Caminando con Jesus

Pedro Sergio Antonio Donoso Brant

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COMENTARIOS Y NEXOS ENTRE LAS LECTURAS DEL CICLO B

 

LOS COMENTARIOS SON DE P. ANTONIO IZQUIERDO L.C. Y ESTAN PROPORCIONADOS POR LA CONGREGACION PARA EL CLERUS DE LA SANTA SEDE A TRAVES DE CLERUS.ORG

 

 

PRIMER DOMINGO DE ADVIENTO 3 DE DICIEMBRE DEL AÑO 2000

Primera: Jer 33, 14-16; segunda: 1Tes 3,12 - 4,2 Evangelio: Lc 21, 25-28.34-36

NEXO ENTRE LAS LECTURAS

La venida del Señor está presente en los textos de la actual liturgia; mediante esta expresión la liturgia quiere mostrarnos el sentido cristiano del tiempo y de la historia. Vienen días, se nos dice en la primera lectura, en que haré brotar para David un Germen justo. Jesús, en el discurso escatológico de san Lucas, dice que los hombres verán venir al Hijo del hombre en una nube con gran poder y gloria. En la primera carta a los Tesalonicenses san Pablo les exhorta a estar preparados para la Venida de nuestro Señor Jesucristo, con todos sus santos.

MENSAJE DOCTRINAL

Memoria y profecía. En estas dos palabras se sintetiza toda la concepción cristiana del tiempo. Cuando habla del tiempo, el cristiano piensa en el tiempo presente con sus vicisitudes y circunstancias. Es el presente del tiempo de Jeremías (año 587 a. de C.) en que Jerusalén yacía bajo el asedio de Nabucodonosor; es el presente de la comunidad cristiana de Tesalónica o de los destinatarios del evangelio según san Lucas. Desde ese presente se lanza la mirada hacia atrás y se hace memoria: la promesa de Dios a David acerca de un reino hereditario, que ahora corre peligro; la venida histórica de Jesucristo que con su pasión, muerte y resurrección ha inaugurado el fin del tiempo, del que los cristianos participan ya en cierta manera. Pero los cristianos no son hombres del pasado. Desde su vida presente echan también una mirada hacia el futuro, ese futuro encerrado en el relicario de la profecía, en el libro sellado con siete sellos y que sólo el Cordero de pie (resurrección) y degollado (pasión y muerte) puede abrir y leer (cf Apc. 5). La profecía tiene que ver con la segunda venida de Jesucristo, con su parusía triunfante, rodeado de todos los santos, venida para proclamar definitivamente la justicia y la salvación; una profecía que conmoverá los cimientos del orbe y hará surgir un mundo nuevo. El cristiano vive entre la memoria y la profecía, entre la primera venida de Cristo y su futura venida al final de la historia. Navidad y Juicio final de salvación son la dos columnas sobre las que los hombres construyen el puente de la decisión y de la responsabilidad. Con ese puente, la segunda venida no es sino la prolongación y coronamiento de la primera, de la Encarnación y del Misterio Pascual.

Fisonomía del que viene. ¿Quién es el que viene? Ante todo, es un Retoño, un Germen justo. Es decir, un descendiente del tronco de David, que practicará el derecho y la justicia (virtudes propias de un buen rey). En una lectura cristiana, ese Germen es Jesucristo que ha venido al mundo para traer la justicia de Dios, es decir, la salvación por medio del amor (primera lectura). El que viene es el Hijo del hombre en una nube con gran poder y gloria. Es una persona, por tanto, que habita en el mundo de Dios y que participa de su poder y de su gloria. El que viene en Navidad y el que vendrá en el juicio final es el Verbo encarnado en el seno de María (evangelio). El que viene es nuestro Señor Jesucristo, es decir, Cristo glorioso, vencedor de la muerte y del pecado, que vive en la eternidad pero que se hace presente en el tiempo histórico (segunda lectura).

Actitud del cristiano. El evangelio nos indica dos actitudes: estar en vela y orar. La vigilancia es muy oportuna para que cuando llegue el Verbo a nosotros en la carne de un niño, sepamos aceptar y vivir el misterio. La oración más oportuna y necesaria todavía, porque sólo mediante la oración se abre a la mente y al corazón humano el misterio de las acciones de Dios. Por su parte, san Pablo señala a los tesalonicenses otras dos actitudes: Crecer y abundar en el amor de unos con otros, y en el amor para con todos; comportarse de modo que se agrade a Dios. ¿Qué mejor manera de prepararse a la venida del Amor sino mediante el crecimiento en el amor? Jesucristo en su vida terrena no buscó otra cosa sino hacer lo que es del agrado de su Padre, por eso, una manera estupenda de prepararse para la Navidad es buscando agradar a Dios en todo.

SUGERENCIAS PASTORALES

El sentido del tiempo. Para nosotros, los cristianos, no hay sentido del tiempo sino en Jesucristo. El es el centro de la historia y de los corazones. La historia tiene en él su punto de partida (Cristo es el alfa) y su punto de llegada (Cristo es la omega). El tiempo y la historia culminan en él, alcanzan en él su plenitud absoluta y su sentido supremo. Sin Jesucristo el tiempo y la historia son sólo un puro accidente. Con Cristo, son un designio de Dios, una historia de salvación, un yunque en el cual forjar nuestra decisión en la libertad y responsabilidad. Para nosotros el tiempo no es una simple sucesión de segundos, minutos y horas; una cadena de días meses y años; una sucesión y una cadena sin rumbo fijo, a la deriva de fuerzas impersonales dominadoras que llevan al caos. Para nosotros, el tiempo con sus siglos y milenios es una historia, dirigida y timoneada por Dios; para nosotros, el tiempo tiene un principio de unidad y armonía, de coherencia y cohesión, no en los imperios o en las ideologías, tan caducos como los mismos hombres, sino en Jesucristo, que es de ayer, de hoy y de siempre. Nuestra vida diaria con sus tópicos, su monotonía, sus mismas vulgaridades, forma parte de un proyecto divino, es una tesela dentro del gran mosaico de la historia de la salvación planeada por Dios. En el sentido del tiempo está incluido inseparablemente el sentido de mi tiempo. ¿No da esta realidad de nuestra fe un gran valor a la vida de cada cristiano, a tu vida?

Crecer y abundar en el amor. San Juan de la Cruz concluía una de sus poesías: "Que sólo en el amor es mi destino". La venida primera de Cristo en la Navidad es una venida de amor, y es igualmente venida de amor su retorno al final de los siglos, su parusía. Entre el amor de Cristo que viene y que vendrá se intercala la vida humana que, como en una sinfonía, desarrollará el tema del amor con el que comienza y concluye la pieza musical. Crecer resalta el aspecto dinámico del amor: crecer en el amor a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo; en el amor a María y a los santos. Crecer en el amor a la propia familia, a los parientes, a los amigos, a los desconocidos, a los necesitados, a los enfermos, a los pecadores... ¿Cómo? Piensa a ver qué se te ocurre, que sin duda serán muchas cosas. Abundar pone de relieve la generosidad en el amor, ese rasgo típico de la existencia cristiana. ¿Eres generoso en el amor o lo andas midiendo con el metro de tu egoísmo? Bienaventurados los generosos en el amor porque ellos tomarán parte en el cortejo al momento de la parusía de Jesucristo.

 

SOLEMNIDAD DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN DE MARÍA 8 DE DICIEMBRE

 Primera: Gén 3, 9-15; segunda: Ef 1, 3-6.11-12 Evangelio: Lc 1, 26-38

 NEXO ENTRE LAS LECTURAS

l misterio de María santísima consiste en que armoniza en su ser y personalidad de mujer pequeñez y grandeza. Ella es la sierva del Señor, que quiere hacer únicamente su voluntad, y es la elegida para ser Madre de Dios (evangelio). Ella es la hija de Eva, de su carne y de su sangre, pero además es la redentora de Eva, que pisará la cabeza a la serpiente tentadora (primera lectura). Ella es hija de Dios, como cualquier hombre, y sobre todo como cada uno de los cristianos, y es igualmente madre de Dios, por ser madre de Jesucristo, Verbo Encarnado (segunda lectura).

MENSAJE DOCTRINAL

Pequeñez y grandeza de María.

1) María no es un fenómeno de la naturaleza. En su naturaleza femenina es una hija de Eva como todas las mujeres del mundo. Tiene cuerpo de mujer, psicología de mujer, sentimientos de mujer, modos de ser y actuar propios de la condición femenina. En la Galilea del siglo I d. C. nada la distingue de las demás mujeres judías: sus rasgos físicos, condiciones socio-económicas, prescripciones legales discriminatorias, modos y estilo de vida corresponden todos a los propios de una mujer judía. En esa personalidad concreta de mujer judía se encierra un misterio de grandeza, real e invisible al mismo tiempo. La concepción inmaculada de María o su maternidad divina serán proclamadas como dogma de fe algunos o muchos siglos más tarde; pero la experiencia real de las mismas María la vivió en su existencia terrena, enteramente judía. La vivió como una realidad totalmente interior e inefable, dentro de una relación única de intimidad, de comunión y de adhesión a Dios. El bautismo cristiano vence, en quien lo recibe, a la serpiente tentadora y a su acción maligna en el presente y en el pasado de la historia humana. A María le fue adelantado ese bautismo, gracias a los méritos de su Hijo: al momento de ser concebida recibió el bautismo del Espíritu Santo.

 2) María no esperaba ser madre del Mesías. En el ambiente religioso de su tiempo, ella compartía con todos los judíos, la creencia y la espera próxima del Mesías que liberaría a Israel de sus enemigos. Como mujer humilde, pobre, campesina, consideraba incluso una locura que Dios se fijase en ella para ser la madre del Mesías. Además, que el Mesías proviniera de Nazaret era poco más que imposible. Nada había en sus padres, en su ambiente, en el correr de su existencia que sirviera de indicio para tan grande y noble vocación. Todo esto es verdad, pero un día, de repente, una experiencia y visión angélica la perturbó en lo profundo del alma. Primero no entendió ese saludo tan raro: "Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo"; luego, entendió mucho menos eso de que "daría a luz un hijo, que será llamado Hijo del Altísimo" (evangelio). La sencilla mujer nazarena tardó mucho en volver en sí. Luego, pasada la visión, pasó días y noches dando vueltas a lo visto y escuchado para hacerlo encajar en su psicología y en su vida, escrutando los misteriosos designios de Dios. Finalmente, en el encuentro con su prima Isabel mostrará de palabra el resultado de su meditación: "Ha puesto los ojos en la pequeñez de su esclava, por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada".

3) María es hermana y madre nuestra. En cuanto hermana, igual que todos los cristianos: hija adoptiva de Dios por medio de Jesucristo, elegida para ser heredera del Reino de Dios, ordenada a ser alabanza de la gloria de Dios, igual que todos los que han puesto su esperanza en Cristo (segunda lectura). Su grandeza radica en que combinó en su vida simultáneamente el ser nuestra hermana con el ser nuestra madre. Nos dice la Constitución dogmática sobre la Iglesia: "María colaboró de manera totalmente singular a la obra del Salvador por su fe, esperanza y ardiente amor, para restablecer la vida sobrenatural de los hombres. Por esta razón es nuestra Madre en el orden de la gracia" (LG 61). Y poco antes leemos: "La misión maternal de María para con los hombres de ninguna manera disminuye o hace sombra a la única mediación de Cristo, sino que manifiesta su eficacia. En efecto, todo el influjo de la Santísima Virgen en la salvación de los hombres... brota de la sobreabundancia de los méritos de Cristo, se apoya en su mediación, depende totalmente de ella y de ella saca toda su eficacia" (LG 60).

