueva de ladrones» (Mt 21,13 = Jer
7,7-11). 2
El sacrificio de la Nueva Alianza En
la plenitud de los tiempos, después de treinta años de vida oculta, nuestro
Señor Jesucristo -el Mesías de Dios (Lc 9,20), el Hijo del Altísimo, el
Santo (Lc 1, 31-35), nacido de mujer (Gál 4,4), nacido de una virgen (Is
7,14; Lc 1,34), enviado de Dios (Jn 3,17), esplendor de la gloria del Padre
(Heb 1,3), anterior a Abraham (Jn 8,58), Primogénito de toda criatura (Col
1,15), Principio y fin de todo (Ap 22,13), santo Siervo de Dios (Hch 4,30),
Consolador de Israel (Lc 2,25), Príncipe y Salvador (Hch 5,31), Cristo, Dios
bendito por los siglos (Rm 9,5)-, durante tres años, predicó el Evangelio
a los hombres como Profeta de Dios (Lc 7,16), mostrándose entre ellos
poderoso en obras y palabras (24,19). Y
una vez proclamada la Palabra divina, consumó su obra salvadora con el
sacrificio de su vida. Primero la Palabra, después el Sacrificio. El
Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo En
cuanto Jesús inicia su misión pública entre los hombres, Juan el Bautista, su
precursor, le señala con su mano y le confiesa repetidas veces con su boca: «ése
es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29.36). Él es
el que tiene poder para vencer el pecado de los hombres, Él va a ser
verdaderamente nuestro Salvador. Jesucristo,
por su parte, es plenamente consciente de su condición de Cordero de Dios, destinado al sacrificio pascual,
para la gloria del Padre y la salvación de los hombres. Si Juan Bautista,
siendo sólo un hombre, en cuanto lo ve, reconoce en él «el Cordero» dispuesto
por Dios para el definitivo sacrificio purificador del mundo, ¿no iba el
mismo Cristo a ser consciente de su propia vocación? Porque Cristo conoce el
designio del Padre, anunciado en las Escrituras, por eso se reafirma siempre
en la misión redentora que le es propia, y por eso rechaza inmediatamente
-como sucede en las tentaciones diabólicas del desierto- toda tentación de
mesianismos triunfalistas. Por
otra parte Jesús, en varias ocasiones, avanzando serenamente hacia la cruz,
meta de su vida temporal, predice su Pasión a los discípulos:
«Entonces comenzó a manifestar a sus discípulos que tenía ir a Jerusalén y
sufrir mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los
escribas, y ser entregado a la muerte, y resucitar al tercer día» (Mt 16,21;
+17,22-23; 20,17-19). «Ellos no entendieron nada de esto, y estas palabras
quedaron veladas. No entendieron lo que había dicho» (Lc 18,34). Era para
ellos inconcebible que su Maestro, capaz de resucitar muertos, pudiera ser
maltratado y llevado violentamente a la muerte. En
estas ocasiones, y en muchas otras, el Señor se muestra siempre consciente de
que va acercándose hacia una muerte sacrificial y redentora. Él es el Pastor
bueno, que «da su vida por las ovejas» (Jn 10,11). Él es «el grano de trigo
que cae en tierra, muere, y consigue mucho fruto» (12,24). Y por eso asegura:
«levantado de la tierra, atraeré todos a mí» (12,32; +8,28)... La
multiplicación de los panes En
el tercer año, probablemente, de su vida pública, nuestro Señor Jesucristo,
estando con miles de hombres en un monte, junto al lago de Tiberíades, poco
antes de la Pascua judía, realiza una prodigiosa multiplicación de los panes
y de los peces (Jn 6,1-15). Más
tarde, regresó a Cafarnaúm, y allí predicó, anunciando la eucaristía, sobre
el pan de vida, un alimento infinitamente superior al maná que
Moisés dio al pueblo en el desierto: «Yo soy el pan vivo bajado del
cielo... Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida... El
que me come vivirá por mí» (6,48-59). Muchos
se escandalizaron de estas palabras, que consideraron increíbles. Y «desde
entonces muchos de sus discípulos se retiraron, y ya no le seguían». Pero los
Doce permanecieron con Él, diciendo: «Señor ¿a quién iríamos? Tú tienes
palabras de vida eterna» (6,60-69). Jesucristo,
entre Moisés y Elías También,
seguramente, en el año tercero de su ministerio público, Jesús, un día que se
fue al monte con Pedro, Santiago y Juan, «mientras oraba», se transfiguró
completamente, como si «la plenitud de la divinidad, que en él habitaba
corporalmente» (Col 2,9), y que normalmente quedaba velada por su
humanidad sagrada, fuese ahora revelada por esa misma humanidad
santísima (Mt 17,1-13; Mc 9,2-13; Lc 9,28-36). Extasiados
los tres apóstoles, vieron de pronto que «se les aparecieron Moisés y Elías,
hablando con Él». «Ellos también aparecían resplandecientes, y hablaban de
