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Caminando con Jesus Pedro Sergio Antonio Donoso Brant COMENTARIOS
Y NEXOS ENTRE LAS LECTURAS DEL CICLO C LOS COMENTARIOS SON DE P. ANTONIO IZQUIERDO L.C. Y ESTAN PROPORCIONADOS POR LA CONGREGACION PARA EL CLERUS DE LA SANTA SEDE A TRAVES DE CLERUS.ORG
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INDICE PRIMER DOMINGO DE ADVIENTO SEGUNDO DOMINGO DE ADVIENTO TERCER DOMINGO DE ADVIENTO CUARTO DOMINGO DE ADVIENTO MISA EN LA NOCHE DE NAVIDAD 24 MISA DE NAVIDAD 25 DOMINGO DE LA SAGRADA FAMILIA SOLEMNIDAD DE MARÍA, MADRE DE DIOS SOLEMNIDAD DE LA EPIFANÍA DEL SEÑOR 6 DE
ENERO SEGUNDO DOMINGO DESPUÉS DE NAVIDAD BAUTISMO DE JESÚS SEGUNDO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO TERCER DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO CUARTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO QUINTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO SEXTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO SÉPTIMO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO MIÉRCOLES DE CENIZA PRIMER DOMINGO DE CUARESMA SEGUNDO DOMINGO DE CUARESMA TERCER DOMINGO DE CUARESMA CUARTO DOMINGO DE CUARESMA QUINTO DOMINGO DE CUARESMA DOMINGO DE RAMOS JUEVES SANTO VIGILIA PASCUAL DOMINGO DE RESURRECCIÓN SEGUNDO DOMINGO DE PASCUA TERCER DOMINGO DE PASCUA CUARTO DOMINGO DE PASCUA DOMINGO V DE PASCUA DOMINGO SEXTO DE PASCUA SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD SOLEMNIDAD DEL CORPUS DOMINI DOMINGO DOCE DEL TIEMPO ORDINARIO DOMINGO TRECE DEL TIEMPO ORDINARIO DOMINGO DÉCIMO QUINTO DEL TIEMPO
ORDINARIO DOMINGO DÉCIMO SEXTO DEL TIEMPO ORDINARIO DOMINGO DÉCIMO SÉPTIMO DEL TIEMPO
ORDINARIO DOMINGO DÉCIMO OCTAVO DEL TIEMPO
ORDINARIO DOMINGO DÉCIMO NOVENO DEL TIEMPO
ORDINARIO SOLEMNIDAD DE LA ASUNCIÓN 15 DE AGOSTO DOMINGO DÉCIMO VIGÉSIMO DEL TIEMPO
ORDINARIO DOMINGO VIGÉSIMO PRIMERO DEL TIEMPO
ORDINARIO DOMINGO VIGÉSIMO SEGUNDO DEL TIEMPO
ORDINARIO DOMINGO VIGÉSIMO TERCERO DEL TIEMPO
ORDINARIO DOMINGO VIGÉSIMO CUARO DEL TIEMPO
ORDINARIO DOMINGO VIGÉSIMO QUINTO DEL TIEMPO
ORDINARIO DOMINGO VIGÉSIMO SEXTO DEL TIEMPO
ORDINARIO DOMINGO VIGÉSIMO SÉPTIMO DEL TIEMPO
ORDINARIO DOMINGO VIGÉSIMO OCTAVO DEL TIEMPO
ORDINARIO DOMINGO VIGÉSIMO NOVENO
DEL TIEMPO ORDINARIO DOMINGO TRIGÉSIMO DEL
TIEMPO ORDINARIO DIA DE TODOS
LOS FIELES DIFUNTOS DOMINGO TRIGÉSIMO
PRIMERO DEL TIEMPO ORDINARIO DOMINGO TRIGÉSIMO
SEGUNDO DEL TIEMPO ORDINARIO DOMINGO TRIGÉSIMO TERCER
DEL TIEMPO ORDINARIO SOLEMNIDAD
DE JESU CRISTO, REY DEL UNIVERSO PRIMER DOMINGO DE ADVIENTO Primera: Jer 33, 14-16; segunda: 1Tes 3,12 - 4,2 Evangelio: Lc 21,
25-28.34-36 NEXO ENTRE LAS LECTURAS La venida del Señor está presente en los textos de la actual liturgia;
mediante esta expresión la liturgia quiere mostrarnos el sentido cristiano
del tiempo y de la historia. Vienen días, se nos dice en la primera lectura,
en que haré brotar para David un Germen justo. Jesús, en el discurso
escatológico de san Lucas, dice que los hombres verán venir al Hijo del
hombre en una nube con gran poder y gloria. En la primera carta a los Tesalonicenses san Pablo les exhorta a estar
preparados para la Venida de nuestro Señor Jesucristo, con todos sus santos. MENSAJE DOCTRINAL Memoria y profecía. En estas dos palabras se sintetiza toda la
concepción cristiana del tiempo. Cuando habla del tiempo, el cristiano piensa
en el tiempo presente con sus vicisitudes y circunstancias. Es el presente
del tiempo de Jeremías (año Fisonomía del que viene. ¿Quién es el que viene? Ante todo, es un
Retoño, un Germen justo. Es decir, un descendiente del tronco de David, que
practicará el derecho y la justicia (virtudes propias de un buen rey). En una
lectura cristiana, ese Germen es Jesucristo que ha venido al mundo para traer
la justicia de Dios, es decir, la salvación por medio del amor (primera
lectura). El que viene es el Hijo del hombre en una nube con gran poder y
gloria. Es una persona, por tanto, que habita en el mundo de Dios y que
participa de su poder y de su gloria. El que viene en Navidad y el que vendrá
en el juicio final es el Verbo encarnado en el seno de María (evangelio). El
que viene es nuestro Señor Jesucristo, es decir, Cristo glorioso, vencedor de
la muerte y del pecado, que vive en la eternidad pero que se hace presente en
el tiempo histórico (segunda lectura). Actitud del cristiano. El evangelio nos indica dos actitudes: estar en
vela y orar. La vigilancia es muy oportuna para que cuando llegue el Verbo a
nosotros en la carne de un niño, sepamos aceptar y vivir el misterio. La
oración más oportuna y necesaria todavía, porque sólo mediante la oración se
abre a la mente y al corazón humano el misterio de las acciones de Dios. Por
su parte, san Pablo señala a los tesalonicenses otras dos actitudes: Crecer y
abundar en el amor de unos con otros, y en el amor para con todos;
comportarse de modo que se agrade a Dios. ¿Qué mejor manera de prepararse a
la venida del Amor sino mediante el crecimiento en el amor? Jesucristo en su
vida terrena no buscó otra cosa sino hacer lo que es del agrado de su Padre,
por eso, una manera estupenda de prepararse para la Navidad es buscando
agradar a Dios en todo. SUGERENCIAS PASTORALES El sentido del tiempo. Para nosotros, los cristianos, no hay sentido
del tiempo sino en Jesucristo. El es el centro de la historia y de los
corazones. La historia tiene en él su punto de partida (Cristo es el alfa) y
su punto de llegada (Cristo es la omega). El tiempo y la historia culminan en
él, alcanzan en él su plenitud absoluta y su sentido supremo. Sin Jesucristo
el tiempo y la historia son sólo un puro accidente. Con Cristo, son un
designio de Dios, una historia de salvación, un yunque en el cual forjar
nuestra decisión en la libertad y responsabilidad. Para nosotros el tiempo no
es una simple sucesión de segundos, minutos y horas; una cadena de días meses
y años; una sucesión y una cadena sin rumbo fijo, a la deriva de fuerzas
impersonales dominadoras que llevan al caos. Para nosotros, el tiempo con sus
siglos y milenios es una historia, dirigida y timoneada por Dios; para
nosotros, el tiempo tiene un principio de unidad y armonía, de coherencia y
cohesión, no en los imperios o en las ideologías, tan caducos como los mismos
hombres, sino en Jesucristo, que es de ayer, de hoy y de siempre. Nuestra
vida diaria con sus tópicos, su monotonía, sus mismas vulgaridades, forma
parte de un proyecto divino, es una tesela dentro del gran mosaico de la
historia de la salvación planeada por Dios. En el sentido del tiempo está
incluido inseparablemente el sentido de mi tiempo. ¿No da esta realidad de
nuestra fe un gran valor a la vida de cada cristiano, a tu vida? Crecer y abundar en el amor. San Juan de la Cruz concluía una de sus
poesías: “Que sólo en el amor es mi destino”. La venida primera de Cristo en
la Navidad es una venida de amor, y es igualmente venida de amor su retorno
al final de los siglos, su parusía. Entre el amor de Cristo que viene y que
vendrá se intercala la vida humana que, como en una sinfonía, desarrollará el
tema del amor con el que comienza y concluye la pieza musical. Crecer resalta
el aspecto dinámico del amor: crecer en el amor a Dios Padre, Hijo y Espíritu
Santo; en el amor a María y a los santos. Crecer en el amor a la propia
familia, a los parientes, a los amigos, a los desconocidos, a los
necesitados, a los enfermos, a los pecadores... ¿Cómo? Piensa a ver qué se te
ocurre, que sin duda serán muchas cosas. Abundar pone de relieve la
generosidad en el amor, ese rasgo típico de la existencia cristiana. ¿Eres
generoso en el amor o lo andas midiendo con el metro de tu egoísmo?
Bienaventurados los generosos en el amor porque ellos tomarán parte en el
cortejo al momento de la parusía de Jesucristo. SOLEMNIDAD DE LA INMACULADA
CONCEPCIÓN DE MARÍA 8 DE DICIEMBRE Primera: Gén 3, 9-15; segunda: Ef 1, 3-6.11-12 Evangelio: Lc 1, 26-38 NEXO ENTRE LAS LECTURAS El misterio de María santísima consiste en que armoniza en su ser y personalidad
de mujer pequeñez y grandeza. Ella es la sierva del Señor, que quiere hacer
únicamente su voluntad, y es la elegida para ser Madre de Dios (evangelio).
