|
Caminando
con Jesus www.caminando-con-jesus.org Pedro
Sergio Antonio Donoso Brant |
|
|
|
"Y
cuando me fuere y os haya preparado un lugar, volveré otra vez y os tomaré
conmigo, para que, donde yo esté, estéis también
vosotros" (Jn 14,3). El concilio Vaticano
II ha despertado la necesidad y el deseo de renovación en todos los
sectores de la Iglesia. Está fuera de toda duda que no se trata
únicamente de redimensionar las estructuras administrativas o de
reglamentar los usos y costumbres, aunque estas reformas sean también
importantes. Pero las estructuras tienen únicamente una función
organizativa con vistas a facilitar la vida. Esta es lo esencial de la
Iglesia, de las personas que viven en asociaciones o en familias. El gran esfuerzo de
renovación que hay que hacer va en el sentido de un audaz crecimiento
espiritual de los sacerdotes, de los religiosos y de los cristianos laicos.
En la medida en que se desarrolla la dimensión contemplativa de los
cristianos, la Iglesia se renueva y crece. Se trata de una cuestión
vital para los institutos religiosos, cuyos miembros hacen profesión
pública de seguir más radicalmente a Jesucristo. La
misión específica de los religiosos consiste en dar al mundo el
testimonio de Cristo y el anuncio de la Buena Nueva que él trajo al
mundo. Este testimonio es posible y auténtico en la medida en que el
religioso viva personalmente el misterio de Cristo. Vivir el misterio de Cristo
es imitar a Jesucristo. Pero imitar a
Jesucristo no es hacer una parodia de él. La imitación nace de
la admiración. El que admira, ama. Sólo podemos amar a la
persona en que descubrimos unos valores que nos seducen. La primera tarea de
los que se deciden por la vida religiosa es la de estudiar a Jesucristo.
Tanto más fácil es conocer a una persona cuanto más
cerca de ella se vive. Por consiguiente, la
tarea de estudiar a Jesucristo para conocerlo mejor lleva consigo la
necesidad de aproximarse a él lo más posible. Contemplar es
entrar en contacto íntimo con el Señor: verlo con los propios
ojos, tocarlo, escuchar su mensaje de salvación de sus mismos labios.
La generosa actitud y vida de oración y de contemplación
alcanza de modo perfecto el doble objetivo de conocer al Señor y de
vivir muy unido a él. Es que no puede haber auténtico
testimonio evangélico si no hubiere un auténtico y generoso
esfuerzo de crecimiento espiritual. La dimensión contemplativa del
religioso se convierte de este modo en un aspecto esencial de su vida.
Solamente el que vive la dimensión contemplativa vive de forma
realista las verdades históricas del reino de Dios. En un discurso
pronunciado el día 24 de noviembre de 1978 ante un grupo de
religiosos, el papa Juan Pablo II expresó esta importante
inspiración: "Vuestras casas tienen que ser ante todo centros de
oración, de recogimiento, de diálogo -personal y, sobre todo,
comunitario- con aquel que es y debe ser el primero y principal interlocutor
en la laboriosa sucesión de vuestros trabajos de cada día. Si
sabéis alimentar este clima de intensa y amorosa comunión con
Dios, seréis capaces de llevar adelante sin tensiones
traumáticas ni peligrosas desbandadas esta renovación de la
vida y de la disciplina a que os comprometió el concilio Vaticano. Contemplativo es aquel
que se siente atraído irresistiblemente por el Señor. Esta
atracción lo lleva a abrirse a él y a dejarse trabajar por
él en una progresiva transformación interior. Este es el
resultado natural de la fidelidad con que el hombre responde a la llamada
constante del Señor. El dinamismo interno que preside este movimiento
transformador o de vida es el amor. El hombre que se deja arrastrar por este
dinamismo de amor da a los hombres un testimonio permanente de su
comunión con el Señor. La capacidad de testimoniar
prácticamente, mediante el ejemplo personal, el amor de Dios a los
