Caminando con Jesus

Pedro Sergio Antonio Donoso Brant

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COMENTARIOS Y NEXOS ENTRE LAS LECTURAS DEL CICLO A

 

LOS COMENTARIOS SON DE P. ANTONIO IZQUIERDO L.C. Y ESTAN PROPORCIONADOS POR LA CONGREGACION PARA EL CLERUS DE LA SANTA SEDE A TRAVES DE CLERUS.ORG

 

 

PRIMER DOMINGO DE ADVIENTO

Primera: Is 2,1-5; segunda: Rom 13,11-14; Evangelio: Mt 24, 37-44

NEXO ENTRE LAS LECTURAS

Al iniciar el adviento, es justo que la palabra clave de este primer domingo sea venida. El texto evangélico forma parte del gran discurso sobre la segunda venida de Jesús (Mt 24-25). En el oráculo mesiánico de Isaías se proyecta la mirada profética hacia el futuro, cuyo cumplimiento histórico se verificó en Jesucristo, sobre todo en su pasión, muerte y resurrección en Jerusalén, y se vaticina que a ella afluirán todas las naciones, vendrán pueblos numerosos y dirán: venid, subamos al monte del Señor, al templo del Dios de Jacob. Finalmente, Pablo exhorta a los fieles de Roma a revestirse de Cristo porque la noche está muy avanzada y el día ya viene.

MENSAJE DOCTRINAL

En el contexto del adviento la Iglesia, en la liturgia de hoy, pone ante nuestros ojos la gran realidad de la venida de Dios entre los hombres. Se trata de una venida prometida en el Antiguo Testamento, y que ha servido, al pueblo de Israel y a todos los pueblos, de preparación para la buena nueva del Enmanuel, de Dios con nosotros. Se trata principalmente de una presencia de Dios, una venida ya realizada en Jesús de Nazaret, que es a la vez juicio y salvación, condenación del pecado y donación de la vida nueva en Cristo. Esta venida se actualiza, año tras año, en la liturgia de la Iglesia. Es finalmente una venida futura, cuyo tiempo desconocemos, porque pertenece al arcano misterio de Dios (Evangelio). Para cada hombre esta segunda venida se hace concreta al momento de morir, en que se encuentra con Cristo salvador y juez.

La venida prometida y realizada ha de llenar de gozo el corazón del cristiano. Dicha venida, en efecto, nos habla de la salvación que Cristo ha traído a todos los hombres. La fe cristiana nos enseña, a pesar de la realidad que aparece a nuestros ojos, que los pueblos marchan, de la forma sólo por Dios conocida, hacia Cristo en búsqueda de sentido y de salvación (Primera lectura). Aquí está el verdadero fundamento del optimismo y del apostolado cristiano.

La venida futura, por su parte, reclama del cristiano, primeramente, una fe sincera en la realidad de esta venida, independientemente del momento histórico de su realización; además, una profunda actitud de vigilancia. La analogía con el tiempo de Noé y con el ladrón que asalta una casa (Evangelio) es un ardiente llamado a la vigilancia cristiana y, con ella, a no dejarse engañar por los señuelos del mundo y del tiempo presente, a veces tan ajenos del sentir y actuar propios del creyente en Cristo. Por eso, san Pablo (Segunda lectura), en espera de la segunda venida, además de dejar las tinieblas del pecado, invita a vivir en la luz, a revestirse de Cristo para formar parte de su cortejo, cuando él venga.

SUGERENCIAS PASTORALES

Dios quiere que todos se salven y en Cristo ha llamado a todos los hombres y pueblos a la salvación. Valorar, por tanto, todo aquello que de bueno, justo y santo hay en todo hombre, independiente de su raza, cultura o religión. Santo Tomás de Aquino enseña que “toda verdad, diga quien la diga, proviene del Espíritu Santo”. Manteniendo la propia identidad, estar también abierto al diálogo con los otros hermanos cristianos o con los compañeros de trabajo y amigos pertenecientes a otra religión no cristiana. Siendo la Iglesia sacramento de salvación, sentirme comprometido en primera persona en la acción apostólica y misionera de la Iglesia “ad intra” y “ad extra”. El tiempo de adviento y de Navidad es muy propicio para todo esto: “Nos ha nacido un Salvador”.

La vigilancia es una virtud eminentemente cristiana. La hemos de practicar de cara a los atractivos y solicitaciones del ambiente en que vivimos, y frente a las pasiones que anidan en nuestro corazón y que nos inclinan hacia la tierra en vez de elevar nuestra mirada hacia el cielo. Vigilancia también de los pastores sobre sus “ovejas” para dirigir a todas hacia buenos pastos, para hacer volver a las alejadas, para curar a las enfermas, para alimentar a todas con el pan de la Palabra y el pan de la Eucaristía. Vigilancia de los padres sobre sus hijos para enderezarlos por el camino del Evangelio y darles una sólida formación cristiana. La fe en la segunda venida de Cristo funda una ética cristiana, sumamente exigente y comprometida en la educación del hombre y en la construcción de una sociedad cada vez más digna y acogedora.

 

SEGUNDO DOMINGO DE ADVIENTO

Primera: Is 11,1-10; segunda: Rom 15,4-9 Evangelio: Mt 3,1-12

NEXO ENTRE LAS LECTURAS

El Espíritu es el concepto presente en la liturgia y unificador de la misma. Se trata del Espíritu no en sí, sino referido al Mesías, a cuya venida nos preparamos y cuya llegada celebramos en la Navidad. Sobre el Mesías, renuevo del trono de Jesé, reposará el Espíritu del Señor. Será el Mesías quien bautice en Espíritu y fuego. San Pablo presenta a nuestra imitación el ejemplo de Jesucristo, que se entregó tanto a judíos como a paganos y así infundió en todos un solo corazón. Esta parenesis paulina termina así: “Que el Espíritu Santo, con su fuerza, os colme de esperanza”. Una esperanza, imperfectamente satisfecha en la Navidad, plenamente satisfecha en la segunda venida del Señor.

MENSAJE DOCTRINAL

San Juan Bautista nos recuerda una realidad maravillosa: Hemos sido bautizados con Espíritu Santo y fuego. Reavivar en el adviento la espiritualidad bautismal puede sernos de mucho fruto. Por el bautismo hemos sido constituidos templo del Espíritu Santo y hemos sido encendidos por el fuego del Espíritu para la misión. Para ser templos y fuego del Espíritu se requiere la conversión continua a los valores del Reino, y ser, ya desde ahora y en el día del juicio, grano de trigo y no paja que se arroja al fuego.

¿Cuáles son los valores del Reino, aportados por el Mesías, a los que los hombres son exhortados a convertirse?

a) La auténtica justicia, no basada en apariencias ni en cosas conocidas de oídas, sino en rectitud (Primera lectura)

b) La verdadera paz, obra del Mesías, que transforma la naturaleza y actúa sobre el corazón de los hombres (Primera lectura), hermanando a judíos y paganos en la alabanza a Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo (Segunda lectura).

c) La esperanza en la persverancia y el consuelo que proporcionan las Escrituras, donde encuentra el hombre todo lo que Dios ha querido revelar para su salvación (Segunda lectura).

d) Una existencia vivida dando frutos, porque el árbol que no dé fruto será cortado y echado al fuego. El Bautista es modelo de este estilo de vida: hombre desprendido y austero en su vida personal, predicador infatigable de la verdad de Dios y de la conversión, precursor del Mesías, a quien allana el camino (Evangelio).

SUGERENCIAS PASTORALES

Prepararse a la Navidad, dejándose guiar por el Espíritu Santo. La liturgia dominical es un momento oportuno para inculcar en la conciencia cristiana la acción invisible pero real del Espíritu, su presencia en el alma por la gracia, su eficacia en el desarrollo y progreso de la vida espiritual. Momento igualmente oportuno para invitar a los cristianos a estar atentos a la voz del Espíritu que nos habla mediante los acontecimientos de la vida, las situaciones personales, las personas conocidas o amigas, las páginas de un libro, los medios de comunicación social o la misma naturaleza. Momento oportuno, igualmente, para aceptar y obedecer al Espíritu con docilidad y prontitud. Es el Espíritu de Dios quien mejor nos puede preparar para vivir mejor el misterio de la encarnación y del nacimiento de Jesucristo.

Los valores del Reino quizá nos sorprendan a primera vista; nos resulten demasiado elevados y bellos para ser creídos y realizados en una sociedad y en un ambiente en donde hay y vigen otros valores muy opuestos y, si no opuestos, al menos muy diferentes. Sin embargo, hay muchos hombres y mujeres que ya viven esos valores, que rigen por ellos su existencia, su actuación y su comportamiento. ¡Pensemeos en tantos laicos, religiosos y sacerdotes que viven santamente! Es muy probable que muchos de entre nuestros mismos fieles ya los posean o se esfuercen por convertirse diariamente a ellos...Hay que sostener esos esfuerzos, promover esos valores, trabajar con tesón para que todos los hombres se dejen ganar por ellos. En la medida en que se lleve a cabo una conversión sincera a los valores del Reino, nuestro ambiente, nuestra parroquia...cambiará y mejorará.

 

8 DE DICIEMBRE: LA INMACULADA CONCEPCIÓN DE MARÍA

Primera: Gén 3,9-15.20; segunda: Ef 1,3-6.11-12 Evangelio: Lc

NEXO ENTRE LAS LECTURAS

La iniciativa divina, llena de amor y de misericordia, parece ser el tema unificador. En la primera lectura es Dios quien pregunta y quien decide el castigo, ante el pecado del hombre, y quien pro-mete la salvación. La promesa hecha a Adán y Eva en el paraíso, Dios la lleva a cumplimiento en su Hijo, que acepta encarnarse y ser el nuevo Adán, y la realiza también en María, que acepta ser la madre de Dios, y nueva Eva (Evangelio). Con la venida de Cristo al mundo, el Padre nos ha bendecido con toda clase de bienes espirituales (Segunda lectura). Toda iniciativa, en el designio divino de salvación, proviene del Padre, y en Èl llega también a su último fin.

MENSAJE DOCTRINAL

Pecado y salvación están presentes en todas las religiones porque están presentes en el hondón mismo del corazón humano. Quien entre en su conciencia se percibe pecador (con este término u otros, lo que cuenta es la realidad) y necesitado de salvación. Esta experiencia universal encuentra su paradigma y su fundamento en el relato de la primera lectura. El hombre ha querido ser dios y, en su intento, lo único que ha logrado es darse cuenta de que es “sólo hombre” y de que un desorden se ha introducido en sus relaciones con Dios, con Eva y con la creación. El querer ser “como Dios”, la “muerte de Dios” en el corazón, se transforma en la muerte del hombre. Los capítulos 4-11 del Génesis, y en general los libros del AT hablan de esta presencia, expansión y fuerza destructora del pecado.