Ella es la hija de Eva, de su carne y de su sangre, pero además es la
redentora de Eva, que pisará la cabeza a la serpiente tentadora (primera
lectura). Ella es hija de Dios, como cualquier hombre, y sobre todo como cada
uno de los cristianos, y es igualmente madre de Dios, por ser madre de
Jesucristo, Verbo Encarnado (segunda lectura). MENSAJE DOCTRINAL Pequeñez y grandeza de María. 1) María no es un fenómeno de la naturaleza. En su naturaleza femenina
es una hija de Eva como todas las mujeres del mundo. Tiene cuerpo de mujer,
psicología de mujer, sentimientos de mujer, modos de ser y actuar propios de
la condición femenina. En la Galilea del siglo I d. C. nada la distingue de
las demás mujeres judías: sus rasgos físicos, condiciones socio-económicas,
prescripciones legales discriminatorias, modos y estilo de vida corresponden
todos a los propios de una mujer judía. En esa personalidad concreta de mujer
judía se encierra un misterio de grandeza, real e invisible al mismo tiempo.
La concepción inmaculada de María o su maternidad divina serán proclamadas
como dogma de fe algunos o muchos siglos más tarde; pero la experiencia real
de las mismas María la vivió en su existencia terrena, enteramente judía. La
vivió como una realidad totalmente interior e inefable, dentro de una
relación única de intimidad, de comunión y de adhesión a Dios. El bautismo
cristiano vence, en quien lo recibe, a la serpiente tentadora y a su acción
maligna en el presente y en el pasado de la historia humana. A María le fue
adelantado ese bautismo, gracias a los méritos de su Hijo: al momento de ser
concebida recibió el bautismo del Espíritu Santo. 2) María no esperaba ser madre del Mesías. En el ambiente religioso de
su tiempo, ella compartía con todos los judíos, la creencia y la espera
próxima del Mesías que liberaría a Israel de sus enemigos. Como mujer
humilde, pobre, campesina, consideraba incluso una locura que Dios se fijase
en ella para ser la madre del Mesías. Además, que el Mesías proviniera de
Nazaret era poco más que imposible. Nada había en sus padres, en su ambiente,
en el correr de su existencia que sirviera de indicio para tan grande y noble
vocación. Todo esto es verdad, pero un día, de repente, una experiencia y
visión angélica la perturbó en lo profundo del alma. Primero no entendió ese
saludo tan raro: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”; luego,
entendió mucho menos eso de que “daría a luz un hijo, que será llamado Hijo
del Altísimo” (evangelio). La sencilla mujer nazarena tardó mucho en volver
en sí. Luego, pasada la visión, pasó días y noches dando vueltas a lo visto y
escuchado para hacerlo encajar en su psicología y en su vida, escrutando los
misteriosos designios de Dios. Finalmente, en el encuentro con su prima
Isabel mostrará de palabra el resultado de su meditación: “Ha puesto los ojos
en la pequeñez de su esclava, por eso desde ahora todas las generaciones me
llamarán bienaventurada”. 3) María es hermana y madre nuestra. En cuanto
hermana, igual que todos los cristianos: hija adoptiva de Dios por medio de
Jesucristo, elegida para ser heredera del Reino de Dios, ordenada a ser alabanza
de la gloria de Dios, igual que todos los que han puesto su esperanza en
Cristo (segunda lectura). Su grandeza radica en que combinó en su vida
simultáneamente el ser nuestra hermana con el ser nuestra madre. Nos dice la
Constitución dogmática sobre la Iglesia: “María colaboró de manera totalmente
singular a la obra del Salvador por su fe, esperanza y ardiente amor, para
restablecer la vida sobrenatural de los hombres. Por esta razón es nuestra
Madre en el orden de la gracia” (LG 61). Y poco antes leemos: “La misión
maternal de María para con los hombres de ninguna manera disminuye o hace
sombra a la única mediación de Cristo, sino que manifiesta su eficacia. En
efecto, todo el influjo de la Santísima Virgen en la salvación de los
hombres... brota de la sobreabundancia de los méritos de Cristo, se apoya en
su mediación, depende totalmente de ella y de ella saca toda su eficacia” (LG
60). SUGERENCIAS PASTORALES Respetar la pequeñez y la grandeza de María. Respetar quiere decir
mantener los dos aspectos, porque son las dos alas con las que María voló por
la historia de su tiempo y ha de seguir volando por nuestra historia. Y ya
sabemos que volar con una sola ala es imposible. En los siglos pasados se
acentuaron tanto las grandezas de María, que se llegó en ocasiones a olvidar
su pequeñez. En nuestro tiempo, podemos correr el otro peligro: verla tan
cercana a nosotros, tan pequeña como nosotros, que olvidemos su
extraordinaria grandeza. Hay que mantener pequeñez y grandeza, porque así fue
la realidad histórica de María, y así continúa haciendo presente el misterio
de Dios entre nosotros. Santa Teresita de Lisieux subrayó la pequeñez de
María. El día de su profesión religiosa (8 de septiembre de 1890) escribía:
“¡Nacimiento de María! ¡Qué hermosa fiesta para llegar a ser esposa de Jesús!
En efecto, era ella, la pequeña, efímera Virgen santa, la que presentó su
pequeña flor al pequeño Jesús”. Pero nunca cesó Teresita de cantar las
glorias y grandezas de María. Por ejemplo, en su última poesía titulada ¿Por
qué te amo, oh María?, ella dice que la gloria de María es más brillante que
la de todos los elegidos juntos, la llama reina de los ángeles y de los
santos, y habla del resplandor de su gloria suprema. La misma Virgen María
estará muy contenta si nosotros contemplamos su pequeñez sin olvidar su
grandeza, nos sobrecogemos ante su grandeza en medio de su humildad y
pequeñez. María: admirable e imitable. Las dos cosas y las dos inseparables.
Porque Dios ha hecho en ella obras grandes es admirable. Porque nunca ha dejado
de ser pequeña como nosotros, en medio de su excelsitud y su gloria, es por
igual imitable. Como cristianos debemos admirar a María, la mujer más excelsa
salida de las manos del Creador, árbol en quien fructifican la ciencia de
Dios y la vida divina. Pero María es también como una madre y una hermana,
que está junto a nosotros, que nos acompaña en nuestro camino, cuyas virtudes
tan humanas son accesibles a todos. En el jardín de su vida vemos florecidas
todas las flores más bellas. Con palabras cariñosas de madre nos dice que
nuestra vida es también un jardín. Si sembramos virtudes, como María, también
florecerán las virtudes. Segundo domingo
de ADVIENTO Primera: Baruc 5, 1-9; segunda: Fil 1, 4-6.8-11 Evangelio: Lc 3, 1-6 NEXO ENTRE LAS LECTURAS En la Navidad la Palabra de Dios se hará carne, pero ya en la liturgia
del Adviento la Iglesia quiere que meditemos sobre la Palabra y la vayamos
interiorizando en nuestra alma. San Lucas nos dice que la Palabra de Dios fue
dirigida a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto (evangelio). El profeta
Baruc contempla a los hijos de Jerusalén que vivían en el destierro
“convocados desde oriente a occidente por la Palabra del Santo y disfrutando
del recuerdo de Dios” (primera lectura). San Pablo muestra su alegría a los
filipenses por la colaboración que han prestado al Evangelio, desde el primer
día hasta hoy, es decir, a la Palabra de Dios convertida en Buena Nueva para
los hombres (segunda lectura). MENSAJE DOCTRINAL Las etapas de la Palabra. “En el principio existía la Palabra”. Esa
Palabra divina, antes de encarnarse en Jesús de Nazaret, ha hecho un largo
recorrido por la historia humana. La liturgia nos presenta algunas de esas
etapas milenarias: 1) La Palabra que habla del futuro, un futuro transformado
por el poder de Dios, para dar ánimo y consolación a los hombres. Es la
Palabra, por ejemplo, del profeta Baruc. En lenguaje poético imagina el
profeta a Jerusalén vestida como una madre en luto por haber perdido gran
parte de sus hijos. Baruc entona un canto a la ciudad de Jerusalén renovada,
transformada por la mano poderosa de Dios: “Vístete ya con las galas de la
gloria de Dios”. 2) La Palabra que habla al presente en el que el pasado
llega a su cumplimiento. En Juan Bautista se cumple el oráculo de Isaías:
“Voz del que clama en el desierto: preparad los caminos del Señor, enderezad
sus sendas”. Llega al presente de la vida de los judíos (Pilatos procurador
de Judea, y Herodes tetrarca de Galilea, regiones habitadas en gran parte por
los judíos) y de la vida de los paganos (Filipo tetrarca de Iturea y de
Traconítide, Lisanias tetrarca de Abilene, regiones paganas). La Palabra
dirigida al futuro es sobre todo Palabra de aliento y consolación; la Palabra
encaminada hacia el presente es más bien Palabra de exhortación y compromiso,
de conversión para el perdón de los pecados. 3) La Palabra que diariamente se
vive y con la que se colabora con amor y gozo. La Palabra de Dios se hace
vida en la cotidianidad de los cristianos y en sus quehaceres diarios. Y
todos están llamados a colaborar con el Evangelio, con la Palabra de la Buena
Nueva, para que llegue a todos los rincones del imperio romano y hasta los
confines del mundo. Las cualidades de la Palabra. 1) La Palabra de Dios es universal en su
destino, porque siendo Palabra de salvación va dirigida a todos los hombres
de todos los tiempos: a los judíos y paganos de tiempos de Juan el Bautista y
de Jesucristo, a los americanos, asiáticos, africanos, europeos y oceánicos
de nuestros días (evangelio). 2) La Palabra de Dios es unificadora: une a
todos los dispersos de Israel para ponerse en camino desde oriente y
occidente a fin de formar el pueblo de Dios que le rinde culto en Jerusalén
(primera lectura). Tiene fuerza para unificar a todos los cristianos de
nuestros días y a todos los hombres. 3) La Palabra de Dios es personalizada y
a la vez comunitaria: apela a un hombre, pero para que la haga llegar a todo
el pueblo (evangelio). Hoy como ayer sigue habiendo hombres carismáticos a
quien Dios dirige su Palabra, pero en función de la comunidad eclesial y de
la misma comunidad humana. 4) La Palabra de Dios es como una semilla que va
creciendo hasta lograr convertirse en espiga: “Quien inició en vosotros la
obra buena, la irá consumando hasta el día de Cristo Jesús” (segunda lectura).