SUGERENCIAS PASTORALES

Respetar la pequeñez y la grandeza de María. Respetar quiere decir mantener los dos aspectos, porque son las dos alas con las que María voló por la historia de su tiempo y ha de seguir volando por nuestra historia. Y ya sabemos que volar con una sola ala es imposible. En los siglos pasados se acentuaron tanto las grandezas de María, que se llegó en ocasiones a olvidar su pequeñez. En nuestro tiempo, podemos correr el otro peligro: verla tan cercana a nosotros, tan pequeña como nosotros, que olvidemos su extraordinaria grandeza. Hay que mantener pequeñez y grandeza, porque así fue la realidad histórica de María, y así continúa haciendo presente el misterio de Dios entre nosotros. Santa Teresita de Lisieux subrayó la pequeñez de María. El día de su profesión religiosa (8 de septiembre de 1890) escribía: "¡Nacimiento de María! ¡Qué hermosa fiesta para llegar a ser esposa de Jesús! En efecto, era ella, la pequeña, efímera Virgen santa, la que presentó su pequeña flor al pequeño Jesús". Pero nunca cesó Teresita de cantar las glorias y grandezas de María. Por ejemplo, en su última poesía titulada ¿Por qué te amo, oh María?, ella dice que la gloria de María es más brillante que la de todos los elegidos juntos, la llama reina de los ángeles y de los santos, y habla del resplandor de su gloria suprema. La misma Virgen María estará muy contenta si nosotros contemplamos su pequeñez sin olvidar su grandeza, nos sobrecogemos ante su grandeza en medio de su humildad y pequeñez.

 María: admirable e imitable. Las dos cosas y las dos inseparables. Porque Dios ha hecho en ella obras grandes es admirable. Porque nunca ha dejado de ser pequeña como nosotros, en medio de su excelsitud y su gloria, es por igual imitable. Como cristianos debemos admirar a María, la mujer más excelsa salida de las manos del Creador, árbol en quien fructifican la ciencia de Dios y la vida divina. Pero María es también como una madre y una hermana, que está junto a nosotros, que nos acompaña en nuestro camino, cuyas virtudes tan humanas son accesibles a todos. En el jardín de su vida vemos florecidas todas las flores más bellas. Con palabras cariñosas de madre nos dice que nuestra vida es también un jardín. Si sembramos virtudes, como María, también florecerán las virtudes.

 

Segundo domingo de ADVIENTO 10 de diciembre del año 2000

Primera: Baruc 5, 1-9; segunda: Fil 1, 4-6.8-11 Evangelio: Lc 3, 1-6

NEXO ENTRE LAS LECTURAS

 En la Navidad la Palabra de Dios se hará carne, pero ya en la liturgia del Adviento la Iglesia quiere que meditemos sobre la Palabra y la vayamos interiorizando en nuestra alma. San Lucas nos dice que la Palabra de Dios fue dirigida a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto (evangelio). El profeta Baruc contempla a los hijos de Jerusalén que vivían en el destierro "convocados desde oriente a occidente por la Palabra del Santo y disfrutando del recuerdo de Dios" (primera lectura). San Pablo muestra su alegría a los filipenses por la colaboración que han prestado al Evangelio, desde el primer día hasta hoy, es decir, a la Palabra de Dios convertida en Buena Nueva para los hombres (segunda lectura).

MENSAJE DOCTRINAL

Las etapas de la Palabra. "En el principio existía la Palabra". Esa Palabra divina, antes de encarnarse en Jesús de Nazaret, ha hecho un largo recorrido por la historia humana. La liturgia nos presenta algunas de esas etapas milenarias: 1) La Palabra que habla del futuro, un futuro transformado por el poder de Dios, para dar ánimo y consolación a los hombres. Es la Palabra, por ejemplo, del profeta Baruc. En lenguaje poético imagina el profeta a Jerusalén vestida como una madre en luto por haber perdido gran parte de sus hijos. Baruc entona un canto a la ciudad de Jerusalén renovada, transformada por la mano poderosa de Dios: "Vístete ya con las galas de la gloria de Dios". 2) La Palabra que habla al presente en el que el pasado llega a su cumplimiento. En Juan Bautista se cumple el oráculo de Isaías: "Voz del que clama en el desierto: preparad los caminos del Señor, enderezad sus sendas". Llega al presente de la vida de los judíos (Pilatos procurador de Judea, y Herodes tetrarca de Galilea, regiones habitadas en gran parte por los judíos) y de la vida de los paganos (Filipo tetrarca de Iturea y de Traconítide, Lisanias tetrarca de Abilene, regiones paganas). La Palabra dirigida al futuro es sobre todo Palabra de aliento y consolación; la Palabra encaminada hacia el presente es más bien Palabra de exhortación y compromiso, de conversión para el perdón de los pecados. 3) La Palabra que diariamente se vive y con la que se colabora con amor y gozo. La Palabra de Dios se hace vida en la cotidianidad de los cristianos y en sus quehaceres diarios. Y todos están llamados a colaborar con el Evangelio, con la Palabra de la Buena Nueva, para que llegue a todos los rincones del imperio romano y hasta los confines del mundo.

 Las cualidades de la Palabra. 1) La Palabra de Dios es universal en su destino, porque siendo Palabra de salvación va dirigida a todos los hombres de todos los tiempos: a los judíos y paganos de tiempos de Juan el Bautista y de Jesucristo, a los americanos, asiáticos, africanos, europeos y oceánicos de nuestros días (evangelio). 2) La Palabra de Dios es unificadora: une a todos los dispersos de Israel para ponerse en camino desde oriente y occidente a fin de formar el pueblo de Dios que le rinde culto en Jerusalén (primera lectura). Tiene fuerza para unificar a todos los cristianos de nuestros días y a todos los hombres. 3) La Palabra de Dios es personalizada y a la vez comunitaria: apela a un hombre, pero para que la haga llegar a todo el pueblo (evangelio). Hoy como ayer sigue habiendo hombres carismáticos a quien Dios dirige su Palabra, pero en función de la comunidad eclesial y de la misma comunidad humana. 4) La Palabra de Dios es como una semilla que va creciendo hasta lograr convertirse en espiga: "Quien inició en vosotros la obra buena, la irá consumando hasta el día de Cristo Jesús" (segunda lectura). 5) La Palabra de Dios no es para ponerla bajo un cacharro, sino para proclamarla públicamente como hizo Juan: "Y se fue por toda la región del Jordán proclamando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados" (evangelio) y como luego hará Jesús, que recorrerá todas las ciudades y aldeas proclamando el Evangelio de Dios.

SUGERENCIAS PASTORALES

La Palabra de Dios hoy. La carta a los Hebreos nos dice que la Palabra de Dios es viva y eficaz, cortante como espada de doble filo (4,12). El texto sagrado no dice fue o será, sino es. Dios sigue hablando a los hombres en el hoy de la historia. La misma Palabra que habló por medio de los profetas, que resonó en los labios de Juan el Bautista, que se encarnó en Jesucristo, que fue proclamada por los apóstoles. Dios desea continuar su diálogo con el hombre. Si en nuestro tiempo no se percibe la Palabra de Dios, no es que haya dejado Dios de hablar, sino que hemos silenciado consciente o inconscientemente su voz. Dios nos habla por medio de la Escritura sagrada leída e interiorizada en la oración; nos habla en las acciones litúrgicas de la Iglesia, sobre todo en la celebración eucarística, cuya primera parte está dedicada a la liturgia de la Palabra. Dios nos habla por medio de los pastores, de los obispos en sus diócesis, del Papa en toda la Iglesia como pastor universal. Dios nos habla por medio de los profetas, esos hombres de Dios que interpretan los acontecimientos de la vida y de la historia desde Dios y movidos por el mismo Dios. Dios nos habla por medio de los mártires y de los santos, que con su sangre y su vida gritan a la humanidad el misterio insondable de Dios, del tiempo y de la eternidad, del vivir histórico del hombre. Dios habla por medio de la conciencia, para que en fidelidad a ella seamos salvados y colaboremos con Cristo en la obra de la salvación. Dios prosigue hablándonos a los hombres de muchas maneras. ¿Escuchamos su voz? Hagámoslo antes de que sea tarde...

 Palabra de salvación. La Palabra de Dios viene a la historia, se encarna en Jesús de Nazaret para hablarnos de salvación. En el evangelio la cita de Isaías ha sufrido un cambio significativo: en lugar de "todos verán la gloria de Dios" san Lucas dice: "Todos verán la salvación de Dios". En la Navidad, los cristianos, todos los hombres de buena voluntad, vemos esa salvación de Dios. En la Navidad resuena una Palabra de salvación. Digamos mejor: es la única Palabra que resuena en esa noche santa. Estamos muy acostumbrados por la historia ha dividir a los hombres en buenos y malos, en conservadores y progresistas, en de izquierda y derecha, en bandos e ideologías. La Palabra de Dios parece pasar por encima de todas esas divisiones. La Palabra de Dios no divide, une a todos en el anhelo y en la gozosa posesión de la salvación, que Dios nos manda encarnada en un Niño. Dios quiere que su Palabra de salvación sea eficaz en nuestros días y en nuestras vidas. Dios nos impulsa a que dejemos obrar eficazmente su Palabra de salvación. ¿Qué obstáculos encuentro en mi vida y en mi ambiente? ¿Qué hago o qué puedo hacer para que la Palabra de Dios sea viva y eficaz en mí y en mis hermanos?

 

 

Tercer domingo de ADVIENTO

Primera: Sof 3, 14-18a; segunda: Fil 4, 4-7 Evangelio: Lc 3, 10-18

NEXO ENTRE LAS LECTURAS

 Los textos litúrgicos de este tercer domingo de adviento son un himno a la alegría. Alegría para los habitantes de Jerusalén que verán alejarse el dominio asirio y la idolatría y podrán rendir culto a Yahvéh con libertad (primera lectura). Alegría de los cristianos, una alegría constante y desbordante, porque la paz de Dios "custodiará sus mentes y sus corazones en Cristo Jesús" (segunda lectura). Alegría del mismo Dios que exulta de gozo al estar en medio de su pueblo para protegerlo y salvarlo (primera lectura). Alegría que comunica Juan el Bautista al pueblo mediante la predicación de la Buena Nueva del Mesías salvador, que instaurará con su venida la justicia y la paz entre los hombres (evangelio).

MENSAJE DOCTRINAL

 ¿Por qué alegrarse? Son varias las causas que se hallan en los textos litúrgicos. 1) Primeramente, porque Dios ha anulado tu sentencia. Sofonías imagina a Yahvéh como a un jefe de tribunal que, después de haber dictado sentencia condenatoria, la anula. ¿Cómo no alegrarse? Históricamente se refiere a la pesante opresión que el imperio asirio ejercía sobre el reino de Judá en tiempo del rey Josías, y de la que Yahvéh le ha liberado (primera lectura). 2) Alegrarse, porque Yahvéh está en medio de ti. Esa presencia divina de poder y de salvación libra de todo miedo, y renueva al reino de Judá con su amor. Es una presencia protectora y segura (primera lectura). 3) Alegrarse, porque el cristiano posee la paz de Dios que supera toda inteligencia (segunda lectura). Esa fe de Dios, que es fruto de la fe y del bautismo, y que se experimenta de modo eficaz en la celebración litúrgica, cuando "presentamos a Dios nuestras peticiones, mediante la oración y la súplica, acompañadas de la acción de gracias" (segunda lectura). 4) Finalmente, alegrarse porque Juan el Bautista, el precursor, proclama la Buena Nueva de Cristo (evangelio) y, con él y como él, todos los precursores de Cristo en la sociedad y en el mundo. Por todo ello, podemos decir que el cristianismo es la religión de la alegría. Pero, alegría en el Señor, como nos recuerda san Pablo.

