Fr. Julio González C. OCD

 

TIEMPO ORDINARIO

2008

 

PALABRA Y ESPIRITUALIDAD

Pastoral de Espiritualidad

Frailes Carmelitas

Viña del Mar – Chile

 

                         

DOMINGO DE PENTECOSTES Y SEXTA SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO

CICLO A

DOMINGO DE PENTECOSTES

LUNES     MARTES     MIERCOLES     JUEVES     VIERNES     SABADO


 

PENTECOSTÉS

                                                  

Lecturas:

a.- Hch. 2,1-11: Llenos del Espíritu Santo, comenzaron a hablar.

b.- 1Cor. 12,3.7.12-13: Bautizados en un mismo Espíritu.

c.- Jn. 20,19-23: Don del Espíritu para la misión.

d.- Juan de la Cruz: “¡Oh lámparas de fuego, en cuyos resplandores las profundas cavernas del sentido, que estaba oscuro y ciego, con extraños primores calor y luz dan junto a su Querido!” (LB 3).

Culminamos el tiempo de Pascua con la fiesta de Pentecostés. La descripción que hace Lucas de la venida del Espíritu Santo nos debe introducir en lo fundamental: después de la resurrección, el Espíritu Santo animaba la Iglesia y la vida de los cristianos. El relato de Lucas es fruto de la madurez de los discípulos que luego de la venida del Espíritu se convirtieron en apóstoles, proceso que se cumple en ellos plenamente. Se había cumplido la promesa de Jesús: que el Espíritu de la verdad vendría sobre ellos (Jn. 20, 22).

Pentecostés (Ex. 23,16; Lv. 23,15-21; Dt. 16, 9-12) era una fiesta que reunía un gran número de judíos de todas partes, pero para Lucas, esta fiesta tenía otra connotación: colocar el inicio oficial de la Iglesia en esa fecha. Quiere describir la segunda creación, obra de la redención. Así como hubo un hálito o soplo de vida, así en la nueva creación, el Espíritu Santo crea a los hombres nuevos.

El Espíritu Santo viene de Dios, del cielo, de lo alto; pero el Espíritu no puede ser percibido por los sentidos. Hay que sensibilizarlo y por ello usa la palabra pneuma, que puede significar espíritu como viento. DE ahí que el relato hable del “viento impetuoso”. Así como el Espíritu estaba destinado a los discípulos; de ahí que el viento arrecie contra la casa donde permanecían los discípulos; Lucas, está pensando a la tradición judía que enseñaba que la palabra de Yahvé bajó del Sinaí y se comunicó en lenguas, setenta lenguas, según los pueblos que habitaban el mundo para que cada uno la recibiese en su propio idioma.

Pentecostés, el nuevo Pentecostés debía demostrar el poder y la fuerza del Espíritu a los judíos. Estos provenían de todas partes, lo que para Lucas viene a simbolizar la universalidad, doce regiones, cada cual oía hablar de las maravillas de Dios en su propia lengua. Se refiere al contenido del evangelio y a su destino que es el universo entero representado por aquellos que escuchan el discurso de Pedro.       

San Pablo, además de sacar a los corintios de la ignorancia acerca de los carismas, centra todo en la persona de Cristo, en la acción del Espíritu Santo y en el bautismo, fuente perenne de vida cristiana y carismática. Los carismas provienen de un solo Espíritu y para el servicio de la comunidad. Estos dones son actitudes que se reciben para el servicio de la Iglesia (1Cor.12, 22).

El símil del cuerpo nos ayuda a comprender la unidad y la pluralidad que existe en la Iglesia de Jesucristo. El llamado es a vivir la responsabilidad a todos los miembros de la Iglesia para que el cuerpo no sólo funcione sino que mantengamos la unidad en un solo bautismo, en un solo cuerpo y en un solo Espíritu.

El evangelio nos sitúa en esa aparición de Jesús resucitado a los discípulos: “Recibid el Espíritu Santo” (v. 22). Fue la primera experiencia que tuvo la Iglesia, para luego verlo ser el protagonista indiscutible de los Hechos de los apóstoles. No se puede establecer cuando comenzó la obra del Espíritu en esos hombres y mujeres que escuchaban a Jesús. Era indiscutible su presencia en la Iglesia, como realidad viviente y operante desde el comienzo. Pensemos que los apóstoles en ese cenáculo  era la comunidad apostólica y eclesial en su fundamento más original, más tarde se agregarán otros.

