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Caminando
con Jesus www.caminando-con-jesus.org Pedro
Sergio Antonio Donoso Brant |
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ORAR "Quiero,
pues, que los hombres oren en todo lugar, levantando sus manos puras, sin ira
ni discusiones" (1 Tim 2,8).
Todo cuanto se lee o
se oye respecto al Señor sólo puede comprenderse y servir de
provecho en la medida en que se convierte en diálogo con el
Señor. El único modo de sintonizar con la palabra de Dios es
meditarla en lo íntimo del corazón. Aquí está el
punto crucial que explica el hecho de que unos comprendan fácilmente
lo que es orar mientras que otros no pueden entenderlo. La comprensión
de las cosas del espíritu se hace posible en la medida en que se
espiritualiza el sujeto. El saber es siempre de verdad el fruto de un
descubrimiento. Este se lleva siempre a cabo a través de unas
experiencias. El problema de la
oración no debe tratarse como algo abstracto. Es una cuestión
de amor. Sólo puede comprenderse entonces en ese nivel. La
disponibilidad para ese amor sin el que la oración es algo imposible
puede muy bien aprenderse en la escuela de María. Nadie fue más
generoso, más sencillo y más disponible que ella para dar un
auténtico sí al Señor. Amar es la disponibilidad permanente
para decir sí a las sucesivas invitaciones del Señor a su amor. El sentido de la vida,
como todas las demás cosas, se descubre por la experiencia. Si existo,
es porque alguien me ama y me ha indicado el camino que tengo que
seguir: realizarme en el amor y por el amor y construir la historia junto con
los demás seres humanos. Nuestra vocación de cristianos y de
religiosos consiste, por tanto, en insertarnos en el plan de salvación
de Cristo. El sueño del Señor al llamarnos a la vida espiritual
fue que nos transformásemos en una señal visible de su amor a
los hombres. Rezar no es solamente
pensar cosas edificantes respecto a Dios, respecto a la Virgen...; no es
tener sólo sentimientos piadosos y palabras bonitas; no es sólo
reflexionar con atención sobre las verdades sagradas. Rezar es, sobre
todo, vivir una realidad de la gracia; es estar consciente de la constante
presencia del Señor en nuestra vida y abrirnos por completo a ella.
Orar es creer en este misterio insondable. Orar no es tampoco
contemplar mentalmente una verdad teológica. Es vivir simplemente la
presencia de alguien con un don precioso recibido gratuitamente. Con humildad
y con modestia. Sin pretensiones. Sentir que pertenecemos a alguien que nos
quiere sólo para él. Esta misteriosa presencia no es
fantasía. Es una realidad sorprendente a la que nos adherimos con toda
la fuerza de nuestra fe lúcida y encarnada como una convicción
infantil ingenua e inocente. La oración no
se hace sólo con la cabeza. Se hace sobre todo con el
"corazón". De la misma manera que el amor, la oración
es más sentimiento que pensamiento. Pensamos generalmente en cosas del
pasado o del futuro. La emoción y el sentimiento están
más bien relacionados con el presente. El tiempo pasado es
para recordar. El tiempo futuro, para planear. Estas dos actividades pueden
tener ocasionalmente su importancia. Pero la oración es vivencia.
"Para tener éxito en la vida de oración es decisivo
desarrollar la capacidad de entrar en contacto con el presente y permanecer
en él". Por consiguiente, para orar es necesario dejar de pensar
para darse cuenta o para vivenciar conscientemente los hechos de la vida
presente. Pensar es una
actividad fatigosa. Es trabajo mental. La oración es vivencia que
tiene lugar en el terreno de la emoción, del sentimiento, como el
amor, la intuición, la sensación... El pensamiento, el
raciocinio, el cálculo, etc., son actividades que sólo
indirectamente influyen en el modo de ser humano. Generalmente, no cambian
nada en el hombre. La calidad de nuestro ser no depende de lo que pensamos,
sino de lo que sentimos. Únicamente por eso lo que sentimos,
vivenciamos o experimentamos tiene el poder de transformarnos. Orar no consiste en
esforzarse por ir al encuentro del Señor. Es vivencia de apertura, de
acogida y de espera... El Señor no está esperándonos;
está siempre ahí, junto a nosotros. Pide y suplica que le
prestemos atención, que le escuchemos, que no le demos la espalda, que
lo acojamos... Nuestra respuesta a su incesante invitación es una
acogida. Empecé mi libro
sobre la oración -Cuando el hombre ora . . . - afirmando que
"cuando el hombre ora, algo cambia en él y en su ambiente".
