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Caminando
con Jesus www.caminando-con-jesus.org Pedro
Sergio Antonio Donoso Brant |
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"Ellos
ya no tendrán más hambre ni sed; no les abatirá
más el sol ni ardor alguno" (Ap 7,16). "Los
que en un tiempo no erais pueblo de Dios, ahora habéis venido a ser
pueblo suyo" (1 Pe 2,10). Cualquier cristiano
consciente y cualquier religioso lúcido y coherente consigo mismo
siente la insaciable necesidad de orar. La oración es, de hecho, el
instrumento indispensable para la construcción de la propia vida. El
cristiano o el religioso que abandonan la oración ya no son lo que
dicen que son. Han perdido su identidad. Nadie puede tomar en serio a los que
proclaman con la boca y tal vez con símbolos exteriores que son
religiosos, pero no rezan. Parecen unos desgraciados travestis. La oración es
para el hombre la puerta abierta hacia todos los bienes, el laboratorio donde
se construye la grandeza humana, espiritual y funcional del hombre. La
oración es la forja del amor, del amor que engendra amistad y
fraternidad; la inevitable respuesta del hombre al Señor que nos
amó primero con un cariño inefable. El amor de la persona que
se ha forjado en la fragua de la oración es la prueba más
elocuente del amor de Dios a los hombres. El amor sencillo, sincero y
discreto del hombre de oración estimula la fe de los que se acercan a
él. El hombre de oración proclama con el argumento convincente
de su estilo de vida que Dios ama a todos los hombres de una forma totalmente
gratuita. El ejemplo de vida del hombre de auténtica oración es
una nueva palabra de Dios al mundo. El santo es siempre un sermón de
campanillas del Señor a los hombres. Es una reafirmación de la
verdad y de la vitalidad siempre actual del evangelio. El hombre de
oración es como una palabra de la Palabra, la personificación
de la parte vital del evangelio. Todo el evangelio es importante, como aquel
que lo dictó. Los hombres de oración son otros tantos
fragmentos del Cuerpo Místico de Cristo. Dios sigue hablando a los
hombres; sus mensajes de amor, siempre actualísimos, son escritos en
la vida de sus siervos fieles. La vida del
auténtico hombre de oración es un grito de trueno de alerta al
mundo. Proclama con impresionante fuerza profética la necesidad de
vivir en la presencia de Dios como condición para desarrollar un nuevo
y verdadero humanismo integrador. La parte del ejemplo
que hay que imitar en la vida del santo no son tanto sus gestos y sus obras
como sus actitudes. Son éstas las que condicionan sus gestos, sus
acciones y su manera de comportarse. El reencuentro con la
oración auténtica y profunda en la Iglesia, sobre todo en el
sacerdocio y en la vida religiosa, es hoy tal vez el objetivo número
uno del esfuerzo general de renovación. Todos los cristianos, pero
sobre todo los sacerdotes y los religiosos, son llamados por Dios para vivir
intensamente la dimensión contemplativa propuesta por el evangelio.
Del éxito de este esfuerzo depende la renovación
apostólica. ~l cristiano que se decide a optar por Cristo, a quemar su
vida por él, confunde en una única expresión de
fidelidad y de generosidad la experiencia de Dios, el amor a Jesucristo, el
amor a la Iglesia y a los hombres. El hombre de
oración siempre es profeta: amigo de Dios, testimonio vivo de su
experiencia y de su amor. Cuando habla no se limita a repetir conceptos
bíblicos o teológicos. Comunica experiencias. Por eso su
profecía es más persuasiva. Quienes la reciben profundizan en
el conocimiento de Dios tal como lo revela por su propia vida el hombre de
oración: un Dios verdadero, sabio, poderoso y misericordioso;
descubren que el Señor los ama por encima de toda medida; es rico,
generoso y hasta pródigo en sus dones; es vivo, real e irresistible
para quien lo descubre; un tesoro por cuya adquisición el que lo ha
descubierto está dispuesto a vender todos sus bienes. La vida del
hombre de oración es la historia del Señor escrita en la vida
de un hombre. La fuerza espiritual
de transformación del hombre de oración reside en su original
experiencia sobrenatural de contemplación de unas realidades que no
son de este mundo. Al vivir totalmente su entrega a la acción de Dios,
su existencia está sembrada de intervenciones divinas que sorprenden y
estimulan a los hombres a seguir su ejemplo. Un dato interesante
que se ha observado en las personas que realizan una auténtica
experiencia es que empiezan a sentir gusto en tratar de asuntos espirituales.
Hablan gustosamente del Señor, lo mismo que el que se siente enamorado
se complace en poder hablar de la persona amada. La vida de
oración es siempre algo estrictamente personal que rebosa del sujeto y
contamina a los demás. El hombre de oración vive
permanentemente en la presencia de Dios. Nunca se siente totalmente solo. Por
eso la vida de oración es el modo de vivir constantemente en
oración. La persona puede realmente llegar a adoptar, en su
relación personal con el Señor, una actitud interior natural y
espontánea, semejante a la del niño en relación con sus
padres. Debido a la influencia de ciertos aspectos del mundo exterior
perdemos esa maravillosa actitud interior para con los seres queridos y
vivimos más o menos dispersos en nuestra superficialidad. Será
menester reconstruirla. Volver a nuestros sentimientos primitivos de amor en
nuestra relación con Dios. Por eso la mayor parte de las personas que
quieren mejorar su nivel de oración creen que deberían
reconstruir más o menos laboriosamente su interioridad de amor. No se
trata, sin embargo, de construir o de reconstruir nada. La vida de
oración no es fruto del esfuerzo humano. Es algo muy natural y
espontáneo que ya existe en la intimidad del hombre. Aprender a orar o
a orar mejor es únicamente dar aliento a esa llama tan débil y
casi apagada, que, en realidad, jamás se extinguirá por
completo. Es un germen de vida sobrenatural inactivo que es preciso que se
desarrolle, que se abra, que se intensifique. La vida de
oración es esencialmente vida de fe. Algo muy sutil y delicado, como
la conciencia de la certeza de que se ama al Señor. El deseo
más intimo y más verdadero del que adquiere vida de
oración es el de Dios. Un deseo permanente, vivido en actitud de
mirada sencilla y sincera dirigida al Señor. |