El gesto de Jesús se soplar sobre ellos, recuerda el soplo de vida del Padre en la creación (Gn. 2, 7) o de los profetas (Ez. 37, 7-14). Jesús, comunica el Espíritu, el don de la vida nueva, es el origen de la nueva humanidad, una nueva creación. Si es donada la vida nueva, debe desaparecer la muerte. El Espíritu Santo es comunicado como antídoto contra el pecado, poder que Jesús transmite a los doce y a sus sucesores. El poder de perdonar y decidir la expulsión de un miembro del grupo, decisión importante, debe venir del poder de Jesucristo, tanto más que en el cuarto evangelio, sólo aquí se habla de este poder concedido a los apóstoles.

El resucitado concede el don del Espíritu para que exista paz entre el cielo y la tierra, paz y perdón en la comunidad eclesial, vida nueva para todos los que en el futuro crean a la palabra de los apóstoles.

Las lámpara de fuego en Juan de la Cruz, son los atributos divinos que dan luz y calor al alma del cristiano, como dones y carismas, que al servicio del hombre y de la Iglesia, crean una admirable sinfonía hecha de gracia y responsabilidad fina, como destellos de oro purísimo que brillan en medio del quehacer eclesial.


LUNES

Lecturas

a.- Sant. 1,1-11: Una fe probada

b.- Mc. 8, 11-13: Esta generación reclama un signo.

c.- San Juan de la Cruz: ¿Oh cristalina fuente, /si en esos tus semblantes plateados/ formases de repente/ los ojos deseados/ que tengo en las entrañas dibujados” (CB 12).          

La invitación de Santiago, es a caminar en fe en medio de las pruebas, precisamente para hacerla más robusta e íntegra. Una fe que genera paciencia para que las obras que nazcan de este compromiso verdaderamente hagan al hombre más perfecto a los ojos de Dios.

Encontramos también una exhortación a la oración confiada, que pida el don de sabiduría, si le hace falta, pero que lo haga con fe, sin vacilaciones. Que nada reciba el hombre irresoluto, el que duda y es inconstante en sus caminos (vv. 7-8).

Finalmente, la exaltación del humilde por parte del Señor, no la recibe el rico, el primero permanece, el segundo pasa y se seca como hierba del campo. Sólo gozará de la exaltación si se humilla con ellos. Estos consejos del apóstol no están demás para la convivencia diaria y la intimidad que cada cual tiene con el Señor. Normas de vida cristiana.

En el evangelio encontramos la férrea oposición de Jesús, ha realizar milagros portentosos a petición de los fariseos. Querían un signo del cielo, algo mayor que sus milagros. Ellos están pensando en una exhibición cósmica que obligara a los hombres a creer en el mesías, un dictador celestial, un mesías triunfal. En Marcos encontramos estos prodigios referidos sólo al fin del mundo citado en dos ocasiones (13, 4. 22). Podían estar pensando también en los signos realizados por Moisés ante el faraón o el signo del sol, realizado por Josué (Jos. 10, 12-15).

Es significativo, sin embargo, el gemido que nace de lo interior de Jesús: “Por qué esta generación pide un signo? (v.12). Claramente este signo indica la enorme contradicción que genera  la falta de fe. Jesús, todo entero se conmueve, es cólera y tristeza la que siente por la obcecación de sus corazones, un suspiro, en fin doloroso por su incredulidad. Se logra adivinar la idea que se hace de esta generación, pues la tiene representada por los fariseos. Marcos, no habla de generación “mala y perversa” como Mateo (16,4), ni les da como signo el de Jonás como Mateo (16, 4) y Lucas (11, 29-30).