5) La Palabra de Dios no es para ponerla bajo un cacharro, sino para
proclamarla públicamente como hizo Juan: “Y se fue por toda la región del
Jordán proclamando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados”
(evangelio) y como luego hará Jesús, que recorrerá todas las ciudades y
aldeas proclamando el Evangelio de Dios. SUGERENCIAS PASTORALES La Palabra de Dios hoy. La carta a los Hebreos nos dice que la Palabra
de Dios es viva y eficaz, cortante como espada de doble filo (4,12). El texto
sagrado no dice fue o será, sino es. Dios sigue hablando a los hombres en el
hoy de la historia. La misma Palabra que habló por medio de los profetas, que
resonó en los labios de Juan el Bautista, que se encarnó en Jesucristo, que
fue proclamada por los apóstoles. Dios desea continuar su diálogo con el
hombre. Si en nuestro tiempo no se percibe la Palabra de Dios, no es que haya
dejado Dios de hablar, sino que hemos silenciado consciente o
inconscientemente su voz. Dios nos habla por medio de la Escritura sagrada
leída e interiorizada en la oración; nos habla en las acciones litúrgicas de
la Iglesia, sobre todo en la celebración eucarística, cuya primera parte está
dedicada a la liturgia de la Palabra. Dios nos habla por medio de los
pastores, de los obispos en sus diócesis, del Papa en toda la Iglesia como
pastor universal. Dios nos habla por medio de los profetas, esos hombres de
Dios que interpretan los acontecimientos de la vida y de la historia desde
Dios y movidos por el mismo Dios. Dios nos habla por medio de los mártires y
de los santos, que con su sangre y su vida gritan a la humanidad el misterio
insondable de Dios, del tiempo y de la eternidad, del vivir histórico del
hombre. Dios habla por medio de la conciencia, para que en fidelidad a ella
seamos salvados y colaboremos con Cristo en la obra de la salvación. Dios
prosigue hablándonos a los hombres de muchas maneras. ¿Escuchamos su voz?
Hagámoslo antes de que sea tarde... Palabra de salvación. La Palabra de Dios viene a la historia, se
encarna en Jesús de Nazaret para hablarnos de salvación. En el evangelio la
cita de Isaías ha sufrido un cambio significativo: en lugar de “todos verán
la gloria de Dios” san Lucas dice: “Todos verán la salvación de Dios”. En la
Navidad, los cristianos, todos los hombres de buena voluntad, vemos esa
salvación de Dios. En la Navidad resuena una Palabra de salvación. Digamos
mejor: es la única Palabra que resuena en esa noche santa. Estamos muy
acostumbrados por la historia ha dividir a los hombres en buenos y malos, en
conservadores y progresistas, en de izquierda y derecha, en bandos e
ideologías. La Palabra de Dios parece pasar por encima de todas esas
divisiones. La Palabra de Dios no divide, une a todos en el anhelo y en la
gozosa posesión de la salvación, que Dios nos manda encarnada en un Niño.
Dios quiere que su Palabra de salvación sea eficaz en nuestros días y en
nuestras vidas. Dios nos impulsa a que dejemos obrar eficazmente su Palabra
de salvación. ¿Qué obstáculos encuentro en mi vida y en mi ambiente? ¿Qué
hago o qué puedo hacer para que la Palabra de Dios sea viva y eficaz en mí y
en mis hermanos? Tercer domingo de ADVIENTO Primera: Sof 3, 14-18ª; segunda: Fil 4, 4-7 Evangelio: Lc 3, 10-18 NEXO ENTRE LAS LECTURAS Los textos litúrgicos de este tercer domingo de adviento son un himno
a la alegría. Alegría para los habitantes de Jerusalén que verán alejarse el
dominio asirio y la idolatría y podrán rendir culto a Yahvéh con libertad
(primera lectura). Alegría de los cristianos, una alegría constante y
desbordante, porque la paz de Dios “custodiará sus mentes y sus corazones en
Cristo Jesús” (segunda lectura). Alegría del mismo Dios que exulta de gozo al
estar en medio de su pueblo para protegerlo y salvarlo (primera lectura).
Alegría que comunica Juan el Bautista al pueblo mediante la predicación de la
Buena Nueva del Mesías salvador, que instaurará con su venida la justicia y
la paz entre los hombres (evangelio). MENSAJE DOCTRINAL ¿Por qué alegrarse? Son varias las causas que se hallan en los textos
litúrgicos. 1) Primeramente, porque Dios ha anulado tu sentencia. Sofonías
imagina a Yahvéh como a un jefe de tribunal que, después de haber dictado
sentencia condenatoria, la anula. ¿Cómo no alegrarse? Históricamente se
refiere a la pesante opresión que el imperio asirio ejercía sobre el reino de
Judá en tiempo del rey Josías, y de la que Yahvéh le ha liberado (primera
lectura). 2) Alegrarse, porque Yahvéh está en medio de ti. Esa presencia
divina de poder y de salvación libra de todo miedo, y renueva al reino de
Judá con su amor. Es una presencia protectora y segura (primera lectura). 3)
Alegrarse, porque el cristiano posee la paz de Dios que supera toda
inteligencia (segunda lectura). Esa fe de Dios, que es fruto de la fe y del
bautismo, y que se experimenta de modo eficaz en la celebración litúrgica,
cuando “presentamos a Dios nuestras peticiones, mediante la oración y la
súplica, acompañadas de la acción de gracias” (segunda lectura). 4)
Finalmente, alegrarse porque Juan el Bautista, el precursor, proclama la
Buena Nueva de Cristo (evangelio) y, con él y como él, todos los precursores
de Cristo en la sociedad y en el mundo. Por todo ello, podemos decir que el
cristianismo es la religión de la alegría. Pero, alegría en el Señor, como
nos recuerda san Pablo. La alegría del precursor. La alegría de Juan el Bautista está
expresada mediante tres imágenes. La imagen del patrono y del siervo, con lo
que indica la superioridad de Jesús sobre Juan. Jesús es como el patrón que
cuando llega del campo o de la ciudad tiene a su disposición un siervo (Juan
el Bautista) que le desate la correa de las sandalias. Juan está alegre
porque el Mesías, su patrono, está por llegar. Usa también la imagen del
agricultor que al llegar el verano, siega las espigas, las trilla, separa
mediante el bielde el grano de la paja, guarda el grano y quema la paja. La
alegría de Juan es la alegría de quien recoge el fruto de su trabajo, el
fruto de tantos otros profetas que prepararon junto con él la venida del
Mesías. Por último, Juan se alegra porque, mientras él bautiza en agua, el
que está por venir, es decir, el Mesías, bautizará en Espíritu santo y fuego.
O sea, en Espíritu santo que es fuego purificador del pecado, fuego impulsor
y difusor de grandes empresas. En el bautismo el cristiano recibe al Espíritu,
uno de cuyos primeros frutos es la alegría. El evangelio de la alegría. Reflexionando sobre la perícopa
evangélica, el evangelio de la alegría se dirige a todo tipo de personas: a la
gente en general, a los publicanos, a los mismos soldados. Este evangelio
consiste sobre todo en la donación y amor al prójimo, que cada categoría debe
vivir según sus circunstancias. Así la gente es invitada a compartir con los
más necesitados el vestuario y la comida. Los publicanos vivirán el amor
fraterno cobrando los impuestos con exactitud y justicia, sin adiciones
egoístas de lucro personal. Respecto a los soldados, por un lado que estén
contentos con el salario que reciben, suponiendo que es justo; por otro lado,
que a nadie extorsionen y a nadie denuncien falsamente. En resumen, el
evangelio de la alegría se implanta y produce frutos magníficos allí donde se
vive el mandamiento del amor, cada uno según su profesión y su condición de
vida. SUGERENCIAS PASTORALES Alegrarse ya del futuro. Sofonías anuncia la liberación de Jerusalén y
Judá, pero todavía no ha llegado. Con todo, ya el mismo anuncio debe ser
causa de alegría. Juan Bautista goza ya por anticipado de la venida del
Mesías, aunque todavía no se haya hecho presente. Los cristianos vivimos con
alegría este período de adviento, aun a sabiendas de que la Navidad no ha
llegado todavía. Los cristianos estamos afincados en el presente, pero con la
mirada puesta en el futuro, que ha de ser siempre fuente de alegría. Hay un
viejo refrán que dice: “Todo tiempo pasado fue mejor”. Ciertamente no es
verdad, y menos para el cristiano. El cristiano, hombre de la esperanza, dirá
más bien: “Todo tiempo futuro será mejor” y esto le infunde una grande
alegría. Mejor, no precisamente por mérito de los hombres, sino por acción
misteriosa y eficaz del Espíritu santo en la historia y en las almas. Mejor,
porque el progreso científico, y sobre todo moral de la humanidad, sin
olvidar la ambivalencia y deficiencias del progreso, contribuye de alguna
manera al reinado de Dios en el tiempo y en la vida de los hombres. Y ¿cómo
no alegrarnos del futuro si estamos convencidos de que el futuro está en
manos de Dios, porque Él es el Señor de la historia y quien tiene en su poder
las llaves del futuro? Incluso en medio de la prueba y de la tribulación, el
futuro sonríe al cristiano maduro en su fe. Alegría y paz. Amor, alegría y paz son dones del Espíritu Santo. En
cuanto dones del Espíritu santo sería un error identificar el amor con el
sentimiento amoroso o con los amoríos, la alegría con las alharacas y la paz
con la ausencia de guerra, destrucción y muerte. La paz de Dios es algo, nos
dice san Pablo, que supera toda inteligencia. Y lo mismo vale para la
alegría. Siendo dones del Espíritu Santo, únicamente quien las ha recibido
por la fe, está en condiciones de experimentarlas, conocerlas, poseerlas,
disfrutarlas, transmitirlas. Hay una cierta reciprocidad entre ambos dones
del Espíritu. La paz que habita en el alma del creyente inspira una alegría
interior atrayente, que se manifiesta en el talante de la persona, que se
contagia hasta con la sola presencia. Por su parte, la alegría de la que el
Espíritu dota al creyente, transmite paz y orden en la vida, serenidad y
armonía, y sobre todo una especie de ataraxía, de imperturbabilidad
espiritual, que provoca en todos admiración. ¿Por
qué no pedir al Espíritu Santo que nos conceda más
abundantemente estos dones de la paz y de la alegría para prepararnos a la
Navidad? Alegrémonos en el Señor. Vivamos la Paz de Dios. La Navidad está ya
a las puertas. Cuarto domingo de ADVIENTO Primera: Miq 5, 1-4; segunda: Heb 10, 5-10 Evangelio: Lc 1, 39-48 NEXO ENTRE LAS LECTURAS ¿Cuáles son las justas relaciones entre el hombre y Dios? Una respuesta
a este interrogante nos viene de la liturgia de hoy. Los textos nos indican
principalmente las relaciones de Jesús y de María. Relación de Jesús con su
Padre (segunda lectura), con Juan Bautista en el seno materno (evangelio),
con la profecía (primera lectura), con el sacerdocio levítico (segunda
lectura). Relación de María con el Espíritu Santo, con Isabel, su prima
(evangelio), y sobre todo con el Verbo (evangelio). MENSAJE DOCTRINAL Relaciones de Jesús. Ser y existir como hombre es estar y entrar en relación.
