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Caminando
con Jesus www.caminando-con-jesus.org Pedro
Sergio Antonio Donoso Brant |
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"Andad
como hijos de la luz, porque el fruto de la luz consiste en la bondad, en la
justicia y en la verdad" (Ef 5,8-9). La oración
más perfecta fue la de Jesús. Nadie como él
conocía al Padre y lo amaba de todo corazón. Son éstas
precisamente dos condiciones que confieren a la oración más
valor: conocer al Señor y amarlo. Cuanto mejor lo conoce alguien,
más lo ama. Conocer a Cristo es también conocer al Padre.
"Llevo tanto tiempo con vosotros, ¿y no me habéis
conocido, Felipe? El que me ha visto ha visto al Padre... ¿No crees
que yo estoy en el Padre y el Padre en mí?" (Jn 14,9-10). Nadie
puede ir al Señor si el Padre no ejerce sobre él su
fascinación paternal: "Nadie puede venir a mí si el Padre
que me envió no lo trae" (Jn 6,44). Orar es reconocer al
Señor y unirse a él con lazos de amistad y de amor. Lo más
importante para rezar bien no es saber qué es rezar o cómo hay
que rezar. El que es auténtico y sencillo siempre sabe orar y sabe
cómo orar. Su oración brota naturalmente, como la
manifestación espontánea del niño a su madre. Por eso el
niño y todos los que se parecen a él en su sencillez, en su
autenticidad, en su confianza, en su espontaneidad, en su humildad..., saben
orar muy bien. Así era la oración de los que pedían
alguna cosa al Señor: - "... Señor, dame de esa
agua..." (Jn 4,15). - "Me levantaré, iré
a mi padre y le diré: Padre, pequé contra el cielo y contra ti;
ya no soy digno de llamarme hijo tuyo; tenme como a uno de tus
jornaleros..." (Lc 15,18-19). - "Señor, que pueda ver de
nuevo" (Lc 18,41). - "Señor, si quieres, puedes
limpiarme" (Lc 5,12). - "Señor, el que me amas
está enfermo" (Jn 11,3). - "Señor, no tengo un hombre
que, al agitarse el agua, me meta en la piscina y, en lo que yo voy, otro
baja antes que yo" (Jn 5,7). - "Señor,
hijo de David, ten compasión de mi; mi hija está atormentada
por un demonio" (Mt 15,22). - "Señor, ¿a
quién iremos?" (Jn 6,68). La persona sencilla,
pobre y espontánea se siente siempre bien con el Señor porque
él, el Señor, es también así. La oración
más profunda y más íntima adquiere una forma parecida a
la de una conversación familiar entre amigos o entre dos niños
que se conocen. Jesús hablaba así en su conversación con
los pobres, los necesitados y los amigos. Que vea el lector si no es verdad: - "Yo soy el buen pastor" (Jn
10,11). - "Hombre, tus
pecados quedan perdonados" (Lc 5,20). - "... tu fe te ha salvado"
(Mt 9,22). - "Queda limpio..." (Lc 5,13). - "No llores" (Lc 7,14). - "... No peques más"
(Jn 8,11). - "Venid a mi todos..." (Mt
11,28). - "Me da compasión..."
(Mt 15,32). - "... ¿por qué me
pegas?" (Jn 18,23). - "¿Quieres curarte?"