hombres es la condición de eficacia apostólica. Y es
también una condición sin la cual nadie consigue realizar un
verdadero progreso en la vida de oración. Sin una profunda
unión con el Señor no hay verdadera fecundidad
apostólica. Sólo el lenguaje del amor es comprensible a todos
los hombres independientemente de su origen, de su raza o de su cultura. El
contemplativo en acción es un apóstol que participa
íntimamente de la pasión, de la muerte y de la gloria de
Jesucristo. "A todos los miembros de cualquier instituto les conviene,
buscando únicamente a Dios sobre todas las cosas, juntar la
contemplación, por la que se unen a él con la mente y el
corazón, con el amor apostólico, por el que procuren ser
asociados a la obra de la redención y a la extensión del reino
de Dios". La fidelidad a las
exigencias de la opción fundamental es la piedra de toque para juzgar
del grado de autenticidad de una vida religiosa. Para mantener la coherencia
íntima, el religioso debe renovar constantemente su actitud interna y
su comportamiento exterior. Este no es sino la manifestación de
aquélla. Por eso, "la regla suprema de la vida religiosa, su
norma última, es la de seguir a Cristo según las
enseñanzas del evangelio". Orar y contemplar son
modos distintos de comunicar con Dios. Orar o rezar es buscar comunicar con
Dios sobre todo por medio de palabras, de conceptos, de imágenes o de
pensamientos. Contemplar es buscar la misma comunicación de otro modo,
en el cual se prescinde lo más posible de palabras, de conceptos y de
imágenes. La contemplación pura es vivencia de
comunicación con Dios sin utilizar ninguna palabra, imagen ni
concepto. La mayor parte de las personas que rezan hacen también un
poco de contemplación. Las que contemplan frecuentemente hacen
también un uso moderado de palabras pronunciadas, murmuradas o
solamente pensadas. Las almas
profundamente místicas muchas veces tienen la capacidad de conocer
directamente a Dios, de comprenderlo y de intuirlo sin utilizar palabras ni
conceptos. Por otro lado, de acuerdo con la experiencia de muchos directores
espirituales y de dirigentes de grupos de oración,
prácticamente todos pueden aprender este modo de orar. Consiste en la
capacidad de captar a Dios directamente por medio de esa facultad que en
lenguaje místico se conoce con el nombre de
"corazón". Este concepto es muy parecido al de
"intuición", al de "visión interior", al de
"iluminación interior"..., al de natural tendencia hacia
Dios, que atrae poderosamente al hombre hacia si. Las palabras, los
pensamientos, los raciocinios, las imágenes... constituyen otros
tantos obstáculos para la comunicación directa e íntima
con Dios. Los corazones enamorados se encuentran más
íntimamente en el silencio de una simple mirada. Para la mayor parte de
las personas, el primer paso para llegar a este estado de simple mirada
dirigida amorosamente al Señor consiste en vaciar o purificar la mente
de cualquier pensar, reflexionar, imaginar.., activamente. Crear el
vacío de la mente. Consiste en un esfuerzo por no hacer nada, por no
pensar en nada, por no imaginarse nada... Observar solamente con fe y con
amor ese vacío en donde se encuentra el Señor de modo
misterioso y escondido. Se aprende a vivir ese estado pasivo mediante el
ejercicio. Se trata de ver al Señor no con el sentido de la vista,
sino con los ojos del "corazón". Los ojos del
"corazón" pueden ver a Dios únicamente si
están ya cerrados para todo lo demás. Cualquier apego o
preocupación por otra cosa que no sea el Señor hace perderlo
irremisiblemente de vista. Por eso precisamente es por lo que Jesús
declaró bienaventurados a los limpios de corazón: sólo
éstos pueden ver a Dios. Hay personas muy
simples, sinceras y auténticas que saben contemplar sin pasar por el
laborioso proceso de aprendizaje que hemos indicado. Son como ciegos, que, al
faltarles la visión, desarrollan espontáneamente una elevada