¿A que razón responde la negación de Cristo a todo signo apoteósico? En Marcos, es fundamental el secreto mesiánico, es decir, la fe se entiende no como el resultado de signos maravillosos, sino la respuesta personal a un descubrimiento de la presencia de Jesucristo. Es otra forma de presentarse Dios en la vida del hombre, sin sacarlo de lo cotidiano. Las parábolas del sembrador y de la semilla que crece por sí sola, explican el sentido de esa presencia divina en la vida del hombre (Mt. 13). El evangelio escapa de la espectacularidad, para penetrar en la vida del hombre, sin sacarlo de ella, su respuesta debe ser al modo humano. La petición de los fariseos, atenta contra el hombre, al querer privarlo de su responsabilidad, de su libertad e iniciativa personal.

No habrá señales y si las hubiere el secreto mesiánico se impone. La verdadera personalidad de Jesús, se develará en su muerte en cruz, en la más absoluta negación de cualquier signo del cielo. Jesús, se alejó porque ve que ahí no había nada que hacer, sobre todo cuando mente y corazón están cerrados. Los judíos representantes del fariseísmo, son en realidad representantes de esta generación, incrédula.

La cristalina fuente, de la que habla el místico, es la fe, sus semblantes plateados, las verdades que la fe nos propone, que vivida a fondo nos debe llevar a la sustancia de la fe, es decir, a comunicarnos a Dios. Los ojos deseados, son las verdades reveladas, pero sin ya el velo de la fe, la mirada y fuerte presencia que del Amado siente en su vida. Que tengo, en mis entrañas dibujados, es decir, el paso del dibujo, los artículos de la fe, a la plena transformación. Están dibujadas estas verdades en el entendimiento por la fe, y en la voluntad, por el amor esperando la semejanza y transformación en Cristo. Una vida humana pero bañada de lo divino, como Pablo, vivo yo, pero es Cristo quien vive en mí. Y todo esto sin pedir signos.


MARTES

Lecturas

a.- Sant. 1, 12-18: Todo don perfecto viene del Padre

b.- Mc. 8,14-21: ¿Y no acabáis de entender?

c.- San Juan de la Cruz: “Pero los bienes que esta callada comunicación y contemplación deja impresos en el alma, sin ella sentirlo entonces, como digo, son inestimables; porque son unciones secretísimas, y por tanto delicadísimas, del Espíritu Santo, que secretamente llenan el alma de riquezas, dones y gracias espirituales, porque, siendo Dios el que lo hace, lo hace no menos que como Dios” (LB 3,40).

El apóstol nos plantea una seria afirmación: “¡Feliz el hombre que soporta la prueba!” (v.12). Plantea de alguna forma el origen del pecado. Nos ha hablado de las pruebas vividas en fe. La prueba es eso, una prueba, pero que nos puede inclinar hacia el mal. Cuando sucede esto la prueba pasa a un segundo estado, y aparece la tentación. De lo cual se puede concluir: que si la prueba viene de Dios, por lo mismo, de Dios viene la tentación. ¿Cómo entender este planteamiento? Evitando todo tipo de fatalismo contrario al judaísmo y a cristianismo por la misma naturaleza de Dios se excluye este modo de razonar: Dios no puede ser tentado ni tentar a nadie. El verdadero origen de la tentación se encuentra en la concupiscencia del hombre, en sus deseos desordenados. Estos deseos conciben el pecado y el pecado, la muerte espiritual.

De la visión del pecado, que viene del hombre, el apóstol, lo que viene de lo alto, es decir, de Dios, es bueno e inmutable, no sujeto a los cambios de lo contingente. Dios, es el Padre de las luces  (v. 17), es decir, puro en su trascendencia divina, más allá de los astros y avatares del mundo. “Nos engendró por su propia voluntad, con Palabra de verdad, para que fuésemos como las primicias de sus criaturas” (v. 18). Esta es la verdadera naturaleza del cristiano. La nueva existencia supone un nuevo nacimiento (Jn. 3, 3-5) y este nacimiento viene de Dios, no viene del hombre, aunque quisiera. La luz y la vida tienen su origen en la Palabra de Dios, Palabra de la verdad (1Pe.1, 23; Ef. 1, 13; Col. 1,5). Esta realidad se materializa por medio del Bautismo, origen de una nueva humanidad, primicias de sus criaturas (v.18), primeros frutos de la cosecha. Más tarde vendrá la cosecha final. Israel, era el hijo primogénito en medio de los otros pueblos, ahora los cristianos,  son las primicias de todos los pueblos. Es el inicio de una nueva humanidad, comenzando ya a trabajar nuestra conversión personal para ser verdadero fruto, primicia en la verdad y en el amor al vivir el evangelio.

