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SEMANA 11
DOMINGO
Entrada: «Escúchame, Señor, que te llamo. Tú eres mi
auxilio. No me deseches, no me abandones, Dios de mi salvación».
Colecta (del Misal anterior, y antes de los
Sacramentarios Gelasiano y Gregoriano): «¡Oh Dios!, fuerza de los que en ti
esperan, escucha nuestras súplicas; y pues el hombre es frágil y sin ti
nada puede, concédenos la ayuda de tu gracia para guardar tus mandamientos
y agradarte con nuestras acciones y deseos».
Ofrendas (del Misal anterior, retocada con textos del
Veronense): «Tú nos has dado, Señor, por medio de estos dones que te
presentamos, el alimento del cuerpo y el sacramento que renueva nuestro
espíritu; concédenos con bondad que siempre gocemos del auxilio de estos
dones».
Comunión: «Una cosa pido al Señor, eso buscaré: habitar
en la casa del Señor por los días de mi vida» (Sal 26,4) ; o bien: «Padre
santo: guárdalos en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como
nosotros, dice el Señor» (Jn 17,11).
Postcomunión (del Misal anterior):
«Que esta comunión en tus misterios, Señor, expresión de nuestra unión
contigo, realice la unidad de tu Iglesia».
Ciclo A
Todos
constituimos un pueblo, que es el depositario de la gracia y de la obra de
Cristo. Y, por lo mismo, depositario de la salvación que los demás hombres
necesitan.
–Éxodo
19,2-6: Seréis para Mí un reino de sacerdotes y una nación santa.
Los Apóstoles son enviados, como lo había sido Moisés, para anunciar a los
hombres sin esperanza, que Dios quiere hacer de ellos, su pueblo, Israel,
pueblo sacerdotal, figura del nuevo pueblo de Dios. ¡Pueblo de reyes,
asamblea santa, pueblo sacerdotal! ¡Pueblo de Dios: bendice a tu Señor!
Son apelativos legítimos del pueblo de
Dios en el Antiguo Testamento y que pasan a la Iglesia, verdadero Pueblo de
Dios en el Nuevo Testamento.
Los
santos Padres han tratado muchas veces del sacerdocio común de los fieles.
En esta ocasión trasladamos aquí un texto de San Pedro Crisólogo:
«Hombre,
procura ser tú mismo el sacrificio y el sacerdote de Dios. No desprecies lo
que el poder de Dios te ha dado y concedido. Revístete con la túnica de la
santidad; que la castidad sea tu ceñidor, que Cristo sea el casco de tu
cabeza, que la cruz defienda tu frente, que en tu pecho more el
conocimiento de los misterios de Dios, que tu oración arda continuamente,
como perfume de incienso; toma en tus manos la espada del Espíritu; haz de
tu corazón un altar y, así afianzado en Dios, presenta tu cuerpo al Señor
como sacrificio. Dios te pide fe, no desea tu muerte; tiene sed de tu
entrega, no de tu sangre; se aplaca, no con tu muerte, sino con tu buena
voluntad» (Sermón108).
–Por
eso cantamos en el Salmo 99: «nosotros somos tu pueblo y
ovejas de tu rebaño». Este Salmo nos lleva como de la mano al sacrificio
puro y santo de la Nueva Alianza en la sangre de Cristo. Este es el
verdadero sacrificio de expiación y de acción de gracias, la Eucaristía. En
él podemos pagar con creces nuestras ofensas al Padre, puesto que en él se
ofrece el Cuerpo y la Sangre de Cristo derramada por nuestros pecados.
Pero, además, el sacrificio admirable y todo santo de la Cruz se
reactualiza sacramentalmente en la Eucaristía, o Santa Misa. Y es el que
funda y constituye la Iglesia, como Cuerpo místico de Cristo y Pueblo de
Dios congregado. Nunca mejor dicho que en la Cruz, en la Eucaristía, «Él
nos hizo y somos ovejas de su rebaño», un pueblo santo, regio y sacerdotal.
–Romanos
5,6-11: Si fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su
Hijo, con cuanta más razón seremos salvados por su vida. San Efrén
dice:
«Nuestro
Señor fue dominado por la muerte, pero Él venció a la muerte, pasando por
ella como si fuera su camino. Se sometió a la muerte y la soportó
deliberadamente para acabar con la obstinada muerte. En efecto, nuestro
Señor salió cargado con la cruz, como deseaba la muerte; pero desde la cruz
gritó, llamando a los muertos a la resurrección, en contra de lo que la
muerte deseaba.
«La
muerte le mató gracias al cuerpo; pero Él, con las mismas armas, triunfó
sobre la muerte. La divinidad se ocultó bajo los velos de la humanidad;
sólo así, acabó con la muerte. La muerte destruyó la vida natural, pero
luego fue destruida, a su vez, por la vida sobrenatural.
«La
muerte, en efecto, no hubiera podido devorarle a Él si Él no hubiera tenido
un cuerpo, ni el abismo hubiera podido tragarle si Él no hubiera estado
revestido de un cuerpo, pero cuando hubo asumido el cuerpo, penetró en el
reino de la muerte, destruyó sus riquezas y desbarató sus tesoros» (Sermón
3 sobre Nuestro Señor).
–Mateo
9,36-10,8: Llamó a sus doce discípulos y los envió.
En el plan divino, Israel debía ser el que primero recibiera los beneficios
de la ofrenda mesiánica (cf. Rom 1,16). La misión está confinada al
territorio galileo. La autenticidad de su mensaje está garantizada con
milagros. Sus propósitos misioneros no han de ser oscurecidos y frustrados
por la ambición del dinero, ya que el poder de obrar milagros nada les ha
costado a los Apóstoles. Comenta San Juan Crisóstomo:
«Mirad
la grandeza del ministerio, mirad la dignidad de los apóstoles. No se les
manda que hablen de cosas sensibles, ni como hablaron antaño Moisés y los
profetas. Su predicación había de ser nueva y sorprendente. Moisés y los
profetas predicaban de la tierra y de los bienes de la tierra; los
apóstoles, del reino de los cielos y de cuanto a él atañe. Mas no sólo por
este respecto son los apóstoles superiores a Moisés y a los profetas, sino
también por su obediencia. Ellos no se arredran de su misión ni vacilan
como los antiguos... Ninguna gracia hacéis a los que os reciben, pues no
habéis recibido vuestros poderes como una paga ni como fruto de vuestro
trabajo. Todo es gracia mía. De este modo, pues, dad también vosotros a
aquéllos. Porque, por otra parte, tampoco es posible hallar precio digno de
lo que vuestros dones merecen» (Homilía 32,4,sobre San Mateo).
Ciclo B
En la
historia de la salvación los acontecimientos salvíficos evidencian la Voluntad
de Dios por encima de los proyectos y esperanzas humanos. Aquélla termina
siempre superando los planes y la capacidad limitada de los hombres.
–Ezequiel
17,22-24: Ensalcé un árbol humilde. El desastre del pueblo
de Dios, en los días de Nabucodonosor y de la cautividad babilónica, fue
resultado de una política, que confió más en los poderes humanos que en la
fidelidad a Dios. Tras la humillación saludable, la iniciativa divina
salvaría a su pueblo.