sensibilidad en los otros sentidos, lo cual les permite participar casi tan
activamente de la vida como las personas de vista normal. Hay ciegos que
"ven" mejor algunos aspectos de la vida que otros cuya
visión funciona normalmente. ¿No se dice que hay algunos que
tienen ojos y no ven? El contemplativo en acción vive en su
"corazón" en una unión amorosa con el Señor,
mientras que con su cabeza trabaja con la misma normalidad que cualquier otra
persona. El ejercicio de
aprendizaje de la contemplación consiste básicamente en obligar
a la mente que piensa y habla activamente a que se calle, mientras uno
permanece amorosamente en la presencia del Señor. La continuidad de
este ejercicio lleva al descubrimiento del arte de comunicar directamente con
el Señor a través del "corazón". El pensar activo tiene
su origen en las sensaciones, en los recuerdos, en las preocupaciones, en las
emociones y en los sentimientos más o menos intensos... Para
contemplar es necesario purificarse previamente de todo eso. Con la mente se
puede pensar, reflexionar, discutir, crear, hablar, rezar... Pero contemplar
sólo puede hacerse con el "corazón". Sólo el
silencio profundo y total de la mente lleva a la visión contemplativa
de Dios. El cerebro es un motor
que siempre funciona. El producto de su actividad se llama
genéricamente pensamiento. No es posible no pensar. Cuando digo
"no pensar activamente" quiero decir ocupar la mente en algo que no
lleva a organizar mentalmente conceptos ni reflexiones lógicas, y
menos aún a darles la forma de palabras más o menos expresadas.
Esto se consigue fijando la atención activa más tranquilamente
en Dios o, mejor aún, en la persona de Jesucristo. El que va hacia la
presencia de Dios, que lo atrae amablemente, ve con espontaneidad la imagen
del Señor con los ojos del "corazón". No es necesario
imaginarse a la persona del Señor ni representársela mentalmente.
Basta con buscarlo amorosamente, con desear que él se haga presente de
algún modo. El que lo ama vive constantemente en su presencia. Para
orar o contemplar basta con fijar atentamente los ojos del
"corazón" en su amable persona y esforzarse en permanecer en
su presencia. Dos personas que se aman apasionadamente sienten una enorme
felicidad con el simple hecho de encontrarse uno en presencia del otro. Para evitar las
distracciones y facilitar la permanencia en el estado de contemplación
basta con habituarse a repetir mentalmente con cierta frecuencia una palabra
clave que exprese el sentimiento de amor y el deseo de unión.
"¡ Señor mío y Dios mío!...
¡Señor, yo te amo!... ¡Señor mío Jesucristo,
ten piedad de mí!".., etc. Es conveniente usar siempre la misma
expresión. Se puede formar así el hábito de repetirla
con frecuencia de día y de noche, incluso fuera de los momentos de
oración contemplativa explícita. La continuidad en este
ejercicio conduce a la contemplación pura, en la que el
"corazón" vive la amable presencia del Señor en el
más absoluto silencio de la mente. La causa más
frecuente de abandono de la vida de oración está en la
persistencia fatigosa y monótona de un método de oraciones
hechas exclusivamente a nivel de la cabeza. El sujeto acaba cansándose
y hastiándose de esas prácticas rutinarias. En la
mayoría se necesita una buena dosis de capacidad de resistencia
física y psíquica para no sucumbir a la tentación del
desaliento. El único medio de huir del problema es aprender a sumergirse
en la profundidad de los misterios del "corazón", que busca
al Señor sin fatiga mental. Contemplar es tan fácil y tan
agradable como amar. Basta con encontrar el camino de este método. El
camino no se detiene en fatigosas elaboraciones mentales, sino en suaves
explosiones de alegría, de paz, de amor, de entusiasmo, de ternura del
"corazón" que encuentra al amado que lo llama. La