Las relaciones humanas pueden ser sumamente variadas, pero al final se
reducen a tres fundamentales: relación con Dios, con el hombre y con el mundo
que lo rodea. A la liturgia interesan las dos primeras relaciones. La
relación fundamental de Jesús es con su Padre. Es una relación filial de
obediencia: “Yo vengo para hacer, oh Dios, tu voluntad” (segunda lectura). Es
la obediencia de un hijo que trata de agradar en todo a su padre. Esta
obediencia filial llegará hasta el extremo del sacrificio. No se puede
separar, en el misterio cristiano, la Navidad de la pasión, la Navidad de la
Pascua. Jesús mantiene su obediencia al Padre mediante su relación con la
profecía, una relación de cumplimiento. El profeta Miqueas apostrofa a Belén,
diciéndola que no será la ciudad más pequeña de Judá, porque en ella nacerá
el dominador de Israel. Jesús, naciendo en Belén, lleva a cumplimiento la
profecía, en actitud de obediencia a la historia salvífica trazada por el
Padre. La relación de Jesús con María es una relación oculta, extraordinaria:
La de quien alimenta su fe y se alimenta de su sangre. El evangelio nos
habla, finalmente, de una relación misteriosa de Jesús, en el seno de María,
con Juan Bautista, en el seno de Isabel. En la presencia de Dios en la historia,
mediante María santísima, llena de gozo al último de los profetas de Israel y
representante último y cualificado del Antiguo Testamento, Juan Bautista. Es
el gozo mesiánico, que preanuncia la hora de la salvación. La obediencia
filial de Jesús, que asume la condición del tiempo y de la historia,
fructifica en la alegría redentora que aporta a los hombres. Relación de María. Hay dos relaciones de María, que no aparecen en los
textos litúrgicos, pero que están implícitas: la relación con el Espíritu
Santo y con el Verbo encarnado en su seno. Sin estas dos relaciones no se
explica el episodio de la visita de María a su prima Isabel. La relación
íntima y personal del Espíritu Santo con María ha hecho posible que el Verbo
de Dios asuma carne y se vaya formando hombre en su seno materno. La relación
de María con el Verbo de Dios es extremamente misteriosa y delicada:
Misteriosa porque la fecundación de su seno es obra de Dios mismo; delicada,
porque está dando a Dios su carne y su sangre, pero sobre todo su amor, su
dedicación, su entrega total. La relación de María con Isabel es de servicio.
Viene a ayudarla en los últimos meses de embarazo. Viene movida por los lazos
naturales, pero sobre todo por el Espíritu de Dios y por el Verbo que siente
presente en su seno: un movimiento natural y pneumático, al mismo tiempo. En
el canto del Magnificat, María eleva su voz a Dios para alabarle y
agradecerle con gozo el misterio que encierra en su seno, a pesar de su
pequeñez y de su humildad. ¿Cómo no alabar a quien se ha dignado acudir a
ella para llevar a cumplimiento su designio de salvación, y la aspiración más
sublime e intensa de los hombres? Por último, en María se lleva a cabo
también la profecía de Miqueas: Ella es aquélla que “dará a luz cuando deba
dar a luz” al Mesías. La relación de maternidad, a través de la cual se
expresa toda la feminidad de María en relación con Jesús. SUGERENCIAS PASTORALES Saber relacionarse. En la conversación humana es frecuente escuchar:
“Hay que saber relacionarse”. Con ello se quiere decir que es bueno tener
muchas relaciones, y sobre todo relaciones con gente influyente. La razón es
evidente: así se tiene la posibilidad de que se abran muchas puertas en los
diversos ámbitos de la vida humana: político, financiero, social, profesional,
educativo, religioso...Yo quiero invitar a mis hermanos en la fe y en el
sacerdocio a saber relacionarse con personas de extraordinaria influencia:
con Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo; con María santísima, nuestra madre y
nuestra reina; con los santos, nuestros hermanos y protectores desde el
cielo. Estas relaciones no te dan acceso, claro está, a excelente puesto de
trabajo, ni a un negocio redondo. Estas relaciones, más bien ejercen su
influjo en tu interior, transformándolo; en tu visión de las cosas y de la
vida, haciendo que sea según Dios; en tu relación con los hombres y con las
cosas, de forma que esté siempre inspirada por el amor y por el servicio; en
tu relación con tu propia historia, convirtiéndola, tal vez, de una historia
sin sentido a un sentido con historia. ¡Cuántos bienes nos pueden venir –y
podemos obtener para los demás–, si sabemos relacionarnos con Dios, con la
Virgen, con los santos! En el campo de la historia es importante saber
relacionarse, ¿no lo va a ser igualmente en el campo del espíritu?
Bienaventurados los que saben relacionarse, porque serán como un árbol
frondoso que dé frutos en sazón: frutos de bien, de felicidad, de salvación. Relacionarse por el Reino. Los cristianos vivimos en el mundo, en el
reino de la historia, aunque pertenecemos al Reino de Dios. Y en el reino de
la historia no poco cuentan las relaciones humanas.
No tenemos por qué despreciarlas. Tampoco hemos de abusar de ellas,
poniéndolas al servicio de nuestros intereses egoístas. Hemos de servirnos de
ellas para la edificación del Reino de Dios. Hemos de relacionarnos con
quienes tienen poder, para que nos ayuden en favor de quienes no sólo no
tienen poder, pero ni siquiera alimento, casa, vestido, derechos. Hemos de
relacionarnos con los necesitados, para que tomen conciencia de que el Reino
de Dios les pertenece y les invita a poner todos los medios para hacer más
humana su existencia, más digna, más libre, más feliz. Hay que relacionarse
con las fuerzas vivas y poderosas de un pueblo, de una ciudad, de un estado,
de un país, para convencerlas, si no lo están todavía, de que son hijos del
Reino de Dios en la medida en que utilizan sus fuerzas y su poder en
beneficio de los más necesitados. Y una vez convencidos, que pongan manos a
la obra. Si todos los cristianos utilizáramos nuestras relaciones para
ponerlas al servicio del Reino, seguramente que el mundo caminaría por
derroteros más humanos, y más marcados por nuestra fe en Jesucristo.