La
misión de los profetas, como centinelas de los intereses espirituales de su
pueblo, es situar en su debida proporción el alcance de los castigos de
Dios a su pueblo. En medio de todas las encrucijadas críticas de la
historia de Israel se cierne siempre la esperanza mesiánica, como norte de
vida nacional. Esta lectura hace relación con el Evangelio de hoy, sin el
cual no se la entiende. Una vez más se trata en la liturgia de la humildad
y de su eficacia en orden a la Iglesia. San León Magno elogia la humildad:
«Reconozca
la fe católica su nobleza en la humildad del Señor y encuentre su alegría
la Iglesia, Cuerpo de Cristo, en los misterios de su salvación... Mas para
curar las enfermedades, para dar vista a los ciegos, para resucitar a los
muertos, ¿qué hay más conveniente que curar las heridas del orgullo con los
remedios de la humildad? (Sermón 25,5).
–Con
el Salmo 91 proclamamos que «Es bueno dar gracias al Señor».
Los caminos de la providencia de Dios son, a veces, difíciles de
comprender; pero el hombre de fe sencilla y humilde como la de un niño,
podrá reconocer fácilmente que Dios va escribiendo en ellos la historia de
un Amor infinito y de una fidelidad sin límites: «El justo crecerá
como la palmera. Se alzará como cedro del Líbano; plantado en la casa del
Señor, crecerá en los atrios de nuestros Dios. En la vejez seguirá dando
fruto y estará lozano y frondoso; para proclamar que el Señor es justo, que
en mi Roca no existe la maldad» .
–2
Corintios 5,6-10: En destierro o en patria nos esforzamos en
agradar a Dios. La salvación definitiva del hombre no se debe a los
valores humanos, ni es fruto de éxitos espectaculares terrenos. Es obra de
Dios que nos la garantiza en Cristo y que habrá de juzgarnos por nuestra
fidelidad a Él. San Agustín dice que Cristo es el camino para nuestra
peregrinación:
«Mientras
dura la peregrinación en este cuerpo mortal, camináis en la fe. Cristo
Jesús, en su condición de hombre que se dignó tomar por nosotros, se ha
convertido en camino seguro para vosotros; Cristo Jesús a quien tendéis,
reservó, en efecto, gran dulzura para quienes le temen; quienes esperan en
Él tendrán acceso en plenitud a ella cuando hayamos recibido también en la
realidad lo que ahora hemos recibido en esperanza. Pues “somos hijos de
Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos; sabemos que, cuando se manifieste,
seremos semejantes a Él, porque lo veremos tal cual es” (1 Jn 3,2). Lo
mismo prometió en el Evangelio: “Quien me ama, dijo, guarda mis
mandamientos. Y quien me ama será amado por mi Padre, y yo lo amaré y me
mostraré a él” (Jn 14,21). Ciertamente le estaban viendo aquellos con
quienes hablaba, pero en la forma de siervo, en la que es menos que el
Padre. La primera la mostraba a quienes temían; la segunda la reservaba
para quienes esperaban en Él; en aquélla se manifestaba a los que iban de
viaje, a ésta llamaba a los que iban a habitar con Él; aquélla la mostraba
a los caminantes, ésta la prometía a los que llegasen a la meta» (Sermón
260,A,1).
–Marcos
4,26-34: Era la semilla más pequeña, pero se hace más alta que
las demás hortalizas. El estado glorioso del Reino futuro sucederá al
estado actual de humildad. Comenta San Jerónimo:
«Pienso
que las ramas del árbol del Evangelio, que crece del grano de mostaza, son
los dogmas diversos, en los que descansa cada una de las aves dichas.
Tomemos nosotros también alas de paloma para que, volando a las más altas,
podamos habitar en las ramas de este árbol y hacernos nidos de las
enseñanzas, huyendo de las cosas de la tierra y corriendo hacia las del
cielo» (Comentario al Evangelio de San Mateo).
El Reino
tiene en apariencia un comienzo humilde. Pero Cristo predice un notable
desarrollo del que la historia da testimonio. No la inmediatez ni la
espectacularidad. Sin embargo, no hay nadie que lo pare. Pasan los
perseguidores, los detractores, los cismáticos, los malos hijos, los
calumniadores. La Iglesia sigue creciendo por doquier y profundizando en
santidad. Es admirable la cantidad de procesos de beatificación y
canonización que hay en la Congregación para las Causas de los Santos y
sigue aumentando sin cesar.
Ciclo C
En
este Domingo se nos recuerda la necesidad que tenemos de conversión
permanente: penitencia por el pecado y nueva vida, propias de hijos de
Dios, regenerados por el sacrificio redentor del Señor Jesús.
También
nosotros somos pecadores ante Dios. Es menester reconocer humildemente
nuestros pecados, pero también responder al designio de Dios, que quiere
que rehagamos nuestras nuestras vidas por una penitencia eficaz y constante
y nos reintegremos al Amor que brota de su Corazón divino.
–2
Samuel 12,7-10.13: El Señor perdona tu pecado. No morirás.
Pecó David y, corregido por el profeta, confesó su pecado y se arrepintió:
«Ten piedad de mí, Señor, según tu gran misericordia». En un comentario
atribuido a San Agustín se dice:
«(Dios)
vio el corazón de David, cuando, recriminado y gravemente por el profeta,
después de las terribles amenazas de Dios, exclamó, diciendo: Pequé, y al
instante escuchó: El Señor ha borrado tu pecado... Tal es el valor de estas
dos sílabas: Pequé consta de dos sílabas, pero mediante ellas subió al
cielo la llama del sacrificio del corazón. Así, pues, quien haga penitencia
en verdad y se vea libre de la atadura que le tenía sujeto y separado del
Cuerpo de Cristo, si después de haber hecho penitencia vive santamente, como
ya debía haber vivido antes, muera cuando muera después de la
reconciliación, se encamina hacia Dios, se encamina al descanso, no se verá
privado del Reino de Dios, y será separado de la compañía del diablo» (Sermón
393).
–Con
el Salmo 31 clamamos: «Perdona, Señor, mi culpa y mi pecado».
Este salmo nos ofrece la alegría de la penitencia. El cristiano al
meditarlo ha de tener muy presente que si, mediante la penitencia sincera,
ha recuperado la paz y la alegría, eso se debe al sacrificio de Cristo en
la cruz. Todo este salmo es una exhortación a frecuentar el sacramento de
la penitencia con gran arrepentimiento y con verdadero dolor de corazón,
que conduce al hombre a la fuente del verdadero gozo, que sólo se encuentra
en la fidelidad a Dios.