Pero Dios es Padre, y mira al hombre con amor de Padre. Desde los inicios mismos del pecado adámico, Dios toma la iniciativa de encontrar los caminos para ofrecerle de nuevo la salvación. En el relato del Génesis está una promesa que va dando pasos hacia su cumplimiento en Noé, Abrahán y los patriarcas, Moisés y el pueblo de Israel...,y que alcanza su plenitud en el anuncio del ángel a María: “Concebirás y darás a luz un hijo, al que pondrás por nombre Jesús (es decir, Salvador) (Evangelio). Una salvación que, según san Pablo a los Efesios (Segunda lectura) comprende estos aspectos:

a) Ser su pueblo elegido, la comunidad que Dios salva y en la que ofrece a todos los hombres la salvación.

b) Ser hijos adoptivos por medio de Jesucristo. De esclavos del pecado, hijos de Dios en la libertad y en el amor.

c) Ser un himno de alabanza a su gloria. Salvado del pecado, el hombre no envidiará a Dios, y libre de su afán de superhombre, será feliz alabando y glorificando a Dios.

María, la inmaculada, la que en su nacimiento, por méritos de su Hijo, repitió la experiencia ‘originaria’ de Adán y Eva. Por ello, la Iglesia, iluminada por el Espíritu, ha visto a María en la mujer que hiere la cabeza de la serpiente (Primera lectura) y ha visto realizada esta promesa profética en el momento de la anunciación del ángel a María (Evangelio). El ‘sí’ de María a la voluntad de Dios corresponde al ‘no’ de Eva al precepto divino, y de esta manera en íntima unión con su Hijo contribuye a la salvación de su descendencia. A María, de manera suprema, se aplica el himno paulino que abre la carta a los Efesios: “Dios me eligió en Cristo, antes de la creación del mundo para...que me mantuviera sin mancha en su presencia. Llevado de su amor, él me destinó de antemano...a ser adoptada como hija suya...para que la gracia que derramó sobre mí, por medio de su Hijo querido, se convierta en himno de alabanza a su gloria”.

SUGERENCIAS PASTORALES

En el mundo actual se pueden captar experiencias muy fuertes de pecado, de miseria humana, de desesperación. Por ejemplo, haber perdido el sentido de la vida; considerarse un inútil, sin un papel en este mundo; aborrecerse a sí mismo hasta incluso la voluntad de suicidio; ‘pasar de todo’ porque en nada se encuentra lo que se quiere; experimentar el pecado (lujuria, orgullo, odio, ateísmo...), hundirse en él y creer que ya no hay salida...Estas experiencias, de las que se pueden conocer y presentar casos concretos con nariz y ojos, y otras muchas menos dramáticas, son un magnífico punto de apoyo para una pastoral sobre Cristo redentor, que se hace hermano nuestro y que jamás nos abandona en nuestro itinerario por la vida. Digamos con la liturgia de adviento: “¡Ánimo! Se acerca nuestra redención”. Jesucristo está llamando a la puerta del mundo, y del corazón del hombre, para ofrecerle su paz, su amor y su salvación.

La mujer cristiana en nuestro mundo contemporáneo está solicitada por algunas actitudes y concepciones de la mujer, de la feminidad, de su función en el hogar, en la cultura, en el trabajo, en la sociedad, que no siempre honran a la mujer. Se exponen en el supermercado actual, por ejemplo, el modelo de la mujer ‘emancipada’ cuya única ley es ella misma; el modelo de la mujer ‘yuppie’ que sacrifica el matrimonio y la maternidad a su profesión; el modelo de la mujer ‘liberal’ en sus ideas, en su comportamiento, en su actitud ante Dios, ante la vida, ante la sociedad. En cuanto a actitudes, está la de la mujer reivindicadora de la igualdad total entre los sexos; la de la mujer que ve en el sexo opuesto, más que un ‘partner’ o complemento de sí, un adversario; la de la mujer ‘laica’ que sofoca su ‘alma religiosa’ bajo un mal entendido feminismo...

Estos modelos y actitudes, u otros semejantes, acechan a las mujeres cristianas de hoy. La fiesta de la Inmaculada, brinda una oportunidad magnífica para proponer a María como modelo de mujer, sin beaterías y sin falsos pietismos. María, que ama la virginidad y ama igualmente la maternidad. María, en cuya fe no todo es claro a la primera. María que busca explicaciones para actuar y decidir con responsabilidad. María que da un sí generoso a su ‘misión’ en la vida.

 

TERCER DOMINGO DE ADVIENTO

Primera: Is 35, 1-6ª.10; segunda: Sant 5,7-10 Evangelio: Mt

NEXO ENTRE LAS LECTURAS

En marcha hacia la venida de Cristo, la liturgia nos sitúa hoy a los cristianos entre la espera y la esperanza. Juan Bautista era consciente de su misión de precursor, y vivía en la esperanza del Mesías, cuyo camino él preparaba; pero la esperanza no le daba certeza. Por eso, envió a Jesús una embajada: “¿Eres tú el que tenía que venir, o hemos de esperar a otro?” (Evangelio). Jesús satisface la pregunta del Bautista citando parte de uno de los poemas más bellos de la esperanza mesiánica: “Los ciegos ven, los cojos andan,... y a los pobres se les anuncia la buena noticia” (Primera lectura y Evangelio). Santiago, en la segunda lectura, nos exhorta a la espera paciente de la venida del Señor, al igual que el labrador espera las lluvias que harán fructificar la siembra. En Judea esas lluvias son tempraneras (inicio del otoño) y tardías (inicio de la primavera).

MENSAJE DOCTRINAL

Para los cristianos la venida del Mesías ha dejado de ser espera para llegar a ser siempre esperanza. Porque el verdadero Mesías es Jesucristo, y él cumplió las expectativas de los hombres con su venida histórica, hace dos mil años. En la mente y en el corazón de los cristianos no puede haber espera alguna de otros mesías, por más que de vez en cuando puedan oírse voces que cantan su presencia y que pueden resultar atractivas: Son falsos mesías, inventados por los hombres en busca de intereses o de satisfacciones inconfesadas.

Los cristianos no vivimos de espera, pero sí de esperanza. Porque Jesús es un maravilloso misterio de presencia y ausencia, de humanidad y divinidad, de posesión y de anhelante deseo. Por eso, la navidad recuerda y actualiza el cumplimiento de la espera, pero a la vez nos remite a otra venida, oculta e imprevista, que no puede ser sino objeto de esperanza creyente y amorosa; una esperanza que hunde sus raíces, no en el ensueño, sino en la experiencia viva de un anhelo ya inicialmente y en parte satisfecho.

Los cristianos ponemos nuestra esperanza en la transformación de la naturaleza, pero sobre todo de la humanidad y de la historia. Creemos en unos cielos nuevos y en una tierra nueva donde reina la justicia. Isaías en la primera parte de su poema escribirá: “Se alegrará el desierto y el yermo; la estepa se regocijará y florecerá”. Pero Jesús en el Evangelio no cita este texto, sino lo que viene a continuación: “Se despegarán los ojos de los cielos, los oídos de los sordos se abrirán...”. Esperamos sobre todo en la nueva humanidad inaugurada en la persona de Jesús Mesías, y continuada en quienes siguen sus pasos. Quizá por eso al final de la cita de Isaías, Jesús añade: “Y dichoso el que no encuentre en mí motivo de tropiezo!”. Se refería proablemente a Juan Bautista y a sus discípulos que tenían una concepción diversa del Mesías; y se refiere a nosotros que hallamos tanta dificultad en asimilar la mentalidad y el modo de vida del Mesías, nacido en una cueva, entregado a servir a los hombres.

SUGERENCIAS PASTORALES

En nuestro medio ambiente tal vez nos enfrentamos con dos problemas pastorales ante la figura de Jesús, el Mesías esperado de las naciones. 1) La oferta de otros mesianismos en concurrencia con el de Jesús, sean mesianismos religiosos o materialistas y ateos, como el marxismo: un fraude mesiánico frustrante y engañador. 2) La presencia de otros mesías, si no en concurrencia, en existencia paralela entre las culturas y religiones no cristianas. La liturgia de hoy nos propone una respuesta a estos problemas, no ciertamente recetas mágicas o fórmulas que se disparan como flechas contra el adversario. Más bien, nuestra tarea como sacerdotes es presentar claramente y en forma completa la fe de la Iglesia, defender esa fe eclesial en el alma de nuestros fieles, delinear las actitudes que nuestra fe lleva consigo en el trato con otros modos de pensar y otras creencias: “Detestar el error, pero amar al que yerra”.

La transformación del mundo ya ha comenzado. La nueva naturaleza y la nueva humanidad ya están presentes en la historia y en medio de nosotros, gracias a la obra recreadora y redentora de Jesucristo. Si los cristianos, vivimos coherentemente, somos ya creaturas nuevas: capaces de ver, de escuchar, de caminar; hemos sido limpiados, hemos resucitado a una vida nueva. ¡Magnífica ocasión para hacer un llamado a la coherencia cristiana!

A veces los cristianos se quejan de lo mal que va el mundo y no piensan que los cristianos somos por vocación y destino levadura en la masa, sal de la tierra, luz del mundo. Si el mundo va mal se debe a que no todos los cristianos somos luz, levadura y sal en nuestra vida y a nuestro alrededor. Tenemos una tarea que realizar para mantener en equilibrio el ecosistema religioso y ético de la humanidad y, de paso, también el ecosistema de nuestro planeta. Será una gran pena, si, llegada la Navidad, levantamos acta de su venida en un ambiente de alegría y nostalgia, pero no aumenta nuestra luz evangélica, no somos levadura más eficaz, ni somos sal para conservar la bondad, la verdad y la belleza entre los hombres.

 

CUARTO DOMINGO DE ADVIENTO

Primera: Is 7, 10-14; segunda: Rom 1,1-7 Evangelio: Mt

NEXO ENTRE LAS LECTURAS

La expresión “padres” de Jesús podría ser el punto de encuentro de las lecturas de hoy. Mateo, en el Evangelio, es quien más claramente lo hace ver: “Su madre María estaba prometida a José”. “Su esposa dio a luz un hijo, a quien José puso por nombre Jesús”. Se trata de unos “padres” enrolados en la acción misteriosa de Dios en la historia. María, siendo virgen, concibe por obra del Espíritu, cumpliendo así la profecía mesiánica de Is 7,10-14 (Primera lectura). José es justo, acepta y respeta el misterio de Dios, pero se pregunta sobre lo que Dios quiere para él en todo este asunto. Dios se encarga de darle una respuesta: “No tengas miedo en recibir a María como esposa...”. De esta manera, por medio de José, Jesús nacerá de la estirpe de David en cuanto hombre (Segunda lectura).

MENSAJE DOCTRINAL

¿Qué nos dice la Palabra de Dios sobre los “padres” de Jesús? De María, que era virgen y que concibió a Jesús por obra del Espíritu Santo. La virginidad de María el evangelio de Mateo la ha visto profetizada en Is 7, 10-14, que, por una parte, pertenece al “Libro del Enmanuel” (Is 7,1 - 12,6), situando así el texto en un contexto que trasciende el fenómeno histórico particular; por otra parte, Mateo sigue una tradición judía anterior en varios siglos , si bien es verdad que el signo dado por Isaías a Acaz (la palabra hebrea “almah” significa doncella, joven soltera) se refería probablmente al hijo que al rey le nacería, asegurando de esa manera la promesa de Yavé a la dinastía davídica. María, virgen, concibe por obra del Espíritu Santo. Con esta expresión, Mateo nos indica el origen del hijo de María. La expresión de Mateo no señala una visión negativa de la sexualidad y del acto generador; pone más bien el acento en la procedencia del concebido, para que los hombres puedan conocer y aceptar más fácilmente que el hijo de María es Hijo de Dios.