 La alegría del precursor. La alegría de Juan el Bautista está expresada mediante tres imágenes. La imagen del patrono y del siervo, con lo que indica la superioridad de Jesús sobre Juan. Jesús es como el patrón que cuando llega del campo o de la ciudad tiene a su disposición un siervo (Juan el Bautista) que le desate la correa de las sandalias. Juan está alegre porque el Mesías, su patrono, está por llegar. Usa también la imagen del agricultor que al llegar el verano, siega las espigas, las trilla, separa mediante el bielde el grano de la paja, guarda el grano y quema la paja. La alegría de Juan es la alegría de quien recoge el fruto de su trabajo, el fruto de tantos otros profetas que prepararon junto con él la venida del Mesías. Por último, Juan se alegra porque, mientras él bautiza en agua, el que está por venir, es decir, el Mesías, bautizará en Espíritu santo y fuego. O sea, en Espíritu santo que es fuego purificador del pecado, fuego impulsor y difusor de grandes empresas. En el bautismo el cristiano recibe al Espíritu, uno de cuyos primeros frutos es la alegría.

El evangelio de la alegría. Reflexionando sobre la perícopa evangélica, el evangelio de la alegría se dirige a todo tipo de personas: a la gente en general, a los publicanos, a los mismos soldados. Este evangelio consiste sobre todo en la donación y amor al prójimo, que cada categoría debe vivir según sus circunstancias. Así la gente es invitada a compartir con los más necesitados el vestuario y la comida. Los publicanos vivirán el amor fraterno cobrando los impuestos con exactitud y justicia, sin adiciones egoístas de lucro personal. Respecto a los soldados, por un lado que estén contentos con el salario que reciben, suponiendo que es justo; por otro lado, que a nadie extorsionen y a nadie denuncien falsamente. En resumen, el evangelio de la alegría se implanta y produce frutos magníficos allí donde se vive el mandamiento del amor, cada uno según su profesión y su condición de vida.

SUGUERENCIAS PASTORALES

 Alegrarse ya del futuro. Sofonías anuncia la liberación de Jerusalén y Judá, pero todavía no ha llegado. Con todo, ya el mismo anuncio debe ser causa de alegría. Juan Bautista goza ya por anticipado de la venida del Mesías, aunque todavía no se haya hecho presente. Los cristianos vivimos con alegría este período de adviento, aun a sabiendas de que la Navidad no ha llegado todavía. Los cristianos estamos afincados en el presente, pero con la mirada puesta en el futuro, que ha de ser siempre fuente de alegría. Hay un viejo refrán que dice: "Todo tiempo pasado fue mejor". Ciertamente no es verdad, y menos para el cristiano. El cristiano, hombre de la esperanza, dirá más bien: "Todo tiempo futuro será mejor" y esto le infunde una grande alegría. Mejor, no precisamente por mérito de los hombres, sino por acción misteriosa y eficaz del Espíritu santo en la historia y en las almas. Mejor, porque el progreso científico, y sobre todo moral de la humanidad, sin olvidar la ambivalencia y deficiencias del progreso, contribuye de alguna manera al reinado de Dios en el tiempo y en la vida de los hombres. Y ¿cómo no alegrarnos del futuro si estamos convencidos de que el futuro está en manos de Dios, porque Él es el Señor de la historia y quien tiene en su poder las llaves del futuro? Incluso en medio de la prueba y de la tribulación, el futuro sonríe al cristiano maduro en su fe.

 Alegría y paz. Amor, alegría y paz son dones del Espíritu Santo. En cuanto dones del Espíritu santo sería un error identificar el amor con el sentimiento amoroso o con los amoríos, la alegría con las alharacas y la paz con la ausencia de guerra, destrucción y muerte. La paz de Dios es algo, nos dice san Pablo, que supera toda inteligencia. Y lo mismo vale para la alegría. Siendo dones del Espíritu Santo, únicamente quien las ha recibido por la fe, está en condiciones de experimentarlas, conocerlas, poseerlas, disfrutarlas, transmitirlas. Hay una cierta reciprocidad entre ambos dones del Espíritu. La paz que habita en el alma del creyente inspira una alegría interior atrayente, que se manifiesta en el talante de la persona, que se contagia hasta con la sola presencia. Por su parte, la alegría de la que el Espíritu dota al creyente, transmite paz y orden en la vida, serenidad y armonía, y sobre todo una especie de ataraxía, de imperturbabilidad espiritual, que provoca en todos admiración. ¿Por qué no pedir al Espíritu Santo que nos conceda más abundantemente estos dones de la paz y de la alegría para prepararnos a la Navidad? Alegrémonos en el Señor. Vivamos la Paz de Dios. La Navidad está ya a las puertas.

 

 Cuarto domingo de ADVIENTO

Primera: Miq 5, 1-4; segunda: Heb 10, 5-10 Evangelio: Lc 1, 39-48

NEXO ENTRE LAS LECTURAS

¿Cuáles son las justas relaciones entre el hombre y Dios? Una respuesta a este interrogante nos viene de la liturgia de hoy. Los textos nos indican principalmente las relaciones de Jesús y de María. Relación de Jesús con su Padre (segunda lectura), con Juan Bautista en el seno materno (evangelio), con la profecía (primera lectura), con el sacerdocio levítico (segunda lectura). Relación de María con el Espíritu Santo, con Isabel, su prima (evangelio), y sobre todo con el Verbo (evangelio).

MENSAJE DOCTRINAL

Relaciones de Jesús. Ser y existir como hombre es estar y entrar en relación. Las relaciones humanas pueden ser sumamente variadas, pero al final se reducen a tres fundamentales: relación con Dios, con el hombre y con el mundo que lo rodea. A la liturgia interesan las dos primeras relaciones. La relación fundamental de Jesús es con su Padre. Es una relación filial de obediencia: "Yo vengo para hacer, oh Dios, tu voluntad" (segunda lectura). Es la obediencia de un hijo que trata de agradar en todo a su padre. Esta obediencia filial llegará hasta el extremo del sacrificio. No se puede separar, en el misterio cristiano, la Navidad de la pasión, la Navidad de la Pascua. Jesús mantiene su obediencia al Padre mediante su relación con la profecía, una relación de cumplimiento. El profeta Miqueas apostrofa a Belén, diciéndola que no será la ciudad más pequeña de Judá, porque en ella nacerá el dominador de Israel. Jesús, naciendo en Belén, lleva a cumplimiento la profecía, en actitud de obediencia a la historia salvífica trazada por el Padre. La relación de Jesús con María es una relación oculta, extraordinaria: La de quien alimenta su fe y se alimenta de su sangre. El evangelio nos habla, finalmente, de una relación misteriosa de Jesús, en el seno de María, con Juan Bautista, en el seno de Isabel. En la presencia de Dios en la historia, mediante María santísima, llena de gozo al último de los profetas de Israel y representante último y cualificado del Antiguo Testamento, Juan Bautista. Es el gozo mesiánico, que preanuncia la hora de la salvación. La obediencia filial de Jesús, que asume la condición del tiempo y de la historia, fructifica en la alegría redentora que aporta a los hombres.

 Relación de María. Hay dos relaciones de María, que no aparecen en los textos litúrgicos, pero que están implícitas: la relación con el Espíritu Santo y con el Verbo encarnado en su seno. Sin estas dos relaciones no se explica el episodio de la visita de María a su prima Isabel. La relación íntima y personal del Espíritu Santo con María ha hecho posible que el Verbo de Dios asuma carne y se vaya formando hombre en su seno materno. La relación de María con el Verbo de Dios es extremamente misteriosa y delicada: Misteriosa porque la fecundación de su seno es obra de Dios mismo; delicada, porque está dando a Dios su carne y su sangre, pero sobre todo su amor, su dedicación, su entrega total. La relación de María con Isabel es de servicio. Viene a ayudarla en los últimos meses de embarazo. Viene movida por los lazos naturales, pero sobre todo por el Espíritu de Dios y por el Verbo que siente presente en su seno: un movimiento natural y pneumático, al mismo tiempo. En el canto del Magnificat, María eleva su voz a Dios para alabarle y agradecerle con gozo el misterio que encierra en su seno, a pesar de su pequeñez y de su humildad. ¿Cómo no alabar a quien se ha dignado acudir a ella para llevar a cumplimiento su designio de salvación, y la aspiración más sublime e intensa de los hombres? Por último, en María se lleva a cabo también la profecía de Miqueas: Ella es aquélla que "dará a luz cuando deba dar a luz" al Mesías. La relación de maternidad, a través de la cual se expresa toda la feminidad de María en relación con Jesús.

SUGERENCIAS PASTORALES

Saber relacionarse. En la conversación humana es frecuente escuchar: "Hay que saber relacionarse". Con ello se quiere decir que es bueno tener muchas relaciones, y sobre todo relaciones con gente influyente. La razón es evidente: así se tiene la posibilidad de que se abran muchas puertas en los diversos ámbitos de la vida humana: político, financiero, social, profesional, educativo, religioso...Yo quiero invitar a mis hermanos en la fe y en el sacerdocio a saber relacionarse con personas de extraordinaria influencia: con Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo; con María santísima, nuestra madre y nuestra reina; con los santos, nuestros hermanos y protectores desde el cielo. Estas relaciones no te dan acceso, claro está, a excelente puesto de trabajo, ni a un negocio redondo. Estas relaciones, más bien ejercen su influjo en tu interior, transformándolo; en tu visión de las cosas y de la vida, haciendo que sea según Dios; en tu relación con los hombres y con las cosas, de forma que esté siempre inspirada por el amor y por el servicio; en tu relación con tu propia historia, convirtiéndola, tal vez, de una historia sin sentido a un sentido con historia. ¡Cuántos bienes nos pueden venir –y podemos obtener para los demás–, si sabemos relacionarnos con Dios, con la Virgen, con los santos! En el campo de la historia es importante saber relacionarse, ¿no lo va a ser igualmente en el campo del espíritu? Bienaventurados los que saben relacionarse, porque serán como un árbol frondoso que dé frutos en sazón: frutos de bien, de felicidad, de salvación.

 Relacionarse por el Reino. Los cristianos vivimos en el mundo, en el reino de la historia, aunque pertenecemos al Reino de Dios. Y en el reino de la historia no poco cuentan las relaciones humanas. No tenemos por qué despreciarlas. Tampoco hemos de abusar de ellas, poniéndolas al servicio de nuestros intereses egoístas. Hemos de servirnos de ellas para la edificación del Reino de Dios. Hemos de relacionarnos con quienes tienen poder, para que nos ayuden en favor de quienes no sólo no tienen poder, pero ni siquiera alimento, casa, vestido, derechos. Hemos de relacionarnos con los necesitados, para que tomen conciencia de que el Reino de Dios les pertenece y les invita a poner todos los medios para hacer más humana su existencia, más digna, más libre, más feliz. Hay que relacionarse con las fuerzas vivas y poderosas de un pueblo, de una ciudad, de un estado, de un país, para convencerlas, si no lo están todavía, de que son hijos del Reino de Dios en la medida en que utilizan sus fuerzas y su poder en beneficio de los más necesitados. Y una vez convencidos, que pongan manos a la obra. Si todos los cristianos utilizáramos nuestras relaciones para ponerlas al servicio del Reino, seguramente que el mundo caminaría por derroteros más humanos, y más marcados por nuestra fe en Jesucristo. Jesucristo entró en contacto con la historia para instaurar el Reino de su Padre. Después de 2000 años, ¿qué hacemos nosotros los cristianos?

 

  

Misa en la Noche de NAVIDAD

 Primera: Is 9, 1-3.5-6; segunda: Tt 2, 11-14 Evangelio: Lc 2, 1-14

NEXO ENTRE LAS LECTURAS

 "Os ha nacido un Salvador", es el mensaje central de la liturgia de esta noche santa. Un Salvador con unos rasgos extraordinarios profetizados por Isaías: Dios fuerte, siempre Padre, príncipe de la paz... (primera lectura). Un Salvador que viene para todos, pero especialmente para los más pequeños y humildes, como eran, por ejemplo, los pastores (evangelio). Un Salvador que nos enseña a renunciar a la impiedad y a las pasiones mundanas, y a vivir con sensatez, justicia y piedad en el tiempo presente (segunda lectura).