–Gálatas
2,16.19-21: No soy yo; es Cristo quien vive en mí. San
Agustín comenta:
«Aprende
a orar como enemigo de ti mismo; mueran las enemistades. Tu enemigo es un
hombre. Hay dos nombres: hombre y enemigo. Viva el hombre y muera el
enemigo. ¿No te acuerdas cómo Cristo, el Señor, con la sola voz desde el
cielo, hirió, tiró por tierra y dio muerte a un enemigo, Saulo, acérrimo
perseguidor de sus miembros? No hay duda de que le dio muerte, pues murió
en su perseguidor y se levantó convertido en predicador. Murió; si no me crees
a mí, pregúntaselo a él. Escúchale y lee, oye su voz en la Carta a los
Gálatas: “vivo, pero ya no soy yo quien vive” (2,20). Vivo, dice, pero ya
no soy yo. Luego él murió. ¿Y cómo hablaba? Vive en mí Cristo. En la medida
de tus fuerzas, ruega, pues, que muera tu enemigo, pero considera en qué
forma. Si muriese sin que su alma abandone el cuerpo, tan sólo perdiste a
un enemigo y a la vez conseguiste un amigo. Por tanto, que vuestra oración
no sea para pedir la muerte corporal de vuestros enemigos» (Sermón 105,A).
La ley
divina denuncia nuestros pecados; pero no tiene capacidad para
regenerarnos. Esto sólo ha sido posible por el sacrificio redentor de
Cristo, que nos da la posibilidad de una vida nueva.
–Lucas
7,36-8,3 : Sus muchos pecados están perdonados porque tiene
mucho amor . Dejemos a un lado la identidad de la persona; son muchas
las opiniones que han dado los Santos Padres. Jesús declara que sus pecados
han sido perdonados y el amor que ella siente en agradecimiento es
manifestado a Jesús. De todos modos es evidente que ella trata a Jesús como
Dios, pues sólo Dios puede perdonar los pecados. San Ambrosio nos exhorta:
«Tú
también, si quieres la gracia aumenta el amor; derrama sobre el cuerpo de
Jesús la fe en la resurrección, el olor de la Iglesia, el perfume del amor
para la comunidad; y mediante tal progreso tú darás al pobre. Este dinero
te será más útil si, en lugar de dar de tu abundancia, prodigas en nombre
de Cristo lo que te hubiera servido, si lo das a los pobres como una
ofrenda a Cristo» (Tratado sobre el Evangelio de San Lucas lib.VI
,29).
LUNES
Años impares
–2
Corintios 6,1-10: Damos prueba de que somos servidores de Dios.
Exhorta San Pablo a los fieles para que den acogida a la gracia de Dios en el
tiempo favorable, vaticinado por los profetas. Luego manifiesta que él
siempre ha procedido como ministro de Dios en medio de numerosas
dificultades de su vida apostólica. San Agustín también explica este pasaje
de San Pablo:
«¿Qué
significa que unos lleven las cargas de los otros? Lleve el carnal la carga
de otro hombre carnal y el espiritual las de otro espiritual. Llevad
mutuamente unos los pecados de los otros, es decir, no os desentendáis
recíprocamente de vuestros pecados. Argüid a aquellos con quienes tenéis
confianza; amonestad a los demás, si tenéis confianza para argüirlos; y, si
es necesario, para que nadie peque, orad, rogad. ¿O acaso os he humillado
al decir rogad? Escuchad al Apóstol: “al mandároslo, dijo, rogamos
también para que no recibáis en vano la gracia de Dios” (2 Cor 6,1)» (Sermón
163,B,4).
En
otro lugar dice: «No tener nada superfluo, nada que sea una carga, nada que
ate, nada que sea un impedimento. En efecto, también ahora se cumple más
auténticamente en los siervos de Dios aquello: “como quien nada tiene
y todo lo posee” (2 Cor 6, 10). No tengan nada a lo que puedan llamar tuyo
y todo será tuyo; si te adhieres a una parte, pierdes la totalidad, pues lo
suficiente es lo mismo, venga de la riqueza o de la pobreza» (Sermón
350,A,4).
–Con
el Salmo 97 decimos: «El Señor da a conocer su
victoria... revela a las naciones su justicia; se acordó de su misericordia
y su fidelidad». Dice San Roberto Belarmino:
«Las
maravillas de la bondad y fidelidad divinas llegaron a una realización
impensable para la mente humana, con la encarnación y nacimiento del Hijo
de Dios, Cristo, nuestro Salvador. Este Rey mesiánico vino a ganar la
batalla de la salvación del mundo; pero expulsó al enemigo no con armas o
fuerzas corporales, sino con el amor, la humildad, la paciencia y con el
mérito de su vida santísima y con su sangre preciosa derramada por amor» (Sermón
3,2)
Años pares
–1
Reyes 21,1-14: Nabot muerto apedreado. La perfidia de los
hombres hace estragos en la humanidad y consuma todas las maldades.
«Vio
Dios cuanto había hecho y era muy bueno» (Gén 1,31). La oposición entre el
bien y el mal plantea al creyente de nuestros días un serio problema, para
el que la Biblia misma nos ofrece elementos de solución: ¿De dónde viene el
mal en este mundo creado bueno?, ¿Cuándo y cómo se le vencerá? La bondad de
las criaturas se mide en relación con el Dios Creador, único que da a las
cosas su bondad.
Pero
la bondad del hombre constituye un caso particular. Depende en parte de él
mismo. Dios le concedió un gran don: la potestad de elegir. Si rechaza el
mal y hace el bien, observando la ley de Dios y conformándose con su
voluntad, será bueno y agradará a Dios; de lo contrario, será malo y lo
desagradará. Su elección determinará su calificación moral y, consiguientemente,
su destino. El primer hombre y la primera mujer escogieron el mal. Buscaron
su bien en las criaturas, pero fuera de la voluntad de Dios. Fueron
castigados. Esto se plantea en todo hombre, más aún con las consecuencias
del pecado original. Pero vino Cristo y nos dio su gracia para vencer el
mal. Escogiendo el cristiano vivir con Cristo, se desolidariza de la opción
de Adán.
–El
cristiano ora a Dios para que atienda sus gemidos ante el mal que le acosa,
como pedimos en el Salmo 5. El cristiano ha de salir cada
mañana para librar la lucha diaria en un mundo «instalado en el mal» (Jn
5,19). Nada mejor que acudir a Dios, a la intimidad de su presencia, para
emprender con alegría la nueva jornada: «Señor, escucha mis palabras,
atiende a mis gemidos, haz caso de mis gritos de socorro, Rey mío y Dios
mío. Tú no eres un Dios que ame la maldad, ni el malvado es tu huésped, ni
el arrogante se mantiene en tu presencia. Detestas a los malhechores,
destruyes a los mentirosos...»
Todo
pecado es una falta de fe, porque ciega al hombre para que no vea la
profunda realidad de las cosas, que son tal y como Dios las ve. Es una
falta de amor, porque el hombre no se acepta en esa esencial correlación
amorosa con Dios Creador y con los demás hombres. Es un orgullo que trata de
romper los diques que limitan su libertad. Es una autodestrucción.
–Mateo
5,38-42: Yo os digo: no hagáis frente al que os agravia. No
hay que devolver mal por mal, sino bendecir. Existía la ley del talión: ojo
por ojo y diente por diente. Cristo que habla de nuevo al alma de cada
cristiano, subordina la justicia estricta a la caridad generosa. Su punto
de vista es aclarado con cuatro pequeños ejemplos. Mas hay que conceder un
margen al vigor del lenguaje. Comenta san Agustín:
«Da
algo a quien no tiene, puesto que también tú creces de algo. ¿Acaso tienes
la vida eterna? Da, pues, de lo que tienes para adquirir lo que no tienes.