José es llamado “justo”. En la mentalidad de la época, quería decir un hombre que vivía conforme a los preceptos de la Ley de Yavé, y que buscaba en todo hacer su voluntad. Siendo justo, José no dudó nunca de la virginidad de María. Su problema fue saber cuál debería ser su papel en esta situación tan única y misteriosa, si es que tenía alguno. Y Dios, que es fiel, le hizo ver su papel de padre putativo, con lo cual aseguró a Jesús su genealogía davídica. Tanto para María como para José hay una vocación y una misión que realizar. María es llamada a ser madre de Dios, siendo virgen. José es llamado a ser “padre” de Dios, siendo justo. Tanto una como otro se turbaron, pero en su turbación buscaron a Dios, y Dios les introdujo en la verdad del misterio. Fiados de Dios María y José dan su “sí” con un corazón generoso a la misión que Dios a cada uno les ha confiado.

SUGERENCIAS PASTORALES

En la sociedad actual existen situaciones dignas de una reflexión a la luz de la liturgia de hoy: madres solteras, padres separados cuyos hijos sufren no raras veces los conflictos de los padres, padres divorciados con hijos y vueltos a casar, adopción de un niño por parte de un “single” sea hombre o mujer, adopción de niños por parte de parejas homosexuales o lesbianas...Son situaciones difíciles y muy complejas. Son situaciones en que la Iglesia debe tener un corazón de madre para las personas que acuden a ella en busca de ayuda, de conforto y de consejo. Pero son también situaciones sobre las que la Iglesia, el sacerdote, el consejero matrimonial deben hablar claro y con firmeza para, entre otras cosas, defender el derecho natural de los hijos a tener unos padres: un padre y una madre. En el desarrollo psicodinámico y en la educación humana y espiritual de los niños sea el padre sea la madre tienen una misión que llevar a cabo, y la carencia de uno de ellos perjudica y daña el desarrollo armónico e integral del niño.

Somos llmados por Dios a la vida para realizar una misión. Es de gran importancia que los cristianos concibamos así nuestra vida. Existe la vocación al matrimonio y a la virginidad. Y dentro de cada vocación existe una misión común: ser santos y colaborar con la misión de la Iglesia. Pero se dan numerosas y variadas formas de conseguir la realización de esta mi-sión. Los padres tienen como primera misión la vida: amar la vida, traer nuevas vidas, promover la vida y defenderla, educar para la vida, formar las nuevas vidas en la fe y en el amor, organizarse en favor de la vida, favorecer todo lo que contribuya a mejorar la vida humana, oponerse con los medios legítimos, y con la oración, a los diferentes atentados contra la vida. Los padres tienen la misión de ser testigos para sus hijos de coherencia, responsabilidad en su familia, en su trabajo, en la vivencia práctica de su fe cristiana. Los hijos requieren más de testigos que de maestros, o mejor todavía, de maestros que sean auténticos testigos.

 

25 DE DICEMBRE MISA DE MEDIANOCHE

Primera:Is 9, 1-3.5-6; segunda: Tit 2,11-14 Evangelio: Lc 2,1-

NEXO ENTRE LAS LECTURAS

Entre los varios puntos de contacto de las lecturas, elijo el de nacimiento. El anuncio del ángel a los pastores es: “Os ha nacido hoy...un Salvador” (Evangelio). El texto lucano, eco del texto de Isaías proclama proféticamente el nacimiento del Mesías: “Un niño nos ha nacido”. En la segunda lectura Pablo, dentro de un contexto parenético, fundamenta y motiva la conducta ética de los cristianos en que la gracia de Dios, se ha hecho visible en el nacimiento y en la vida de Jesucristo.

MENSAJE DOCTRINAL

San Lucas, al narrar el nacimiento de Jesús, pone ya de relieve las dos dimensiones de su existencia: la humana y la divina. Jesús es hombre: nace en un tiempo históricamente determinado, con una genealogía documentable, en una ciudad conocida, en un lugar y en unas condiciones propias de la clase pobre de la Palestina. Abunda San Lucas en la humanidad de Jesús al referir, en su relato, el llegarle a María el tiempo del parto, el dar a luz a su hijo, el envolverlo en pañales, el recostarlo en un pesebre. Estas acciones confluyen en una acentuación de la humanidad de Jesús, enteramente igual a la nuestra. San Lucas, como evangelista de la comunidad y para la comunidad, no podía dejar de añadir la presentación de la divinidad de Jesús. En el niño nacido de María se cumple la profecía mesiánica de Isaías, y en ella se dice: “Su nombre es Dios fuerte”, un nombre exclusivo de Yavé en el Antiguo Testamento. Además, Dios, por medio de su ángel, anuncia los títulos de este niño: Salvador, Mesías, Señor. Salvador, y por ello, Dios, pues sólo Dios tiene poder para salvar. Mesías, en cuanto que es el Salvador de los judíos. Señor, en cuanto que es el Salvador del mundo pagano para quien “Señor” era el título más aplicado a la divinidad. Finalmente, un coro angélico, ensalza y alaba a Dios por el nacimiento del niño. Esto significa que ese niño es más grande que los mismos ángeles, es Dios.

En Jesús, humanidad y divinidad conviven en forma perfecta. Es, al mismo tiempo: “Perfectus Deus, perfectus homo”. Los mismos rasgos que Isaías canta del Mesías futuro muestran la perfección y la armonía entre lo humano y lo divino: “Consejero, prudente, Dios fuerte, padre eterno, príncipe de la paz”. Al Dios fuerte (divinidad) se une “padre eterno” (relación a David), consejero prudente y príncipe de la paz (relación a Salomón), con lo que se subraya la suma perfección humana del niño preanunciado. San Pablo en la segunda lectura exhorta a los cristianos a no separar la fe de la vida, la verdad ética de la verdad dogmática. El cristiano es enteramente hombre y asume todo lo bueno que hay en el hombre (véase Tit 2,1-10). Pero el cristiano jamás separará su inserción en el mundo de su fe en Jesucristo y del misterio de salvación que Él representa y hace eficaz entre los hombres (segunda lectura). El nacimiento del Hijo de Dios, sin cambiar las acciones buenas de los hombres en sus componentes éticos, da a éstos un sentido nuevo, la savia nueva del Evangelio.

SUGERENCIAS PASTORALES

Quizá en algunas comunidades cristianas se subraya demasiado la humanidad de Jesús, convirtiéndolo en un modelo de existencia perfecta, y dejando casi en el olvido su divinidad. En otras comunidades es posible que se recalque tanto la divinidad del Niño, que se pase por alto su maravillosa humanidad. Ante esta doble posibilidad, hay que hacer una catequesis en que se mantenga, en modo equilibrado, tanto la humanidad como la divinidad y en que se hagan aplicaciones concretas y prácticas para la vida del cristiano, a partir de esta visión equilibrada del misterio de Jesucristo. Menciono algunas posibles aplicaciones: adorar pero a la vez imitar a este Niño; convencerse de que el cristiano es un llamado a ser y vivir como hijo adoptivo de Dios y simultáneamente a ser y vivir como hombre; ser conscientes de que no hay dicotomía entre las verdades de fe y la realidad concreta de la existencia, y de que, si pareciese haberla, se ha de buscar deshacerla y encontrar el punto de equilibrio (por ejemplo, en el cumplimiento y respeto de las leyes fiscales, de las leyes que gobiernan y rigen una nación, etc.). La segunda lectura nos enseña a renunciar a la vida sin religión y a los deseos del mundo, para que vivamos en el tiempo presente con moderación, justicia y religiosidad.

En nuestra comunidad habrá sin duda más pobres que ricos, y quizá muchos cristianos, que no abundan en riquezas, pero a quienes tampoco les faltan. El estado socioeconómico de las personas no lo va a cambiar el cristianismo, aunque lo puede mejorar. Tal vez la forma más apta para un mejoramiento sea el considerar la pobreza, no como un mal que hay que evitar o aliviar, sino como un grandísimo valor que hemos de amar y, según nuestro estado y condición, también vivir. Un empresario puede amar y vivir la pobreza, aunque el modo de hacerlo sea diverso a como ama y vive la pobreza un obrero de su empresa. Un profesionista puede amarla y vivirla, pero lo hará de modo diferente a como la vive una persona desocupada o que todavía no ha encontrado el primer trabajo. Las formas de ser pobre, de encarnar la pobreza pueden variar, pero habrá de ser igual el aprecio a la pobreza, el interés y esfuerzo por aplicarla a la propia vida, sabiendo que no somos dueños sino administradores de unos bienes que Dios nos ha dado al servicio, ciertamente de uno mismo y de la propia familia, pero igualmente al servicio de los demás.

 

25 DE DICEMBRE MISA DE DÍA

Primera: Is 52,7-10; segunda: Heb 1,1-6 Evangelio: Jn 1,1-18

NEXO ENTRE LAS LECTURAS

La Palabra aglutina en esta liturgia las diversas lecturas. La Palabra de Dios se ha servido de muchos intermediarios a lo largo de la historia de la salvación. Así nos lo informa la segunda lectura (“Después de hablar Dios muchas veces y de diversos modos...”), y así lo podemos constatar en la primera (¡qué hermosos son los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae la buena nueva y proclama la salvación!”). Esa Palabra de Dios no era una idea, o un símbolo sino una persona divina que ha ido hablando a los hombres por medio de la creación, de la historia, y que ahora, se hace “carne” y sin dejar de ser Palabra de Dios comienza a ser también ‘palabra humana’ (Evangelio). Una Palabra superior a Moisés y a la Ley (Evangelio), superior a los mismos ángeles y a toda la creación (segunda lectura).

MENSAJE DOCTRINAL

La palabra, en la experiencia humana, no existe sin interlocutor a quien dirigirla y que responda, dando de esta manera origen al diálogo. Desde los orígenes mismos de la humanidad, Dios entró en diá-logo con el hombre: baja por las tardes al paraíso a conversar con Adán y Eva...y, a pesar de la respuesta indigna del hombre, Dios jamás cerró ese diá-logo amoroso con la humanidad. Más aún, usó de los recursos más variados (visiones, oráculos, castigos, profecías, promesas, bendiciones...) para no interrumpir ese diálogo y para que la respuesta del hombre fuera cada vez menos indigna de Dios. La Palabra de Dios no ha fallado ni fallará, porque Dios es fiel, y en el supremo gesto de amor y de fidelidad se encarna en el hombre Jesús, haciéndose enteramente Palabra de Dios en palabra humana. Esta Palabra de Dios nunca fue neutra a lo largo de los siglos. Fue una Palabra de amor que buscaba una respuesta de amor; una Palabra de verdad, que buscaba una respuesta de autenticidad; una Palabra interesada en el bien del interlocutor (el hombre); una Palabra de donación, que buscaba una respuesta de aceptación; una Palabra de misericordia y de perdón, que buscaba una respuesta de conversión; una Palabra de solidaridad hasta el extremo de hacerse carne, que buscaba una respuesta de agradecimiento y de gozosa acogida...