MENSAJE DOCTRINAL

Los rasgos de nuestro Salvador. 1) Quizás la primera cosa llamativa de nuestro Salvador es el ser un niño recién nacido, y además en pobreza. No ha hecho todavía nada: ni ha predicado, ni realizado milagros, ni ha sido crucificado, ni ha resucitado. Nos comienza a salvar por el mismo hecho de nacer. Es evidente que no salva por lo que hace o por la condición social y económica que detenta, sino por lo que es: Dios hecho niño. El mundo no se salvará por las obras extraordinarias y grandiosas de los hombres, sino por la presencia y transparencia de Dios en la vida de los cristianos. 2) Es un salvador para todos. En la primera lectura el salvador es prometido a la Galilea de los gentiles, donde junto a pueblos de estricta observancia judía, había también muchas ciudades enteramente paganas y otras con mezcla de razas y de religión. En el evangelio los primeros beneficiarios del anuncio de un Salvador son los pastores, gente humilde, y que gozaba de mala fama entre los judíos. San Pablo en la carta a Tito nos dice que "se ha manifestado la gracia salvadora de Dios a todos los hombres", sin excepción alguna (segunda lectura). Nadie por ningún motivo puede caer en la desesperación delante de nuestro salvador. 3) El salvador es, a la vez, rey, descendiente de David, que posee las mejores cualidades para reinar sobre los hombres: goza del don de consejo, tiene el poder mismo de Dios, es para todos como un padre, le interesa sobremanera la paz, gobierna con equidad y justicia buscando el bien de todos. Nuestro rey y salvador cumple todos los requisitos para traer al mundo la paz, la justicia, el bienestar, la felicidad. 4) Es un Niño, igual que todos los niños del mundo, pero a la vez absolutamente singular. En efecto, el cielo mismo interviene para alegrarse y glorificar a Dios por la presencia de este niño en la tierra.

Los hombres ante el Salvador. 1) Si el Niño que celebramos esta noche santa es el salvador de todos, no cabe otra actitud que aceptar con amor su salvación. Para acogerla con amor se precisa el reconocimiento sincero de estar necesitado de ella, y además la conciencia de que la autosalvación es imposible; la salvación se nos da, no forma parte de los derechos humanos, ni es objeto de conquista. Acoger la salvación requiere un acto de plena libertad y una singular valoración de la persona que me salva, por pura iniciativa suya y sin pedirme nada de antemano. Si alguien no acoge a este Niño salvador es, en el mayor de los casos, por ignorancia: No sabe lo que se pierde. 2) Quien lo acoge, ha de hacerlo con alegría; con la alegría de quien estaba envuelto en densas tinieblas, y ahora le llega la luz; la alegría del campesino a la hora de la siega y de la recolección; la alegría de los soldados que, según las costumbres de aquellos tiempos antiguos, lograda una victoria, se reparten el botín. 3) La acogida de nuestro Salvador es fuerza de renovación y compromiso para la vida. El Niño nos salva para que hagamos presente en nuestras vidas, como él, la prudencia, la fortaleza, la justicia, la piedad. No cabe duda de que la salvación de Dios no es una salvación de ganga y baratija; equivale a la salvación del hombre y a la salvación del mundo. "Fuera de él, no hay salvación".

SUGERENCIAS PASTORALES

Una noche para jamás olvidar. En la vida de todo hombre hay algún episodio, algún momento de su existencia que jamás olvidará. Esos momentos o episodios los solemos llamar fuertes, porque impresionan fuertemente nuestra inteligencia, nuestra sensibilidad y nuestra memoria. Si alguien ha tenido un accidente mortal, del que salió con vida por milagro, ¿lo podrá olvidar? O, no sé, la llegada del primer hijo tan deseado por los esposos, o esa noche insomne en que después de tantos meses aparentemente infecundos el artista intuye un cuadro o una obra literaria, o la muerte de un ser muy querido, o la primera operación quirúrgica, el primer proyecto arquitectónico o la primera misa. Quiero decirte que esta noche de Navidad, Navidad jubilar por los dos mil años del nacimiento de Jesucristo, ha de ser una experiencia religiosa tan fuerte en tu vida, que no la puedas olvidar jamás. Te invito a meterte en el misterio que celebramos con toda tu persona y con toda tu capacidad de experimentar el amor. Te invito a pedir a ese Niño divino, con corazón humilde y con intensidad, que te alcance el milagro de una fe, de un amor y de una esperanza tan vivos, tan penetrantes, tan profundos, que permanezcan para siempre grabados en tu memoria. Habrá muchos millones de hombres, desgraciadamente, para quienes esta Navidad sea un día más o una navidad más. Que para ti no sea así. Se me ocurre imaginar que Dios está deseando grabar esta santa noche con letras de oro en tu mente, en tu corazón, y en el resto de tu vida futura.

 Si el Salvador llama a tu puerta... La sociedad en que vivimos, nos ha obligado a ser prevenidos ante quien llama a la puerta. Puede ser una persona amiga, pero puede ser también un criminal, un desconocido con malas intenciones, una persona peligrosa... Ante ello, ponemos en acción tranca, cerrojo, ojo óptico en la puerta, etc. Todas las medidas parecen pocas para proteger la integridad de nuestra vida y nuestra privacy. Si esta noche un Niño llama a tu puerta, ¿serás capaz de reconocer que es tu Salvador? Y si el Salvador llama a tu puerta, ¿estás en disposiciones y en deseos de abrirle de par en par? La gran tragedia de los hombres está en que el Salvador llama y llama a su puerta, y no se le abre. Tal vez porque siendo un niño, se piense que no puede salvarnos. O tal vez porque la salvación que nos ofrece es diferente de la que soñamos, aunque sea equivocada o sumamente limitada. Si Dios te regala la salvación, no puede ser la que tú quieras, sino la que él te dé. Si te la regala, acéptala como es. Si te la regala, agredécela. Si te la regala, fíjate en el amor con que ese Niño te la da, piensa que te ama de verdad. Si te la regala, tú a tu vez regálala a otros , porque se trata de un don extraño: entre más lo das, más lo acrecientas. Si el Salvador, esta santa noche, llama a tu puerta... ¿qué esperas? Ábrela de par en par. Te aseguro que no te arrepentirás en la vida de haberlo hecho.

 

 

Misa de NAVIDAD 25 de diciembre del año 2000

Primera: Is 52, 7-10; segunda: Heb 1, 1-6 Evangelio: Jn 1, 1-18.

NEXO ENTRE LAS LECTURAS

Podríamos decir que las lecturas del día de Navidad se concentran en dar una respuesta al gran interrogante que ha atravesado dos mil años de cristianismo: ¿Quién es Jesucristo? La respuesta la encontramos, sobre todo, en el prólogo del evangelio según san Juan: El Verbo, el creador del universo, la luz del mundo, el revelador del Padre, etc. Esta respuesta del evangelio es colocada en el ámbito del profetismo del Antiguo Testamento: Jesucristo, el mensajero que trae la paz y la salvación (primera lectura); Jesucristo, el último y definitivo profeta de Dios (segunda lectura).

MENSAJE DOCTRINAL

Quién es Jesucristo? En todo el mundo cristiano el día 25 celebramos el nacimiento de un niño: Jesús de Nazaret que ha revolucionado durante dos mil años la historia de la humanidad, sobre todo del Occidente. Quienes no son cristianos tal vez se pregunten quién es ese niño que celebran los cristianos con tanta solemnidad. Y no está mal que también nosotros, en esta singular ocasión de la Navidad, nos lo preguntemos. O mejor, todavía, lo preguntemos a la Biblia, a través de la cual Dios nos habla y se nos revela.

 1) Jesucristo es el Verbo, que vive en el seno de Dios, y que pone su tienda entre los hombres, en un determinado momento de la historia. Jesucristo, antes de ser una palabra pronunciada por la historia, es La Palabra pronunciada por el mismo Dios. En el mundo de Dios el Padre está pronunciando eternamente La Palabra. En Belén, en tiempo del emperador Augusto, La Palabra eterna es pronunciada por labios humanos, se convierte en palabra de carne. Se llama Jesús de Nazaret. ¿Quién es Jesús? Es el Verbo, que al ser pronunciado por los hombres, suena Jesús de Nazaret. ¿Quién es el Verbo? Es Jesús, a quien el Padre llama La Palabra. En el misterio de Jesucristo no se puede separar la eternidad del tiempo, el Verbo de Jesús. Sería traicionar la revelación de Dios. A lo largo de la historia Dios había pronunciado palabras por medio de los profetas, palabras que manifestaban de modo incompleto la revelación de Dios. Con Jesucristo el Padre pronuncia la última, definitiva y única Palabra, en la que se compendia y llega a plenitud toda la revelación (segunda lectura).

2) Jesús es la vida y la verdadera luz del mundo. Vida y luz son dos imágenes muy usada en todo el Antiguo Testamento. Dios es el creador de la vida (plantas, animales, hombre). A la vez que creador, es también el señor, que dispone de ella según sus inescrutables designios. El hombre ha sido creado para la vida, no para la muerte. Con todo, a causa del pecado, el reino de la muerte se ha instalado en la historia. Cuando los cristianos proclamamos que Jesús es la vida, afirmamos que él es el vencedor de la muerte y el restaurador de la vida en la humanidad. Al restaurar la vida, ésta es como un faro de luz en un mundo prisionero de la tiniebla. Al confesar que Jesús de Nazaret, en el momento mismo de nacer es vida y luz de los hombres, estamos afirmando también que no es una vida cualquiera o una luz cualquiera, efímera y débil, sino la Vida y la Luz originales, presentes en Dios mismo. Porque es Vida y Luz, su historia personal, una más en sí misma entre las historias de los hombres, es fuente de Vida y de Luz para la humanidad entera.

 3) Jesús es el revelador del Padre. "A Dios nadie le ha visto jamás, el Hijo unigénito, que está en el seno del Padre, nos lo ha revelado". Jesucristo no sólo es el revelado por los profetas, por ejemplo, por Miqueas, como mensajero de paz, de consolación y de salvación, o no sólo es revelado superior a los ángeles (segunda lectura). Él mismo, en persona, es revelador. ¿Y qué otra realidad más honda puede revelarnos sino el misterio de Dios, del que viene y en el que habita, absolutamente desconocido para los hombres? El Padre no es visible. Se hace visible y presente en Jesucristo. Lo hace visible hablándonos del Padre, v.g. las parábolas del padre misericordioso, y sobre todo nos habla del Padre en su modo de vivir y de estar en el mundo, entre los hombres.

SUGERENCIAS PASTORALES

Para ti, ¿quién es Jesucristo? Hemos de dejar las cuestiones generales y preguntarnos de modo muy personal: "Para mí, ¿quién es Jesucristo?". Según que se responda a esta pregunta con los labios, con el corazón y sobre todo con la vida, nuestra existencia seguirá un rumbo u otro, seguirá unos parámetros u otros según los cuales vivir. Si Jesucristo lo es todo para mí: mi Dios, mi salvador, mi modelo, mi todo, trataré de hacer real en mi vida este convencimiento. Si Jesucristo es un hombre extraordinario, el más enigmático y grandioso entre los hijos de Adán, pero nada más que hombre, seré tal vez un gran admirador de su figura, trataré de seguir su vida moralmente ejemplar, pero nunca caeré de rodillas ante él, ni le invocaré como redentor, ni estaré dispuesto a dar mi vida por creer en él. Si Jesucristo no fue más que "un hippie entre yuppies", como alguien ha dicho, o un mesías fallido como piensan muchos judíos, o un "avatar" más entre tantos otros que han existido y continúan viniendo a la existencia, ¿qué sentido tiene seguir siendo discípulo de Jesús de Nazaret? ¿Para qué seguir haciendo una pantomima recitando el credo? Que esta Navidad reafirmemos nuestra fe en "Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre", en "Jesucristo, redentor del hombre".