su muerte, que había de tener lugar en Jerusalén». Y al punto salió de la
nube la voz del Padre, garantizando a Jesús: «Éste es mi hijo, el predilecto:
escuchadle». Jesús,
antes de sellar con su sangre una Alianza Nueva y definitiva, recibe así ante
sus tres íntimos discípulos el testimonio de Moisés, el mediador de la
Antigua Alianza, y de Elías, el que la restauró. Uno y otro cumplieron su
misión sobre un altar de doce piedras, con sangre de animales sacrificados; y
Jesús, en la última Cena, lo hará también sobre la mesa de los doce
apóstoles, pero esta vez con su propia sangre. Por tanto, el mayor de los
patriarcas, Moisés, y el principal de los profetas, Elías, dan testimonio de
Jesús. Todo el misterio pascual de Cristo es, pues, un pleno cumplimiento
de «la Ley y los profetas» (+Mt 5,17; 7,12; 11,13; 22,40). Se
decide la muerte de Cristo La
resurrección de Lázaro, ocurrida en Betania, a las puertas de Jerusalén, y
poco antes de la Pascua, exaspera totalmente el odio que hacia Cristo se
había ido formando, sobre todo entre las personas más influyentes de
Jerusalén. «¿Qué
hacemos, que este hombre hace muchos milagros?... ¿No comprendéis que
conviene que muera un hombre por todo el pueblo?... Profetizó así [Caifás]
que Jesús había de morir por el pueblo, y no sólo por el pueblo, sino para
reunir en la unidad a todos los hijos de Dios que están dispersos. Desde
aquel día tomaron la resolución de matarle. Jesús, pues, ya no andaba en público
entre los judíos, sino que se fue a una región próxima al desierto, a una
ciudad llamada Efrem, y allí moraba con los discípulos» (Jn 11, 45-54). Jesús
celebra la Pascua Los
sucesos van a precipitarse poco después: la unción de Jesús en Betania, su entrada
triunfal en Jerusalén, el pacto de Judas con el Sanedrín y, finalmente, en el
Cenáculo, la celebración de la Pascua judía. En ella, hasta el último
momento, observa Cristo con los doce -«conviene que cumplamos toda justicia»
(Mt 3,15)- cuanto Moisés había prescrito en este rito, instituído como
memorial perpetuo: «Cuando
llegó la hora, se puso a la mesa con sus apóstoles. Y les dijo: He deseado
ardientemente comer esta Pascua con vosotros antes de padecer. Porque os digo
que ya no la comeré hasta que se cumpla en el reino de Dios. Y tomando
una copa, dio gracias y dijo: Tomadla y repartidla entre vosotros. Pues os
digo que no beberé ya del fruto de la vid hasta que llegue el reino de Dios»
(Lc 22,14-28). Liturgia
eucarística de la Palabra Gracias
al apóstol Juan (Jn 13-17), conocemos al detalle el Sermón de la Cena, esa
grandiosa Liturgia de la Palabra, en la que Jesucristo revela plenamente
la caridad divina trinitaria, proclamando con máxima elocuencia la Ley
evangélica: el amor a Dios y el amor a los hombres. -Amor
a Dios: «Conviene que el mundo conozca que yo amo al Padre, y que, según
el mandato que me dio el Padre, así hago» (14,31), «obediente hasta la
muerte, y muerte de cruz» (Flp 2,8). Jesucristo entiende la cruz como la
plena revelación de su amor al Padre; como la proclamación plena del primer
mandamiento de la ley de Dios: «así hay que amar al Padre, y así hay que
obedecerle; hasta dar la vida por su gloria». -Amor
a los hombres: «Viendo Jesús que llegaba su hora de pasar de este mundo al
Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, al fin
extremadamente los amó» (Jn 13,1). Y les dijo: «Amáos los unos a los otros,
como yo os he amado» (13,34). «No hay amor más grande que dar la vida por los
amigos» (15,13). El Señor entiende, pues, su cruz como la plena proclamación
del segundo mandamiento de la ley de Dios: «así hay que amar al prójimo,
hasta dar la vida por su bien». Liturgia
eucarística del Sacrificio Cuatro
relatos nos han llegado sobre la celebración primera del sacrificio de la
Nueva Alianza, es decir, sobre la institución de la eucaristía. Los dos primeros, de Mateo y
Marcos, son muy semejantes, y expresan la tradición litúrgica judía, de
Jerusalén, llevada por Pedro a Roma. Los dos segundos testimonios representan
más bien la tradición litúrgica de Antioquía, difundida en sus correrías
apostólicas por Pablo y Lucas. -Mateo 26,26-28. «Mientras comían, Jesús
tomó pan, lo bendijo, lo partió y dándoselo a los discípulos, dijo: Tomad y
comed, éste es mi cuerpo. Y tomando un cáliz y dando gracias, se lo dió,
diciendo: Bebed de él todos, que ésta es mi sangre, del Nuevo Testamento, que
será derramada por muchos para remisión de los pecados». -Marcos 14,22-24. «Mientras comían, tomó
pan y bendiciéndolo, lo partió, se lo dió y dijo: Tomad, éste es mi cuerpo.