En este diálogo entre Dios y el hombre, ¡cuántas, veces el hombre ha decepcionado a Dios, ha rechazado su Palabra! Pero también, ¡cuántos la han acogido, y han correspondido a ella, como María y José! En este día de Navidad, la Palabra de Dios nos habla en la humanidad del Niño Jesús. El diálogo de Dios con nosotros, continúa. La humanidad, cada creyente, habrá de dar una respuesta. ¿Cuál?

SUGERENCIAS PASTORALES

Los cristianos de hoy, como los hombres todos en general, estamos bombardeados por miles y millones de palabras cada día, por gracia y mérito de los medios de comunicación social (radio, prensa, teléfono, televisión, internet) y en virtud de nuestra condición social (casa, oficina, lugar de trabajo, parroquia, club, tertulia...). En muchos casos hay palabras...pero no se llega a la comunicación: un saludo, un comentario sobre el tiempo, una pregunta por el marido, la mujer, los hijos, un adiós...y basta. En otros muchos casos, hay palabras o letras, pero sin llegar tampoco a una verdadera comunicación: leo por información, prescindiendo de quién escribe; escucho la radio o veo la TV sin mucha atención, para sentir su compañía, para ‘pasar el rato’ o para ‘tifar’ por mi equipo favorito. En estos casos, la respuesta al interlocutor es pobre. Existen también otras ocasiones en que se da un verdadero diálogo, es decir, encuentro de dos intimidades (pensamiento, corazón, voluntad, sensibilidad), que se abren y se dan mutuamente en formas y grados diversos, según sea la relación entre ellos: esposos, amigos, hermanos, compañeros de trabajo o profesión...

Ante la enorme multiplicidad de palabras que diariamente se escuchan y se emiten, se corre el peligro de tomar una actitud poco seria y superficial cuando quien se dirige a nosotros es la Palabra de Dios. Leemos, escuchamos la Palabra de Dios en la Biblia, en la liturgia eucarística o sacramental, y puede ser que ‘nos resbale’ como cuando escuchamos y vemos la televisión. Quizá ha disminuido en nosotros, cristianos, la conciencia de que la Palabra de Dios es diferente de cualquier palabra humana: Busca y quiere lograr el diálogo, el encuentro, la interpelación a la conciencia, el don de la salvación...Todo esto tiene gran validez en Navidad, cuando la Palabra de Dios se hace carne, se hace un niño que habla con el silencio y con la vida. Esa Palabra de Dios-Niño está gritándo-nos que el amor de Dios es maravilloso, sorprendente, extraordinariamente fiel. ¿Qué responderás a este Niño que interpela tu libertad, tu amor y tu conciencia desde la gruta de Belén?

 

LA SAGRADA FAMILIA DOMINGO EN LA OCTAVA DE NAVIDAD

Primera: Si 3,3-7.14-17ª; segunda: Col 3,12-21 Evangelio: Mt

NEXO ENTRE LAS LECTURAS

Padre, madre, hijo, esposos, es decir familia. No podía ser otra la palabra fundamental en este domingo de la Sagrada Familia. El evangelio insiste en la dedición de los padres a los hijos: por dos veces escucha José la voz de Dios, por medio de un ángel, que le dice: “Levántate, toma al niño y a su madre...”, y José obedeció sin tardanza y con alegría. La primera lectura, más bien, exhorta a la dedición de los hijos a los padres, resaltando los frutos que de ello se derivan: “El que honra a su padre alcanza el perdón de sus pecados, el que respeta a su madre amontona tesoros...”. San Pablo recoge las enseñanzas del sirácida y del evangelio y exhorta a la dedición recíproca: las esposas a sus maridos y éstos a sus esposas; los hijos a los padres y éstos a los hijos. La honra, el respeto, la obediencia...son manifestaciones de una realidad superior, la más propia de la familia humana Y cristiana: el amor.

MENSAJE DOCTRINAL

La familia existe antes que el cristianismo, por ello el ser y el hacer familia se rige por unos principios universales válidos para todos los hombres. Esos principios están formulados en diversos textos del Antiguo Testamento, con expresiones acomodadas a una mentalidad y a una cultura concretas e históricas. Uno de esos textos es el que nos presenta la primera lectura, que se fija sólo en la relación de los hijos hacia los padres: honra y respeto, obediencia y ayuda servicial, dulzura en el trato. Son valores de todo “hijo”, independientemente de su religión, de su cultura y nivel social, de las variadas expresiones históricas que estos valores hayan adquirido o vayan adquiriendo. Por medio de ellos, los hijos son y hacen familia.

El evangelio según san Mateo, situándonos ya en el ámbito cristiano, se fija en la relación padre-hijo-madre. Como función paterna se señala el cuidado del hijo, la obediencia a Dios, que le ha hecho partícipe de su “autoridad”, la prontitud en obedecer fielmente, la prudencia en su actuación para buscar una residencia estable y segura para la familia. Son funciones universales de cualquier padre o madre. Hay, sin embargo, un elemento NUEVO, y es el móvil de la acción de José: No actúa movido por la naturaleza (lazos de afecto, consanguineidad, tendencias...), sino movido por Dios, buscando hacer y haciendo en todo la voluntad de Dios. Por medio de los valores indicados y, sobre todo, por el motivo que pone en acción la voluntad de José, él es y hace familia.

San Pablo dedica el capítulo 3 de la carta a los colosenses a explicar el efecto fundamental del bautismo, que es la vida nueva en Cristo. En Col 3,17 dice: “Todo cuanto hagáis o digáis, hacedlo en nombre de Jesús”. Este versículo ilumina el texto de la liturgia de hoy, referido a los deberes familiares, en sus relaciones mutuas. El respeto de la esposa al marido, el amor del marido a la esposa, la obediencia del hijo a sus padres, la bondad de los padres hacia los hijos son valores comunes a toda familia, en su mismo ordenamiento natural, pero los cristianos han de realizar estos valores “en nombre de Jesús”. Ahora bien, la expresión “en Cristo”, “en Jesús el Señor” se contrapone en dos textos de Pablo a “en Adán”. Consiguientemente, los valores son los mismos que “en Adán” (orden natural), pero el Espíritu que los anima, la exigencia moral que de ese Espíritu dimana, y la eficacia redentora de Cristo son realidades nuevas superiores. Con este nuevo Espíritu, esta nueva exigencia y esta nueva eficacia, los padres y los hijos son y hacen familia.

SUGERENCIAS PASTORALES

Los valores familiares presentes en la liturgia de hoy: respeto y aprecio, obediencia y ayuda, solicitud y cuidado, prudencia, búsqueda de estabilidad familiar, bondad y amabilidad, amor mutuo, continúan siendo válidos en la familia actual. Los modos de encarnar estos valores las familias de hoy han variado. ¿Cuáles son las expresiones concretas de estos valores familiares? ¿Cómo se vive el amor y el respeto entre los esposos? ¿Cómo se vive la obediencia de los hijos a los padres y de todos a Dios? ¿Qué formas adopta la bondad mutua entre padres e hijos? ¿Cómo se manifiesta la prudencia de los padres en el trato con los hijos? Estos valores chocan con antivalores que vienen servidos en el supermercado de la cultura reinante o en medios de comunicación social. Tal vez, en algunos casos se exalte la rebeldía de los hijos, la confrontación entre marido y mujer, el poco interés por los hijos o el excesivo interés de unos padres posesivos, o el abandono de los padres por los hijos en un centro para ancianos...En mi medio ambiente, ¿se dan algunos de estos antivalores? ¿qué formas de expresión suelen tener?

Hoy la homilía y las moniciones litúrgicas permiten inculcar los grandes valores familiares, resumidos todos ellos en el amor desinteresado y sincero; hacer hincapié en algunos modos concretos de expresar y manifestar estos valores; llamar la atención de los fieles sobre los antivalores ya presentes o que ponen en peligro la vida familiar; y, sobre todo, dejar bien asentado que el verdadero fundamento de todos estos valores es Cristo y el verdadero modelo de familia cristiana es la familia de Jesús de Nazaret.

 

1 DE ENERO: SANTA MARÍA MADRE DE DIOS

Primera: NÚm 6,22-27; segunda: Gál 4,4-7 Evangelio: Lc 2,

NEXO ENTRE LAS LECTURAS

Una vena subterránea une las lecturas: el señorío de Dios, que adquiere su forma más perfecta en la plenitud de los tiempos, cuando Dios, por medio de la encarnación de su Hijo, hace partícipe al hombre de su señorío adoptándolo como hijo. En la primera lectura por tres veces se repite la palabra Señor: “El Señor te bendiga...el Señor haga brillar tu rostro sobre ti...el Señor te muestre su rostro”. En el versículo anterior al texto evangélico de la liturgia se dicen los pastores unos a otros: “Vamos a Belén a ver eso que...el Señor nos ha anunciado” y en el v.20 comenta san Lucas: “Los pastores se volvieron alabando a Dios porque todo lo que habían visto y oído correspondía a cuanto les habían dicho”. Finalmente, en la carta a los gálatas no aparece la palabra Señor, pero sí el concepto: El Hijo de Dios, por la encarnación, se hizo esclavo de la ley para que nosotros, sujetos a esa ley, fuéramos liberados. En el bautismo, el Espíritu Santo es enviado a nuestros corazones para convertirnos de esclavos en hijos. En cuanto hijos, participamos del señorío de nuestro Padre Dios sobre la ley.

MENSAJE DOCTRINAL

Comenzamos un nuevo año. Es hermoso comenzarlo confesando el señorío de Dios. La primera lectura recoge una fórmula de bendición, con que solía terminar el culto en el templo, después de haber alabado al Señor por las maravillas obradas con su pueblo. Una bendición que une pasado y futuro: El Señor que ha hecho tantas maravillas en la historia de Israel, seguirá haciéndolas en la historia actual, en tu vida. Te protegerá, te concederá su favor, te dará la paz. Dios, por tanto, es Señor del pasado, pero su señorío se prolonga también al futuro. En contraste con este señorío divino parece estar el relato de san Lucas. El ángel anuncia a los pastores: “Os ha nacido un Salvdor, que es el Mesías, el Señor”. ¿Y qué ven los ojos de los pastores? Un niño acostado en un pesebre. Y, ¿qué pasa con este niño a los ocho días? Es circunci-dado. Nada manifiesta ese señorío, más bien todo parece poner en evidencia su sometimiento a la ley de un pueblo al que pertenece, y a las leyes fundamentales de la existencia humana (cf segunda lectura).