 Presencia de Cristo en la historia. Jesucristo es el viviente. Él no ha pasado a la historia, como tantos personajes que un día, hace siglos o milenios, eso no importa, amaron y fueron amados, recorrieron los mismos espacios o semejantes a los que hoy recorremos en pueblos o ciudades de nuestro planeta. Jesucristo no pertenece al pasado. Mientras los hombres tenemos, por nuestra misma condición histórica, una relación con el pasado y con el futuro, Él es un presente sin más relación. Él vive, está a tu lado, te acompaña. Él te ama, se interesa por ti, te ilumina con su luz, te habla palabras de verdad y vida. Él quiere tu bien, no te deja tranquilo cuando tomas un mal camino, es un amigo que siempre te jugará limpio frente a la verdad, frente al eterno destino. Jesús vive en tu corazón por la amistad y comunión con él. Vive en la eucaristía, en el sagrario. Vive en la Biblia, Palabra inmortal de Dios al hombre. Vive en los hombres y mujeres que creen en él, le aman y siguen sus pasos. Vive en el Papa y en los Obispos que le representan ante los hombres. Vive en los niños inocentes, él que nunca dejó de ser niño en su relación con su Padre. Él vive para darnos la vida, para recordarnos siempre que nuestro destino es la vida, o mejor, la Vida.

 

Domingo de la SAGRADA FAMILIA 31 de diciembre del año 2000

 Primera: 1Sam 1, 20-22.24-28; segunda: 1Jn 3, 1-2.21-24; Evangelio: Lc 2, 41-52.

NEXO ENTRE LAS LECTURAS

¿Qué otro concepto puede aglutinar los textos de este domingo sino el de la familia? Se habla de la familia de Dios: Dios Padre, el Hijo de Dios, y los hombres hechos hijos de Dios por la fe (segunda lectura, evangelio). En la primera lectura y en el evangelio se mencionan dos familias, entre las que parece darse un cierto paralelismo, con algunas semejanzas y con muchas diferencias. Son la familia de Ana y la de María. A ambas mujeres Dios les concedió un hijo de un modo singular: el profeta Samuel a Ana, Jesús de Nazaret a María.

MENSAJE DOCTRINAL

La familia de Dios. Cuando hablamos de la familia de Dios, no podemos hacerlo sino de modo analógico. En Dios, por ejemplo, no existe la sexualidad, y por eso no hay un padre por un lado y una madre por otro. Tampoco existe en Dios la multiplicidad de naturaleza, consiguientemente una misma y única naturaleza es participada por el Padre y por el Hijo. Con todo, la revelación nos habla de Dios como Padre, de Jesucristo como Hijo natural de Dios y de los cristianos como hijos adoptivos de Dios. Los rasgos más hermosos y plenos del padre y de la madre: su amor generoso, desinteresado, su capacidad de donación, su fecundidad, su dedicación a los hijos, su deseo ardiente de que crezcan sanos y sean felices, éstos y otros rasgos se hallan en Dios de modo eminente. Igualmente brillan en el Hijo de Dios el cariño y la obediencia filial, el agradecimiento, el querer y buscar lo que le agrada al Padre, la intimidad y la absoluta confianza con el Padre. El cristiano es hijo en el Hijo, y por ello, el Padre sólo reconoce como hijos aquellos que han encarnado los mismos rasgos filiales de Jesucristo, su Hijo. San Juan ante esta realidad de la familia divina exclama, como extasiado: "Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!" (Segunda lectura). Y en el evangelio, Jesús, al ser encontrado en el templo después de tres largos días de búsqueda por parte de sus padres, les dice: "¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?". Es importante elevarse hasta la familia de Dios porque, en cierta manera, es el arquetipo de la familia humana.

La familia de Ana y María. ¡Dos familias de las que nos habla la Biblia! Una, la de Ana, pertenece al Antiguo Testamento, la otra, la de María al Nuevo. Ambas familias: Elcaná y Ana, José y María, eran justos a los ojos de Dios. Ana estaba casada y no podía tener hijos por ser estéril, María estaba prometida a José y era virgen. Ana pide a Yahvéh que le conceda un hijo, María le pide que se haga en todo su voluntad. Dios escucha la oración de Ana, haciendo fecundo su seno; Dios cumple su voluntad con María, haciéndola madre sin dejar de ser virgen. Samuel, hijo de Ana, ocupa un puesto relevante en la historia de la salvación; Jesús, hijo de María, ocupa su vértice y su plenitud. Elcaná es el padre natural de Samuel, José es sólo el padre legal de Jesús. Samuel, a los tres años, fue llevado al santuario de Silo, ante Yahvéh y consagrado a él para toda la vida. Jesús fue consagrado a Yahvéh a los cuarenta días de su nacimiento, y vivió treinta años con sus padres en Nazaret. Samuel vivió al servicio de Yahvéh en el santuario; Jesús, a los doce años, se quedó en el templo sin saberlo sus padres, dejó estupefactos a los maestros por su inteligencia y sus respuestas, y a María y José les respondió con una pregunta enigmática: "¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que debía ocuparme de las cosas de mi Padre?" De la relación de Samuel con sus padres el libro sagrado no nos dice nada más; Jesús, sin embargo, vivió en Nazaret con sus padres hasta los treinta años, en actitud de obediencia filial. En los dos casos, se pone en evidencia un elemento común: Tanto en la familia de Ana como en la de María Dios cuenta y se cuenta con Dios. Las condiciones culturales y sociológicas de la familia pueden cambiar enormemente, pero el que Dios cuente y el que se cuente con Dios constituye un aspecto esencial de toda familia, en cualquier condición cultural, política o sociológica.

SUGERENCIAS PASTORALES

Ser y hacer familia. Ante todo, ser familia. Y esto quiere decir un padre, una madre y al menos un hijo, pero si más, mejor. Pongo por delante mi respeto a todo ser humano, en cualquier estado o condición, pero a la vez pienso que hay que ser claros y llamar las cosas por su nombre. Por ello, opino que una mujer sola con un niño, no ES familia, como tampoco, aunque los casos hoy por hoy sean raros, un varón solo con un niño. Opino que dos lesbianas con un niño no SON familia, como tampoco lo son dos homosexuales con un niño. En estos casos, la mayoría de las veces, si no todas, ni Dios cuenta ni se cuenta con Dios.

En segundo lugar, siendo familia, hacer familia. Es decir, construir día tras día, ladrillo tras ladrillo, el edificio familiar. La familia se construye con la colaboración de todos sus miembros, y cumpliendo cada uno sus propias funciones de padre, madre e hijos. Si las funciones o roles se trasponen o tergiversan, no se construye la familia. Por ejemplo, si los padres son los que obedecen los caprichos del hijo o de los hijos, o si los hijos sufren no pocas veces los caprichos de los padres (divorcio, una amante...). El edificio de la familia no se acaba nunca de construir, es una tarea de toda la vida. Es una tarea que exige el sacrificio de unos y otros (esposos, padres, hijos) para hacerse mutuamente todos felices.

¡Salvad la familia! Que la familia está siendo atacada por muchas partes, resulta algo obvio. Que hasta ahora la institución familiar, aunque muchos hayan caído en la batalla, ha resistido bien los ataques, también es verdad. Parece cada vez más claro a politólogos, sociólogos, y a hombres de los medios, que la voz unánime de la Iglesia católica, desde siempre, pero más intensa a partir del siglo XX, de salvar la familia para salvar la sociedad y al hombre, es una voz profética y llena de sabiduría, que hay que escuchar. a punto de finalizar el jubileo de la Encarnación del Verbo, la Iglesia y todos los hombres rectos y justos, tienen que elevar su voz muy alto para gritar: "¡Salvemos la familia!". Hay que salvarla del lenguaje equívoco que por todas partes la acecha. Hay que salvarla de todos los virus que la destruyen: divorcio, infidelidad, mentalidad hedonista, individualismo egoísta. Hay que salvarla promoviendo el sentido de familia, valorando la riqueza humana y espiritual de la familia. Hay que salvarla formando a los jóvenes en el amor, en la responsabilidad, en la entrega y capacidad de donación. Hay que salvarla, ofreciendo diversos modelos de auténtica familia. Nadie se excluya. Cada uno tiene su parte en esta gran tarea de salvar la familia.

 

 

 

Solemnidad de MARÍA, MADRE DE DIOS 1 de enero del año 2001

 Primera: Núm. 6, 22-27; Segunda: Gal 4, 4-7; Evangelio: Lc 2, 16-21

NEXO ENTRE LAS LECTURAS

Hacer memoria, recordar, es propio del pueblo de Israel, de María santísima y del cristiano. El pueblo de Israel hace memoria, en el culto, de las maravillas que Dios ha realizado en él, que se resumen en la bendición y en la paz (primera lectura). María recuerda los acontecimientos que ha vivido en torno al misterio de su maternidad divina (evangelio). La comunidad cristiana hace memoria de Jesús, como un ser enteramente humano (nacido de mujer, nacido bajo la ley), pero al mismo tiempo Hijo de Dios, capaz de liberar al hombre de toda esclavitud (segunda lectura).

MENSAJE DOCTRINAL

Memoria de las "maravillas del Señor". En el pueblo de Israel, caso único, hay una clarísima conciencia de la presencia de Dios en su marcha por los senderos de la historia, muchas veces, para la mente humana, tortuosos y oscuros. Desde Adán todo responde a un designio, a una historia salvífica, y Dios es el artífice y el guía de esa historia. Los israelitas no cesan de admirar, generación tras generación, las obras sorprendentes y grandiosas llevadas a cabo por Dios en bien de su pueblo: las plagas de Egipto, la liberación de la esclavitud egipcia, la revelación del Sinaí y el don del Decálogo, la victoria sobre los diversos enemigos que tienen que afrontar en su camino hacia la tierra prometida, la tierra que mana leche y miel, la presencia viva y consoladora en el templo de Jerusalén, el inesperado retorno del exilio de Babilonia... El lugar por excelencia de la memoria es la liturgia en el santuario primero y luego en el templo de Jerusalén. Antes que nada, la liturgia de las grandes fiestas: Pascua, Pentecostés, Tabernáculos. Luego, la liturgia de cada día y de las fiestas menores, como el inicio del año, los novilunios, o la fiesta de los "purim". La memoria de todos estos grandes acontecimientos se recogía condensadamente, al terminar la liturgia del día, en la bendición de la primera lectura, y se proyectaba como deseo para el futuro. Gracias a la memoria de las maravillas del Señor existe el Antiguo Testamento, y los cristianos conocemos nuestros orígenes y el modo de obrar de Dios en la historia. Los primeros cristianos seguirán recordando las maravillas de Dios en la vida de Jesús y de la primitiva Iglesia, y por ello tenemos el Nuevo Testamento y el grande misterio que da razón de ser de nuestra existencia, de nuestra misión en el mundo y de nuestro destino final.

