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Caminando
con Jesus www.caminando-con-jesus.org Pedro Sergio
Antonio Donoso Brant |
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"Todos los
pueblos vendrán a postrarse delante de ti, porque tus juicios se han
manifestado" (Ap 15,4). Orar o estar en
relación familiar con Dios es una necesidad natural del hombre. Es una
manifestación espontánea de la "ley que el Creador puso en
el corazón del hombre". Dios habita en el corazón del
hombre. El hombre atento a sí mismo no puede dejar de entrar en
contacto con su misterioso huésped. La experiencia de este encuentro
con él en lo más íntimo de uno mismo es decisiva.
Constituye un marco histórico en la encrucijada de la vida.
Después de esa experiencia, todo cambia. Sin ese descubrimiento casi
fulminante es difícil aprender a orar a gusto. El corazón de
piedra, insensible al amor, incapaz de ternura, es también
impenetrable a este misterio. El que no siente las cosas del amor tiene que
suplicar antes muy intensamente al Señor que le humanice el
corazón según la promesa que nos ha hecho por boca del profeta
Ezequiel: "Os daré un corazón nuevo y os infundiré
un nuevo espíritu; quitaré de vuestro cuerpo el corazón
de piedra y os daré un corazón de carne" (Ez 36,26). Los misterios
más profundos del arte de orar no están en las lucubraciones
filosóficas, psicológicas, teológicas,
metafísicas o metodológicas... Están en las cuerdas
más finas y sensibles del fondo del corazón. Todos los hombres
saben orar, del mismo modo que todos saben amar. Estrictamente hablando, no
se aprende a orar; lo mismo que tampoco se aprende a amar, a llorar, a
reír. Esa capacidad es innata, como un instinto o como cualquier otra
predisposición. Para que se haga realidad basta con descubrirla y
empezar a ejercitarla. Pero no se trata de un ejercicio como aquel que se
realiza para el aprendizaje de una técnica. Este ejercicio consiste
fundamentalmente en la imitación de los gestos de aquel que
enseña la técnica. Orar es como amar. El que ama siempre
encuentra las palabras y los gestos para expresar sus sentimientos. No los
copia de nadie. El amor se define y se perfecciona en la medida en que
consigue expresarse adecuadamente. El descubrimiento de
la oración se vive como un nuevo nacimiento. "En verdad te digo
que el que no nace de nuevo no puede ver el reino de Dios... Lo nacido de la
carne, carne es, y lo nacido del Espíritu, espíritu. No te
extrañes que te diga: 'Os es necesario nacer de nuevo'. El viento
sopla donde quiere y se oye su ruido, pero no se sabe de dónde viene
ni adónde va; así es todo el que nace del Espíritu"
(Jn 3,3.68). El científico, el intelectual, el técnico y el
artista nacen de la carne. Son productos de la cultura, del estudio... El
hombre de oración, el santo, nacen del Espíritu. Aquí la
cultura no aprovecha mucho, sobre todo si no es muy profunda. El
Espíritu Santo no forja la inteligencia del científico, sino
que actúa sobre el corazón del hombre. Le comunica la
sabiduría. |