La verdad es que el Hijo de Dios, haciéndose niño en el seno de María y naciendo en Belén de Judá, conserva su prerrogativa de Señor del tiempo y de la historia, pero “se vacía” de ella para hacerse siervo de la ley y, desde dentro mismo, liberar de la ley a quien era su esclavo: el hombre (La ley representa todo el sistema religioso-social de los pueblos antes de Cristo, no sólo del pueblo judío). La obra de Cristo, que libra al hombre de la escla-vitud de la ley, es toda su vida, pero principalmente el misterio pascual, preanunciado en la sangre derramada por Jesús en la circuncisión. El Espíritu Santo es quien suscita en nosotros, por el bautismo, la conciencia de nuestra liberación y consiguientemente de nuestra condición de herederos y señores de que gozamos por gracia de Dios y méritos de Cristo (segunda lectura). Con toda razón, Jesucristo es constituido Señor por su resurrección, al revelar plenamente el señorío que poseía desde su nacimiento, pero que estaba escondido. Más aún, no sólo Él es Señor, sino que da a los hombres la capacidad de llegar a ser señores de la ley, de sí mismos, de las vicisitudes de la historia.

SUGERENCIAS PASTORALES

No basta una visión humanista de Jesucristo. En nuestro mundo, quizá nosotros mismos pongamos el acento, al contemplar a Jesús, en su humanidad, en los rasgos que lo hacen uno igual a nosotros, más nuestro: un niño necesitado de todo como cualquier niño del mundo, un niño perteneciente a una familia pobre como tantos millones de niños, nacido fuera de su pueblo y de su hogar como tantos niños de refugiados políticos o de emigrantes...Todo esto es necesario, pero unilateral, si no se añade la otra dimensión: su señorío sobre los hombres, su condición de Hijo de Dios. El cristiano vive su fe en el señorío de Jesucristo, no elucubrando grandes ideas sobre tal señorío, sino viendo cómo proclamarle Señor en el curso de cada día:

1. Cristo es el Señor del tiempo. El me lo da, él me lo puede quitar. Se puede hacer reflexionar aquí sobre el domingo, consagrado al Señor para darle culto, descansar sanamente, convivir con la familia, hacer obras de caridad.

2. Cristo es el Señor de los grandes eventos que conmocionan al mundo, y de los pequeños acontecimientos de la vida de cada hombre. Cristo es el Señor de ese trabajo que acabas de encontrar, de la boda que celebraste hace dos meses, del hijo que te ha nacido, de la reunión familiar en el último día del año.

3. Cristo es el Señor de los hombres, y como Señor desea que los hombres lo reconozcan como tal, le obedezcan, cumplan sus mandamientos. No busca nada para sí, sólo el bien de los hombres a quienes, aunque es su Señor, trata como a amigos.

4. Cristo nos hace señores y quiere que nos comportemos siempre como señores. Señorío del hombre sobre sí mismo (sus instintos, sus pasiones desordenadas...); señorío sobre los bienes de este mundo, para usar de todo ello con alma, no de esclavo, sino de señor.

La Virgen María, de quien celebramos hoy su maternidad divina, es un icono sumamente, bello y cercano, del señorío de Dios sobre ella y del señorío de ella sobre sí misma y sobre las cosas. Ella hace memoria y medita las obras por las que Dios ha ido guiándola hasta este momento del nacimiento de Jesús, al igual que guió a su pueblo por los caminos de la historia. Ella, humilde y pobre, ejerce señorío sobre sí misma teniendo un corazón desprendido de riquezas y bienes temporales. Ella sabe que Dios mueve los hilos de la historia por medio de los hombres, y lo acepta y actúa en conformidad con el querer de Dios.

 

SEGUNDO DOMINGO DESPUÉS DE NAVIDAD

Primera: Sr 24,1-4.12-16; segunda: Ef 1,3-6.15-18 Evangelio:

NEXO ENTRE LAS LECTURAS

El tema dominante de estas lecturas puede expresarse con el término encarnación. El evangelio lo afirma claramente: “Y el Verbo se hizo carne y puso su tienda entre nosotros”. Esta encarnación del Verbo está simbolizada y prefigurada en la Sabiduría, a quien el Creador dice: “Pon tu tienda en Jacob, y fija tu morada en Israel” (Sr 24,8). Esta Sabiduría ha echado raíces en el pueblo glorioso...(Primera lectura). La comunidad cristiana o Iglesia prolonga la encarnación del Verbo en el tiempo, gracias al beneplácito del Padre que nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bienes espi-rituales...y nos ha adoptado por medio de Jesucristo como hijos suyos (segunda lectura).

MENSAJE DOCTRINAL

Estamos ante el misterio más sublime del cris-tinaismo: Dios que se hace hombre, para que el hombre se haga Dios. Toda la historia de la salvación marchaba hacia este momento, históricamente puntual, teológicamente insondable: El fin de la historia se ha cumplido. El tiempo continúa después de Cristo hasta llegar a su plenitud, y nosotros como Iglesia estamos dentro de ese tiempo prolongando la encarnación del Verbo, pero la historia de la salvación se ha detenido en su máxima cumbre y ha logrado la plenitud de sentido. Después de Cristo, ya no se da novedad, sólo puesta al día, vuelta a los orígenes. La encarnación de Cristo ocupa el centro de la historia.

El Verbo encarnado existía antes del tiempo. El sirácida lo ve simbolizado en la sabiduría salida de la boca del Altísimo, que como neblina recubría la tierra actuando en la obra de la creación (primera lectura). San Juan se eleva hasta “el principio” y contempla la Palabra existiendo desde “el principio” junto a Dios y creando todas las cosas junto con el Padre (evangelio). En la concepción cristiana de la vida es fundamental la preexistencia de Cristo, en la que se basa su pro-existencia, es decir, su presencia en la historia para salvar al hombre.

La encarnación es el centro de la historia, pero el misterio de Cristo glorioso es su destino. San Pablo (segunda lectura) pide a Dios que nos conceda “un espíritu de sabiduría y una revelación que nos permita conocerlo plenamente...conocer cuál es la esperanza a la que hemos sido llamados”. El hombre necesita de la luz divina para conocer que el destino de la historia y su propio destino son inseparables del destino de Cristo, y encuentran en él su sentido y su realización suprema.

SUGERENCIAS PASTORALES

La preexistencia del Verbo. Entre los fieles cristianos puede haber ideas equivocadas sobre la preexistencia: algunos piensan tal vez que se trata de un lenguaje mítico, que no se puede ser moderno, pensando con categorías precientíficas...; para otros resulta sin importancia la existencia de Jesucristo previa a la historia, consideran pérdida de tiempo pensar en esas cosas tan incomprensibles, están convencidos de que lo que cuenta es la salvación que él nos trae. No faltará quien crea y acepte esta verdad de nuestra fe, pero no la entienda correctamente o sienta la necesidad de una explicación sencilla de la misma. Para éstos y para todos los fieles es saludable explicar la preexistencia del Verbo encarnado. Sugiero para la explicación hablar de la vida y del amor de Dios, dos valores que en la experiencia humana no perecen, y que pueden facilitar el paso a la encarnación por obra de esa vida y amor divinos hacia el hombre. Puede ser útil añadir una valoración de la preexistencia, relacionándola con la encarnación y la redención. Porque realmente sin la preexistencia, Jesús habría sido, no el Hijo de Dios, sino un hombre nada más, un impostor, y la humanidad continuaría todavía bajo la ley del pecado.

El sentido de la historia. El hombre vive la his-toria, es historia. Metido en ella, mira hacia el pasado y lo ve repleto de guerras, crímenes, odio,...Mira hacia el presente y parece advertir que la historia es el resultado de compromisos y arreglos ocultos de los poderosos, que está regida no por ideales sino por intereses de toda índole, que unos pocos (y no siempre los mejores) rigen los destinos de las naciones, que la historia de la cultura, de las ciencias marcha con frecuencia por derroteros distantes de la moral y de la religión. Todo esto puede llevar a dudar de que “Cristo es el centro y el Señor de la historia”. Una catequesis sobre este señorío de Cristo ayudará a los fieles a confesar a Cristo como Señor de la historia. Para esta catequesis ofrezco algunas sugerencias:

1. La historia del bien, de su presencia y su fuerza en la historia está todavía por hacerse, y en su totalidad, es imposible hacerla, pero Dios sí la sabe y la tiene en cuenta. La historia del bien no está en los periódicos, pero existe. Los cristianos hemos de ser “especialistas” en narrar el bien.

2. Cristo es el Señor de la historia no significa que suprime al hombre la libertad. La grandeza de Cristo consiste en ser Señor de la historia respetando la libertad del hombre y por lo tanto la realidad misma del pecado.

3. La historia de la salvación -y Cristo como centro de la misma- no es visible ni evidente en su mayor parte, aunque sí lo suficiente para sostener nuestra fe y esperanza. Es como un iceberg, del que sólo se ve la punta.

 

6 DE ENERO: EPIFANÍA DEL SEÑOR

Primera: Is 60, 1-6; segunda: Ef 3,2-3ª.5-6 Evangelio: Mt 2,1-

NEXO ENTRE LAS LECTURAS

Los textos de hoy convergen en el tema del universalismo cristiano. Un universalismo que Mateo halla representado por los magos (el mundo pagano), venidos del Oriente para adorar al Niño (Evangelio). En ellos ve cumplida la profecía de Isaías, según la cual “a tu luz caminarán los pueblos...todos” (Primera lectura). San Pablo, con su mirada penetrante de fe, se eleva hasta el misterio de Dios, anteriormente oculto y ahora revelado: “Todos los pueblos comparten la misma herencia, y participan de la misma promesa hecha por Cristo Jesús a través del evangelio” (Segunda lectura).

MENSAJE DOCTRINAL

Si se cree que Cristo es Dios, fácilmente se acepta que sea universal como el mismo Dios, y que los pueblos tienen en él su unidad, su herencia y su sentido. Por eso, Pablo no duda en hablar de “un misterio”, algo inaccesible al pensamiento y al esfuerzo intelectual del hombre; algo que sólo Dios puede, en amor y libertad, desvelar a los hombres. Isaías había intuido algo de este misterio, cuando ve a los pueblos y a los reyes acudir a Jerusalén para alabar y rendir culto a Yavéh, Señor de las naciones. El evangelista Mateo ha meditado, con la comunidad cristiana, en los primeros acontecimientos de la vida de Jesucristo, y lo ha hecho a partir del Antiguo Testamento, en donde se hallan las profecías que han de ser cumplidas por el Mesías. La profecía de Is 60,1-6 (primera lectura) la ve cumplida en el episodio de la llegada de unos magos a Jerusalén, preguntando por el Mesías recién nacido. Con el cumpli-miento de la profecía, la revelación de Dios lleva a cabo varias novedades de enorme importancia:

1. El centro de las naciones no es una ciudad (Jerusalén), sino una persona: Jesús, el Mesías y Señor, nacido en Belén de Judá, para cumplir las Escrituras.

2. La marcha de los pueblos hacia Cristo no será sólo de los judíos que moraban en la diáspora, como parece ser en la profecía de Isaías, sino de todos: judíos y paganos.