Llama el mendigo a tu puerta: llama también tú a la puerta de tu Señor.
Dios hace contigo, su mendigo, lo que haces tú con el tuyo. Da, por tanto,
y se te dará; pero si no quieres dar. ¡Allá tú!... Veamos quien de nosotros
sufre mayor daño: yo que me veo defraudado en un bocado, o tú, que te verás
privado de la vida eterna; yo que soy castigado en el estómago, o tú, que
lo eres en la mente; por último, yo que ardo de hambre, o tú, que has de
ser entregado al fuego y llamas voraces. Ignoro si la soberbia del rico
podrá dar respuesta a estas palabras del pobre. “Da, dice el Señor, a todo
el que te pida” (Mt 5,42). Si a todos, cuánto más al necesitado y al
mísero, cuya flaqueza y palidez están mendigando, cuya lengua calla, a la
vez que piden limosna su suciedad y gemidos. Escúchame, oh rico, y sea de
tu agrado mi consejo. Redime tus pecados con la limosna... Da de aquello
que te hace ser admirado, llénate de cosas más admirables para llegar al
reino de los cielos» (Sermón 350,B).
MARTES
Años impares
–2
Corintios 8,1-9: Cristo se hizo pobre por vosotros. San
Pablo recomienda la generosidad de los fieles para con los necesitados. De este
modo imitarán a Cristo. San Agustín pone ese texto al comentar que los
invitados a la cena no quisieron venir, y dice:
«No
vinieron los ricos sanos, quienes creían que andaban bien y que tenían la
vista despierta, es decir, los que presumían mucho de sí y, por lo mismo,
casos más desesperados cuanto más soberbios. Vengan, pues, los mendigos, ya
que invita el que “siendo rico se hizo pobre por nosotros para que los
mendigos nos enriqueciéramos con su pobreza” (2 Cor 8,9). Vengan los
débiles, porque no necesitan del médico los sanos, sino los enfermos.
Vengan los cojos... Vengan los ciegos...» (Sermón 162,8).
Venimos
nosotros y somos servidos.
–Por
eso alabamos al Señor con el Salmo 145: «alaba, alma mía, al
Señor. Lo alabaré mientras viva»... Con ese Salmo se ponen de
manifiesto la grandeza y el poder real de Dios de tal manera, que, atraídos
por la misericordia, el poder y la bondad de Dios, se despeguen de los
atractivos ilusorios y engañosos de este mundo y pongan su esperanza sólo
en Dios. Este mensaje del Salmo es de perpetua utilidad. Cristo es nuestro
Modelo. Él llevó una vida entera pendiente de su Padre hasta el punto de
decir que su comida era hacer la voluntad del Padre (Jn 8,29). San Agustín
comenta:
«Contra
tus venenosas insinuaciones canta el mártir: “alabaré al Señor mientras
viva” (Sal 145,2). Entonces, una vez que haya muerto, ¿ya no lo alabarás?
Al contrario, lo harás con mayor intensidad que mientras dura la vida. No
se puede hablar de duración lo que no tiene fin» (Sermón 335,B,2).
Años pares
–1
Reyes 21,17-29: Has hecho pecar a Israel. El profeta Elías
manifiesta al rey la gravedad de su crimen con la muerte de Nabot y le
anuncia el castigo. El rey hace penitencia y obtiene que se retrase la
ejecución de la sentencia.
Lógicamente
la Iglesia indica como Salmo responsorial algunos versos del Salmo 50 con
el estribillo: «Misericordia, Señor, hemos pecado» . El pecado es un mal
intolerable. Es la muerte. Todo el Salmo está construido sobre la
oposición: muerte–resurrección; pecado–perdón. El pecado es un mal
esencial, porque se mide su gravedad en relación con el Bien esencial que
es Dios. El pecado no se mira como la infracción de una regla, o de un
código de conducta, sino como la infidelidad a un Amor: el Amor eterno e
infinito de Dios, Es un mal trascendente.
–El Salmo
50 contiene el resumen de todas nuestras oraciones: adoración,
amor, ofrenda, acción de gracias, arrepentimiento, súplica... Comenta San
Agustín:
«Fíjate
en el rey David. También él había recibido ya los sacramentos de su tiempo...
Ya estaba también ungido con la unción venerable en la que estaba figurado
el sacerdocio real de la Iglesia. De forma repentina se hizo reo... No en
vano, pues, arrepentido, clamó al Señor desde tan terrible y abrupto abismo
del crimen, diciendo: Aparta tu rostro de mis pecados... ¿En mérito de qué,
sino a lo que dice a continuación: Reconozco mi maldad y mi pecado está
siempre en tu presencia. ¿Qué le ofreció al Señor para tenérselo propicio?
Si hubieras querido un sacrificio... (Sal 50,11,5.18-19). Así, pues, no
sólo le ofreció devotamente este sacrificio, sino que también mostró con
esas palabras lo que convenía ofrecerle. No basta, en efecto, mejorar las
costumbres y apartarse de las malas acciones, si no se satisface a Dios por
todo cuanto se ha hecho mediante el dolor de la penitencia, el gemido de la
humildad, el sacrificio de un corazón contrito y la colaboración de las
limosnas» (Sermón 351,12).
–Mateo
5,43-48: Amad a vuestros enemigos. La doctrina de la nueva
justicia alcanza su culmen en el amor a los enemigos. Hasta ese punto de
perfección deben tender los discípulos de Cristo, si quieren imitar al
Padre que está en los cielos. San Juan Crisóstomo nos exhorta:
«¡He
aquí cómo pone el Señor el coronamiento de todos los bienes! Porque, si nos
enseña no sólo a sufrir pacientemente una bofetada, sino a volver la otra
mejilla; no sólo a soltar el manto, sino añadir la túnica; no sólo a andar
la milla a que nos fuerzan, sino otra más de nuestra cuenta, todo ello es
porque quiere que recibas como la cosa más fácil algo muy superior a todo
eso.
–«¿Y
qué hay, me dices, superior a eso? –Que a quien todos esos desafueros
cometa con nosotros, no le tengamos ni por enemigo. Y todavía algo más que
eso. Porque no dijo: no le aborrecerás, sino: le amarás. Ni dijo: no le
hagas daño, sino: hazle bien.
«Mas,
si atentamente examinamos las palabras del Señor aún descubriremos algo más
subido que todo lo dicho. Porque no nos mandó simplemente amar a quienes
nos aborrecen, sino también rogar por ellos. ¡Mirad por cuántos escalones
ha ido subiendo y cómo ha terminado por colocarnos en la cúspide de la
virtud!
«Contémoslo
de abajo arriba. El primer escalón es que no hagamos por nuestra parte mal
a nadie. El segundo, que si a nosotros se nos hace, no volvamos mal por
mal. El tercero, no hacer a quien nos haya perjudicado lo mismo que a
nosotros se nos hizo. El cuarto, ofrecerse uno mismo para sufrir. El quinto
dar más de lo que el ofensor pide de nosotros. El sexto, no aborrecer a
quien todo eso hace. El séptimo, amarle. El octavo, hacerle beneficios. El
noveno, rogar a Dios por él. ¡He aquí una cima filosófica!. De ahí también
el espléndido premio que se le promete... Se nos promete ser semejantes a
Dios, cuanto cabe que lo sean los hombres» (Homilía 18,3-4 sobre San
Mateo).