 Nuestra Señora del recuerdo. En dos ocasiones, que tienen que ver con los misterios de la infancia de Jesús, san Lucas menciona a María haciendo memoria de los acontecimientos vividos. No se trata de un acto aislado, pasajero, sino de una actitud de María, que mantiene a lo largo de su vida terrena. En el Magnificat recuerda la misericordia de Dios, de generación en generación, para los que lo temen. María recuerda, sobre todo, los acontecimientos en los que Ella ha tomado parte: encarnación del Verbo, nacimiento de Jesús, adoración de los pastores y de los Magos, circuncisión del Niño, imposición del nombre, etc. Recuerda los hechos, pero principalmente el misterio inefable que en los hechos se esconde, para entrar en él por medio de la fe y del amor. Evoquemos también la figura de María, en los últimos años de su vida, haciendo memoria de la vida de Jesús en Nazaret, de la vida pública de su hijo, del misterio pascual, de Pentecostés, de los inicios de la Iglesia... María entra en la bodega del recuerdo, no con la nostalgia de experiencias profundas e irrepetibles, sino con el gozo de quien revive esos momentos en el presente, gracias a la profundidad y riqueza del misterio que en ellos se encierra y que a todos interpela. María, la dimensión femenina y maternal de la Iglesia, pone de relieve el papel de la memoria, de la contemplación activa, para que el cristianismo se mantenga fiel a sus orígenes y en ellos encuentre el impulso más genuino a la acción y al apostolado.

SUGERENCIAS PASTORALES

¿Existe una amnesia cristiana? La amnesia, en la vida humana, es uno de los síntomas de edad avanzada, de decrepitud. A mayor número de años, menor capacidad de recuerdo. Este fenómeno humano, ¿se verifica por igual en la sociedad y en las instituciones? Si hay amnesia histórica, ¿es signo de que la sociedad, o una institución ha perdido vitalidad y está envejeciendo? Refiriéndome a la Iglesia, ¿se puede hablar de una amnesia cristiana? Al menos hay ciertos síntomas preocupantes: existen hoy en día bautizados que no conocen lo esencial del catecismo, a veces ni siquiera los diez mandamientos; bautizados que ignoran los grandes hitos de la historia de la salvación, incluso los grandes misterios de la vida de Jesucristo; bautizados que desconocen hasta los momentos más significativos de la historia de la Iglesia, las grandes verdades del dogma y de la moral cristiana... ¿Qué decir en estos casos, sino que la Iglesia ha perdido memoria en no pocos de sus hijos? Para recuperarla, no hay otro camino que crear el gusto del recuerdo, hacer valorar a las jóvenes generaciones el tesoro extraordinario de la tradición cristiana, ayudarles a hacer memoria de ella con la conciencia de que en el pasado están las semillas que florecen en el presente y darán su fruto maduro en el porvenir. No será inútil señalar que el cristiano con amnesia de sus orígenes y de su historia comete un grave pecado de omisión, que le perjudica a él en su identidad cristiana, pero que también hace daño a la comunidad eclesial porque la envejece, en lugar de renovarla y rejuvenecerla.

 Recordar rezando el rosario. Uno de los medios más eficaces que la Iglesia ofrece a la piedad cristiana para recordar es el rezo del santo Rosario. El Rosario se reza en honor y alabanza de María santísima, pero el centro de los misterios que se recuerdan lo ocupan los acontecimientos principales de la vida de Jesucristo. En esta práctica de piedad, que ha caído notablemente en desuso en nuestro tiempo, al culto a María se une el recuerdo de las grandes verdades del misterio cristiano, realizándose de este modo una síntesis muy recomendable entre fe y piedad. En el recuerdo de estos acontecimientos nos acompaña María que los vivió de modo personal, y que ahora nos hace de guía y de modelo. Con ella y como a través de su memoria, recordamos los misterios gozosos, que tienen que ver con la llegada del Mesías entre nosotros, del Enmanuel, y en los que María tomó parte de un modo único y excepcional. Recordamos también los misterios dolorosos, misterios que se refieren a los últimos días de la vida de Jesús entre los hombres, en los que consumó la obra de la Redención muriendo en una cruz, a cuyos pies María compartía su dolor y colaboraba de modo singular en la obra de la Redención. Recordamos, finalmente, los misterios gloriosos, en los que celebramos el triunfo de Jesucristo y, asociado a Él y por obra suya, el triunfo de María santísima, llevada en cuerpo y alma a la gloria celestial. ¿Habrá pasado de moda la práctica del rosario? ¿Cómo rezar el rosario, individualmente o en grupo, para que sea memoria viva de los misterios de nuestra fe, cogidos de la mano maternal de María?

 

Solemnidad de la EPIFANÍA DEL SEÑOR 6 de enero

Primera: Is 60, 1-6; Segunda: Ef 3, 2-3.5; Evangelio: Mt 2, 1-12

NEXO ENTRE LAS LECTURAS

 Jesucristo, desde su nacimiento, es un signo de contradicción para los hombres. Para unos, como los sabios que vienen de Oriente (evangelio) o como para Pablo, proveniente de la diáspora, es epifanía, manifestación fulgurante de su misterio (segunda lectura); epifanía prefigurada en la primera lectura, según la cual todos los pueblos se sentirán atraídos por la luz y la gloria de Jerusalén. Para otros, que viven en Jerusalén, capital del judaísmo, y que detentan la autoridad política (Herodes) o religiosa del pueblo judío (sacerdotes y maestros de la ley), Jesús, el Mesías, no es sino un rival peligroso (para Herodes) o un simple objeto de ciencia sagrada, sobre el que informan con la objetividad del experto (sacerdotes, escribas).

MENSAJE DOCTRINAL

 Actitudes paradigmáticas ante Jesús. Ya desde los comienzos mismos de su vida, y luego en todo el Evangelio, se hallan dos actitudes fundamentales de los hombres hacia Jesús: aceptación o rechazo. María, José, los pastores, los sabios de Oriente o Magos (evangelio de hoy), Simeón y la profetisa Ana aceptan la realidad y el misterio que envuelven a Jesús de Nazaret. El rey Herodes, los sacerdotes y maestros de la ley (evangelio), los betlemitas, toman una postura de rechazo. Desde los comienzos Jesús es una bandera discutida: unos, llenos de gozo, quieren llevarla siempre muy alta; otros, hostiles, quieren abajarla y destruirla. No es el caso, pero es fácil de percibir, que ya en el Antiguo Testamento éstas dos son las actitudes de los hombres ante Dios, que en el Nuevo Testamento son las posturas de los individuos y de los pueblos ante Jesucristo y ante la primitiva Iglesia, y que esas posturas han continuado en la historia hasta el presente. Quiera o no quiera el hombre, lo sepa o no lo sepa, la persona de Jesús tiene que ver con su vida, y no precisamente de un modo puramente accidental. Jesús es el parteaguas de la vida humana y de la historia. La razón está en que todo hombre en el fondo de su conciencia busca un Salvador, y el único verdadero Salvador es Jesucristo. Esta verdad no es un axioma filosófico ni una deducción silogística, sino una amorosa revelación de Dios "a los apóstoles y profetas" y a través de ellos a todos los hombres (segunda lectura). Los hombres pueden equivocarse en la búsqueda del Salvador, pueden incluso pensar y buscar otros salvadores, pero en cualquier caso a quien buscan, el blanco hacia el que dirigen la flecha de su corazón es Jesús de Nazaret, el Redentor del mundo.

 De las actitudes a los hechos. Las actitudes conducen lógicamente a la acción. Los Magos descubren en el firmamento la estrella del Mesías, se ponen diligentemente en camino, vencen no pocas dificultades, y, ante el niño Jesús, se postran, le adoran y le ofrecen sus regalos: oro, incienso y mirra. Son hechos concretos con los que manifiestan su alegre aceptación. Ellos son los representantes de los pueblos gentiles, prefigurados en la primera lectura, tomada de Isaías: "A tu luz caminarán los pueblos, y los reyes al resplandor de tu aurora". Herodes se sobresalta, indaga, disimula sus intenciones, trama la muerte de ese niño. Los sumos sacerdotes y escribas, por su parte, muestran su conocimiento de la Escritura, limitándose simplemente a informar. A lo largo de la vida de Jesús y en los veintiún siglos de cristianismo, ¡cuántos millones de acciones a favor y en contra de Jesús, de rechazo y de aceptación! Ésta es una clave de valor extraordinario para leer y entender la historia de Occidente, pero también de Oriente: la historia universal. Los grandes derrocamientos y caída de los imperios, los grandes fenómenos de cambio de paradigma político, cultural o social, con todas las consecuencias que conlleva, los grandes movimientos ideológicos, ¿no reciben su luz más potente del "evento Cristo", rechazado por unos, aceptado por otros? Todos, pero especialmente los historiadores, debemos reflexionar sobre esta clave histórica.

SUGERENCIAS PASTORALES

¡Atentos a los signos de Dios! Los Magos vieron una estrella nueva en el firmamento, y ésta suscitó su interés y su búsqueda. Fue un signo que Dios les envió y no lo dejaron pasar sin más, sino que descifraron su sentido y se pusieron en marcha. En efecto, el año 7 a.C. se efectuó la conjunción de Júpiter y Saturno en la constelación Piscis. Júpiter representaba la soberanía universal, Saturno era la estrella del pueblo judío, y Piscis significaba el fin de los tiempos. Conclusión: en Judea ha nacido el rey universal, en la plenitud de los tiempos. ¡Atención, reflexión, acción! Hemos de estar atentos porque Dios va sembrando, día tras día, no pocos signos de su presencia y de su amor eficaz, en la pequeña realidad de nuestra vida y en los diversos acontecimientos de la historia local, nacional o internacional. Hemos de reflexionar porque se trata de signos, no de evidencias, y porque los signos por su misma naturaleza remiten a otra realidad más allá de ellos mismos. Una vez interpretado correctamente el signo, hemos de pasar, de la atención y de la reflexión a la acción, para que el signo de Dios fructifique en la tierra de los hechos concretos. Dios sigue hoy hablando al hombre con palabras y con acciones, quizás lo que suceda es que los hombres no estamos preparados para descifrar su lenguaje. Los mártires del siglo XX, ¿no son un signo de Dios? Dos millones de jóvenes reunidos en Roma para la Jornada Mundial y el Jubileo de la Juventud, ¿no es acaso una palabra significativa que Dios nos dirige? ¿Y los Movimientos eclesiales? ¿Y el renacer del espíritu religioso y del ansia de trascendencia?...

Un mundo con algo que ofrecer a Dios. Cada año los cristianos celebramos la Navidad, la Epifanía. Dios se nos da, pequeño e impotente, sobre un pesebre o en manos de su Madre, María. Se nos da como Salvador, como Amor, como camino de vida, a todos sin excepción. ¿Qué ofrece, en cambio, el mundo al Salvador? ¿Qué le ofrecemos nosotros, cada uno de nosotros? ¿Tiene el mundo un poco más de paz que ofrecer a quien es llamado el "príncipe de la paz"? ¿Tiene el mundo algo más de solidaridad para con los más necesitados, sean individuos o naciones, para ofrecer a quien quiso hacerse en todo solidario con los hombres, menos en el pecado? ¿Ofrece el mundo más pan a los que tienen hambre, más medicinas a los que están enfermos, más ayuda para la educación a quienes no tienen posibilidades, sabiendo que "cuando lo hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeños conmigo lo hicisteis"? ¿Cuenta el mundo con más verdad, más honestidad, con más justicia para quien es la Verdad, para quien es el Justo por excelencia? El mundo, cada nuevo año, puede ofrecer muchas cosas buenas a Dios. Cada uno de nosotros es parte de ese mundo, y puede y debe contribuir para ofrecer "algo" a Dios. ¿Con qué piensas contribuir este primer año del tercer milenio?