3. Los pueblos no afluirán a Jerusalén para rendir culto a Yavéh en el templo, sino a Belén para adorar a un niño en brazos de su madre María.

Se trata, por tanto, de un universalismo que abraza a todos los pueblos, razas y religiones, centrado en la persona de Jesucristo, y que no tiene que ver directamente con la unicidad de culto, como en el judaísmo. Por tanto, el centro de unión de todos los pueblos y naciones es, en el designio divino, la fe en Jesucristo. En el camino hacia esta fe se dan situaciones diversificadas, pero para el cristiano es irrenunciable el misterio de Cristo, centro del hombre y de la historia.

SUGERENCIAS PASTORALES

En los países de Europa, como en los del continente americano en su gran mayoría, cada vez es más patente la presencia de una sociedad multiracial, multinacional y multireligiosa. En el continente africano esta multiplicidad de pueblos, razas, etnias y religiones no es un fenómeno nuevo, sino constante al menos en el siglo XX. En el continente asiático y en Oceanía, la situación general es sumamente variada, pero existe una propensión clara a identificar religión y raza, religión y nación, religión y cultura. Este fenómeno, en ciertos países o en algunas diócesis y parroquias, se vive quizá con gran intensidad, y crea en los fieles problemas de confusión e incluso de turbación y conflicto. En este contexto se inserta, en la fiesta de la Epifanía, la catequesis sobre el universalismo cristiano. Conviene que la catequesis deje claros los puntos esenciales e infunda en los fieles claridad de ideas, y actitudes de serenidad, comprensión, prudencia, diálogo y sobre todo caridad, esencia de la fe cristiana. A modo de ejemplo, ofrezco algunas sugerencias sencillas:

1. El universalismo cristiano no es negociable ni se puede renunciar a él sin más, por pertenecer a la esencia de nuestra fe. Sin embargo, la propuesta de este universalismo puede ser progresiva, teniendo en cuenta a cada uno de los interlocutores. Este universalismo no es obra de la razón y, por tanto, la razón tampoco tiene la llave para entrar en el recinto de esta verdad de fe. Por ser obra de la fe, no se impone ni con la fuerza ni con presiones de cualquier índole, se propone más bien a la libertad del interlocutor, en un clima de amor y de amistad o, al menos, de mutuo y maduro respeto.

2. Como cristianos no podemos ni debemos callar, ni de palabra ni con las obras de caridad, nuestra fe, sin que cuente el lugar y de las circunstancias en que se desarrolle nuestra vida. La prudencia nos indicará el cuándo y el cómo. La serenidad y la comprensión nos llevarán a hacerlo sin gestos llamativos, sino con amabilidad y sinceridad. Gracias a la caridad, lo haremos con amor a las personas y profundo anhelo de verdad.

3. En la práctica, puede ayudar una actitud positiva de apertura y de colaboración en campos como el social, educativo, administrativo, deportivo, cultural... Esta colaboración, cuando el cristiano es coherente con su fe, hace surgir interrogantes que pueden abrir la mente y el corazón al misterio cristiano.

 

DOMINGO DESPUES DE EPIFANÍA: EL BAUTISMO DEL SEÑOR

Primera: Is 42, 1-4.6-7; segunda: Hech 10,34-38 Evangelio: Mt 3, 13-17

NEXO ENTRE LAS LECTURAS

La acción del Espíritu es el concepto clave de la liturgia. Una acción concentrada en Jesús de Nazaret. En el bautismo el Espíritu se manifiesta como paloma, que baja sobre Jesús trayendo bendición e irrupción de poder para el cumplimiento de la misión (Evangelio). El Padre es quien ha hecho bajar el Espíritu sobre Jesús, en quien tiene todas sus complacencicas, para traer la salvación e implantarla en la tierra (primera lectura). Pedro, al proponer el kerigma cristiano a Cornelio, comienza diciendo: “Me refiero a Jesús de Nazaret, a quien Dios ungió con Espíritu Santo y poder” (segunda lectura).

MENSAJE DOCTRINAL

En los textos que la Iglesia nos propone a nuestra reflexión y a nuestra fe, no se nos enseña nada sobre la naturaleza del Espíritu, sino únicamente sobre su actuación eficaz en el alma y en la actividad de Jesús de Nazaret. La acción del Espíritu en Jesús, después del bautismo, produce efectos maravillosos: el primero es señalado por la imagen de la paloma, que es símbolo de la sabiduría, requerida para reconocer momento tras momento el lplan de Dios sobre sí y sobre la historia; el segundo nos viene indicado por el contexto: la energía espiritual para salir victorioso de las tentaciones y para desempeñar con valentía y decisión la misión encomendada por el Padre; el tercero se refiere al Padre que, precisamente por haberse Jesús humillado, haciéndose bautizar por Juan, lo proclama “mi hijo amado, en quien me complazco”, en quien el Padre posa su Espíritu para que traiga la salvación a las naciones” (primera lectura).

Los caminos elegidos por el Espíritu Santo para realizar estos estupendos efectos en la vida y actividad de Jesús son algo sorprendentes para nuestra mentalidad, demasiado humana: 1) La obediencia a lo que el Padre ha dispuesto. es decir, que Jesús sea bautizado por Juan (evangelio); 2) La proclamación de la salvación con sencillez y cierta objetividad, sin gritos ni aspavientos (primera lectura); 3) La actuación salvífica siempre en positivo: espabilar la mecha que se extingue, anudar la caña cascada (primera lectura); 4) La constancia en la labor de la proclamación como de la actuación salvífica: “no desfallecerá ni desmayará” (primera lectura); 5) La dedicación de su vida a hacer el bien, todo tipo de bien, pero principalmente el bien espiritual, librando al hombre del poder del demonio (segunda lectura).

En nuestras parroquias habrá fieles muy sensibles a la presencia y a la acción del Espíritu Santo, e incluso que pertenezcan a grupos carismáticos reconocidos por la autoridad eclesiástica. Puede haber también fieles a quienes suena el tema, pero sin incidencia en su fe y actuar diarios. Otros habrá para quienes el Espíritu Santo no sea ni siquiera una persona, sino sólo un nombre o un símbolo del poder de Dios. Y no faltarán fieles a quienes el Espíritu Santo ni les dice nada ni toca su existencia diaria. Ciertamente, el año 1998, en preparación al Jubileo de la Redención, ha sido dedicado al Espíritu Santo, y esto ha permitido a los pastores despertar el interés por un conocimiento mayor de la enseñanza de la Iglesia sobre el Espíritu y por una relación más personal y más vital con su persona. La liturgia de hoy es ocasión para continuar una catequesis sobre la relación entre el Bautismo y el Espíritu, particularmente sobre los efectos que el Espíritu Santo, recibido en el bautismo, produce en la vida espiritual y moral de los cristianos.

Por el Bautismo el cristiano pasa a ser templo del Espíritu Santo, lugar en que Él habita y desde donde quiere hacerse presente entre los hombres. Esto significa que el cristiano por el bautismo viene a ser un ostensorio portátil del Espíritu. ¿Son conscientes los fieles de tu parroquia de esta verdad de nuestra fe? Esto no es algo oscuro o difícil, es simplemente el abecé de la fe cristiana. Pero sucede a veces que la gente olvida lo esencial, perdida en las menundencias de cada día o indigestada con excesos de moralina. Si el cristiano por la gracia lleva a un Huésped dentro del alma, lo menos que puede hacer es pensar un poco en él cada día, escuchar y hacer caso a sus buenos consejos y a sus suaves insinuaciones interiores. Y habrá que pensar además en que otros muchos seres queridos, compañeros de trabajo, miembros de partido, vecinos de barrio, o de autobús público son también templos del Espíritu, a quienes hemos de respetar y amar sinceramente. Esto no es misticismo, es sencillamente vivir la realidad más básica de nuestro bautismo. Es probable que hayamos visto los maravillosos efectos que el Espíritu Santo ha causado en fieles de nuestra parroquia o en miembros de las comunidades entre las que ejercemos nuestra labor pastoral. Con bastante seguridad no son efectos llamativos, al menos en la mayoría de los casos, pero sí lo suficientemente evidentes para que otros fieles los adviertan e incluso lleguen a admirarlos. La crea-tividad del Espíritu es infinita y, por consiguiente, los efectos en las almas sumamente variados. ¿Cuáles son los efectos que tú has notado con más frecuencia entre los fieles de tu parroquia o de tu comunidad? Hoy es un buen día para hablar de ellos con sencillez y convicción.

 

SEGUNDO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Primera: Is 49,3.5-6; Segunda: 1 Cor1,1-3; Evangelio: Jn 1,29-34

NEXO ENTRE LAS LECTURAS

Veo en el destino universal de Jesús el enlace de las tres lecturas. El siervo de Yavéh, prefiguración de Jesús, está llamado a “ser luz de las naciones para que la salvación llegue hasta los confines de la tierra” (primera lectura). En el evangelio Juen el Bautista muestra a Jesús como “el cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. Por su parte, san Pablo les dice a los corintios que “han sido llamados a ser pueblo de Dios con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de Jesucristo” (segunda lectura).

MENSAJE DOCTRINAL

Desde el inicio del tiempo ordinario la Iglesia nos invita a reflexionar sobre la salvación de Cristo, que está destinada a todos y que debe alcanzar a todos, para hacer presente su reino entre los hombres. Desde el inicio la Iglesia se muestra como la comunidad de salvación y quiere proclamar esta verdad en todos los rincones de la tierra.

La salvación llega a todos los hombres mediante la luz de Jesucristo, que cumple, en cuanto luz del mundo, la figura del siervo de Yavéh (primera lectura). Luz que proviene de la verdad de su mensaje, de su vida entera, pero particularmente de su sufrimiento hasta la muerte de cruz y de su gloriosa resurrección.

La salvación llega a todos los hombres mediante el cordero de Dios, víctima de expiación por nuestros pecados. Jesús es el cordero pascual que libera a todo hombre de la esclavitud de Egipto (Ex 12) o sea del pecado, es el cordero manso que es llevado al matadero para el sacrificio, cargando sobre sí nuestros dolores, soportando nuestros sufrimientos (Is 53), es el cordero glorioso, capaz de abrir el libro de siete sellos, que ningún otro puede abrir, y descifrar para la humanidad y para cada hombre los enigmas de la historia y del destino humano (Ap 5).

El sacramento que Dios ha donado a su Iglesia para ofrecer a la entera humanidad la salvación de Jesucristo es el Bautismo. Cristo bautizará, nos dice Juan el Bautista, con agua y con el Espíritu Santo. La Iglesia continuará la misión de Cristo, bautizando en el Espíritu. Porque este Espíritu divino hace eficaz la presencia en la humanidad de Cristo Salvador a lo largo de los siglos (evangelio).

Por eso, los cristianos, santificados por el Espíritu en el bautismo, son “los que invocan en cualquier lugar el nombre de Jesús, Cristo y Señor” (segunda lectura). El Espíritu que pone en nuestros corazones y en nuestros labios el nombre del Padre, “Abba”, es el mismo que nos pone el nombre de Jesús, Salvador. Jesús es Salvador para todos porque todos estamos necesitados de salvación.