contemplación es una experiencia mística que comunica frescor a
la mente, alimento al alma y bienestar al cuerpo. Llena de una felicidad tan
real y tan satisfactoria, que aquel que la consigue no cambiaría esa
riqueza por ninguno de los deleites que pueden proporcionar los sentidos, las
emociones y la mente. Lo más curioso es que esta experiencia
está al alcance de todos. Todos pueden aprender a comunicarse con Dios
a través del "corazón". La mayor parte de las
personas tienen necesidad de educar previamente su "corazón"
por el ejercicio para que funcione adecuadamente. La oración hace
al hombre. Somos lo que llegamos a ser mediante la oración. "La
persona se convierte en aquello que reza; rezar más para amar mejor;
la verdadera oración no está hecha de palabras, sino de
miradas; cuando estoy con Dios, hago lo más importante, porque rezar
es amar". Contemplar no es
hablar con Dios. Tampoco es reflexionar o pensar. El resultado de la
contemplación no consiste en unas cosas hechas, realizadas o
alcanzadas. La contemplación no pretende un conocimiento mental, un
saber. Apunta fundamentalmente hacia el ser de la persona. Esta se transforma
y crece con la contemplación. Se trata de un beneficio mucho
más importante que las luces y el saber que es posible obtener con
otros tipos de oración y con la meditación. La
contemplación transforma a la persona con mucha mayor eficacia que la
fuerza de la voluntad. El que tiene el hábito de orar por el
método de la contemplación se hace generalmente muy sincero,
sencillo, cordial, paciente... Hay vicios que desaparecen sin un gran
esfuerzo: fumar demasiado, afición al alcohol, dependencia afectiva...
En fin, la persona se transforma en otra distinta. También la
comunidad religiosa y la familia se benefician extraordinariamente por el
hecho de que uno de sus miembros tenga el hábito de orar por el
método de la contemplación. El cambio que la
contemplación produce en la persona contagia a todas las de su
entorno. Hay una unión mayor de corazones, hay un clima favorable al
diálogo, hay una mayor participación en las actividades del
grupo, y los encuentros se realizan en un clima de paz y de amistad. Contemplar
es sensibilizar el corazón para el descubrimiento, para la
aceptación y para el amor a los demás. Las personas que
contemplan juntas en un mismo lugar entran también en una
sintonía profunda unas con otras. Y acaban sintiéndose
íntimamente unidas, en comunión. Las personas que
buscan juntas una misma cosa sienten un mayor estímulo para el
esfuerzo común. La resistencia o el desinterés de uno bloquea
el esfuerzo de todos. Las actitudes y las emociones individuales positivas o
negativas de una persona en un grupo contagia fácilmente a los
demás a través de una especie de comunicación
inconsciente. Contemplar es fijar la
atención en el objeto considerado, penetrar en su intimidad, dejarse
penetrar por él sin resistirse ante el movimiento de encanto y de admiración
que suscita. En la oración contemplativa, el objetivo de la
atracción, de la atención interior, del encanto y de la
admiración.., es el Señor. El que contempla no piensa
activamente, no calcula, no conversa. Se trata de una intensa actividad
interna, silenciosa. De una experiencia interior. A veces el sujeto explota
en exclamaciones de alegría, de júbilo, de gratitud, de
tristeza, de maravilla... Hay quienes descubren
la oración contemplativa simplemente por miedo a perder el tiempo. Hay
quienes creen que orar es hacer algo: pensar, reflexionar, pronunciar
palabras, leer, cantar, etc. Está claro que todo esto puede ser
también oración; todo depende, naturalmente, de la
disposición interior del sujeto. Pero contemplar, o sea orar sin decir
nada y sin pensar activamente, es seguramente una oración más
profunda y más provechosa para el crecimiento de la unión del
hombre con Dios que cualquier otra oración: "¡Marta, Marta!