Tomando el cáliz, después de dar gracias, se lo entregó, y bebieron de él
todos. Y les dijo: Ésta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por
muchos». -Lucas 22,19-20. «Tomando el pan, dio
gracias, lo partió y se lo dió, diciendo: Éste es mi cuerpo, que es entregado
por vosotros; haced esto en memoria mía. Asimismo el cáliz, después de haber
cenado, diciendo: Éste caliz es la Nueva Alianza en mi sangre, que es
derramada por vosotros». -San
Pablo, 1 Corintios 11,23-26. «Yo he recibido del Señor lo que os he
transmitido; que el Señor Jesús, en la noche en que fue entregado, tomó el
pan, y después de dar gracias, lo partió y dijo: Esto es mi cuerpo, que se da
por vosotros; haced esto en memoria mía. Y asimismo, después de cenar, tomó
el cáliz, diciendo: Este cáliz es la Nueva Alianza en mi sangre; cuantas
veces lo bebáis, haced esto en memoria mía. Pues cuantas veces comáis este
pan y bebáis este cáliz anunciáis la muerte del Señor hasta que Él venga». Nótese
que el relato de San Pablo, que se presenta explícitamente como «recibido del
Señor», fue escrito en fecha muy temprana, hacia el año 55, y que a su vez
refleja una tradición eucarística anterior. Institución
de la Eucaristía Según
esto, en la Cena del jueves realiza el Señor la entrega sacrificial de su
cuerpo y de su sangre -«mi cuerpo entregado», «mi sangre derramada»-,
anticipando ya, en la forma litúrgica del pan y del vino, la entrega física
de su cuerpo y de su sangre, la que se cumplirá el viernes en la cruz. -La
acción ritual. Conforme a la tradición judía del rito pascual, el Señor
«toma», «da gracias» a Dios (bendice), «parte» el pan y lo «reparte» entre
los discípulos. Son gestos también apuntados en la multiplicación de los panes
(Jn 6,11) o en las apariciones de Cristo resucitado (Emaús, Lc 24,30; pesca
milagrosa, Jn 21,13). -Cordero
pascual nuevo. «Cristo, nuestro cordero pascual, ha sido inmolado» (1Cor
5,7), para la salvación de todos. Hemos sido, pues, rescatados «no con plata
y oro, corruptibles, sino con la sangre preciosa de Cristo, cordero sin
defecto ni mancha, ya conocido antes de la creación del mundo, y manifestado
al fin de los tiempos por amor vuestro» (1Pe 1,18-20). San Juan en el
Apocalipsis menciona veintiocho veces a Cristo como Cordero. Y es justamente
«el Cordero degollado» el que preside la grandiosa liturgia celestial (Ap
5,6.12). -La
Nueva Alianza. En la Cena-Cruz-Eucaristía establece Cristo una Alianza
Nueva entre Dios y los hombres. Y esta vez la Alianza no es sellada con
sangre de animales sacrificados en honor de Dios, sino en la propia sangre de
Jesús: «Este cáliz es la Nueva Alianza en mi sangre». La alianza del monte
Sinaí queda definitivamente superada por la alianza del monte Calvario (+Ex
24,1-8; Heb 9,1-10,18). «La
eucaristía aparece al mismo tiempo como el origen y fundamento del nuevo
pueblo de Dios, liberado ahora por la pascua de Cristo y fundado sobre la
sangre de la Nueva Alianza» (Sayés, El misterio eucarístico 107). La
Cena pascual de Moisés marca el nacimiento de Israel como pueblo libre. La
Cena pascual de Cristo funda permanentemente a la Iglesia, el nuevo Israel. -Memorial
perpetuo. Como la Pascua judía, la cristiana se establece como un
memorial a perpetuidad: «haced esto en memoria mía». En la eucaristía, por
tanto, la Iglesia ha de actualizar hasta el fin de los siglos el sacrificio
de la cruz, y ha de hacerlo empleando en su liturgia la misma forma decidida
por el Señor en la última Cena. -Presencia
real de Cristo. En la eucaristía el pan y el vino se convierten realmente
en el cuerpo y la sangre de nuestro Señor Jesucristo. Ya no hay pan: «esto es
mi cuerpo que se entrega»; ya no hay vino: «ésta es mi sangre que se
derrama». Se trata, pues, de una presencia real, verdadera y substancial de
Cristo. -Pan
vivo bajado del cielo. Y es una presencia que debe ser recibida
como alimento de vida eterna: «Tomad y comed, mi carne es verdadera
comida»; «tomad y bebed, mi sangre es verdadera bebida». -Sacrificio
de la Nueva Alianza. La Cena-Cruz-Eucaristía, por tanto, es un
sacrificio: el sacrificio de la Nueva Alianza, que tiene a Cristo como
Sacerdote y como Víctima. En efecto, «Cristo ofreció por los pecados, para
siempre jamás, un solo sacrificio... Con una sola ofrenda ha
perfeccionado para siempre a los que van siendo consagrados» (Heb 10,12.14).