SUGERENCIAS PASTORALES

Sentirnos solidarios en la necesidad de salvación con todos los hombres, cristianos o no. No hay nadie que no busque la verdad, la felicidad, la salvación. En cierta medida todos somos buscadores: Buscamos para encontrar y, una vez que hemos encontrado, seguimos buscando para continuar encontrando esa plenitud de salvación y felicidad que sólo Dios puede dar. En fuerza de esta solidaridad, orar por todos con corazón generoso, sacrificarse en pequeñas cosas por todos, ofrecer las actividades diarias al Señor para que todos encuentren a Jesucristo, al Salvador que están buscando, quizá a tientas en medio de dificultades y de oscuridad, ayudar a todos los que encuentres en tu camino día tras día, que buscan a Cristo, pero todavía no han llegado a encontrarlo, a hacer de Cristo Salvador una experiencia significativa para toda su existencia.

Revivir el bautismo, no sólo como un hecho individual maravilloso, sino además como hecho eclesial, como inserción en la vida y vitalidad de la Iglesia, en su misión de instrumento de comunión y salvación del género humano. El bautismo es el gran resorte del espíritu misionero, la mejor manera de superar nuestro egoísmo y nuestro ‘campanilismo’, y de dar a nuestro corazón y a nuestra vida la misma dimensión de la Iglesia, horizontes abiertos a los cuatro puntos cardinales: ayuda a la Iglesia necesitada, voluntariado, espíritu misionero como sacerdote, religioso o laico, interés por conocer mejor la realidad de toda la Iglesia y sintonizar espiritualmente con ella, oración y sacrificio por las vocaciones misioneras...

 

TERCER DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Primera: Is 8,23b-9,3; segunda: 1 Cor 10-13.17; Evangelio: Mt

NEXO ENTRE LAS LECTURAS

La verdadera conversión amalgama este domingo los textos litúrgicos. Jesús inicia su predicación diciendo: “Convertíos...” (Evangelio). Los judíos deportados a Babilonia el 732 a.C. viven en tinieblas y en tierras de sombra, pero, arrepentidos y convertidos a Yavéh, verán brillar una gran luz (primera lectura). Cuando la conversión al Evangelio de Jesucristo no ha penetrado toda la persona, sino que es superficial, suceden las divisiones y discordias que se daban en la comunidad de Corinto. Es necesario profundizar el núcleo de la fe cristiana: La conversión al único Cristo, crucificado pr nosotros (segunda lectura).

MENSAJE DOCTRINAL

esús inicia su ministerio con una propuesta, que es en último análisis su programa evangelizador: “Convertíos porque está llegando el reino de los cielos”. Cristo ha venido para predicar e instaurar el Reino de Dios entre los hombres, pero está superconvencido de que el reino inicia en el corazón del hombre cuando éste inicia su conversión. Y convertirse significa reconocer que se marcha por un camino equivocado, y luego dejar con decisión ese camino y tomar resueltamente el camino justo y acertado.

Todos los hombres, todos los pueblos están necesitados de conversión. En tiempos de Jesús era necesaria la conversión de Judea y Galilea, dentro del mundo judío, y la conversión igualmente del mundo pagano. Pero Jesús ha venido sobre todo a los más necesitados de los necesitados, a esos que viven sumidos en la oscuridad y no son capaces siquiera de ver los caminos que llevan a Dios, a la tierra de Zabulón y de Neftalí que, aun siendo parte de Israel, está y vive medio paganizada. Jesús se presenta a ellos con un mensaje de luz, que esclarezca sus profundas tinieblas y los mueva a la conversión.

Jesús sabe que ha de morir y volver al Padre. A la vez se sabe enviado a todos para invitarlos a la conversión. Como no lo podrá hacer personalmente, elige unos discípulos, unos seguidores suyos en la tarea de predicar la conversión por el mundo entero, con la fuerza del Espíritu Santo. Los Hechos de los Apóstoles pueden definirse como la realización, por parte de los discípulos de Jesús, de esta gran empresa de conversión y de fe en el mundo entonces conocido.

La conversión tiene un inicio, pero termina sólo con la vida. Convertirse es un proceso largo y continuo, que se va interiorizando y ahondando más y más con el paso del tiempo y la acción de la gracia divina, y que no está exento de peligros y posibles estancamientos. San Pablo lo ha experimentado muy vivamente ante los grupúsculos en que se dividió la comunidad de Corinto, a los pocos años de haberse convertido. Habían sido bautizados, pero no habían tal vez comprendido que sólo Cristo murió por ellos en una cruz, que sólo en nombre de Cristo habían recibido el bautismo. ¿O quizá las pasiones oscuras les hizo olvidar el recto camino cristiano? El cristiano, está claro, debe vivir diariamente en actitud de conversión.

SUGERENCIAS PASTORALES

Invitar a los fieles a un examen de conciencia responsable sobre la verdadera conversión cristiana, que es el fundamento de todo otro paso en la vida de fe y de servicio al prójimo. Examinar hasta dónde están convertidos sus pensamientos y sus preocupaciones al Evangelio de Jesucristo; ver hasta qué punto sus decisiones y sus actitudes y actividades diarias son las propias de un cristiano auténtico, libre de espíritu ante las presiones del medio ambiente; reflexionar hasta dónde su corazón está centrado en el amor a Dios y al prójimo, y no en intereses egoístas o de parte, en malformaciones del amor genuinamente cristiano. Hoy Cristo invita a todos, niños, jóvenes y adultos, a cada uno según sus posibilidades y condiciones de vida, a esta reflexión atenta sobre sí mismos para, si es necesario y en la medida en que lo sea, cambiar de dirección, tomar el camino que conduce a la Vida.

“Conviértenos y nos convertiremos”. La conversión es obra de gracia más que de músculos o de esfuerzo personal. Es Dios quien nos convierte, si nos dejamos convertir. Es Dios quien, cada día, nos ofrece la gracia de la conversión, para que nosotros la acojamos con fe, y la hagamos fructificar con nuestro trabajo diario. La conversión es ascesis, pero antes es mística, es decir, relación personal e íntima de amistad con Dios Padre, creador del cielo y de la tierra, con Jesucristo redentor del mundo, con el Espíritu Santo, Señor que da la vida nueva a quien le abre la mente y el corazón con amor, esperanza y fe. Nuestra colaboración con Dios en la obra de nuestra conversión es necesaria, y es también lenta con frecuencia, dolorosa a veces, pero no hemos de olvidar que es Dios quien nos convierte, que es Dios quien nos otorga la conversión en una experiencia viva de la gratuidad de su misericordia y de su amor infinitos.

 

CUARTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Primera: Sof 2,3; 3,12-13; segunda: 1 Cor 1,26-31; Evangelio:

NEXO ENTRE LAS LECTURAS

La felicidad es la vocación del cristiano. Este es el mensaje de la liturgia. A la vez, se plantea el saber dónde está la verdadera felicidad. La liturgia de hoy no nos deja ninguna duda sobre este punto: “Yo dejaré en medio de ti un pueblo pobre y humilde...Se alimentarán y reposarán sin que nadie los inquiete” (primera lectura). “Dichosos los pobres en el espíritu, los tristes, los humildes...” nos dice el Evangelio. Y san Pablo en la segunda lectura, tomada de la primera carta a los corintios: “Dios ha elegido lo que el mundo considera necio, débil, vil, despreciable, nada...Por eso, el que quiera gloriarse, que se gloríe en el Señor”.

MENSAJE DOCTRINAL

El hombre busca la felicidad. Lo hace casi por instinto, por destino, digamos cristianamente por vocación y misión. Para un no creyente o con una fe apagada, la búsqueda es un acto natural, un impulso, casi una pulsión que hay que satisfacer y apagar a toda costa. Por eso, busca la felicidad sin descanso ni pausa, incluso con angustia, y cuando halla un rayito de ella, se ilumina al menos por un instante su vida entera. A este hombre le sucede que busca el sol y encuentra sólo un tenue rayito, que pretende ser iluminado por siempre y se da cuenta de que le dura un momento fugaz. De aquí derivan dos actitudes posibles: hundirse en la negrura de la desesperación y de la indiferencia

-pero ¿es esto posible?- o reiniciar la búsqueda frenética, como un nuevo Sísifo, de esa felicidad apenas pregustada y ya ida.

Para un creyente cristiano la felicidad es una llamada, una tarea, una misión, que compromete toda la vida en la búsqueda y posesión de ella. Quien cree de veras, encuentra en la fe la raíz de su felicidad, busca con paz y alegría que las raíces de la felicidad ahonden en su corazón, sabe que esa búsqueda no es ilusoria sino que le lleva a poseer la dicha que busca, pero sabe también que la felicidad de la fe no tiene residencia definitiva en la tierra sino sólo en la eternidad.

Un no creyente no sabe dónde buscar la felicidad que su corazón anhela. Son muchos los caminos que se abren ante su mirada expectante y muchos los “profetas” que le dicen: “Por aquí...”, “Sígueme y te llevaré a la felicidad”...Por otra parte, siente en sí mismo instintos y pasiones fuertes...y cree que en su satisfacción será feliz. Siente también ideales nobles, tiene pensamientos generosos y altruístas...y a veces emprende la búsqueda por ese camino. Siente con fuerza irresistible el “yo” y sus exigencias, el ansia de éxito y de triunfo...¡”Este es el verdadero camino”!, siente que le dice una voz interior. Lo emprende...y tras diversos intentos, se da cuenta de que todos esos caminos eran engañosos...Y ahora, ¿qué hacer?.

A un cristiano el Evangelio de Jesucristo le ofrece el único camino de felicidad aquí y en la otra vida. Es un camino sencillo, seguro: La pobreza de espíritu, o sea, la humildad de corazón, la sencillez de vida, el abandono confiado en Dios, el desprendimiento de las creaturas, la sabiduría de la cruz...Camino fácil y seguro, pero que desgraciadamente tiene la apariencia de un camino desagradable, duro y contrario a la naturaleza del hombre. Ciertamente, las bienaventuranzas no son eslóganes que se vendan bien en el mercado de la publicidad. Las bienaventuranzas son por esencia fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Sólo Dios nos puede enseñar el lugar donde está la verdadera felicidad. La felicidad es don, no conquista humana; es posibilidad real, no utopía.

Este don maravilloso Jesucristo lo ha recibido de su Padre. El ha vivido primeramente lo que ha predicado después en el sermón de la montaña. El ha sido dichoso en la pobreza, en la humildad, en la pureza de corazón, en la persecución, en la misericordia, en la sed de justicia, en la construcción de la paz. Detrás de Jesús, sus mejores discípulos: los santos. Ellos han entrado en el reino de las bienaventuranzas vividas y predicadas por Jesús, y una vez allí han pedido y logrado quedarse en él, ser admitidos como ciudadanos de ese misterioso Reino. Cristo invita también hoy a los cristianos a ser felices, pero a la manera como él y los santos lo han sido.