Tú te preocupas y te apuras por muchas cosas, y sólo es
necesaria una. Maria ha escogido la parte mejor, que no se le
quitará" (Lc 10,41-42). Una de las condiciones
personales para aprender a contemplar es tener el coraje de sentarse a los
pies del Señor simplemente para mirar..., para escuchar..., para amar
y dejarse amar. El contemplativo no hace nada. Deja que el Señor haga
con él lo que quiera. Se limita a tomar conciencia de las maravillas
que el Señor realiza en él. Es difícil
explicar lo que siente la persona en oración contemplativa. La mirada
fija en Dios y en su reino, el secreto movimiento afectivo del corazón
y la misteriosa respiración del alma entregada a las cosas del
Espíritu son cosas más o menos inexplicables. Se trata de una
experiencia que se vive. No hay palabras para describirla adecuadamente. Es
tan imposible querer explicar como querer hacer comprender qué es el
perfume del jazmín a una persona que nunca lo ha olido. Es un
conocimiento que se adquiere solamente por la experiencia personal. La
experiencia interior de la unión íntima con Dios es tan simple
y tan espiritual, que no puede reducirse a ninguna idea bajo la forma de
imagen sensible. Sólo la experiencia..., únicamente la
experiencia... La
contemplación es una vivencia absolutamente personal e interior. Puede
ir acompañada de gestos exteriores que, sin embargo, no expresan el
contenido vivencial de la oración. Este permanece secreto, conocido
únicamente por el sujeto. Por eso la oración contemplativa,
aunque se haga en grupo, es siempre estrictamente personal, a pesar de que el
sujeto siga siendo plenamente consciente del hecho de ser miembro de un
grupo, de una comunidad, de la Iglesia. Podemos forjarnos una
vaga idea de cómo es la unión íntima con Dios a
través de la descripción que hizo Jesús de su
unión con el Padre. El evangelista Juan afirma que "el Hijo unigénito
está en el seno del Padre" (Jn 1,18). Jesús declaró
también: "Yo y el Padre somos una sola cosa" (Jn 10,30). Y
en otro lugar: "Como tú, Padre, en mi y yo en ti, que
también ellos sean una sola cosa en nosotros..." (Jn 17,21). Otra
de sus palabras: "Volveré otra vez y os tomaré
conmigo..." (Jn 14,3), es una clara indicación de cómo
actúa el Señor en el alma del que se deja amar por él.
Contemplar es dejarse amar por el Señor. Es estar enteramente
disponible a él con plena conciencia de esa disponibilidad y de ese
deseo de querer ser únicamente suyo. La mentalidad
horizontalista que nace de la actitud tendenciosamente social puede ser un
sincero esfuerzo de vida espiritual. Sin embargo, es sumamente difícil
-por no decir imposible- llegar por ese camino a una verdadera oración
contemplativa. Todo indica que el descubrimiento de san Agustín es
válido para todos los que buscan un encuentro más profundo y
más personal con el Señor. "Tarde te amé, oh Belleza,
tarde te amé. Sí; tú estabas en lo más
íntimo de mi mismo y yo estaba fuera de mí. Yo te buscaba fuera
de mí". Santa Teresa se
extraña de que algunos tengan miedo de entrar decididamente por este
camino para progresar en la vida de oración: "No entiendo eso que
temen los que temen comenzar oración mental, ni sé de
qué han miedo". Al hablar de la
necesidad de orar y de la satisfacción que experimenta el que aprende
a orar de veras, la misma santa escribe: "Para estas mercedes tan
grandes que me ha hecho a mi (el Señor) es la puerta la
oración; cerrada ésta, no sé cómo las
hará, porque, aunque quiera entrar a regalarse con un alma y
regalarla, no hay por dónde, que la quiere sola y limpia y con ganas
de recibirlos. Si le ponemos muchos tropiezos y no ponemos nada en quitarlos,
¿cómo ha de venir a nosotros? ¡Y queremos nos haga Dios
grandes mercedes!" El Señor habla
a quienes lo escuchan. Su palabra es misteriosa. Únicamente es
perceptible en el silencio del corazón estrechamente unido a
él. Los sentidos son puertas abiertas al mundo exterior. El reino de
Dios está dentro de nosotros, nos advirtió Jesús. Por
consiguiente, las realidades espirituales no pueden ser percibidas por los
sentidos exteriores. Sólo los sentidos interiores -la