MIÉRCOLES
Años impares
–2
Corintios 9,6-11: Al que da de buena gana lo ama Dios. Se
trata de la colecta por los pobres de Jerusalén. Quien da limosna con
generosidad, atrae para sí las bendiciones de Dios. Comenta San Agustín:
«Esto
te dice el Señor: Dame y recibe. En el momento debido te devolveré.
¿Qué devolveré? Me diste poco, recibirás mucho; me diste bienes terrenos,
te devolveré celestiales; me diste temporales, los recibirás eternos; me
diste de lo mío, recíbeme a Mí mismo... Mira a quien prestas. Él alimenta y
pasa hambre por ti; da y está necesitado. Cuando da, quieres recibir;
cuando está necesitado, no quieres dar. Cristo está necesitado cuando lo
está un pobre. Quien está dispuesto a dar a todos los suyos la vida eterna,
se ha dignado recibir de manera temporal en cualquier pobre» (Sermón
38,8).
Y en
otro lugar dice:
«...Así,
pues, cuando haces una obra de misericordia, si das pan, compadécete de
quien está hambriento; si le das de beber, compadécete del que está
sediento... Si amamos a Dios y al prójimo, no hacemos nada de esto sin
dolor de corazón... Estas son nuestra buenas obras que confirman nuestro
ser cristiano... Esto os digo que “quien siembra escasamente, escasamente
recogerá” (2 Cor 9,6). Mas, cuando siembras, es decir, al hacer las obras
de misericordia, siembras entre lágrimas, puesto que te compadeces de aquél
a quien se las haces...» (Sermón 358 A,1-2).
–Con
el Salmo 111 proclamamos: «dichoso quien teme al Señor».
Pocos salmos como éste ponen tan de relieve que el justo es un aliado de
Dios, que de todo corazón cumple con la justicia, como Dios es
justo: «Dichoso quien teme al Señor y ama de corazón sus mandatos...
Reparte limosna a los pobres, su caridad es constante, sin falta y alzará
la frente con dignidad»
Años pares
–2
Reyes 1,6-14: Lo separó un carro de fuego y Elías subió al cielo
. El hombre de Dios desaparece misteriosamente de la vista de los que lo
rodean, arrebatado por el «torbellino», «el carro de Israel y su auriga»,
dejando a Eliseo su espíritu profético para que continúe la obra de Dios.
Al rapto misterioso corresponde un retorno escatológico (Mal 3,23 ss. Eclo 48,10).
El
Evangelio nos aclara que ese retorno escatológico se realiza en Juan
Bautista Son muchos los pasajes evangélicos que lo relacionan con la
persona y actuaciones diversas del profeta Elías (Mt 17,10-13), pero de
forma misteriosa (Jn 1,21.25)... San Juan Bautista realiza la figura de
Elías sobre todo en lo que se refiere a la penitencia (Mt 3,4; 2Re 1,8).
San Clemente Romano dice, a propósito de los dones concedidos por Dios a
sus elegidos:
«¡Qué
bienhadados y maravillosos, carísimos, son los dones de Dios! Vida en
inmortalidad, esplendor en justicia, verdad en libertad, fe en confianza,
continencia en santificación, y no sólo lo que ahora alcanza nuestra
inteligencia. Pues, ¿qué será lo que está aparejado a los que esperan? Sólo
el Artífice y Padre de los siglos, el Todo–Santo, sólo Él conoce su número
y su belleza. Ahora, pues, por nuestra parte, luchemos por hallarnos en el
número de los que esperan, a fin de ser también partícipes de los dones
prometidos» (Carta a los Corintios 35,1-4).
–Con
el Salmo 30 proclamamos: «sed fuertes y valientes de corazón
los que esperáis en el Señor». En este salmo encontramos cuatro ideas maestras:
entrega sin límites, entrega activa, entrega a la justicia que salva, Dios
no quiere la adoración de los ídolos.
El que
es constante con los principios de la fe trabajará en el mundo con toda
responsabilidad y dedicación, sin complejos de ninguna clase. Pero no por
eso se verá libre de conjuras humanas. Sin embargo el justo ha puesto su
vida en manos de Dios, a ejemplo de Cristo. En esa entrega total encontrará
plena libertad de espíritu para obrar el bien y una fuente de gozo y
alegría que nadie le podrá arrebatar.
–Mateo
6,1-6.16-18: Tu padre, que ve en lo escondido, te
recompensará. Todo ha de ser hecho por amor de Dios: limosna, ayuno,
oración... San Juan Crisóstomo explica:
«Quiere
ahora el Señor desterrar de nosotros la más tiránica de las pasiones:
aquella rabia y furor por la vanagloria que suele precisamente atacar a los
que obran bien. Nada dijo al principio sobre este punto, pues fuera
superfluo, antes de instruirnos sobre nuestros deberes, darnos lecciones
sobre cómo habíamos de cumplirlos. Una vez que nos introdujo en la
filosofía, entonces, sí, era momento de limpiarla de esta peste que
subrepticiamente se le infiltra. Porque esta enfermedad no nace así como
así, sino después que hemos ya cumplido mucho de lo que se nos ha mandado.
Tenía, pues, que plantar primero la virtud y destruir luego aquella pasión
que suele corromper su fruto. Y advertid por dónde empieza el Señor: por el
ayuno, la oración y la limosna, pues en estas buenas obras es donde
señaladamente suele anidar la vanagloria» (Homilía 19,1, sobre San
Mateo).
JUEVES
Años impares
–2
Corintios 11,1-11: Os anuncié de balde el Evangelio de Dios.
San Pablo se defiende de falsas acusaciones. Estas siempre existirán por
causa de la envidia. Miremos lo que dice San Basilio sobre ellas:
«Así
como los buitres, que pasan volando por muchos prados y lugares amenos y
olorosos sin que hagan aprecio de su belleza, son arrastrado por olor de
las cosas hediondas; así como las moscas, que no haciendo caso de las
partes sanas van a buscar las úlceras, así también los envidiosos, no miran
ni se fijan en el esplendor de la vida, ni en la grandeza de las obras
buenas, sino en podrido o corrompido; y si notan alguna falta en alguno
–como sucede en la mayor parte de la cosas humanas– la divulgan y quieren
que los hombres sean conocidos por sus faltas: (Homilía sobre la
envidia 3,2).
Mas como esto no es posible evitarlo incluso sin
hacer mal, como en el caso de San Pablo, hemos de estar dispuestos a
presentar la verdad de los hechos y luego estar tranquilos, como dice San
Gregorio Magno:
«¿Qué
importa que los hombres nos deshonren si nuestra conciencia sola nos
defiende? Sin embargo, de la misma manera que no debemos excitar
intencionadamente las lenguas de los que injurian para que no perezcan,
debemos sufrir con ánimo tranquilo las movidas por su propia malicia, para
que crezca nuestro mérito» (Homilía sobre los Evangelios, 3,4).