 

  

Segundo Domingo DESPUÉS DE NAVIDAD

Primera: Sir 24, 1-4.12-16; Segunda: Ef 1, 3-6.15-18; Evangelio: En 1, 1-18

NEXO ENTRE LAS LECTURAS

 La Palabra encarnada, Jesucristo, es un don del Padre. En esta frase intento resumir el sentido de la liturgia de este segundo domingo después de Navidad. El Padre nos ha bendecido con toda clase de bienes espirituales, entre los que sobresale el don mesiánico, por medio de Cristo (segunda lectura). En la historia de las bendiciones divinas, que corresponde con la historia del hombre, Dios se ha dado como don de Sabiduría, primeramente al pueblo de Israel (primera lectura) y luego al pueblo cristiano, ya que Jesucristo es Sabiduría de Dios, el único que ha visto a Dios y que nos lo puede revelar (evangelio). En esa misma larga historia, Dios se nos ha dado como Palabra eterna, que ha tomado carne mortal en Jesús de Nazaret (evangelio).

MENSAJE DOCTRINAL

Don para Israel, don para el mundo. Nada hay más extraordinario que el hecho de que Dios haya querido ser don para el hombre. No se trata de darle cosas, objetos materiales. Eso ya sería grande, pero se queda chico ante la maravilla de un Dios, don de sí mismo. En la historia de las relaciones de Dios con el hombre, primeramente es un don que se encarna bajo la forma de sabiduría. Es una sabiduría divina, la que hallamos en la primera lectura. Preexistía cerca de Dios y ha salido de su boca, y a la vez ha puesto su tienda en Jerusalén y tiene su lugar de reposo en Israel. Es decir, en medio de la sabiduría humana, tan extraordinaria, de los pueblos circunvecinos, como Mesopotamia y Egipto, Israel goza de una sabiduría superior, por la que Dios le revela sus designios y proyectos y le manifiesta el sentido de las cosas y de la historia. Con el paso de los siglos, al llegar el momento culminante de toda la historia, se verifica un cambio singular: Dios no se da sólo como don espiritual (sabiduría), sino personal (encarnación del Verbo, de la Palabra de Dios). Ningún signo de admiración es capaz de expresar este don excepcional. Que Dios rasgue el misterio de su trascendencia, entre en la historia y se nos dé en una creatura humana recién nacida, ¿quién lo podrá comprender? (Evangelio). No bastará la eternidad para sorprendernos ante este gran misterio. No es una "necesidad" de Dios; no se siente obligado por nadie; no le perfecciona en su divinidad. Sólo el amor lo explica, el amor que es difusivo y generoso. Además no sólo es un don personal, es también un don universal, mundial. "Luz para todas las naciones". Mientras exista la historia, Dios será un don para todos, sin distinción alguna. Los hombres podrán decir: "No lo quiero", "No lo necesito", pero jamás podrán pronunciar con sus labios: "Estoy excluido", "No es para mí". Jesucristo es el don del Padre para toda la humanidad.

 Un don en plenitud. Son hermosas las imágenes que utiliza el Sirácida para comunicarnos esa plenitud: la sabiduría, recurriendo a imágenes vegetales, dice de sí misma que es como un cedro del Líbano, como palmera de Engadí, como un rosal de Jericó o un frondoso terebinto. También echa mano de imágenes aromáticas para describir, con distintos lenguajes, la misma plenitud: el aroma del laurel indiano (cinamomo), el perfume del bálsamo o de la mirra, el olor penetrante del gálbano, ónice y el estacte; sobre todo, el incienso que humea en el templo, y en cuya composición entran todos los aromas aquí mencionados. La belleza y elegancia de los árboles, la frescura y colorido del rosal, la intensidad de los perfumes se aúnan para subrayar la plenitud del don divino de la sabiduría. El evangelio es más sobrio en imágenes, pero más rico en significado. Habla de la "gloria del Hijo único del Padre, LLENO de gracia y de verdad" y, poco después, "de su PLENITUD todos hemos recibido gracia sobre gracia". Y el himno de la carta a los efesios, ¿no se refiere a la plenitud del hombre cuando dice que "Dios nos ha destinado a ser adoptados como hijos suyos por medio de Jesucristo"? La grandeza y plenitud del don nos remiten a la grandeza y plenitud del Donante. ¡Nobleza obliga a agradecer!

SUGERENCIAS PASTORALES

Un don venido de lejos. No son los astros distantes los que, después de muchos años o siglos, nos regalan sus rayos de luz; no es la tierra la que, en rincones tan diversos y lejanos, ofrece al hombre la prodigalidad de sus minerales o de sus frutos vegetales; no es el hombre quien nos dona su creatividad, su trabajo, su genio. Todas estas realidades pertenecen al mundo creado. El Don nos viene del mundo y de la distancia increados, del más allá de toda creatura, del Dios trascendente. Jesucristo, el Don de Dios, viene de lejos, pero se introduce en el corazón de los acontecimientos y del ser humano hasta el punto de ser uno más entre los hombres. Aquí radica nuestra perplejidad. Lo vemos tan igual a nosotros, que se nos puede ocurrir pensar que no viene desde el mundo de Dios. En brazos de su Madre nada hay que lo muestre divino. Y desgraciadamente en no pocas ocasiones los hombres, del hecho de no aparecer como Dios, concluimos que ni puede serlo ni lo es. Diremos que es un gran personaje de la historia, que su personalidad es enormemente seductora, que su moral es de una altura y nobleza grandiosas, que su capacidad de arrastre es imponente, que es una paradoja viviente al ser el más amado y el más odiado de los nacidos de mujer... Pero en nuestro razonamiento no podemos llegar a la afirmación fundamental: "Es un Don de Dios, venido del mismo mundo de Dios". Al venir al mundo y hacerse hombre, ha venido a quedarse con nosotros; a la vez, estando con nosotros, pero proviniendo del mundo de Dios, ha venido a llevarnos con Él al mundo lejano del cual ha salido, el mundo desconocido, pero que es nuestra patria verdadera y definitiva. ¿Aceptamos con fe y con amor este Don cercano, como lo es un niño, pero trascendente, como el mismo Dios?

 Testigos del don divino. Juan, el Bautista, es llamado en el evangelio "testigo de la luz, a fin de que todos crean por él". Testigo, Juan, de esa luz, de esa sabiduría divina que es Jesucristo. Siguiendo al Bautista, todos en cierta manera estamos llamados a ser testigos del don divino, Jesucristo. El mundo creerá si aumentan los testigos de Cristo. Y si la fe disminuye en nuestro país, ¿no será porque han disminuido los testigos? Los maestros pueden aclarar la verdad del Don divino, mas los testigos hacen la verdad, y haciéndola la acreditan y garantizan. Cristo, Don de Dios para el hombre, necesita de testigos. Niños, testigos de Cristo para los niños y para los mayores; jóvenes, testigos de Cristo para los jóvenes y los no tan jóvenes; adultos, testigos de Cristo para los adultos, y para los niños y jóvenes. Testigos convencidos y audaces, al estilo del Papa Juan Pablo II. Cristo necesita padres de familia que no tengan miedo de entregar la antorcha de su testimonio cristiano a sus hijos; educadores que sean testigos de Cristo para sus alumnos; párrocos que testimonien con su vida santa el Don de Cristo a todos sus feligreses. ¿Soy un auténtico testigo de Jesucristo? ¿Qué hago ya y qué más puedo hacer para que mi testimonio sea creíble y Dios lo haga eficaz?

 

 

Bautismo de JESÚS

Primera: Is 40, 1-5.9-11; Segunda: Tit 2, 11-14; 3, 4-7; Evangelio: Lc 3, 15-16.21-22

NEXO ENTRE LAS LECTURAS

 Sin que aparezca la palabra novedad, nuevo en los textos litúrgicos, todos ellos se refieren, en cierta manera, a la novedad de la acción de Dios en la historia. Es nuevo el lenguaje de Dios en Isaías: "ha terminado la esclavitud..., que todo valle sea elevado y todo monte y cerro rebajado..., ahí viene el Señor Yahvéh con poder y su brazo lo sojuzga todo". Es absolutamente nuevo que Jesús sea bautizado por Juan, que el cielo se abra, que el Espíritu descienda en forma de paloma, que se oiga una voz del cielo: "Tú eres mi hijo predilecto". Es nueva la realidad del hombre que ha recibido el bautismo: "un baño de regeneración y de renovación del Espíritu Santo, que derramó sobre nosotros con largueza por medio de Jesucristo nuestro Señor".

  

MENSAJE DOCTRINAL

 La novedad viene de Dios. El hombre, desde los mismos inicios, lleva en sí el deterioro y la vieja carne del pecado. En ella está inmerso, como en un pozo profundo, del que es imposible salir por sí mismo. Como se trata de una realidad común a toda la humanidad, tampoco nadie, por su propio valer y querer, puede ayudar a otros a salir. Esta es la triste condición humana. El hombre puede gritar, desesperarse, blasfemar; o puede sentir el peso de la culpa, pedir perdón y ayuda, esperar. Lo que está claro es que sólo Dios puede echarle una mano; sólo Dios puede cambiar su vieja carne en pura novedad de gracia y misericordia. Está igualmente claro que Dios quiere echar una mano y actuar en favor del hombre, porque "ha sido creado a imagen y semejanza suya". La liturgia presenta tres momentos históricos de la intervención de Dios: primero interviene para liberar al pueblo israelita de la esclavitud de Babilonia (primera lectura), luego para revelar al mundo la filiación divina de Jesús (evangelio), finalmente para manifestar a los hombres la nueva situación creada en quienes han recibido el bautismo (segunda lectura). La consecuencia es lógica: Si Dios ha intervenido en el pasado con una irrupción de vida y esperanza nuevas, Dios interviene en el presente e intervendrá en el futuro, porque el nombre más propio de Dios es la fidelidad.

 La novedad es invisible. La novedad que Dios infunde en el corazón de los hombres incide y repercute en la historia, pero en sí es invisible, interior, netamente espiritual. Primero hace nuevo el corazón, luego desde el corazón del hombre y con la ayuda del hombre, trasmuta también la realidad histórica. En los exiliados de Babilonia primero creó la añoranza de Sión, el deseo y la decisión del retorno, luego dispuso los hilos de la historia para que tal deseo y decisión llegase a cumplimiento. En el caso de Jesús, la teofanía del bautismo nos hace descubrir una novedad inicial, que se irá desplegando a lo largo de toda su vida pública y sobre todo en el misterio de su muerte y resurrección. La novedad del bautizado sólo se irá percibiendo con el tiempo, en la medida en que exista una coherencia vital entre la novedad infundida por Dios y la existencia concreta y diaria del cristiano. Para quienes juzgamos desde fuera, no pocas veces resulta difícil desvelar la relación entre la novedad interior y sus manifestaciones históricas en la vida ordinaria de cada ser humano. Por eso, ¡cuán difícil es juzgar sobre la vida verdadera, la interior, de los hombres, y con cuánta facilidad nos podemos equivocar!

 La novedad es eficaz. Si viene de Dios, no puede ser de otro modo. La acción de Dios se lleva a cabo, si el hombre no la obstaculiza. La teofanía que nos narra el evangelio supuso el que Jesús, Hijo de Dios, fuese bautizado por un hombre, Juan; sin esta acción de Jesús, tal teofanía no hubiese tenido lugar. La regeneración y renovación interior del hombre están aseguradas, "si el hombre renuncia a la impiedad y a las pasiones mundanas" (segunda lectura), que como tales impiden cualquier acción del Espíritu de Dios. Por otra parte, hemos de admitir que la eficacia de Dios no es manipulable a nuestro antojo y arbitrio. Dios muestra su eficacia cuando quiere y como quiere. No son los exiliados en Babilonia los que ponen a Dios los plazos y modos de actuar para librarlos de la esclavitud; es Dios quien los determina y los realiza.