Volveremos sobre esto una vez que hayamos contemplado la Pasión. La
agonía en Getsemaní Jesús,
en el Huerto de los Olivos, baja hasta el último fondo posible de la angustia
humana (Mt
26,36-46; Mc 14,32-42; Lc 22,40-46). «Pavor y angustia» (Mc), «sudor de
sangre» (Lc), desamparo de los tres amigos más íntimos, que se duermen;
consuelo de un ángel; refugio absoluto en la oración: «pase de mí este cáliz,
pero no se haga mi voluntad, sino la tuya»... ¿Es
la muerte atroz e ignominiosa, que se le viene encima, «el cáliz» que Cristo
pide al Padre que pase, si es posible? No parece creíble. El Señor se encarna y entra en la
raza humana precisamente para morir por nosotros y darnos vida. Desea
ardientemente ser inmolado, como Cordero pascual que, quitando el pecado del
mundo, salva a los hombres, amándolos con amor extremo. Él no se echa atrás,
ni en forma condicional de humilde súplica, ni siquiera en la agonía de
Getsemaní o del Calvario. Por el contrario, cuando se acerca la tentación y
le asalta -«¿qué diré? ¿Padre, líbrame de esta hora?»-, él responde
inmediatamente: «¡para esto he venido yo a esta hora!» (Jn 12,27). Y cuando
Pedro rechaza la pasión de Jesús, anunciada por éste: «No quiera Dios, Señor,
que esto suceda», Cristo reacciona con terrible dureza: «Apártate de mí,
Satanás, que me sirves de escándalo» (Mt 16,21-23). No.
El «cáliz» que abruma a Jesús es el conocimiento de los pecados, con sus
terribles consecuencias, que a pesar del Evangelio y de la Cruz, van a darse
en el mundo: ese océano de mentiras y maldades en el que tantos hombres van a
ahogarse, paganos o bautizados, por rechazar su Palabra y por menospreciar su
Sangre en los sacramentos, sobre todo en la eucaristía. Más aún, la pasión
del Salvador es causada principalmente por el pecado de los malos
cristianos que, despreciando el magisterio apostólico, falsificarán o
silenciarán su Palabra; avergonzándose de su Evangelio, buscarán salvación,
si es que la buscan, por otro camino; endureciendo sus corazones por la
soberbia, despreciarán los sacramentos, y sobre todo la eucaristía,
profanándola o alejándose de ella... En definitiva, es la posible
reprobación final de pecadores lo que angustia al Señor, y le lleva a una
tristeza de muerte. Como
bien señala la madre María de Jesús de Agreda, «a este dolor llamó Su
Majestad cáliz». Y en esa angustia sin fondo pedía el Salvador a su
Padre que, «siendo ya inexcusable la muerte, ninguno, si era posible, se
perdiese»... Y eso es lo que, con lágrimas y sudor de sangre, Cristo
suplica al Padre insistentemente, en una «como altercación y contienda entre
la humanidad santísima de Cristo y la divinidad» (Mística Ciudad de Dios,
1212-1215). La
libre ofrenda de la Cruz Importa
mucho entender que en la cruz se entrega Cristo a la muerte libre y
voluntariamente.