Esto es relativamente fácil de entender cuando recordamos que orar es
estar en relación con Dios. Siempre que dos personas se relacionan de
un modo más profundo tienen lugar ciertos cambios en la
situación en que viven. Para que la comunicación sea
constructiva para los protagonistas, es necesario que ambos acepten a priori
las consecuencias de esa comunicación. Las más importantes de
esas consecuencias son: los cambios que cualquier comunicación lleva
consigo, la necesidad de aceptar el misterio que revela, la urgencia de
respetar la libertad y el modo original de ser del otro, el descubrimiento
del modo de ser de la propia libertad interna, la revelación de las
características de su personalidad, de su propia ignorancia... La oración
vocal bien hecha nos puede revelar la realidad viva de Jesucristo. Realidad
simultáneamente profunda y sublime que jamás llegamos a
entender. Es misteriosa. Cuanto más profundamente conocemos a un
amigo, tanto más misteriosa se hace a nuestros ojos. La palabra humana
nos revela algo del misterio de las cosas. La palabra de Dios nos revela la
inconmensurable grandeza de aquel que la pronunció. Orar es esencialmente
consentir en la gracia. Es responder a la invitación del Señor:
"Aquí estoy, Señor, a tu disposición; haz de
mí lo que quieras". Nadie llega a orar únicamente por el
esfuerzo personal. Todo lo que hacemos por nosotros mismos para orar no pasa
de ser una señal de buena voluntad, que siempre es muy bien acogida
por Dios. El espera esta señal. Es la condición para que
él pueda hacer algo que nos ayude a descubrir la oración. El esfuerzo personal
para rezar consiste esencialmente en una actitud voluntaria de silenciosa
atención y escucha. Cuando nos disponemos para la oración
personal, es aconsejable no escoger de antemano el tipo de oración que
vamos a hacer. Es preferible empezar siempre por fijar silenciosamente la
atención en la presencia del Señor que nos acoge amablemente.
Una vez creado ese clima de amorosa presencia junto al Señor, seguir
ocupándose de él de la forma más espontánea
posible de acuerdo con la disposición y la inspiración del
momento. Orientarse por aquello que se puede percibir en la intimidad de la
conciencia. Allí es donde se manifiesta con mayor claridad aquello que
el Señor espera de nosotros. Muchas veces el Señor no nos pide
más que permanezcamos amorosamente en su presencia. Esto es ya contemplación,
que, ciertamente, produce una mayor unión con Dios que muchos piadosos
pensamientos respecto a él o que la recitación de textos
hermosos. Sin embargo, la oración vocal también es,
ciertamente, un precioso tipo de oración. Para entrar en el
clima de oración hay que servirse de los medios que más nos
pueden ayudar. Esos medios pueden escogerse entre las diversas
técnicas psicológicas más o menos especializadas de
iniciación en esas prácticas tan útiles. Lo esencial de
esas técnicas siempre consiste en la búsqueda de simplicidad y
de autenticidad. El grado de fidelidad
a la oración indica el grado de autenticidad de vida de un religioso.
Un elevado espíritu de oración es la actitud personal necesaria
para que Dios pueda manifestarse al hombre. Y esa manifestación sólo
puede realizarla el Señor por medio del amor. Únicamente un
gran amor a Dios nos permite comprender y aceptar creativamente los grandes
valores de la vida cristiana y religiosa. Tan sólo la
experiencia de un verdadero amor a Dios puede enseñar al hombre a
descubrir el rostro del Señor en el corazón de los hermanos. La
verdadera caridad fraterna nace del amor al Señor. Las dificultades de
relación interpersonal encuentran su explicación más
profunda en la relación defectuosa del hombre con Dios. El hombre de
oración establece una excelente relación de diálogo con
el Señor. En la vida práctica de esa persona, el aprendizaje de
una buena relación con el Señor se transfiere
espontáneamente a su relación interpersonal con los hombres.
Por consiguiente, es innegable que el remedio de tantos conflictos humanos es
la vuelta a la oración, a la contemplación. ¿No
será esto precisamente lo que tantos jóvenes desilusionados de
hoy andan buscando cuando corren detrás de gurús
carismáticos que prometen una relación más profunda con
el Absoluto? Un absoluto existencial y nada más. Pero el cristianismo
ofrece la posibilidad de satisfacer mucho mejor ese deseo profundo del hombre
a través de la experiencia de auténtica oración
contemplativa. En ésta, el hombre entra en comunicación directa
no con una entidad abstracta o con un simple absoluto existencial disfrutado
de un modo más o menos egocéntrico. Al contrario, la
auténtica oración profunda permite al hombre establecer una
verdadera relación interpersonal con la persona de Jesucristo. De
acuerdo con la revelación que Dios nos ha hecho de sí mismo,
él está espiritualmente presente en la vida de cada uno de los
hombres de modo concreto y real, aunque imperceptible a los sentidos
exteriores. Comunicar con una persona realmente presente, aun cuando no pueda
ser vista ni tocada, es algo que satisface el anhelo natural del hombre
trascendental. Sin embargo, ese objetivo jamás podrá ser
alcanzado por una supuesta comunicación con cualquier otra cosa
distinta, llámenla lo absoluto de esto o de aquello. En realidad, no
existe más que un Absoluto: Dios. Y Dios es una persona, no una cosa o
un concepto filosófico. |