Jesucristo entró en contacto con la historia para instaurar el Reino de su
Padre. Después de 2000 años, ¿qué hacemos nosotros los cristianos? MISA EN LA NOCHE DE NAVIDAD
24 Primera: Is 9, 1-3.5-6; segunda: Tt 2, 11-14 Evangelio: Lc 2, 1-14 NEXO ENTRE LAS LECTURAS “Os ha nacido un Salvador”, es el mensaje central de la liturgia de
esta noche santa. Un Salvador con unos rasgos extraordinarios profetizados
por Isaías: Dios fuerte, siempre Padre, príncipe de la paz... (primera lectura). Un Salvador que viene para todos, pero
especialmente para los más pequeños y humildes, como eran, por ejemplo, los
pastores (evangelio). Un Salvador que nos enseña a renunciar a la impiedad y
a las pasiones mundanas, y a vivir con sensatez, justicia y piedad en el
tiempo presente (segunda lectura). MENSAJE DOCTRINAL Los rasgos de nuestro Salvador. 1) Quizás la primera cosa
llamativa de nuestro Salvador es el ser un niño recién nacido, y además en
pobreza. No ha hecho todavía nada: ni ha predicado, ni realizado milagros, ni
ha sido crucificado, ni ha resucitado. Nos comienza a salvar por el mismo hecho
de nacer. Es evidente que no salva por lo que hace o por la condición social
y económica que detenta, sino por lo que es: Dios hecho niño. El mundo no se
salvará por las obras extraordinarias y grandiosas de los hombres, sino por
la presencia y transparencia de Dios en la vida de los cristianos. 2) Es un
salvador para todos. En la primera lectura el salvador es prometido a la
Galilea de los gentiles, donde junto a pueblos de estricta observancia judía,
había también muchas ciudades enteramente paganas y otras con mezcla de razas
y de religión. En el evangelio los primeros beneficiarios del anuncio de un
Salvador son los pastores, gente humilde, y que gozaba de mala fama entre los
judíos. San Pablo en la carta a Tito nos dice que “se ha manifestado la gracia
salvadora de Dios a todos los hombres”, sin excepción alguna (segunda
lectura). Nadie por ningún motivo puede caer en la desesperación delante de
nuestro salvador. 3) El salvador es, a la vez, rey, descendiente de David,
que posee las mejores cualidades para reinar sobre los hombres: goza del don
de consejo, tiene el poder mismo de Dios, es para todos como un padre, le
interesa sobremanera la paz, gobierna con equidad y justicia buscando el bien
de todos. Nuestro rey y salvador cumple todos los requisitos para traer al
mundo la paz, la justicia, el bienestar, la felicidad. 4) Es un Niño, igual
que todos los niños del mundo, pero a la vez absolutamente singular. En
efecto, el cielo mismo interviene para alegrarse y glorificar a Dios por la
presencia de este niño en la tierra. Los hombres ante el Salvador. 1) Si el Niño que celebramos esta
noche santa es el salvador de todos, no cabe otra actitud que aceptar con
amor su salvación. Para acogerla con amor se precisa el reconocimiento
sincero de estar necesitado de ella, y además la conciencia de que la
autosalvación es imposible; la salvación se nos da, no forma parte de los
derechos humanos, ni es objeto de conquista. Acoger la salvación requiere un
acto de plena libertad y una singular valoración de la persona que me salva,
por pura iniciativa suya y sin pedirme nada de antemano. Si alguien no acoge
a este Niño salvador es, en el mayor de los casos, por ignorancia: No sabe lo
que se pierde. 2) Quien lo acoge, ha de hacerlo con alegría; con la alegría
de quien estaba envuelto en densas tinieblas, y ahora le llega la luz; la
alegría del campesino a la hora de la siega y de la recolección; la alegría
de los soldados que, según las costumbres de aquellos tiempos antiguos,
lograda una victoria, se reparten el botín. 3) La acogida de nuestro Salvador
es fuerza de renovación y compromiso para la vida. El Niño nos salva para que
hagamos presente en nuestras vidas, como él, la prudencia, la fortaleza, la
justicia, la piedad. No cabe duda de que la salvación de Dios no es una salvación de ganga y baratija; equivale a la
salvación del hombre y a la salvación del mundo. “Fuera de él, no hay
salvación”. SUGERENCIAS PASTORALES Una noche para jamás olvidar. En la vida de todo hombre hay algún
episodio, algún momento de su existencia que jamás olvidará. Esos momentos o
episodios los solemos llamar fuertes, porque impresionan fuertemente nuestra
inteligencia, nuestra sensibilidad y nuestra memoria. Si alguien ha tenido un
accidente mortal, del que salió con vida por milagro, ¿lo podrá olvidar? O,
no sé, la llegada del primer hijo tan deseado por los esposos, o esa noche
insomne en que después de tantos meses aparentemente infecundos el artista
intuye un cuadro o una obra literaria, o la muerte de un ser muy querido, o
la primera operación quirúrgica, el primer proyecto arquitectónico o la
primera misa. Quiero decirte que esta noche de Navidad, Navidad jubilar por
los dos mil años del nacimiento de Jesucristo, ha de ser una experiencia
religiosa tan fuerte en tu vida, que no la puedas olvidar jamás. Te invito a
meterte en el misterio que celebramos con toda tu persona y con toda tu
capacidad de experimentar el amor. Te invito a pedir a ese Niño divino, con
corazón humilde y con intensidad, que te alcance el milagro
de una fe, de un amor y de una esperanza tan vivos, tan penetrantes, tan
profundos, que permanezcan para siempre grabados en tu memoria. Habrá
muchos millones de hombres, desgraciadamente, para quienes esta Navidad sea
un día más o una navidad más. Que para ti no sea así. Se me ocurre imaginar
que Dios está deseando grabar esta santa noche con letras de oro en tu mente,
en tu corazón, y en el resto de tu vida futura. Si el Salvador llama a tu puerta... La sociedad en que vivimos, nos ha
obligado a ser prevenidos ante quien llama a la puerta. Puede ser una persona
amiga, pero puede ser también un criminal, un desconocido con malas
intenciones, una persona peligrosa... Ante ello, ponemos en acción tranca,
cerrojo, ojo óptico en la puerta, etc. Todas las medidas parecen pocas para
proteger la integridad de nuestra vida y nuestra privacy. Si esta noche un
Niño llama a tu puerta, ¿serás capaz de reconocer que es tu Salvador? Y si el
Salvador llama a tu puerta, ¿estás en disposiciones y en deseos de abrirle de
par en par? La gran tragedia de los hombres está en que el Salvador llama y
llama a su puerta, y no se le abre. Tal vez porque siendo un niño, se piense
que no puede salvarnos. O tal vez porque la salvación que nos ofrece es
diferente de la que soñamos, aunque sea equivocada o sumamente limitada. Si
Dios te regala la salvación, no puede ser la que tú quieras, sino la que él
te dé. Si te la regala, acéptala como es. Si te la regala, agredécela. Si te
la regala, fíjate en el amor con que ese Niño te la da, piensa que te ama de verdad.
Si te la regala, tú a tu vez regálala a otros ,
porque se trata de un don extraño: entre más lo das, más lo acrecientas. Si
el Salvador, esta santa noche, llama a tu puerta... ¿qué esperas? Ábrela de
par en par. Te aseguro que no te arrepentirás en la vida de haberlo hecho. MISA DE NAVIDAD 25 Primera: Is 52, 7-10; segunda: Heb 1, 1-6 Evangelio: Jn 1, 1-18. NEXO ENTRE LAS LECTURAS Podríamos decir que las lecturas del día de Navidad se concentran en dar
una respuesta al gran interrogante que ha atravesado dos mil años de
cristianismo: ¿Quién es Jesucristo? La respuesta la encontramos, sobre todo,
en el prólogo del evangelio según san Juan: El Verbo, el creador del
universo, la luz del mundo, el revelador del Padre, etc. Esta respuesta del
evangelio es colocada en el ámbito del profetismo del Antiguo Testamento:
Jesucristo, el mensajero que trae la paz y la salvación (primera lectura);
Jesucristo, el último y definitivo profeta de Dios (segunda lectura). MENSAJE DOCTRINAL Quién es Jesucristo? En todo el mundo
cristiano el día 25 celebramos el nacimiento de un niño: Jesús de Nazaret que
ha revolucionado durante dos mil años la historia de la humanidad, sobre todo
del Occidente. Quienes no son cristianos tal vez se pregunten quién es ese
niño que celebran los cristianos con tanta solemnidad. Y no está mal que
también nosotros, en esta singular ocasión de la Navidad, nos lo preguntemos.
O mejor, todavía, lo preguntemos a la Biblia, a través de la cual Dios nos
habla y se nos revela. 1) Jesucristo es el Verbo, que vive en el seno de Dios, y que pone su
tienda entre los hombres, en un determinado momento de la historia.
Jesucristo, antes de ser una palabra pronunciada por la historia, es La
Palabra pronunciada por el mismo Dios. En el mundo de Dios el Padre está
pronunciando eternamente La Palabra. En Belén, en tiempo del emperador
Augusto, La Palabra eterna es pronunciada por labios humanos, se convierte en
palabra de carne. Se llama Jesús de Nazaret. ¿Quién es Jesús? Es el Verbo,
que al ser pronunciado por los hombres, suena Jesús de Nazaret. ¿Quién es el
Verbo? Es Jesús, a quien el Padre llama La Palabra. En el misterio de
Jesucristo no se puede separar la eternidad del tiempo, el Verbo de Jesús.
Sería traicionar la revelación de Dios. A lo largo de la historia Dios había
pronunciado palabras por medio de los profetas, palabras que manifestaban de
modo incompleto la revelación de Dios. Con Jesucristo el Padre pronuncia la
última, definitiva y única Palabra, en la que se compendia y llega a plenitud
toda la revelación (segunda lectura). 2) Jesús es la vida y la verdadera luz del mundo. Vida y luz son dos
imágenes muy usada en todo el Antiguo Testamento.
Dios es el creador de la vida (plantas, animales, hombre). A la vez que
creador, es también el señor, que dispone de ella según sus inescrutables
designios. El hombre ha sido creado para la vida, no para la muerte. Con
todo, a causa del pecado, el reino de la muerte se ha instalado en la
historia. Cuando los cristianos proclamamos que Jesús es la vida, afirmamos
que él es el vencedor de la muerte y el restaurador de la vida en la
humanidad. Al restaurar la vida, ésta es como un faro de luz en un mundo
prisionero de la tiniebla. Al confesar que Jesús de
Nazaret, en el momento mismo de nacer es vida y luz de los hombres, estamos
afirmando también que no es una vida cualquiera o una luz cualquiera, efímera
y débil, sino la Vida y la Luz originales, presentes en Dios mismo. Porque es
Vida y Luz, su historia personal, una más en sí misma entre las historias de
los hombres, es fuente de Vida y de Luz para la humanidad entera. 3) Jesús es el revelador del Padre. “A Dios nadie le ha visto jamás,
el Hijo unigénito, que está en el seno del Padre, nos lo ha revelado”.
Jesucristo no sólo es el revelado por los profetas, por ejemplo, por Miqueas,
como mensajero de paz, de consolación y de salvación, o no sólo es revelado
superior a los ángeles (segunda lectura). Él mismo, en persona, es revelador.