Otras ocasiones hubo en que quisieron prender a Jesús, pero no lo
consiguieron, «porque no había llegado su hora» (Jn 7,30; 8,20). Así,
por ejemplo, en Nazaret, cuando querían despeñarle, pero él, «atravesando por
medio de ellos, se fue» (Lc 4,30). Ahora, en cambio, «ha llegado su hora,
la de pasar de este mundo al Padre» (Jn 13,1). Y los evangelistas, al narrar
el Prendimiento, ponen especial cuidado en atestiguar la libertad y la
voluntariedad de la entrega que Cristo hace de sí mismo. -Cristo
Sacerdote se acerca serenamente al altar de la cruz. En el Huerto,
recuperado por la oración de su estado espiritual agónico, sale ya sereno,
plenamente consciente, al encuentro de los que vienen a prenderlo: conocía
ciertamente que era Judas quien iba a entregarle (Jn 13,26), y «sabía todo lo
que iba a sucederle» (18,4). -Hasta
en el prendimiento manifiesta Cristo su poder irresistible. Sin
esconderse, Él mismo se presenta: «Yo soy [el que buscáis]». Y al manifestar
su identidad, todos caen en tierra (Jn 18,5-6). Ese yo soy [ego
eimi] en su labios es equivalente al yo soy de Yavé en los libros
antiguos de la Escritura. Y Juan se ha dado cuenta de este misterio (+Jn
8,58; 13,19; 18,5). Los enemigos de Cristo caen en tierra, se postran
ante él en homenaje forzado, impuesto milagrosamente por Jesús, que, antes de
padecer, muestra así un destello de su poder divino y manifiesta claramente
que su entrega a la muerte es perfectamente libre. -Jesús
impide que le defiendan. Detiene toda acción violenta de quien intenta
protegerle con la espada, y cura la oreja herida de Malco, el siervo del
Pontífice (Jn 18,10-11). No se resiste, pudiendo hacerlo. Y explica por qué
no lo hace: «Ésta es vuestra hora y el poder de las tinieblas» (Lc
22,53). -Jesús
no opone resistencia. Él sabe bien, y lo afirma, que hubiera podido pedir
y conseguir del Padre «doce legiones de ángeles» que le defendieran; pero
quiere que se cumpla la providencia del Padre. Él, que había enseñado «no
resistáis al mal, y si alguno te abofetea en la mejilla derecha, dale también
la otra» (Mt 5,39-41), practica ahora su propia doctrina. -Jesús
calla. «Maltratado y afligido, no abrió la boca, como cordero llevado al
matadero, como oveja muda ante los trasquiladores» (Is 53,7). En los pasos
tenebrosos que preceden a su pasión -interrogatorios, bofetadas, azotes,
burlas-, «Jesús callaba» (ante Caifás, Mt 26,63; Pilatos, 27,14; Herodes, Lc
23,9; Pilatos, Jn 19,9). -Se
entrega libremente a la muerte. Es, pues, un dato fundamental para
entender la Pasión de Cristo conocer la perfecta y libre voluntad con que
realiza su entrega sacrificial a la muerte: «Yo doy mi vida para
tomarla de nuevo. Nadie me la quita, sino que yo la doy por mí mismo»
(Jn 10,17-18). Jesucristo es el Señor, también en Getsemaní y en el
Calvario, por insondable que sea entonces su humillación y abatimiento. -La
cruz es providencia amorosa del Padre, anunciada desde el fondo de los
siglos. Quiso Dios permitir en su providencia la atrocidad extrema de
la cruz para que en ella, finalmente, se revelara «el amor extremo» de Cristo
a los suyos (Jn 13,1), pues, ciertamente, es en la cruz «cuando se produce la
epifanía de la bondad y el amor de Dios hacia los hombres» (Tit 3,4). No fue,
pues, la cruz un accidente lamentable, ni un fracaso de los planes de Dios.
Cristo, convencido de lo contrario, se entrega a la cruz, con toda obediencia
y sin resistencia alguna, para que «se cumplan las Escrituras», es decir,
para se realice la voluntad providente del Padre (Mt 26,53-54.56), que es
así como ha dispuesto restaurar su gloria y procurar la salvación de los
hombres. La
ofrenda sacrificial que Cristo hace de sí mismo produce un estremecimiento en
todo el universo,
como si éste intuyera su propia liberación, ya definitivamente decretada. Se
rasga el velo del Templo de arriba a abajo, y, eclipsado el sol, se obscurece
toda la tierra; las piedras se parten, se abren sepulcros, y hay muertos que
resucitan y se aparecen a los vivos; la muchedumbre se vuelve del Calvario
golpeándose el pecho; el centurión y los suyos no pueden menos de reconocer:
«Verdaderamente, éste era Hijo de Dios» (Mt 27,51-53; Mc 15,38; Lc 23,44-45). Resurrección
de Cristo Los
relatos de la resurrección de Nuestro Señor Jesucristo y de sus apariciones
(Mt 28,120; Mc 16,1-20; Lc 24; Jn 2021) ponen de relieve la desesperanza
en que los discípulos quedaron hundidos tras los sucesos del Calvario. Se
resisten, después, a creer en la realidad de la resurrección de
Cristo, y éste hubo de «reprenderles por su incredulidad y dureza de corazón,
pues no habían creído a los que lo habían visto resucitado de entre los
muertos» (Mc 16,14). Es el acontecimiento de la Resurrección lo que
despierta y fundamenta la fe de los apóstoles. Por eso, cuando se aparece
a los Once, para acabar de convencerles, come delante de ellos un
trozo de pez asado (Lc 24,42). Y
otras muchas veces come con ellos (Emaús, Lc 24,30; pesca milagrosa,
Jn 21,12-13), apareciéndoseles «durante cuarenta días, y hablándoles del
reino de Dios» (Hch 1,3). Pues bien, ese comer de Cristo con los
discípulos les impresionó especialísimamente. En ello ven probada una y otra
vez tanto la realidad del Resucitado, como la familiaridad íntima
que con ellos tiene. Y así Pedro dirá en un discurso importante, asegurando
las apariciones de Cristo: nosotros somos los «testigos de antemano elegidos
por Dios, nosotros, que comimos y bebimos con Él después de su
resurrección de entre los muertos» (Hch 10,41). La alegría pascual que
caracterizaba esas comidas, de posible condición eucarística, con el
Resucitado, es la alegría actual de la eucaristía cristiana. El
sacrificio de la Nueva Alianza -Sacrificio.