–Con
el Salmo 110 decimos: «Justicia y verdad son las obras de tus
manos, Señor». La fidelidad de Dios permanece para siempre y sus preceptos
siguen siendo fuente de vida y manifestación de su bondad y de su justicia.
En Cristo se manifestó de un modo insuperable la bondad, la fidelidad, la
justicia de Dios y su inmenso amor a los hombres: «Doy gracias al Señor de
todo corazón, en compañía de los rectos, en la asamblea. Grandes son las
obras del Señor, dignas de estudio para los que las aman. Esplendor y
belleza son su obras, su generosidad dura por siempre; ha hecho maravillas
memorables, el Señor es piadoso y clemente. Justicia y verdad son las obras
de sus manos, todos sus preceptos merecen confianza; son estables para
siempre jamás, se han de cumplir con verdad y rectitud». Es lo que hizo San
Pablo ante los Corintios.
Años pares
–Eclesiástico
48,1-14: Elogios de Elías y de Eliseo. Es una página lírica
dentro del elogio de los antepasados. Se canta a Elías como un fuego, cuyas
palabras eran horno encendido. Desde la elección de Abrahán el signo del
fuego resplandece en la historia de la salvación (Gén 15,17). En Israel el
fuego tiene sólo valor de signo, que hay que superar para hallar a Dios. En
efecto, cuando Yavé se manifiesta en «forma de fuego», ocurre esto siempre
en el transcurso de un diálogo personal. No es el único símbolo. El fuego
divino desciende entre los hombres en la persona de los profetas, pero
entonces se trata ordinariamente de vengar la santidad divina, purificando
o castigando, como en Moisés, como en Elías que es llamado «una tea
ardiente». San Cirilo de Alejandría dice:
«Este
fuego es saludable y útil, por el cual nosotros, que estábamos fríos y
muertos por el pecado y por la ignorancia del verdadero Dios, somos
despiertos para la vida religiosa, y nos hacemos fervorosos en el espíritu,
según dice San Pablo (Rom 12,11); y conseguimos además la participación del
Espíritu, a manera de fuego dentro de nosotros. Fuimos bautizados en el
fuego, en el Espíritu Santo. Es habitual en la Sagrada Escritura llamar con
el nombre de fuego a la enseñanza divina y a la fuerza y actuación del
Espíritu Santo» (Comentario al Evangelio de San Lucas 2,4).
–El Salmo
96 habla precisamente del fuego que abrasa a los enemigos, de
relámpagos que deslumbran el orbe y la tierra se estremece. El reino de
Yavé aparece como la venida de Dios, en toda su majestad, para juzgar al
mundo, al final de los tiempos. Pero este juicio, a primera vista
estremecedor, se convierte en un juicio liberador del justo. Por eso, el
cristiano, lejos de temer, anhela la venida gloriosa del Señor que va a
juzgar al mundo; porque ése es el acto culminante de la obra salvífica. Sin
embargo, es un toque de alerta para que el cristiano expulse valientemente
de su corazón tantos ídolos de aficiones y pasiones desordenadas, que
esclavizan y envilecen al hombre. No podemos olvidar lo que dice el Salmo:
«Delante de Él avanza fuego, abrasando en torno a los enemigos» .
–Mateo
6,7-15: La oración del Padrenuestro. Comenta San Juan
Crisóstomo,
«Mirad
cómo de pronto levanta el Señor a sus oyentes y desde el preámbulo mismo de
la oración nos trae a la memoria toda suerte de beneficios divinos. Porque
quien da a Dios el nombre de Padre por ese sólo nombre confiesa ya que se
le perdonan los pecados, que se le remite el castigo, que se le justifica,
que se le santifica, que se le redime, que se le adopta como hijo, que se
le hace heredero, que se le admite a la hermandad con el Hijo unigénito,
que se le da el Espíritu Santo. No es, en efecto, posible darle a Dios el
nombre de Padre y no alcanzar todos esos bienes. De doble manera, pues,
levanta el Señor los pensamientos de sus oyentes: por la dignidad del que
es invocado y por la grandeza de los beneficios que de Él habían recibido»
(Homilía 19,4, sobre San Mateo).
VIERNES
Años impares
–2
Corintios 11,18.21-30: Tengo la preocupación de todas las
comunidades . San Agustín habla de los trabajos de San Pablo en el
apostolado:
«Una vez convertido de perseguidor en
predicador, ¿qué tuvo que soportar? “Peligros en el mar, peligros en los
ríos, peligros en la ciudad”... (2 Cor 11,26-29). He aquí el perseguidor.
Sufre, aguanta; padeces más que hiciste padecer; pero no te sientas
molesto, pues has cobrado los intereses. Pero, ¿qué esperaba cuando
soportaba tales cosas? Cuando soportaba con valentía todos esos males, por
duros y pésimos que fueran, pero siempre temporales, ardía en amor por las
cosas eternas. Cualquier suplicio que tenga fin es llevadero cuando se
promete un premio eterno.
«Y con
todo, cuando soportaba eso, ¿no lo soportaba en él y con él quien nunca
desfallece? Decididamente me atrevo a afirmarlo; no era Pablo mismo quien
lo soportaba. Lo soportaba él, porque en su fe así lo quería y, a la vez,
no lo soportaba él, porque en él habitaba la fuerza de Cristo. Cristo
reinaba. Cristo otorgaba las fuerzas. Cristo no lo abandonaba. Cristo
corría en la persona del corredor. Cristo lo conducía hasta la palma» (Sermón
299 C,3).
–Con
el Salmo 33 proclamamos: «El Señor libra a los justos de
todas sus angustias». La fe y la justicia no son un seguro que exime al
justo de las espinas de este valle de lágrimas, en la vida ordinaria, en el
apostolado, en todo momento. Quiere decir que Dios lo mira con
complacencia; que en Dios tiene un valedor omnipotente y lleno de amor y
que, por tanto, todo terminará en bien. Así lo explica San Agustín:
«¡Cuántas
cosas soporto y nadie me oye! Si me oyera, tal vez, dices, apartaría de mí
la tribulación; grito y soy atribulado. Permanece constantemente en sus
caminos y cuando seas atribulado te oirá... Como las madres, cuando
refriegan a sus hijos en el baño y estos lloran... ¿Crueles? Por el
contrario, son misericordiosísimas, sin embargo, lloran los niños y no se
les perdona. Así también nuestro Dios está lleno de amor; pero parece que
no nos oye, con el fin de sanarnos y perdonarnos para siempre» (Sermón segundo
sobre este Salmo).
Años pares
–2
Reyes 11,1-4.9-18.20: Ungió a Joás y todos aclamaron: ¡Viva el
Rey! Renovación de la alianza entre Dios, el rey y el pueblo. Toda la historia
de Israel, ya lo hemos dicho, es la historia de los pactos entre Dios y su
pueblo. El pueblo rompe la alianza por su rebeldía e infidelidad y los
reanuda la infinita misericordia de Dios. Esto también nos atañe a
nosotros. Es cierto que el Pacto hecho con Cristo y sellado con su
preciosísima Sangre no puede romperse jamás. Pero nosotros podemos
apartarnos de él por nuestros muchos pecados.