¿Y qué otra realidad más honda puede revelarnos sino el misterio de Dios, del
que viene y en el que habita, absolutamente desconocido para los hombres? El
Padre no es visible. Se hace visible y presente en Jesucristo. Lo hace
visible hablándonos del Padre, v.g. las parábolas del padre misericordioso, y
sobre todo nos habla del Padre en su modo de vivir y de estar en el mundo,
entre los hombres. SUGERENCIAS PASTORALES Para ti, ¿quién es Jesucristo? Hemos de dejar las cuestiones generales
y preguntarnos de modo muy personal: “Para mí, ¿quién es Jesucristo?”. Según
que se responda a esta pregunta con los labios, con el corazón y sobre todo
con la vida, nuestra existencia seguirá un rumbo u otro, seguirá unos
parámetros u otros según los cuales vivir. Si Jesucristo lo es todo para mí:
mi Dios, mi salvador, mi modelo, mi todo, trataré de hacer real en mi vida
este convencimiento. Si Jesucristo es un hombre extraordinario, el más
enigmático y grandioso entre los hijos de Adán, pero nada más que hombre,
seré tal vez un gran admirador de su figura, trataré de seguir su vida
moralmente ejemplar, pero nunca caeré de rodillas ante él, ni le invocaré
como redentor, ni estaré dispuesto a dar mi vida por creer en él. Si
Jesucristo no fue más que “un hippie entre yuppies”, como alguien ha dicho, o
un mesías fallido como piensan muchos judíos, o un “avatar” más entre tantos
otros que han existido y continúan viniendo a la existencia, ¿qué sentido
tiene seguir siendo discípulo de Jesús de Nazaret? ¿Para qué seguir haciendo
una pantomima recitando el credo? Que esta Navidad reafirmemos nuestra fe en
“Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre”, en “Jesucristo, redentor del
hombre”. Presencia de Cristo en la historia. Jesucristo es el viviente. Él no
ha pasado a la historia, como tantos personajes que un día, hace siglos o
milenios, eso no importa, amaron y fueron amados, recorrieron los mismos
espacios o semejantes a los que hoy recorremos en pueblos o ciudades de
nuestro planeta. Jesucristo no pertenece al pasado. Mientras los hombres
tenemos, por nuestra misma condición histórica, una relación con el pasado y
con el futuro, Él es un presente sin más relación. Él vive, está a tu lado,
te acompaña. Él te ama, se interesa por ti, te ilumina con su luz, te habla
palabras de verdad y vida. Él quiere tu bien, no te deja tranquilo cuando
tomas un mal camino, es un amigo que siempre te jugará limpio frente a la
verdad, frente al eterno destino. Jesús vive en tu corazón por la amistad y
comunión con él. Vive en la eucaristía, en el sagrario. Vive en la Biblia,
Palabra inmortal de Dios al hombre. Vive en los hombres y mujeres que creen
en él, le aman y siguen sus pasos. Vive en el Papa y en los Obispos que le
representan ante los hombres. Vive en los niños inocentes, él que nunca dejó
de ser niño en su relación con su Padre. Él vive para darnos la vida, para
recordarnos siempre que nuestro destino es la vida, o mejor, la Vida. DOMINGO
DE LA SAGRADA FAMILIA Primera: 1Sam 1, 20-22.24-28; segunda: 1Jn 3, 1-2.21-24; Evangelio: Lc
2, 41-52. NEXO ENTRE LAS LECTURAS ¿Qué otro concepto puede aglutinar los textos de este domingo sino el
de la familia? Se habla de la familia de Dios: Dios Padre, el Hijo de Dios, y
los hombres hechos hijos de Dios por la fe (segunda lectura, evangelio). En
la primera lectura y en el evangelio se mencionan dos familias, entre las que
parece darse un cierto paralelismo, con algunas semejanzas y con muchas
diferencias. Son la familia de Ana y la de María. A ambas mujeres Dios les
concedió un hijo de un modo singular: el profeta Samuel a Ana, Jesús de
Nazaret a María. MENSAJE DOCTRINAL La familia de Dios. Cuando hablamos de la familia de Dios, no podemos
hacerlo sino de modo analógico. En Dios, por ejemplo, no existe la
sexualidad, y por eso no hay un padre por un lado y una madre por otro.
Tampoco existe en Dios la multiplicidad de naturaleza, consiguientemente una
misma y única naturaleza es participada por el Padre y por el Hijo. Con todo,
la revelación nos habla de Dios como Padre, de Jesucristo como Hijo natural
de Dios y de los cristianos como hijos adoptivos de Dios. Los rasgos más
hermosos y plenos del padre y de la madre: su amor generoso, desinteresado,
su capacidad de donación, su fecundidad, su dedicación a los hijos, su deseo
ardiente de que crezcan sanos y sean felices, éstos
y otros rasgos se hallan en Dios de modo eminente. Igualmente brillan en el
Hijo de Dios el cariño y la obediencia filial, el agradecimiento, el querer y
buscar lo que le agrada al Padre, la intimidad y la absoluta confianza con el
Padre. El cristiano es hijo en el Hijo, y por ello, el Padre sólo reconoce
como hijos aquellos que han encarnado los mismos rasgos filiales de
Jesucristo, su Hijo. San Juan ante esta realidad de la familia divina
exclama, como extasiado: “Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para
llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!” (Segunda lectura). Y en el
evangelio, Jesús, al ser encontrado en el templo después de tres largos días
de búsqueda por parte de sus padres, les dice: “¿No sabíais que yo debía
estar en las cosas de mi Padre?”. Es importante elevarse hasta la familia de
Dios porque, en cierta manera, es el arquetipo de la familia humana. La familia de Ana y María. ¡Dos familias de las que nos habla la
Biblia! Una, la de Ana, pertenece al Antiguo Testamento, la otra, la de María
al Nuevo. Ambas familias: Elcaná y Ana, José y María, eran justos a los ojos
de Dios. Ana estaba casada y no podía tener hijos por ser estéril, María
estaba prometida a José y era virgen. Ana pide a Yahvéh que le conceda un
hijo, María le pide que se haga en todo su voluntad. Dios escucha la oración
de Ana, haciendo fecundo su seno; Dios cumple su voluntad con María,
haciéndola madre sin dejar de ser virgen. Samuel, hijo de Ana, ocupa un
puesto relevante en la historia de la salvación; Jesús, hijo de María, ocupa
su vértice y su plenitud. Elcaná es el padre natural de Samuel, José es sólo
el padre legal de Jesús. Samuel, a los tres años, fue llevado al santuario de
Silo, ante Yahvéh y consagrado a él para toda la vida. Jesús fue consagrado a
Yahvéh a los cuarenta días de su nacimiento, y vivió treinta años con sus
padres en Nazaret. Samuel vivió al servicio de Yahvéh en el santuario; Jesús,
a los doce años, se quedó en el templo sin saberlo sus padres, dejó
estupefactos a los maestros por su inteligencia y sus respuestas, y a María y
José les respondió con una pregunta enigmática: “¿Por qué me buscabais? ¿No
sabíais que debía ocuparme de las cosas de mi Padre?” De la relación de
Samuel con sus padres el libro sagrado no nos dice nada más; Jesús, sin
embargo, vivió en Nazaret con sus padres hasta los treinta años, en actitud
de obediencia filial. En los dos casos, se pone en evidencia un elemento
común: Tanto en la familia de Ana como en la de María Dios cuenta y se cuenta
con Dios. Las condiciones culturales y sociológicas de la familia pueden
cambiar enormemente, pero el que Dios cuente y el que se cuente con Dios
constituye un aspecto esencial de toda familia, en cualquier condición
cultural, política o sociológica. SUGERENCIAS PASTORALES Ser y hacer familia. Ante todo, ser familia. Y esto quiere decir un
padre, una madre y al menos un hijo, pero si más, mejor. Pongo por delante mi
respeto a todo ser humano, en cualquier estado o condición, pero a la vez
pienso que hay que ser claros y llamar las cosas por su nombre. Por ello,
opino que una mujer sola con un niño, no ES familia, como tampoco, aunque los
casos hoy por hoy sean raros, un varón solo con un niño. Opino que dos
lesbianas con un niño no SON familia, como tampoco lo son dos homosexuales
con un niño. En estos casos, la mayoría de las veces, si no todas, ni Dios
cuenta ni se cuenta con Dios. En segundo lugar, siendo familia, hacer familia. Es decir, construir
día tras día, ladrillo tras ladrillo, el edificio familiar. La familia se
construye con la colaboración de todos sus miembros, y cumpliendo cada uno
sus propias funciones de padre, madre e hijos. Si las funciones o roles se
trasponen o tergiversan, no se construye la familia. Por ejemplo, si los
padres son los que obedecen los caprichos del hijo o de los hijos, o si los
hijos sufren no pocas veces los caprichos de los padres (divorcio, una
amante...). El edificio de la familia no se acaba nunca de construir, es una
tarea de toda la vida. Es una tarea que exige el sacrificio de unos y otros
(esposos, padres, hijos) para hacerse mutuamente todos felices. ¡Salvad la familia! Que la familia está siendo atacada por muchas
partes, resulta algo obvio. Que hasta ahora la institución familiar, aunque
muchos hayan caído en la batalla, ha resistido bien los ataques, también es
verdad. Parece cada vez más claro a politólogos, sociólogos, y a hombres de
los medios, que la voz unánime de la Iglesia católica, desde siempre, pero
más intensa a partir del siglo XX, de salvar la familia para salvar la
sociedad y al hombre, es una voz profética y llena de sabiduría, que hay que
escuchar. a punto de finalizar el jubileo de la
Encarnación del Verbo, la Iglesia y todos los hombres rectos y justos, tienen
que elevar su voz muy alto para gritar: “¡Salvemos la familia!”. Hay que
salvarla del lenguaje equívoco que por todas partes la acecha. Hay que
salvarla de todos los virus que la destruyen: divorcio, infidelidad,
mentalidad hedonista, individualismo egoísta. Hay que salvarla promoviendo el
sentido de familia, valorando la riqueza humana y espiritual de la familia.
Hay que salvarla formando a los jóvenes en el amor, en la responsabilidad, en
la entrega y capacidad de donación. Hay que salvarla, ofreciendo diversos
modelos de auténtica familia. Nadie se excluya. Cada uno tiene su parte en esta
gran tarea de salvar la familia. SOLEMNIDAD DE MARÍA, MADRE
DE DIOS Primera: Núm. 6, 22-27; Segunda: Gal 4, 4-7; Evangelio: Lc 2, 16-21 NEXO ENTRE LAS LECTURAS Hacer memoria, recordar, es propio del pueblo de Israel, de María santísima
y del cristiano. El pueblo de Israel hace memoria, en el culto, de las
maravillas que Dios ha realizado en él, que se resumen en la bendición y en
la paz (primera lectura). María recuerda los acontecimientos que ha vivido en
torno al misterio de su maternidad divina (evangelio). La comunidad cristiana
hace memoria de Jesús, como un ser enteramente humano (nacido de mujer,
nacido bajo la ley), pero al mismo tiempo Hijo de Dios, capaz de liberar al
hombre de toda esclavitud (segunda lectura). MENSAJE DOCTRINAL Memoria de las “maravillas del Señor”. En el pueblo de Israel, caso
único, hay una clarísima conciencia de la presencia de Dios en su marcha por
los senderos de la historia, muchas veces, para la mente
humana, tortuosos y oscuros. Desde Adán todo responde a un designio, a
una historia salvífica, y Dios es el artífice y el guía de esa historia. Los
israelitas no cesan de admirar, generación tras generación, las obras
sorprendentes y grandiosas llevadas a cabo por Dios en bien de su pueblo: las
plagas de Egipto, la liberación de la esclavitud egipcia, la revelación del
Sinaí y el don del Decálogo, la victoria sobre los diversos enemigos que
tienen que afrontar en su camino hacia la tierra prometida, la tierra que
mana leche y miel, la presencia viva y consoladora en el templo de Jerusalén,
el inesperado retorno del exilio de Babilonia... El lugar por excelencia de
la memoria es la liturgia en el santuario primero y luego en el templo de
Jerusalén. Antes que nada, la liturgia de las grandes fiestas: Pascua,
Pentecostés, Tabernáculos. Luego, la liturgia de cada día y de las fiestas
menores, como el inicio del año, los novilunios, o la fiesta de los “purim”.