imaginación, la fantasía, la representación, el
sentimiento, la impresión...- son suficientemente sensibles para
percibir las cosas del espíritu. Si quieres oír
lo que el Señor te dice, cierra tus sentidos exteriores -la vista, el
oído, el tacto, el olfato y el gusto-, recógete en tu interior
más intimo, entra con el Señor que está allí,
permanece en su santa presencia y fija tu atención en él. El te
hablará si estás suficientemente abierto y atento a sus
palabras. Cualquier distracción es un ruido que apaga su voz. Sólo
puedes oírla en el silencio más profundo de tu cuerpo y de tu
mente. La
contemplación es un tipo de oración muy simple. No tiene nada
de difícil y complicado. A muchos les puede parecer difícil
precisamente porque no saben ser sencillos. La excesiva
intelectualización y racionalización llevan al hombre a calcular
sus actitudes y sus comportamientos delante de las realidades con que se
enfrenta. Pero sólo la actitud simple y auténtica del
niño consigue penetrar en la profundidad de las vivencias simples y
naturales. Aprender a orar es reaprender a ser simples y puros como fuimos en
tiempos de nuestra infancia. Se trata de un redescubrimiento de aquello que,
en nuestros años infantiles, nos era muy familiar. Desgraciadamente,
en el mundo tecnológico educar puede significar cambiar la naturaleza
espontánea del hombre en unos comportamientos y actitudes
artificiales, más útiles para los objetivos pragmáticos
de la sociedad de producción y de consumo. Por fortuna, siempre es
posible el retorno a un humanismo verdadero. l3asta con querer y adoptar los
medios adecuados para ello. Y éstos están actualmente bastante
difundidos gracias a las publicaciones de divulgación de la
psicología aplicada a las más diversas finalidades. Existen ya
buenos estudios de psicología aplicada a la vida de oración. La Virgen María
es un modelo extraordinario de vida contemplativa. Maria es imprescindible en
la vida cristiana. Ejerce un papel pedagógico indispensable en la vida
del que quiere aprender a orar. Si orar es amar, entonces hemos de comprender
cómo nadie amó tanto como María a su divino hijo
Jesús. Nadie en el mundo estuvo tan estrechamente unido a él
como su madre. Por eso mismo, nadie jamás entró tan
profundamente como ella en los misterios del corazón de Dios. Esta es
la más importante de sus credenciales para que la consideremos como
nuestra maestra en los trabajos de aprendizaje de la oración. No cabe duda de que
una de las actitudes que más agradan al Señor en sus amigos es
la de una filial veneración a la Virgen Maria, su augusta madre. El
mismo nos la presenta como modelo: "Jesús, viendo a su madre y
junto a ella al discípulo que él amaba, dijo a su madre:
'Mujer, he ahí a tu hijo'. Luego dijo al discípulo: 'He
ahí a tu madre'" (Jn 19, 26-27). Jesús y aquellos a los
que él ama tienen la misma madre. Son hermanos. El es siempre el
hermano mayor. Por eso mismo, en cualquier dificultad podemos contar con
él. En cierto modo, él se responsabiliza de nosotros. El primer modelo de un
hijo es siempre su madre. Procura imitarla espontáneamente. En la
medida en que consigue copiar el modelo que está continuamente ante su
vista, va creciendo en la vida. Se desarrolla en el sentido de la edad adulta
como la madre. Lo mismo ocurre con el
devoto de la Virgen Maria. En la medida en que imita el admirable ejemplo de
su vida, se aproxima al ideal, a Jesucristo, su hermano, que a su vez
forjó su humanidad siguiendo el prodigioso modelo de esta mujer
singular. Es ella, la Virgen, madre de Jesús y madre nuestra, la
misteriosa mujer descrita por Juan como "una gran señal que
apareció en el cielo: una mujer revestida del sol, con la luna bajo
sus pies y una corona de doce estrellas sobre la cabeza" (Ap 12,1). La vida de Maria se
caracteriza por unas actitudes espirituales que estimulan poderosamente
nuestra vida de oración. Maria, la Virgen que escucha, la Virgen en
oración, representa en la Iglesia el modelo más perfecto de
unión con Jesucristo. Ved, por ejemplo, a Maria al pie de la cruz.