Si
denuncian los profetas unánimemente la infidelidad de Israel a Dios, si
anuncian las catástrofes que amenazan al pueblo pecador, lo hacen en
función del pacto del Sinaí, de sus exigencias y de las maldiciones que
formaban parte de su temor. San Agustín habla del temor de Dios:
«Ama
la bondad de Dios, teme su severidad; una y otra no te permitirán ser
orgullosa. Amando, temerás ofender gravemente al amante y al amado. Pues,
¿qué ofensa puede haber más grave que desagradar por soberbia a quien por
causa tuya desagradó a los soberbios?... El temor del que habla San Pablo
en Rom 8,15 creo que es el que tenían en el Antiguo Testamento de perder
los bienes temporales que Dios les había prometido, no todavía como hijos
dirigidos por la gracia, sino como a siervos sometidos bajo la ley. Es
también el temor del fuego eterno; pues si se sirve a Dios por evitarlo, no
hay todavía perfecta caridad. Una cosa es el deseo del premio, otra el
temor del castigo» (Sobre la santa virginidad 38).
–Con
el Salmo 131 proclamamos: «el Señor ha elegido a Sión, ha
deseado vivir en ella». Dios no se deja vencer en generosidad, a la ruptura
de los pactos por la infidelidad de Israel sigue la reanudación por parte
de Dios que es infinito en amor y en todas sus perfecciones. Dios bendijo a
David con una descendencia eterna, que no es otra que Cristo, el Ungido del
Señor, Rey mesiánico en quien habita la plenitud de la divinidad como en un
templo. El cristiano fiel a la voluntad de Dios es también un templo vivo
de Dios. Así se edifica en este mundo la Jerusalén celestial, la Iglesia,
construida como un inmenso templo de piedras vivas que son los cristianos,
edificados sobre la piedra angular que es Cristo, el descendiente de David
(Ef 2,20).
–Mateo
6,19-23: Donde está tu tesoro, allí está tu corazón. El
discípulo auténtico de Cristo se desliga de las riquezas terrenas para
amontonar tesoros en el cielo, es decir, ante Dios. Si la mirada del hombre
está fija en Dios, toda su persona es transparente a la luz divina. San
Juan Crisóstomo explica con claridad:
«Por
eso, como antes he dicho, añade el Señor otra razón, diciendo: Porque donde
está tu tesoro, allí está también tu corazón. Como si nos dijera: aun
cuando nada de lo dicho sucediese, no será menguado el daño que vas a
sufrir, clavado quedarás en lo terreno, hecho de libre esclavo, desterrado
del cielo e incapaz de tener pensamiento elevado. Todo será dinero,
interés, préstamos, ganancias y viles negocios. ¿Puede haber cosa más
miserable? Un hombre así está sometido a una esclavitud más dura que la de
todos los esclavos, y nada hay más triste que haber abdicado de la nobleza
y libertad del hombre. Por más que se te hable, mientras tengas clavado el
pensamiento en el dinero, nada serás capaz de oír de lo que te conviene.
Serás como un perro atado a un sepulcro. Tu cadena –la más fuerte de las
cadenas– será la tiránica pasión por el dinero: Aullarás contra todos los
que se te acerquen y no tendrás otro trabajo, y continuo trabajo, que el de
guardar para vosotros lo que tienes. ¿Puede haber suerte más miserable?» (Homilía
20,3 sobre San Mateo).
SÁBADO
Años impares
–2
Corintios 12,1-10: Muy a gusto presumo de mis debilidades.
Habla San Pablo de su revelaciones, pero también de sus debilidades, que
supera por la gracia de Jesucristo. Comenta San Agustín:
«En
cuanto me es posible voy tras las huellas de aquel atleta de Cristo, es
decir, del Apóstol Pablo, que dice: “ni yo mismo, hermanos, pienso haberlo
alcanzado”. Ni yo mismo (Flp 3,13). ¿Qué ese yo mismo? ¿Yo que trabajo más
que todos ellos? Sé, apóstol, de qué manera pronuncias ‘yo’: es una
expresión enfática, no manifestación de orgullo... He trabajado más que
todos ellos. Y como si dijéramos nosotros: ¿Quién? nos responde: Pero no
yo, sino la gracia de Dios conmigo. Así, pues, el que estaba en posesión de
tanta gracia de Dios que, a pesar de haber sido llamado más tarde, trabajó
más que los que lo habían precedido, dice no obstante: Hermanos, ni yo
mismo pienso haberlo alcanzado. Vuelve a aparecer el ‘yo’ donde indica no
haberlo alcanzado. El no alcanzarlo es resultado de la debilidad humana. En
cambio cuando habla de que fue elevado al tercer cielo.. no dijo ‘yo’. ¿Qué
dijo entonces? “Conozco a un hombre que hace catorce años”... (2 Cor 12,2).
Conozco a un hombre... y ese hombre era el mismo que hablaba, y, como
atribuyó a otro lo que había tenido lugar en él, no faltó» (Sermón 261,3).
–Con
el Salmo 3 decimos: «gustad y ved qué bueno es el Señor». Ya
lo hemos expuesto. La experiencia mundana parece decir lo contrario y, sin
embargo, esto es, encontrar en Dios todo su gozo. Quien tiene a Dios tiene
lo esencial, aun cuando se viera falto de muchas cosas; quien no tiene a
Dios, aunque tenga abundante riqueza, vive en la más absoluta indigencia.
Dios es el Bien esencial e insuperable. Ante Él palidecen todos los demás
bienes transitorios y perecederos. Por eso dijo el Señor: «Buscad primero
el reino de Dios y su justicia y todo lo demás se os dará por añadidura»
(Mt 6,33)
Años pares
–Crónicas
24,17-25: Muerte de Zacarías, hijo del sacerdote Yehoyadá.
Cristo lo evocó como precursor de los mártires cristianos (Mt 23,35). No obstante
la infidelidad de los israelitas, Dios es fiel a sus promesas. Ha sellado
una alianza con su elegido. Fundó un linaje perpetuo davídico y edificó su
trono para todas las edades. Sólo en Cristo se cumplieron plenamente esas
promesas. Los hijos de David abandonaron la ley del Señor, no siguieron sus
mandamientos, profanaron sus preceptos... Dios los castigó, pero no retiró
su favor ni desmintió su fidelidad.
El
cristiano, como el piadoso salmista, tiene que vivir de la fe, seguir
esperando contra toda esperanza, porque mientras viva en esta peregrinación
terrenal, sabe que no tiene en este mundo una mansión permanente. Es como
un extranjero que vive lejos del Señor (2 Cor 5,6). El Pueblo de Dios y
cada uno de sus miembros es consciente de que en esta vida le quedan duras
etapas que recorrer bajo la incomprensión, injuria y persecución. Pero
nuestra esperanza es firme, pues está puesta en Cristo, que dijo: «si a mí
me persiguieron, también os perseguirán a vosotros».