SUGERENCIAS PASTORALES

Felicidad y fe. Puede haber en nuestras parroquias quienes piensen y vivan, aunque no lo piensen, como si la fe y la felicidad fuesen por caminos opuestos. Digamos: “Si quiero ser feliz, debo dejar a un lado mi fe” o “Si quiero vivir mi fe, he de dejar a un lado la felicidad”. Algo así como si al creyente le fuesen prohibidos no uno sólo, sino todos los árboles del paraíso. En realidad es todo lo contrario, podemos probar de todos los árboles del paraíso y ser felices, sólo uno nos está prohibido, y ese es el querer buscar y hallar la felicidad en donde a nosotros nos guste o nos parezca mejor. La experiencia de la vida cristiana es ésta: Entre más profundamente se cree, más se dilata el alma, y se logra mayor capacidad para acoger la felicidad en plenitud, esa felicidad que culmina en Dios, y que abraza toda la creación, todas las creaturas.

Testigos de la felicidad. En el mundo hay muchos hombres alegres -y me refiero a la alegría sana, no al desenfreno-, pero quizá pocos felices. La alegría es un instante fugaz, en que nos sentimos bien, contentos, satisfechos, optimistas, risueños...La felicidad en cambio es duradera: es la paz de quien tiene a Dios y vive en amistad con él, la alegría de servir por amor sin mirar a quien sino sólo por Quien, el silencio interior para escuchar y hablar con Dios, la serena mirada de fe sobre los acontecimientos de la vida y sobre las dificultades y penas de la existencia, la esperanza que no defrauda en la victoria del bien sobre el mal...Todo cristiano, si lo es de veras, está llamado a ser testigo de la felicidad entre los hombres. ¿No será ésta una de las mejores maneras de ir cambiando nuestro ambiente, la sociedad y el mundo en que vivimos?

 

QUINTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Primera lectura: Is 58,7-10; Segunda: 1Cor 2,1-5 Evangelio: Mt 5,13-16

NEXO ENTRE LAS LECTURAS

“Obras, no palabras”, tal podría ser el mensaje de la liturgia de esta quinto domingo del tiempo ordinario. “Comparte tu pan...alberga al pobre, viste al desnudo...”, éste es el ayuno que agrada a Dios, según el profeta Isaías en la primera lectura. Jesús en el Evangelio dice a los discípulos: “Brille vuestra luz delante de los hombres, de tal modo que, al ver vuestra buenas obras, den gloria a vuestro Padre”. San Pablo, muy consciente de la esencia de la fe cristiana, centra su predicación no en razonamientos humanos sino en la obra de Cristo por excelencia: su muerte en una cruz por nuestra salvación, no en la elocuencia y capacidad de persuasión, sino en la acción y poder del Espíritu (segunda lectura).

 

MENSAJE DOCTRINAL

 

El cristianismo es una fe, que obra mediante la caridad. Ambas cosas son imprescindibles e inseparables. El cristianismo ha vivido una gran tragedia, cuando los cristianos las han separado, creyendo ser buenos cristianos con sólo la fe sin obras, o con sólo las obras sin fe. Estamos en las antípodas del verdadero cristianismo.

 

Todo cristiano es sal de la tierra, luz del mundo, ciudad sobre la cumbre de un monte, gracias a su fe y gracias a sus obras. La sal es símbolo de la sabiduría, y el cristiano tiene la sabiduría del Evangelio. La sal además tiene la cualidad de preservar de la corrupción, y el cristiano -en cuanto sal- conseguirá preservar el medio en el que vive mediante el testimonio de sus obras. La luz está hecha para iluminar, y el cristiano es luz que con la Palabra de Dios ilumina las mentes y las situaciones humanas. Pero no se enciende una lámpara para taparla, y el cristiano es esa lámpara cuyas buenas obras no pueden ocultarse, porque sería tanto como dejar al mundo en la oscuridad. Como una ciudad sobre un monte orienta al viajero en su travesía, así el cristiano orienta a los hombres con sus palabras, con la doctrina de la fe. En la ciudad el hombre encuentra refugio, protección, seguridad, y eso es el cristiano con su ejemplo para los demás: un signo de seguridad en medio de las penalidades e incertidumbres de la vida.

 

La primera lectura ejemplifica algunas de esas obras, por las que el cristiano será sal, luz y ciudad en lo alto para los hombres: satisfacer el hambre del necesitado, dar cobijo a quien no tiene techo, proporcionar ropa a quien sufre la inclemencia del frío, apartar del alma y de la conducta cualquier muestra de opresión, vencer la tentación de la calumnia y de la acusación gratuita...En definitiva, las obras cristianas son obras de justicia, de solidaridad, de respeto, de caridad hacia los demás.

 

Nadie tiene más amor que el que da la vida por el amado. Esta es la obra suprema del amor, esa es la obra de Cristo que Pablo presenta a los corintios como la verdaderamente eficaz, por encima de cualquier filosofía o de cualquier retórica persuasiva. Ellos abrazaron la fe justamente por la acción misteriosa de esta obra en el interior de sus corazones, y por el poder del Espíritu que hace eficaz la obra redentora de Jesucristo.

 

SUGERENCIAS PASTORALES

 

El papel del cristiano en la sociedad actual. Podrán darse acentuaciones, como en todo, pero su papel es el de proclamar su fe en Jesucristo tanto con palabras como con obras. No basta creer, porque la fe sin obras es una fe muerta, y una fe muerta es como la sal que ha perdido su fuerza de salar, y no posee vigor de atracción ni de convencimiento. ¿No se da este tipo de creyentes en nuestras parroquias? Gente que va a misa, y luego habla mal de los demás; que se cree ferviente cristiano, y soporta malamente y a disgusto a los emigrantes; que conoce bien la doctrina cristiana sobre el sexto mandamiento, pero se ha olvidado vivir el quinto no pagando los impuestos o sustrayendo una parte de los mismos...

 

Tampoco es suficiente obrar, porque las obras sin la fe no pueden salvarnos. No es genuino espíritu cristiano trabajar por los demás, entregarse febrilmente a obras de asistencia, y luego olvidarse de orar o de ir a misa los domingos. No lo es, quien da limosna al pobre, ayuda generosamente a obras sociales, pero le resulta “imposible” creer en la resurrección de la carne y en la vida futura...Hay que hacer lo uno, sin omitir lo otro, como nos enseña Jesucristo.

 

Cultivar la fe, practicar las obras de caridad. Es necesario, en la situación actual de muchos fieles, que las parroquias directamente o con la ayuda de otras instituciones (congregaciones religiosas, movimientos eclesiales, asociaciones de fieles laicos...) ofrezca y promueva cursos y actividades para crecer en la fe, para afianzarla, para defenderla ante los posibles peligros.

 

Es también aconsejable que las mismas parroquias promuevan la “caridad organizada”, a nivel parroquial o diocesano, para lograr mayor eficacia en el servicio a los necesitados. Las formas pueden ser variadísimas: recolección de ropa o de alimentos para damnificados o para Caritas, el teléfono amigo, la visita a los ancianos y a los enfermos, etc.

 

Sexto domingo del TIEMPO ORDINARIO 14 de febrero de 1999

 

Primera lectura: Sir 15,15-20; segunda: 1Cor 2,6-10 Evangelio: Mt 5,20-22.27-28.33-34.37

 

NEXO ENTRE LAS LECTURAS

 

La libertad es una virtud y un valor eminentemente cristianos. Las lecturas de hoy se centran en esta libertad auténticamente cristiana. En la primera lectura el Sirácida recurre a imágenes para mostrar la responsabilidad del hombre en su obrar: “Fuego y agua he puesto ante ti, alarga la mano a lo que quieras. Ante el hombre están vida y muerte; lo que él quiera se le dará”. Jesucristo en el Evangelio enfrenta la libertad con la elección de lo más propio y peculiar del cristianismo: “Habéis oído que se dijo...pero yo os digo...”. Finalmente san Pablo exhorta a los cristianos de Corinto a elegir una sabiduría superior: divina, misteriosa, escondida, que Dios nos ha revelado por medio de su Espíritu (segunda lectura).

MENSAJE DOCTRINAL

La catequesis sobre la libertad cristiana inicia con la explicación de la libertad como capacidad de elección. Ser hombre es vivir optando, eligiendo entre una cosa u otra, entre un comportamiento u otro. Las pequeñas opciones de cada día se guían por la opción fundamental, esa opción que el sirácida nos presenta de modo claro mediante imágenes: Elige entre el fuego y el agua, la vida y la muerte, cumplir o no cumplir los mandamientos, gracia o pecado. Es decir,”Elige entre el bien y el mal”. Este principio ético no es opcional, está inscrito en las leyes mismas del espíritu humano y por tanto no se puede renunciar a ello sin renunciar a la vez a la propia humanidad.

Este principio fundamental recibió algunas concreciones en el Decálogo que Dios dio al pueblo judío por medio de Moisés, pero cuyo valor es universal, porque se sitúa por encima de cualquier circunstancia o situación particular. Jesucristo en el Evangelio de hoy nos recuerda algunos de estos mandamientos (quinto, sexto y octavo): “No matarás”, “No cometerás adulterio”, “No jurarás en falso”. La libertad humana encuentra en estas formulaciones una indicación del mal que ha de evitar, e implicitamente del bien que debe hacer: respetar la vida, ser fiel a la propia esposa, decir la verdad. Son principios válidos para todo hombre, sea o no cristiano, sobre todo en su formulación negativa.

Pero Jesucristo propone a la libertad del cristiano ir más allá, llevar el ejercicio de la libertad a una mayor perfección. Jesucristo concretiza algo más los mandamientos del Decálogo. Para un cristiano, elegir el enojo, el insulto, la descalificación personal es una mala elección, que va contra el quinto mandamiento, ataca el amor sincero al prójimo que es la esencia del mismo. En cuanto al sexto, el simple deseo concupiscente es ya adulterio del corazón, es un mal uso de la libertad, porque el corazón no es puro. Finalmente, Jesucristo nos dice a los cristianos que es mejor la verdad y la sinceridad que recurrir al juramento como única y verdadera garantía de honestidad. El cristiano auténticamente libre, amante de la verdad y del bien, no tiene necesidad de jurar.

Esta libertad cristiana, que busca siempre lo mejor, no es una sabiduría de este mundo, sino una sabiduría que viene de Dios y que Dios nos ha revelado por medio de su Espíritu, porque donde está el Espíritu ahí está la verdadera libertad. Esta sabiduría de la libertad ni la conocen ni la entienden los no cristianos; por eso, a veces la atacarán como irracional y otras veces la admirarán como heroica. En todo caso, incluso para los cristianos que la experimentamos y tratamos de aplicarla en la vida, no deja de ser misteriosa, escondida. Es la libertad de los hijos de Dios que no “necesitan” de otras leyes, para comportarse bien como hombres y como cristianos, que la ley del Espíritu.

SUGERENCIAS PASTORALES

La libertad cristiana en una sociedad pluralista requiere de gran discernimiento. Los fieles cristianos viven en el pluralismo religioso, político, cultural. Un pluralismo que afecta al mismo modo de ver el bien y el mal y, consiguientemente, a opciones diversa