Jesús entiende su muerte como un sacrificio de expiación, por el cual, estableciendo una
Alianza Nueva, con plena libertad, «entrega su vida» -su cuerpo, su sangre-
para el rescate de todos los hombres (+Catecismo 1362-1372,
1544-1545). De sus palabras y actos se deriva claramente su conciencia de ser
el Cordero de Dios, que con su sacrificio pascual quita el pecado del mundo.
Que así lo entendió Jesús nos consta por los evangelios, pero también porque
así lo entendieron sus apóstoles. La
enseñanza de San Pablo es en esto muy explícita: «Cristo nos amó y se
entregó por nosotros en oblación y sacrificio a Dios de suave aroma» (Ef 5,2;
+Rm 3,25). Es el amor, en efecto, lo que le lleva al sacrificio: «Dios probó
su amor hacia nosotros en que, siendo pecadores, Cristo murió por nosotros»
(Rm 5,8; +Gál 2,20). Y por eso ahora «en Él tenemos la redención por la
virtud de su sangre, la remisión de los pecados» (Ef 1,7; +Col 1,20). Por
tanto, «nuestro Cordero pascual, Cristo, ya ha sido inmolado» (1Cor 5,7;
igual doctrina en 1Pe 1,2.9; 3,18). San
Juan, por su parte,
ve en Cristo crucificado el Cordero pascual definitivo, el que con su muerte
sacrificial «quita el pecado del mundo» (Jn 1,29.37). Según disponía la
antigua ley mosaica sobre el Cordero pascual, ninguno de sus huesos fue
quebrado en la cruz (19,37 = Ex 12,46). Los fieles son, pues, «los que
lavaron sus túnicas y las blanquearon en la sangre del Cordero» (Ap 7,14), es
decir, «los que han vencido por la sangre del Cordero» (12,11). Y ese Cordero
degollado, ahora, para siempre, preside ante el Padre la liturgia celestial
(5,6.9.12). Así pues, el sacrificio de la vida humana de Jesús gana en la
cruz la salvación para todos: «él es la Víctima propiciatoria por nuestros
pecados, y no sólo por los nuestros, sino por los de todo el mundo» (1Jn
2,2). -Sacrificio
único y definitivo. La carta a los Hebreos, por su parte, contempla a Cristo
como sumo Sacerdote, y su muerte, como el sacrificio único y supremo, en el
que se establece la Nueva Alianza. En este precioso documento, anterior quizá al año 70,
puede verse el primer tratado de cristología. Y en él se enseña que los
antiguos sacrificios judíos -aunque establecidos por Dios, como figuras
anunciadoras de la plenitud mesiánica- «nunca podían quitar los pecados», por
mucho que se reiterasen (10,11), y que por eso mismo estaban llamados a
desaparecer «a causa de su ineficacia e inutilidad» (7,18). Ahora, en cambio,
en la plenitud de los tiempos, en la Alianza Nueva, nos ha sido dado
Jesucristo, el Sacerdote santo, inocente e inmaculado (7,26-28), que siendo
plenamente divino (1,1-2; 3,6) y perfectamente humano (2,11-17; 4,15; 5,8),
es capaz de ofrecer una sola vez un sacrificio único, el del Calvario
(9,26-28), de grandiosa y total eficacia para santificar a los creyentes
(7,16-24; 9; 10,10.14). -Sacrificio
de expiación y redención. Cristo nos ha redimido con su propia sangre,
sufriendo en la cruz el castigo que nosotros merecíamos por nuestros pecados. «Traspasado por nuestras
iniquidades y molido por nuestros pecados, el castigo salvador pesó sobre él,
y en sus llagas hemos sido curados» (Is 53,5). De este modo nuestro Salvador
ha vencido en la humanidad el pecado y la muerte, y la ha liberado de la
sujeción al Demonio. «Dios
estaba en Cristo, reconciliando al mundo consigo, y no imputándole sus
delitos» (2Cor 5,19). En efecto, nosotros estábamos «muertos a causa de
nuestros pecados», pero Cristo nos ha hecho «revivir con él, perdonando todas
nuestros delitos, y cancelando el acta de condenación que nos era contraria,
la ha quitado de en medio, clavándola en la cruz. Así fue como despojó a los