La memoria de todos estos grandes acontecimientos se recogía condensadamente,
al terminar la liturgia del día, en la bendición de la primera lectura, y se
proyectaba como deseo para el futuro. Gracias a la memoria de las maravillas
del Señor existe el Antiguo Testamento, y los cristianos conocemos nuestros
orígenes y el modo de obrar de Dios en la historia. Los primeros cristianos
seguirán recordando las maravillas de Dios en la vida de Jesús y de la
primitiva Iglesia, y por ello tenemos el Nuevo Testamento y el grande
misterio que da razón de ser de nuestra existencia, de nuestra misión en el
mundo y de nuestro destino final. Nuestra Señora del recuerdo. En dos ocasiones, que tienen que ver con
los misterios de la infancia de Jesús, san Lucas menciona a María haciendo
memoria de los acontecimientos vividos. No se trata de un acto aislado,
pasajero, sino de una actitud de María, que mantiene a lo largo de su vida
terrena. En el Magnificat recuerda la misericordia de Dios, de generación en
generación, para los que lo temen. María recuerda, sobre todo, los
acontecimientos en los que Ella ha tomado parte: encarnación del Verbo,
nacimiento de Jesús, adoración de los pastores y de los Magos, circuncisión
del Niño, imposición del nombre, etc. Recuerda los hechos, pero
principalmente el misterio inefable que en los hechos se esconde, para entrar
en él por medio de la fe y del amor. Evoquemos también la figura de María, en
los últimos años de su vida, haciendo memoria de la vida de Jesús en Nazaret,
de la vida pública de su hijo, del misterio pascual, de Pentecostés, de los
inicios de la Iglesia... María entra en la bodega del recuerdo, no con la
nostalgia de experiencias profundas e irrepetibles, sino con el gozo de quien
revive esos momentos en el presente, gracias a la profundidad y riqueza del
misterio que en ellos se encierra y que a todos interpela. María, la
dimensión femenina y maternal de la Iglesia, pone de relieve el papel de la
memoria, de la contemplación activa, para que el cristianismo se mantenga
fiel a sus orígenes y en ellos encuentre el impulso más genuino a la acción y
al apostolado. SUGERENCIAS PASTORALES ¿Existe una amnesia cristiana? La amnesia, en la vida humana, es uno
de los síntomas de edad avanzada, de decrepitud. A mayor número de años,
menor capacidad de recuerdo. Este fenómeno humano, ¿se verifica por igual en
la sociedad y en las instituciones? Si hay amnesia histórica, ¿es signo de
que la sociedad, o una institución ha perdido
vitalidad y está envejeciendo? Refiriéndome a la Iglesia, ¿se puede hablar de
una amnesia cristiana? Al menos hay ciertos síntomas preocupantes: existen
hoy en día bautizados que no conocen lo esencial del catecismo, a veces ni
siquiera los diez mandamientos; bautizados que ignoran los grandes hitos de
la historia de la salvación, incluso los grandes misterios de la vida de
Jesucristo; bautizados que desconocen hasta los momentos más significativos
de la historia de la Iglesia, las grandes verdades del dogma y de la moral
cristiana... ¿Qué decir en estos casos, sino que la Iglesia ha perdido
memoria en no pocos de sus hijos? Para recuperarla, no hay otro camino que
crear el gusto del recuerdo, hacer valorar a las jóvenes generaciones el
tesoro extraordinario de la tradición cristiana, ayudarles a hacer memoria de
ella con la conciencia de que en el pasado están las semillas que florecen en
el presente y darán su fruto maduro en el porvenir. No será inútil señalar
que el cristiano con amnesia de sus orígenes y de su historia comete un grave
pecado de omisión, que le perjudica a él en su identidad cristiana, pero que
también hace daño a la comunidad eclesial porque la envejece, en lugar de
renovarla y rejuvenecerla. Recordar rezando el rosario. Uno de los medios más eficaces que la
Iglesia ofrece a la piedad cristiana para recordar es el rezo del santo
Rosario. El Rosario se reza en honor y alabanza de María santísima, pero el
centro de los misterios que se recuerdan lo ocupan los acontecimientos
principales de la vida de Jesucristo. En esta práctica de piedad, que ha
caído notablemente en desuso en nuestro tiempo, al culto a María se une el
recuerdo de las grandes verdades del misterio cristiano, realizándose de este
modo una síntesis muy recomendable entre fe y piedad. En el recuerdo de estos
acontecimientos nos acompaña María que los vivió de modo personal, y que
ahora nos hace de guía y de modelo. Con ella y como a través de su memoria,
recordamos los misterios gozosos, que tienen que ver con la llegada del
Mesías entre nosotros, del Enmanuel, y en los que María tomó parte de un modo
único y excepcional. Recordamos también los misterios dolorosos, misterios
que se refieren a los últimos días de la vida de Jesús entre los hombres, en
los que consumó la obra de la Redención muriendo en una cruz, a cuyos pies
María compartía su dolor y colaboraba de modo singular en la obra de la
Redención. Recordamos, finalmente, los misterios gloriosos, en los que
celebramos el triunfo de Jesucristo y, asociado a Él y por obra suya, el
triunfo de María santísima, llevada en cuerpo y alma a la gloria celestial.
¿Habrá pasado de moda la práctica del rosario? ¿Cómo rezar el rosario,
individualmente o en grupo, para que sea memoria viva de los misterios de
nuestra fe, cogidos de la mano maternal de María? SOLEMNIDAD DE LA EPIFANÍA
DEL SEÑOR 6 DE ENERO Primera: Is 60, 1-6; Segunda: Ef 3, 2-3.5; Evangelio: Mt 2, 1-12 NEXO ENTRE LAS LECTURAS Jesucristo, desde su nacimiento, es un signo de contradicción para los
hombres. Para unos, como los sabios que vienen de Oriente (evangelio) o como
para Pablo, proveniente de la diáspora, es epifanía, manifestación fulgurante
de su misterio (segunda lectura); epifanía prefigurada en la primera lectura,
según la cual todos los pueblos se sentirán atraídos por la luz y la gloria
de Jerusalén. Para otros, que viven en Jerusalén, capital del judaísmo, y que
detentan la autoridad política (Herodes) o religiosa del pueblo judío
(sacerdotes y maestros de la ley), Jesús, el Mesías, no es sino un rival
peligroso (para Herodes) o un simple objeto de ciencia sagrada, sobre el que
informan con la objetividad del experto (sacerdotes, escribas). MENSAJE DOCTRINAL Actitudes paradigmáticas ante Jesús. Ya desde los comienzos mismos de
su vida, y luego en todo el Evangelio, se hallan dos actitudes fundamentales
de los hombres hacia Jesús: aceptación o rechazo. María, José, los pastores,
los sabios de Oriente o Magos (evangelio de hoy), Simeón y la profetisa Ana
aceptan la realidad y el misterio que envuelven a Jesús de Nazaret. El rey
Herodes, los sacerdotes y maestros de la ley (evangelio), los betlemitas,
toman una postura de rechazo. Desde los comienzos Jesús es una bandera
discutida: unos, llenos de gozo, quieren llevarla siempre muy alta; otros,
hostiles, quieren abajarla y destruirla. No es el caso, pero es fácil de
percibir, que ya en el Antiguo Testamento éstas dos son las actitudes de los
hombres ante Dios, que en el Nuevo Testamento son las posturas de los
individuos y de los pueblos ante Jesucristo y ante la primitiva Iglesia, y
que esas posturas han continuado en la historia hasta el presente. Quiera o
no quiera el hombre, lo sepa o no lo sepa, la persona de Jesús tiene que ver
con su vida, y no precisamente de un modo puramente accidental. Jesús es el
parteaguas de la vida humana y de la historia. La razón está en que todo
hombre en el fondo de su conciencia busca un Salvador, y el único verdadero
Salvador es Jesucristo. Esta verdad no es un axioma filosófico ni una
deducción silogística, sino una amorosa revelación de Dios “a los apóstoles y
profetas” y a través de ellos a todos los hombres (segunda lectura). Los
hombres pueden equivocarse en la búsqueda del Salvador, pueden incluso pensar
y buscar otros salvadores, pero en cualquier caso a quien buscan, el blanco
hacia el que dirigen la flecha de su corazón es Jesús de Nazaret, el Redentor
del mundo. De las actitudes a los hechos. Las actitudes conducen lógicamente a la
acción. Los Magos descubren en el firmamento la estrella del Mesías, se ponen
diligentemente en camino, vencen no pocas dificultades, y, ante el niño
Jesús, se postran, le adoran y le ofrecen sus regalos: oro, incienso y mirra.
