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Caminando
con Jesus www.caminando-con-jesus.org Pedro
Sergio Antonio Donoso Brant |
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"Estad
siempre alegres, orad sin cesar" (1 Te: 5, 16). Esta
recomendación de Cristo, repetida luego por san Pablo, no puede,
ciertamente, interpretarse como un consejo para que estemos continuamente
rezando oraciones. En primer lugar, orar o rezar no consiste fundamentalmente
en hacer algo. Es más bien un modo característico de ser del
cristiano que ama de verdad al Señor. Es ser algo así como el
que está apasionadamente enamorado. Estar enamorado es ser y sentirse
muy diferente de cuando no se estaba enamorado o se ha dejado de estar. El estado de
oración supone también la experiencia de una esperanza alegre.
Estar enamorado no es todavía el gozo de estar casado. Este es el
último estado que se presiente en el enamoramiento. La alegría
de la esperanza de poder realizar el anhelo más íntimo de
unión con otro ser nace en la adolescencia, crece en el enamoramiento,
se incrementa en el noviazgo y se consuma en el matrimonio. En el desarrollo
de la vida espiritual, las cosas ocurren de una manera semejante. Hay primero
una etapa de adolescencia espiritual: es el momento en que se descubre al
Señor como un valor capaz de satisfacer el deseo profundo de darse a
alguien. La etapa siguiente es aquella en que se escucha la llamada concreta
del Señor; se trata de una etapa parecida al enamoramiento; la persona
procura multiplicar los encuentros con el otro: vocación para la vida
de oración. Cuanto más se profundiza en el espíritu de
oración, tanto más unida al Señor se siente la persona.
Se va intensificando el deseo de una unión más estrecha y el
vago presentimiento de que esa unión se va realizando progresivamente.
Algo así como un compromiso de matrimonio. Este es un estado de una
seguridad tan grande de estar ya el alma tan unida al Señor, que el
simple pensamiento de un rompimiento eventual le asusta y le hace sufrir horriblemente.
Al mismo tiempo crece de un modo extraordinario la alegre esperanza de poder
algún día gozar cara a cara de la presencia de aquel con quien
se vive ya místicamente una unión inseparable. La experiencia
de esta permanente alegría al ver aproximarse un gran acontecimiento
largo tiempo soñado y percibido como irreversible es un estado de la
persona. En el caso presente es el estado de oración. "Tomar
conciencia de este gozo no es apoderarse totalmente de él. Es rozarlo
levemente con la punta de los dedos. Pero lo poco que se consigue percibir
tiene ya cierto sabor a infinito y hace presumir un todo situado más
allá". Así pues, ser
contemplativo es disfrutar de la constante alegría interior de ser del
Señor, de estar siempre con él, de estar en sus manos, de ir
siempre acompañado por él. Es un sentimiento permanente de paz
y de seguridad semejante al del niño que se sabe amado por su madre,
que sabe que podrá contar siempre con ella. Esta atmósfera de
alegría, de paz, de tranquilidad y de seguridad es la señal de
la presencia del Señor. La oración es una actitud delante de
Dios, la cual nos transforma interiormente en un alma orientada hacia
él. El estado
contemplativo es el resultado de una gracia muy simple: la de la fidelidad a
los importantes deberes de la vida cristiana. El que se preocupa de cumplir
los deseos del Señor demuestra que lo ama de veras. El Señor
está siempre presente en la vida de esa persona amiga. Su vida se
transforma realmente en vida de oración. Un gran amor al Señor
produce el sentimiento de su constante presencia. Cuanto más profundo,
intenso y auténtico sea ese sentimiento, tanto más profunda
será la oración. Orar es amar. Amar es
abrirse a alguien, acogerlos permanecer interiormente con él; es estar
vinculado a él vitalmente; es comunión en el pleno sentido de
la palabra; es tener conciencia de no estar uno solo... Un misterio sublime
que satisface los anhelos más íntimos del ser humano. Una
humilde, simple y silenciosa presencia junto al Señor que nos seduce. |