principados y potestades, y los sacó valientemente a la vergüenza, triunfando
de ellos en la cruz» (Col 2,13-15). En la cruz, efectivamente, Cristo «ha
destruido por la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al
diablo» (Heb 2,14), y «haciéndose Sacerdote misericordioso y fiel», de este
modo misterioso e inefable, «ha expiado los pecados del pueblo» (2,17). -Sacrificio
de acción de gracias. Ahora nosotros, «rescatados no con plata y oro,
corruptibles, sino con la sangre preciosa de Cristo, cordero sin defecto ni
mancha» (1Pe 1,18-19), tenemos un ministerio litúrgico de alegría infinita,
que iniciamos en la eucaristía de este mundo, para continuarlo eternamente en
el cielo, cantando la gloria de nuestro Redentor bendito: «Él
es el verdadero Cordero que quitó el pecado del mundo; muriendo, destruyó
nuestra muerte, y resucitando, restauró la vida. Por eso, con esta efusión de
gozo pascual, el mundo entero se desborda de alegría, y también los
coros celestiales, los ángeles y los arcángeles, cantan sin cesar el himno de
tu gloria» (Prefacio I pascual). ((Los
protestantes primeros -Lutero, Zuinglio, Calvino-, reconociendo el carácter
sacrificial de la cruz, niegan que la misa sea un sacrificio, porque
ignoran que la eucaristía no es sino el mismo misterio de la cruz.
Partiendo de ese gran error, abominan de la misa, como si fuera una
superstición horrible, y del sacerdocio católico. Una de las dos o tres ideas
fundamentales de la Reforma protestante es, sin duda, la extinción del
sacrificio eucarístico y del sacerdocio católico.)) En
el signo de la Cruz Todo
el Evangelio tiene su clave en «la doctrina de la cruz de Cristo» (1Cor 1,18). Por eso el Apóstol
no presume de saber de nada, sino de «Jesucristo, y éste crucificado» (1Cor
2,2). Según ya vimos, es en la cruz donde se escribe con sangre la ley divina
fundamental: cómo hay que amar a Dios y cómo hay que amar al prójimo. Pero
en la cruz se nos revela también el amor inmenso que Dios nos tiene. Es
en la cruz donde se produce la suprema epifanía de Dios, que «es amor» (1Jn
4,8). Mirando a la cruz, que preside nuestras iglesias y que honra con su
signo sagrado todo lo cristiano, es como nos sabemos hijos «elegidos de Dios,
santos y amados» (Col 3,12). Pues, aunque sea un misterio insondable, la cruz
sucedió «según los designios de la presciencia de Dios» (Hch 2,23). No fue,
como ya vimos, un accidente imprevisto, ni un fracaso: fue un «mandato del
Padre» (Jn 14,31), obedecido por el Hijo hasta la muerte (Flp 2,8). Todo lo relacionado
con la cruz del Hijo de Dios es, sin duda, «escándalo para los judíos, locura
para los gentiles, pero fuerza y sabiduría de Dios para los llamados, judíos
o griegos» (1Cor 1,23-24). La cruz es, en efecto, la locura del amor de
Dios hacia los hombres. «La
verdad es que apenas habrá quien muera por un justo; sin embargo, pudiera ser
que muriera alguno por uno bueno; pero Dios probó su amor hacia nosotros
en que, siendo pecadores, murió Cristo por nosotros» (Rm 5,7-8). El Padre,
en efecto, «no perdonó a su propio Hijo, sino que le entregó por todos
nosotros» (8,32). Este asombro de San Pablo es el mismo de San Juan: «En esto
se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo
único, para que vivamos por medio de él. En esto consiste el amor: no en que
nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su
Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados» (1Jn 4,9-10). Los
Padres de la Iglesia no apartan sus ojos de la cruz de Cristo, actualizada
siempre en la eucaristía, y no se cansan de cantar su gloria en sus escritos
y predicaciones.