Son hechos concretos con los que manifiestan su alegre aceptación. Ellos son
los representantes de los pueblos gentiles, prefigurados en la primera
lectura, tomada de Isaías: “A tu luz caminarán los pueblos, y los reyes al
resplandor de tu aurora”. Herodes se sobresalta, indaga, disimula sus
intenciones, trama la muerte de ese niño. Los sumos sacerdotes y escribas,
por su parte, muestran su conocimiento de la Escritura, limitándose
simplemente a informar. A lo largo de la vida de Jesús y en los veintiún
siglos de cristianismo, ¡cuántos millones de acciones a favor y en contra de
Jesús, de rechazo y de aceptación! Ésta es una clave de valor extraordinario
para leer y entender la historia de Occidente, pero también de Oriente: la
historia universal. Los grandes derrocamientos y caída de los imperios, los
grandes fenómenos de cambio de paradigma político, cultural o social, con
todas las consecuencias que conlleva, los grandes movimientos ideológicos,
¿no reciben su luz más potente del “evento Cristo”, rechazado por unos, aceptado
por otros? Todos, pero especialmente los historiadores, debemos reflexionar
sobre esta clave histórica. SUGERENCIAS PASTORALES ¡Atentos a los signos de Dios! Los Magos vieron una estrella nueva en
el firmamento, y ésta suscitó su interés y su búsqueda. Fue un signo que Dios
les envió y no lo dejaron pasar sin más, sino que descifraron su sentido y se
pusieron en marcha. En efecto, el año Un mundo con algo que ofrecer a Dios. Cada año los cristianos
celebramos la Navidad, la Epifanía. Dios se nos da, pequeño e impotente,
sobre un pesebre o en manos de su Madre, María. Se nos da como Salvador, como
Amor, como camino de vida, a todos sin excepción. ¿Qué ofrece, en cambio, el
mundo al Salvador? ¿Qué le ofrecemos nosotros, cada uno de nosotros? ¿Tiene
el mundo un poco más de paz que ofrecer a quien es llamado el “príncipe de la
paz”? ¿Tiene el mundo algo más de solidaridad para con los más necesitados,
sean individuos o naciones, para ofrecer a quien quiso hacerse en todo
solidario con los hombres, menos en el pecado? ¿Ofrece el mundo más pan a los
que tienen hambre, más medicinas a los que están enfermos, más ayuda para la
educación a quienes no tienen posibilidades, sabiendo que “cuando lo
hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeños conmigo lo hicisteis”?
¿Cuenta el mundo con más verdad, más honestidad, con más justicia para quien
es la Verdad, para quien es el Justo por excelencia? El mundo, cada nuevo
año, puede ofrecer muchas cosas buenas a Dios. Cada uno de nosotros es parte
de ese mundo, y puede y debe contribuir para ofrecer “algo” a Dios. ¿Con qué
piensas contribuir este primer año del tercer milenio? SEGUNDO DOMINGO DESPUÉS DE NAVIDAD Primera: Sir 24, 1-4.12-16; Segunda: Ef 1, 3-6.15-18; Evangelio: En 1,
1-18 NEXO ENTRE LAS LECTURAS La Palabra encarnada, Jesucristo, es un don del Padre. En esta frase
intento resumir el sentido de la liturgia de este segundo domingo después de
Navidad. El Padre nos ha bendecido con toda clase de bienes espirituales,
entre los que sobresale el don mesiánico, por medio de Cristo (segunda
lectura). En la historia de las bendiciones divinas, que corresponde con la
historia del hombre, Dios se ha dado como don de Sabiduría, primeramente al
pueblo de Israel (primera lectura) y luego al pueblo cristiano, ya que
Jesucristo es Sabiduría de Dios, el único que ha visto a Dios y que nos lo
puede revelar (evangelio). En esa misma larga historia, Dios se nos ha dado
como Palabra eterna, que ha tomado carne mortal en Jesús de Nazaret
(evangelio). MENSAJE DOCTRINAL Don para Israel, don para el mundo. Nada hay más extraordinario que el
hecho de que Dios haya querido ser don para el hombre. No se trata de darle
cosas, objetos materiales. Eso ya sería grande, pero se queda chico ante la
maravilla de un Dios, don de sí mismo. En la historia de las relaciones de
Dios con el hombre, primeramente es un don que se encarna bajo la forma de
sabiduría. Es una sabiduría divina, la que hallamos en la primera lectura.
Preexistía cerca de Dios y ha salido de su boca, y a la vez ha puesto su
tienda en Jerusalén y tiene su lugar de reposo en Israel. Es decir, en medio
de la sabiduría humana, tan extraordinaria, de los pueblos circunvecinos,
como Mesopotamia y Egipto, Israel goza de una sabiduría superior, por la que
Dios le revela sus designios y proyectos y le manifiesta el sentido de las
cosas y de la historia. Con el paso de los siglos, al llegar el momento
culminante de toda la historia, se verifica un cambio singular: Dios no se da
sólo como don espiritual (sabiduría), sino personal (encarnación del Verbo,
de la Palabra de Dios). Ningún signo de admiración es capaz de expresar este
don excepcional. Que Dios rasgue el misterio de su trascendencia, entre en la
historia y se nos dé en una creatura humana recién nacida, ¿quién lo podrá
comprender? (Evangelio). No bastará la eternidad para sorprendernos ante este
gran misterio. No es una “necesidad” de Dios; no se siente obligado por
nadie; no le perfecciona en su divinidad. Sólo el amor lo explica, el amor
que es difusivo y generoso. Además no sólo es un don personal, es también un
don universal, mundial. “Luz para todas las naciones”. Mientras exista la
historia, Dios será un don para todos, sin distinción alguna. Los hombres
podrán decir: “No lo quiero”, “No lo necesito”, pero jamás podrán pronunciar
con sus labios: “Estoy excluido”, “No es para mí”. Jesucristo es el don del
Padre para toda la humanidad. Un don en plenitud. Son hermosas las imágenes que utiliza el Sirácida
para comunicarnos esa plenitud: la sabiduría, recurriendo a imágenes
vegetales, dice de sí misma que es como un cedro del Líbano, como palmera de
Engadí, como un rosal de Jericó o un frondoso terebinto. También echa mano de
imágenes aromáticas para describir, con distintos lenguajes, la misma
plenitud: el aroma del laurel indiano (cinamomo), el perfume del bálsamo o de
la mirra, el olor penetrante del gálbano, ónice y el estacte; sobre todo, el
incienso que humea en el templo, y en cuya composición entran todos los
aromas aquí mencionados. La belleza y elegancia de los árboles, la frescura y
colorido del rosal, la intensidad de los perfumes se aúnan para subrayar la
plenitud del don divino de la sabiduría. El evangelio es más sobrio en
imágenes, pero más rico en significado. Habla de la “gloria del Hijo único
del Padre, LLENO de gracia y de verdad” y, poco después, “de su PLENITUD
todos hemos recibido gracia sobre gracia”. Y el himno de la carta a los
efesios, ¿no se refiere a la plenitud del hombre cuando dice que “Dios nos ha
destinado a ser adoptados como hijos suyos por medio de Jesucristo”? La
grandeza y plenitud del don nos remiten a la grandeza y plenitud del Donante.
¡Nobleza obliga a agradecer! SUGERENCIAS PASTORALES Un don venido de lejos. No son los astros distantes los que, después
de muchos años o siglos, nos regalan sus rayos de luz; no es la tierra la
que, en rincones tan diversos y lejanos, ofrece al hombre la prodigalidad de
sus minerales o de sus frutos vegetales; no es el hombre quien nos dona su
creatividad, su trabajo, su genio. Todas estas realidades pertenecen al mundo
creado. El Don nos viene del mundo y de la distancia
increados, del más allá de toda creatura, del Dios trascendente.
Jesucristo, el Don de Dios, viene de lejos, pero se introduce en el corazón
de los acontecimientos y del ser humano hasta el punto de ser uno más entre
los hombres. Aquí radica nuestra perplejidad. Lo vemos tan igual a nosotros,
que se nos puede ocurrir pensar que no viene desde el mundo de Dios. En
brazos de su Madre nada hay que lo muestre divino. Y desgraciadamente en no
pocas ocasiones los hombres, del hecho de no aparecer como Dios, concluimos
que ni puede serlo ni lo es. Diremos que es un gran personaje de la historia,
que su personalidad es enormemente seductora, que su moral es de una altura y
nobleza grandiosas, que su capacidad de arrastre es imponente, que es una
paradoja viviente al ser el más amado y el más odiado de los nacidos de
mujer... Pero en nuestro razonamiento no podemos llegar a la afirmación
fundamental: “Es un Don de Dios, venido del mismo mundo de Dios”. Al venir al
mundo y hacerse hombre, ha venido a quedarse con nosotros; a la vez, estando
con nosotros, pero proviniendo del mundo de Dios, ha venido a llevarnos con
Él al mundo lejano del cual ha salido, el mundo desconocido, pero que es
nuestra patria verdadera y definitiva. ¿Aceptamos con fe y con amor este Don
cercano, como lo es un niño, pero trascendente, como el mismo Dios? Testigos del don divino. Juan, el Bautista, es llamado en el evangelio
“testigo de la luz, a fin de que todos crean por él”. Testigo, Juan, de esa
luz, de esa sabiduría divina que es Jesucristo. Siguiendo al Bautista, todos
en cierta manera estamos llamados a ser testigos del don divino, Jesucristo.
El mundo creerá si aumentan los testigos de Cristo. Y si la fe disminuye en
nuestro país, ¿no será porque han disminuido los testigos? Los maestros
pueden aclarar la verdad del Don divino, mas los testigos hacen la verdad, y
haciéndola la acreditan y garantizan. Cristo, Don de Dios para el hombre,
necesita de testigos. Niños, testigos de Cristo para los niños y para los
mayores; jóvenes, testigos de Cristo para los jóvenes y los no tan jóvenes;
adultos, testigos de Cristo para los adultos, y para los niños y jóvenes.
Testigos convencidos y audaces, al estilo del Papa Juan Pablo II. Cristo
necesita padres de familia que no tengan miedo de entregar la antorcha de su
testimonio cristiano a sus hijos; educadores que sean testigos de Cristo para
sus alumnos; párrocos que testimonien con su vida santa el Don de Cristo a
todos sus feligreses. ¿Soy un auténtico testigo de Jesucristo? ¿Qué hago ya y
qué más puedo hacer para que mi testimonio sea creíble y Dios lo haga eficaz? |