(Jn 5,7). - "Tengo sed" (Jn 19,28). El que ama siempre
encuentra tiempo para estar con la persona amada. El que no tiene tiempo para
orar no ama. Los pensamientos hermosos, los sentimientos delicados o las
palabras elocuentes no son de suyo oración. Esta consiste más
bien en decir al Señor amado nuestro amor, nuestro sufrimiento,
nuestra alegría, nuestras preocupaciones, nuestros temores... El pobre
y el niño aman así y... rezan así. Esta actitud de
autenticidad fue la del publicano en el templo, la de la samaritana en
conversación con Jesús junto al pozo de Jacob, la del hijo
pródigo en su reencuentro con el padre, la de Saulo en el camino de
Damasco. Este modo de hablar con el Señor supone una gran confianza y
un clima de familiaridad. De semejantes encuentros la persona sale más
alegre y confiada. El trato familiar con
el Señor es fruto espontáneo del amor. No se aprende con actitudes
intencionales asumidas artificialmente. El modo de orar refleja el modo de
vivir. La calidad espiritual de una vida condiciona la calidad y la
profundidad de la oración. No hay que realizar grandes esfuerzos para
orar. Basta con ser conscientes de si mismo, ser como Dios nos creó:
auténticos, sencillos, fundamentalmente buenos, afectuosos, amantes
del bien, de lo hermoso y de lo verdadero. El Señor está
siempre donde está el hombre auténtico, porque éste es
como salió de las manos del Creador. El hecho de haber pecado y de ser
débil no es ningún impedimento para la presencia del
Señor. Basta con reconocer esta limitación y esta pobreza, o
sea, basta con ser auténtico. ¿Acaso él no
declaró enfáticamente, para que todos lo supieran y no cupiera
duda alguna: "... el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que
estaba perdido" (Lc 19,10)? Cualquier persona
normal es sensible al amor. Es precisamente la capacidad de amar lo que
permite al hombre ser cristiano o religioso. Vivir como materialista o, al
contrario, como espiritualista y más aún como cristiano o
religioso, es una cuestión de escala de valores. Entre los valores
afectivos que sensibilizan de forma especial el corazón del cristiano,
y sobre todo de los religiosos, está el amor a Dios y al prójimo,
reconocido como hermano en Jesucristo. Responder con una intensidad
particular al amor de Cristo a los hombres es orar. La actitud interior
más o menos permanente de amorosa unión con el Señor
transforma el comportamiento del hombre. Este se va convirtiendo poco a poco
en un hombre nuevo, algo semejante al Señor en su modo de pensar, de
sentir, de relacionarse y de actuar. Esta limitada identificación con
Jesucristo puede manifestarse de diversos modos en la persona, según
el modo de ser de su personalidad. En unos aparece más claramente a
nivel intelectual; en otros se manifiesta a nivel afectivo; hay quienes se
parecen algo a Cristo en su modo de hablar y de actuar
apostólicamente. La auténtica
vida de oración afecta inevitablemente al modo de ser de la persona.
Una característica inconfundible del que ama mucho al Señor es
el celo apostólico: un deseo irresistible de llevar a todos los
hombres al conocimiento de Dios, al descubrimiento de la inagotable riqueza
de su amor y de su misericordia y a la correspondencia generosa a su llamada. En Cristo no hay nada
complicado. Es persona sencilla, como es sencillo el mismo Dios. Por eso se
muestra más claramente en el pobre, en el limitado, en el niño.
Es auténtico el que reconoce su realidad, su originalidad. La gracia actúa
más eficazmente en el corazón pobre, limpio de apegos
terrenales. El corazón del pobre está abierto a la novedad,
acoge la noticia, vive de esperanza. "Id y contad a Juan lo que
habéis oído y visto: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos
quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y los pobres son
evangelizados" (Mt 11,4-5). El pobre ve con más claridad,
distingue mejor la verdad porque no está condicionado por compromisos;
descubre mejor hasta qué punto el Señor es imprescindible para
satisfacer nuestra ansia de vivir, de amar. Y también comprende mejor
que Dios nos ama tal como somos. "Orar es estar
con aquel que sabemos que nos ama", dice santa Teresa de Jesús. La oración es
auténtica cuando el que ora asume la actitud del pecador, esto es, del
pobre, del limitado. La respuesta del Señor a quien se dirige a
él como pobre pecador es siempre una palabra de compasión y de
perdón. El corazón arrepentido es siempre objeto de una extrema
ternura del Señor, cuyo único anhelo es ver felices a todos sus
hijos. Así fue como se mostró a la Magdalena, a la
adúltera, a la samaritana, a Pedro, a Zaqueo. Su sorprendente
exclamación: "¡ Venid a mí todos los que
estáis cansados y oprimidos, y yo os aliviaré!" (Mt 11,
28), es una manifestación elocuente del cariño paternal del
Señor para con todos los que sufren. Esta finura de sentimientos de
amor para con el pecador arrepentido aparece también de modo
inequívoco en las maravillosas alegorías del fariseo y del
publicano (cf Lc 18, 9-11) y del hijo pródigo (cf Lc 15, 11-32). Sin
una sincera actitud de arrepentimiento de las propias infidelidades y
flaquezas humanas no hay oración auténtica. El sacramento de la
confesión es una práctica que pone a prueba nuestro grado de
sinceridad con el Señor. Ir a la confesión es reconocerse
públicamente pecador. Es vivir en la realidad. El gesto de
absolución del confesor es la señal externa del perdón
de Cristo. Es la manifestación inequívoca de su misericordia y
de su paternal compasión. |