Ningún otro aspecto de la fe es tratado por ellos con tanta frecuencia, con
tanto gozo y amor. Y no hacen en eso sino prolongar la predicación de los
apóstoles: «Estoy crucificado con Cristo, y ya no vivo yo, es Cristo
quien vive en mí. Y aunque al presente vivo en la carne, vivo en la fe del
Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí» (Gál 2,19-20). Este
espíritu de los Padres, es el que ha animado a los santos de todos los
tiempos. Así San Juan Crisóstomo: «La
cruz es el trofeo erigido contra los demonios, la espada contra el pecado, la
espada con la que Cristo atravesó a la serpiente; la cruz es la voluntad del
Padre, la gloria de su Hijo único, el júbilo del Espíritu Santo, el ornato de
los ángeles, la seguridad de la Iglesia, el motivo de gloriarse de Pablo, la
protección de los santos, la luz de todo el orbe» (MG 49,396). La
cruz, aún más que la resurrección, revela que Dios es amor, y manifiesta
inequívocamente el amor que nos ha tenido Dios. Esto es lo que hace de la cruz
la clave indiscutible del cristianismo. La resurrección gloriosa expresa de
modo formidable la divinidad de Jesucristo, su victoria sobre la muerte y el
demonio, el pecado y el mundo. Pero la cruz, la sagrada y bendita cruz, es la
revelación suprema de Dios, que es amor, y la prueba máxima del amor que Dios
nos tiene. La misericordia de Dios con los pecadores, la solicitud paternal
de su providencia, la locura del amor divino, la misteriosa naturaleza íntima
del mismo Dios, se revelan ante todo y sobre todo en la cruz de Cristo, esa
cruz que se actualiza en el sacrificio litúrgico de la misa. «Tanto amó Dios
al mundo, que le entregó [en Belén, y aún más, en el Calvario] su
Unigénito Hijo» (Jn 3,16). San
Agustín exclama en sus Confesiones: «¡Oh,
cómo nos amaste, Padre bueno, que "no perdonaste a tu Hijo único, sino
que lo entregaste por nosotros, que éramos pecadores" [Rm 8,32]! ¡Cómo
nos amaste a nosotros, por quienes tu Hijo "no hizo alarde de ser igual
a ti, sino que se rebajó hasta someterse a una muerte de cruz" [+Flp
2,6]! Siendo como era el único libre entre los muertos, "tuvo poder para
entregar su vida y tuvo poder para recuperarla" [+Jn 10,18]. Por
nosotros se hizo ante ti vencedor y víctima: vencedor, precisamente por ser
víctima; por nosotros se hizo ante ti sacerdote y sacrificio: sacerdote,
precisamente del sacrificio que fue él mismo. Siendo tu Hijo, se hizo nuestro
servidor, y nos transformó, para ti, de esclavos en hijos... «Aterrado
por mis pecados y por el peso enorme de mi miseria, había meditado en mi
corazón y decidido huir a la soledad; pero tú me lo prohibiste y me
tranquilizaste, diciendo: "Cristo murió por todos, para que los que
viven ya no vivan para sí, sino para aquel que murió por ellos" [1Cor
5,75]. «He
aquí, pues, Señor, que arrojo ya en ti mi cuidado, a fin de que viva y pueda
"contemplar las maravillas de tu voluntad" [Sal 118,18]. Tú conoces
mi ignorancia y mi flaqueza: enséñame y sáname. Tu Hijo único, "en quien
están encerrados todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia" [Col
2,3], me redimió con su sangre. "No me opriman los insolentes" [Sal
118,122], porque yo tengo en cuenta mi rescate, y lo como y lo bebo y lo
distribuyo, y aunque pobre, deseo saciarme de él en compañía de aquellos que
comen de él y son saciados por él. "Y alabarán al Señor los que le
buscan" [Sal 21,27]» (Confesiones X,43,69-70). La
cruz del Señor, actualizada cada día en la eucaristía, es el sello de
garantía de todo lo cristiano. Lo que no está marcado por su gloriosa huella es sin
duda una falsificación del cristianismo. No es posible ser discípulo de
Cristo, no es posible seguirle, sin tomar cada día la cruz (Lc 14,27). El
verdadero camino evangélico, que lleva a la vida y a la alegría, es un camino
estrecho, que pasa por una puerta angosta (Mt 7,13-14). La Iglesia que «no se avergüenza del Evangelio» (+Rm 1,16; 2Tim 1,8) es la que se gloría siempre en la cruz de Cristo (Gál 6,14), y no en otras cosas. Es la que en su fe, predicación y espiritualidad permanece fielmente centrada en la Cruz sagrada, de donde procede toda salvación, honor y gracia. En tal Iglesia no se requieren grandes explicaciones sobre la eucaristía. Pocas palabras bastan para introducir en el misterio de su liturgia. Por el contrario, allí donde prevalezcan «los enemigos de la cruz de Cristo» (Flp |