¿Quién contempló jamás la pasión de su
divino Hijo con amor, con dolor, con sentimiento de compasión, como
ella? Con su ejemplo anima a los cristianos y les indica ese excelente medio
de contemplación del misterio de la pasión. El que vive un amor
profundo a Jesucristo no puede menos de amar y de imitar también a su
heroica y santa Madre. Una de las manifestaciones más tiernas de ese
amor es la celebración de las fiestas marianas. Las invocaciones, las
preces y las celebraciones relacionadas con el culto de veneración a
la Virgen siempre son muy apreciadas para el que ama al Señor. La oración
pasiva es una actitud semejante a la de Maria, que se dejó esclavizar
por el Señor. Santa Teresa lo comprendió muy bien. En la
oración más profunda, el alma, "si se hace pedazos a
penitencias y oración y todas las demás cosas, si el
Señor no lo quiere dar, aprovecha poco. Quiere Dios por su grandeza
que entienda esta alma que está Su Majestad tan cerca de ella que ya
no ha menester enviarle mensajeros, sino hablar ella misma con él y no
a voces, porque está ya tan cerca que en meneando los labios la
entiende". Y continúa la santa con la idea de esclavitud: la
oración pasiva "es un recogerse las potencias dentro de si para
gozar de aquel contento con más gusto, mas no se pierden ni se
duermen; sola la voluntad se ocupa de manera que -sin saber cómo- se cautiva;
sólo da consentimiento para que la encarcele Dios, como quien bien
sabe ser cautivo de quien ama". Al hablar de la oración de
quietud, dice: Cuando tenía cerca de veinte años
"comenzó el Señor a regalarme tanto por este camino, que
me hacia merced de darme oración de quietud y alguna vez llegaba a
unión, aunque yo no entendía qué era lo uno ni lo otro
ni lo mucho que era de preciar, que creo me fuera gran bien entenderlo.
Verdad es que duraba tan poco esta unión, que no sé si era
Avemaría; mas quedaba con unos efectos tan grandes, que, con no haber
en este tiempo veinte años, me parecía traía el mundo
debajo de los pies". Tan iluminadora es la
descripción de santa Teresa, que no puedo prescindir de presentar al
lector algunas otras transcripciones de su maravilloso texto: "Tengo
para mi que un alma que llega a este estado que ya ella no habla ni hace cosa
por sí, sino que de todo lo que ha de hacer tiene cuidado este
soberano Rey. ¡Oh, válgame Dios, qué claro se ve
aquí la declaración del verso y cómo se entiende
tenía razón y la tendrán todos de pedir alas de paloma!
Entiéndese claro es vuelo el que da el espíritu para levantarse
de todo lo creado y de si mismo el primero, mas es vuelo suave, es vuelo
deleitoso, vuelo sin ruido". Al hablar de la oración mental
profunda, la santa comenta: "No es otra cosa oración mental, a mi
parecer, sino tratar de amistad estando muchas veces tratando a solas con
quien sabemos nos ama". Y también: "Entiende (el alma) que
no quiere sino a su Dios, mas no ama cosa particular de él, sino todo
junto le quiere y no sabe lo que quiere; digo no sabe porque no representa
nada la imaginación ni, a mi parecer, mucho tiempo de lo que
está en sí no obran las potencias; como en la unión y
arrobamiento el gozo, aquí la pena las suspende". Unos frutos personales
importantes de la contemplación son los sentimientos de paz, de
tranquilidad interior, de disponibilidad, de gozo de poder amar, de
felicidad... Para el que contempla, estos sentimientos son como un paladar
definitivamente adquirido. Despiertan la tendencia a buscarlos siempre, de
experimentarlos de nuevo continuamente. El que ha descubierto la verdadera
contemplación no se cansa jamás de contemplar. |