–En el
Salmo 88 el salmista hace decir a Dios: «le mantendré
eternamente mi favor. Sellé una alianza con mi elegido, jurando a David mi
siervo: Te fundaré un linaje perpetuo, edificaré tu trono para todas las
edades... Mi alianza con él será estable; le daré una posteridad perpetua y
un trono duradero como el cielo. Si sus hijos abandonan mi ley y no siguen
mis mandamientos, si profanan mis preceptos y no guardan mis mandatos,
castigaré con la vara sus pecados y a latigazos sus culpas; pero no les
retiraré mi favor ni desmentiré mi fidelidad» .
–Mateo
6,24-34: No os agobiéis por el mañana. Hay que entregarse
sin condiciones al servicio del único Amo y someterse por entero a Aquel
que conoce cuanto necesitamos. Ante todo debe interesarnos la búsqueda del
Reino de Dios y su justicia. San Juan Crisóstomo así lo explica:
«No os
preocupéis. Es decir, que, una vez mostrado el daño incalculable, extiende
aún más su mandamiento. Porque no sólo nos manda que tiremos lo que
tenemos, sino que no nos preocupemos siquiera del sustento necesario... No
porque el alma necesite de alimento, pues es incorpórea, sino que el Señor
habla aquí acomodándose al uso común. Pues, si es cierto que ella no
necesita de alimento, no lo es menos que no puede permanecer en el cuerpo
si éste no es alimentado. Y esto dicho, no se contenta con afirmarlo
simplemente, sino que también aquí nos da las razones... Pues el que os ha
dado lo más ¿no os dará lo menos... No es el alimento el que le hace
crecer, sino la providencia de Dios... Si tanta cuenta tiene Dios de los
pobres animalillos, ¿cómo no la va a tener con nosotros?» (Homilía 21
2 y 3 sobre San Mateo).
SEMANA 12
DOMINGO
Entrada: «El Señor es fuerza para su pueblo, apoyo y
salvación para su Ungido. Salva a tu pueblo y bendice tu heredad, sé su
Pastor y llévalos siempre» (Sal 27,8-9).
Colecta (del Misal anterior,
retocada con textos del Gelasiano): «Concédenos vivir siempre, Señor, en el
amor y respeto a tu santo nombre, porque jamás dejas de dirigir a quienes
estableces en el sólido fundamento de su amor».
Ofrendas (del Misal anterior, retocada con textos del
Veronense y del Gelasiano): «Acepta, Señor, este sacrificio de
reconciliación y alabanza, para que, purificados por tu poder, te agrademos
con la ofrenda de nuestros amor».
Comunión: «Los ojos de todos te están aguardando, Señor,
tú les das la comida a su tiempo» (Sal 144,15); o bien: «Yo soy el Buen
Pastor, yo doy mi vida por las ovejas, dice el Señor» (Jn 10,11.15).
Postcomunión (del Misal anterior, retocada con textos del
Veronense): «Renovados con el cuerpo y la sangre de tu Hijo, imploramos de
tu bondad, Señor, que cuanto celebramos en cada eucaristía sea para
nosotros prenda de salvación».
Ciclo A
Se nos
presenta en este domingo el drama existencial del cristiano auténtico, en su
condición de testigo de Cristo con todas sus consecuencias. No es el
discípulo de mejor condición que su Maestro. Él fue vaticinado como «signo
de contradicción» (Lc 2,34). Por lo mismo el cristiano no puede quedar
extrañado de que le surjan contradicciones y dificultades. Pero Cristo
venció y el que le sigue también participa de su victoria.
–Jeremías
20,10-13: Libró la vida del pobre de manos de los impíos.
Jeremías, por su fidelidad a Dios y por su misión de testigo de sus
designios ante el pueblo degenerado y frívolo, fue personalmente un signo
de contradicción en medio de los suyos. Figura de Cristo y de los
cristianos.
–Es
bien expresivo el Salmo 68 sobre el tema de la contradicción:
«Por Ti he aguantado afrentas, la vergüenza cubrió mi rostro». Ante todo
vemos en este Salmo la figura de Cristo, el Hijo de Dios, devorado por el
celo de la Casa y de la causa de su Padre; muerto por nuestros pecados,
insultado, abandonado de todos saciada su sed con vinagre...
«Soy
un extraño para mis hermanos, un extranjero para los hijos de mi madre,
porque me devora el celo de tu templo, y las afrentas con que te afrentan
caen sobre mí. Pero mi oración se dirige a Ti, Dios mío, el día de tu
favor; que me escuche tu gran bondad, que tu fidelidad me ayude. Respóndeme,
Señor, con la bondad de tu gracia; por tu gran compasión vuélvete hacia mí.
Miradlo los humildes y alegraos, buscad al Señor y vivirá vuestro corazón.
Que el Señor escucha a los pobres, no desprecia a los cautivos. Alábenlo el
cielo y la tierra, las aguas y cuanto bulle en ellas».
Buena
ocasión para agradecer al Señor los beneficios de su Pasión, para seguirle,
para imitarle, para soportar las contradicciones de la vida presente.
¡Qué
caminos tan distintos siguen Dios y el hombre! Dios hecho hombre tiene sed
y el hombre le da vinagre. El hombre tiene sed y Dios hecho hombre le da su
propia Sangre para la vida eterna! (Mt 26,27). San Ignacio de Loyola decía:
«¿Qué
he hecho por Cristo? ¿Qué hago por Cristo? ¿Qué debo hacer por Cristo?»
–Romanos
5,12-15: El don no se puede comparar con la caída. San Pablo
subraya nuestra solidaridad en la condenación a fin de exaltar nuestra
solidaridad en la gracia que se nos da por Jesucristo. La vida de toda la
humanidad es, por lo mismo, un signo de contradicción. El pecado de origen
común y la gracia redentora de Cristo luchan en el interior de cada hombre.
No es posible ser indiferente. Comenta San Agustín:
«Ved
lo que nos dio a beber el hombre, ved lo que bebimos de aquel progenitor,
que apenas pudimos digerir. Si esto nos vino por medio del hombre ¿qué nos
llegó a través del Hijo del Hombre?... Por aquél el pecado, por Cristo la
justicia. Por tanto todos los pecadores pertenecen al hombre, todos los
justos al Hijo del Hombre» (Sermón 255,4).
Y en otro lugar:
«Gracias
a la acción mediadora de Cristo, adquiere la reconciliación con Dios la
masa entera del género humano, alejada de Él por el pecado de Adán (Rom
5,12). ¿Quién podrá verse libre de esto? ¿Quién se distinguiría pasando de
esta masa de ira a la misericordia? ¿Quién, pues, te distingue? ¿Qué tienes
que no hayas recibido? No nos distingue los méritos, sino la gracia...
Gracias a una sola persona, nos salvamos los mayores, los menores, los
ancianos, los hombres maduros, los niños, los recién nacidos; todos nos salvamos
gracias a uno solo: Cristo» (Sermón 293,8).
–Mateo
10,26-33: No tengáis miedo a los que matan el cuerpo. Los
auténticos discípulos de Cristo habrán de afrontar siempre la contradicción
de cuantos no conocen a Cristo o positivamente lo rechazan. «No puede ser
el discípulo de mejor condición que el Maestro». San Juan Crisóstomo
comenta:
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