 

SUGERENCIAS PASTORALES

 Bautismo, epifanía de Dios. En el evangelio el bautismo de Jesús es una epifanía. Eso mismo debe ser el bautismo del cristiano: una epifanía de lo que Dios es y de lo que Dios hace en el hombre. El bautizado, podríamos decir, es un hombre en quien se manifiesta el Dios trinitario, en virtud de la relación personal que mantiene con cada una de las personas divinas. Como hijo del Padre vive una verdadera relación filial, sobretodo en la oración y adoración. Como redimido por el Hijo y sumergido en su misma vida, entabla con él una relación principalmente de seguimiento e imitación. Como templo del Espíritu Santo, vive con la conciencia de una relación sagrada, santificante, vivificadora de su existir cotidiano, modeladora de su vida familiar, profesional y social. El bautizado es al mismo tiempo epifanía de la acción de Dios en el hombre: una acción purificadora, que manifiesta el perdón de Dios; una acción transformante, que pone de relieve el poder de Dios; una acción unificadora de las energías y capacidades del cristiano, que subraya el misterio unitario de Dios; una acción vivificante, que revela, por medio del hombre, la extraordinaria vida de Dios uno y trino... Es importante que la predicación y catequesis tengan muy en cuenta y desarrollen y expliquen estos aspectos espirituales y pastorales del sacramento del bautismo. Así el bautismo no será el sacramento de la "inconsciencia", sino el sacramento de la epifanía diaria de Dios en la vida, en la fe y en el obrar del bautizado.

 Bautizados para siempre. En el catecismo se dice que el bautismo imprime carácter, es decir, el bautismo se recibe una sola vez y para toda la vida. ¿Qué pasa, entonces, cuando no se vive como cristiano? ¿cuando se reniega de la propia fe? ¿cuando se cambia de religión y credo? La huella de la impresión bautismal queda. Una huella que es memoria, y es invitación: "Recuerda que eres un bautizado", "Sé lo que eres, vive lo que eres". Eres libre, pero la huella divina te indica el verdadero camino para tu libertad, lejos de los espejismos engañosos. ¿Y qué pasa con el bautizado que quiere vivir como bautizado? Tiene que ratificar cada día con la vida la huella divina, que lleva impresa. Tiene que testimoniar decididamente y con valentía la transformación que Dios ha operado en su ser por el bautismo. Tiene que ser un bautizado que viva consciente de su bautismo día tras día, por siempre.

  

Segundo Domingo del TIEMPO ORDINARIO 21 de enero del año 2001

 Primera: Is 62, 1-5; Segunda: 1Cor 12, 4-11; Evangelio: Jn 2, 1-12

 

NEXO ENTRE LAS LECTURAS

 La imagen de las bodas ocupa un puesto central en la liturgia de hoy. En el evangelio se habla de las bodas de Caná, pero sobre todo se insinúa a Jesús como esposo. Jerusalén ya no será llamada "Abandonada" ni "Devastada", sino que será llamada "Desposada" y su tierra tendrá un esposo (primera lectura). La comunidad cristiana, esposa de Cristo, goza de la diversidad de carismas que el único y mismo Espíritu derrama sobre ella para ponerlos al servicio de todos, y que constituyen las arras de Cristo-esposo (segunda lectura).

  

MENSAJE DOCTRINAL

 La prefiguración esponsal del Mesías. En el Antiguo Testamento se menciona con frecuencia la figura del esposo para hablar de las relaciones de Yahvéh con su pueblo Israel. Dios, en cuanto esposo, se muestra por un lado celoso de su pueblo; celo que se manifiesta como castigo cuando la esposa no corresponde; un castigo purificador y que invita a volver al amor primero. Por otro lado, Dios se revela como un esposo fiel, que mantiene su palabra de alianza, de indisolubilidad y de lealtad a pesar de todo. Finalmente, es un esposo que rebosa de gozo al estar con su pueblo y acompañarlo en sus vicisitudes. Porque Yahvéh es celoso, Jerusalén fue abandonada por Él y devastada por sus enemigos; porque es fiel, volverá a ser llamada desposada. Porque es un esposo gozoso, infunde y derrama ese mismo gozo en todo Israel, como un don precioso y magnífico para la esposa. La figura esponsal de Yahvéh, con las tres características indicadas, prepara la revelación de Jesús como esposo de la Iglesia en el Nuevo Testamento.

 Ha llegado la era mesiánica. En el Nuevo Testamento el mesías aparece bajo la figura del esposo. En el texto de las bodas de Caná Jesús es insinuado como esposo en las palabras del maestresala al recién casado: "Todos sirven primero el vino bueno y cuando ya están bebidos, el inferior. Pero tú has guardado el vino nuevo hasta ahora". En realidad, el "tú" se refiere no tanto al esposo, cuanto a Jesús. Este texto es importante, dado el carácter programático que posee en la estructura del cuarto evangelio. ¿Hay algo característico en esta figura de Jesús esposo? 1) Ciertamente, el poder de cambiar el agua en vino que alude al incipiente gozo y plenitud de gracia del Reino de Dios. El agua del Antiguo Testamento, del mesías esperado, se convierte en vino del Nuevo Testamento, del mesías llegado. 2) La abundancia mesiánica. Jesús no convierte en vino unos pocos litros de agua, sino una gran cantidad (240 litros). La sobreabundancia y generosidad de Jesús al inicio de su vida pública caracterizará el resto de su existencia terrena y la vida misma del cristianismo, del que constituirá un elemento estructurante. 3) El mesías esposo manifiesta su gloria a sus discípulos, que creyeron en él. La gloria del esposo es precisamente entregarse en plenitud a la esposa y de esta manera iniciar una nueva era de relaciones de Dios con la humanidad: la era cristiana.

 Las arras del mesías-esposo. Las arras son el símbolo de la alianza entre los esposos. Las arras que Jesús-esposo ofrece a la Iglesia-esposa son los carismas, que otorga mediante su Espíritu. Todos y cada uno de los carismas se los entrega Cristo a su Iglesia para que pueda realizar su vocación esponsal. El Espíritu distribuye estos carismas con gran libertad, pero a la vez endereza todos ellos a la utilidad común de toda la Iglesia. Con ellos, la Iglesia puede garantizar su fidelidad a la alianza esponsal con Cristo. A mayor abundancia de carismas en la Iglesia, mayor posibilidad de realizar con perfección su vocación esponsal y su misión de sacramento universal de salvación entre los hombres.

 

SUGERENCIAS PASTORALES

 La generosidad, virtud cristiana. Dar y darse, entregar y entregarse, donación, generosidad... son palabras frecuentes en el vocabulario de los cristianos. Las escuchamos no pocas veces en las homilías, en la catequesis, en la conversación cotidiana. Gracias a Dios, no son sólo palabras, sino una verdadera realidad en la Iglesia. Está la generosidad en dar parte de los bienes propios. No cabe duda que los cristianos de los países ricos entregan notables cantidades de dinero y otros bienes económicos a los cristianos y no cristianos de los países pobres, o que sufren el flagelo de la guerra o de las calamidades naturales. Es inmenso el bien que hace Caritas internacional, Adveniat, Kirche in Not, Missio, Los Caballeros de Malta, los Caballeros de Colón, y tantas otras instituciones benéficas de carácter nacional o internacional. Está la generosidad del darse a sí mismo. ¡Cuántos misioneros y misioneras, cuántas voluntarias y voluntarios, que entregan su vida, fuera de su patria, en países lejanos, en medio de grandes dificultades, con peligro incluso de acabar la vida acribillado de balas o bajo el filo del machete! Todos ellos han marchado a sus destinos dispuestos a perder la vida, si es necesario, para ganarla de nuevo en Cristo. Está la generosidad interior, la generosidad del corazón para con Dios, para con el vecino, para con el hijo enfermo de Sida o drogadicto, para con el marido en estado terminal, para con la madre anciana y que ya no puede valerse por sí misma. Tantas personas que quizá no dan dinero o dan poco, porque no tienen, ni tampoco se van de misioneras o voluntarias a otros países, pero que se dan a sí mismas, su cariño, su paciencia, su disponibilidad, su tiempo, su virtud, su ciencia...

 La nueva era cumple dos mil años. En estos dos últimos decenios se ha hablado mucho de nueva era (New Age). Es un movimiento cultural y religioso reciente, que se opone como alternativa al cristianismo. Según él, el cristianismo ha cumplido su ciclo vital, escrito en el zodíaco, y está ya a las puertas el nuevo ciclo, el ciclo del acuario que instaurará una nueva era en la historia de la humanidad. Es un movimiento confuso y difuso, sin estructura y sin fuste, pero, que como la neblina, penetra todos los espacios: arte, medios de comunicación, cine, religión, instituciones, etc. Es un nuevo mesianismo con ribetes de científico y espiritual al mismo tiempo. Ante tal situación, someramente descrita, es necesario afirmar que mesías hay uno solo, y que ese mesías esperado por el pueblo de Israel y por las naciones ya llegó hace dos mil años con la encarnación del Verbo en Jesús de Nazaret. Que la nueva era comenzó con Jesucristo Mesías y que, después de dos mil años, sigue siendo absolutamente nueva, porque no es obra tanto de los hombres cuanto del mismo Dios. ¡Atentos a la moda de la nueva era y a la nueva era de moda!

 

 

 

 

Tercer Domingo del TIEMPO ORDINARIO 28 de enero del año 2001

 Primera: Neh 8, 2-4a.5-6.8-10; Segunda: 1Cor 12, 12-31a; Evangelio: Lc 1, 1-4; 4, 14-21

 

NEXO ENTRE LAS LECTURAS

 Tanto la primera lectura como el evangelio hablan del libro de la Escritura. Esdras, en la primera lectura, lee el libro de la Ley ante todo el pueblo, "aclarando e interpretando el sentido, para que comprendieran la lectura". En la sinagoga de Nazaret, Jesús se levanta, un día de sábado, para hacer la lectura del volumen del profeta Isaías, que le fue entregado por el sacristán de la sinagoga (evangelio). Para dar vida a la Escritura y hacerla real, Dios puso en la Iglesia los apóstoles, los profetas, los maestros, el don de lenguas, el don de interpretación..., de modo que la Palabra de Dios sea viva, vivifique y permanezca para siempre.

  

MENSAJE DOCTRINAL

 La Escritura, libro del judaísmo. Se puede decir que el judaísmo, el cristianismo y el islamismo son en cierta manera las religiones del Libro. Los judíos tienen la Torah (Revelación de Dios en el AT), los cristianos el Evangelio (Antiguo y Nuevo Testamento), los musulmanes el Corán. Para un pío judío del tiempo de Jesús dos eran sus puntos fundamentales de referencia religiosa: el templo y la Torah. En ambos está presente Yahvéh con su benevolencia y su amor. En ambos dialoga con el hombre como un amigo con sus amigos, como se ve en la primera lectura en que el pueblo entero hizo un gran festejo "porque había comprendido las palabras que les habían enseñado". Ambos son camino de salvación no sólo para los judíos, sino para todas las naciones. En el templo estaba permanentemente encendido el candelabro de los siete brazos para señalar la providencia de Yahvéh sobre su pueblo. Cada día, cuando el judío oraba, cubría su frente y sus brazos con filacterias para tener siempre presente algunos textos fundamentales de la Torah: Ex 13, 1-10 (ley de la Pascua); Ex 13, 11-16 (consagración de los primogénitos); Deut 6, 4-9 (amor a Dios sobre todas las cosas); Deut 11, 13-21 (cumplimiento de los mandamientos). Cuando en el año 70 d.C. fue destruido el templo de Jerusalén, el pueblo judío se quedó únicamente con la Torah como punto de referencia religiosa y como centro de unificación y de identidad de los judíos dispersos. La Escritura es libro del judaísmo, porque es Palabra de Dios, y porque es el código fundamental de su identidad religiosa y cultural.

 Jesús, el libro y el cristiano. Jesús, como buen judío, escuchó y leyó la Torah, escrita y oral, en múltiples ocasiones y celebraciones religiosas. Estaba familiarizado con ella, porque en ella se había educado durante treinta años y en ella se veía reflejado, en virtud de la conciencia que tenía de sí mi