Los discípulos no comprenden a Jesús. Su preocupación es que sólo llevan un pan, algo insignificante para una jornada larga a la otra orilla del lago: van sin alimentos. Mientras tanto, Jesús les advierte que tengan cuidado de la levadura de los fariseos y de Herodes (v.15), es decir de su doctrina. Les hace ver que no han comprendido nada. ¿Qué significado tienen los panes que en dos veces (6, 30-44 y 8,1-10) ha multiplicado, primero para los judíos y luego para los gentiles? (vv.19-20). Jesús, es el único verdadero pan que los acompaña (v. 14) y los panes significan la doctrina de los judíos y los criterios de los gentiles. El recordarles los detalles de ambos milagros es para hacerles tomar conciencia de quien es ÉL y hacerles comprender el sentido de la predicación del Evangelio, orientado hacia la Iglesia de los gentiles. Israel, deberá reconocerlo y así responder a las expectativas del AT. Jesús, para referirse a ambos milagros no habla de multiplicar sino de partir el pan, con lo que afianza el sentido de cena o Eucaristía de los dos prodigios.

Los panes vienen a significar la doctrina judía que Jesús transforma y en el segundo milagro significa la doctrina de los gentiles que también Jesús querría transformar. Por el momento el único pan que llevan los apóstoles es Jesús, sólo sin apoyo ni de judíos ni de gentiles para realizar su obra redentora. ÉL sólo podrá realizar su misión y los que crean por la fe en su palabra, serán su único apoyo. El alimento que les dio a judíos y gentiles, es su palabra además de multiplicar, partir, mejor dicho el pan para la naciente iglesia judía y gentil.

Cuantos bienes envía Dios Padre, sobre los que creen a la palabra de su Hijo por medio del Espíritu Santo. Gracias, dice el místico, venidas de lo alto, unciones secretas, pero llamadas a manifestarse en el creyente, transformándole desde lo interior, desde dentro para vivir la unión con Dios y la comunión con el prójimo.


MIERCOLES

Lecturas

a.-Sant. 1, 19-27: Poner por obra la Palabra

b.- Mc. 8, 22-26: El ciego quedó sano.

c.- San Juan de la Cruz: “La perfección no está en las virtudes que el alma conoce de sí, mas consiste en las que nuestro Señor ve en el alma” (D 113).

Cómo hacer eficaz la Palabra de Dios en quien la escucha parece ser el sentido de la primera lectura. La primera condición es “ser diligente para escuchar, tardo para hablar, tardo para la ira” (v. 19). La ira del hombre no produce la justicia, primero porque Dios rechaza al violento, no esta haciendo lo que le agrada, por lo tanto ahí no hay justicia. Quien realiza la voluntad de Dios, practica la justicia, porque hace lo que le agrada.

Una segunda condición sería rechazar “la inmundicia y abundancia de  mal” para con docilidad recibir la Palabra de Dios y el poder que salva nuestras vidas. Acoger la Palabra es para guardarla en el corazón, considerarla, para ponerla por obra. El que la recibe y luego se olvida de ella es como quien se mira al espejo y luego se olvida de cómo era. Aquí se trata de vivir en la ley perfecta, la de la libertad. Revelación de Dios que libera al hombre de su inútil proceder, bajo la ley del pecado, convertido en esclavo del pecado mas, si la cumple será feliz, asegura Santiago (v. 25).

Finalmente, el apóstol, define la verdadera religión: “La religión pura e intachable ante Dios Padre es ésta: visitar a los huérfanos y a las viudas en su tribulación  y conservarse incontaminado del mundo” (v. 27). Fruto de conservar la Palabra de Dios, son las obras de caridad y de misericordia a favor de los pobres y necesitados, guardando la pureza del amor a Dios y del prójimo.

Esta curación de un ciego se realiza en un contexto de ceguera por parte de los fariseos y de los discípulos. El acontecimiento tiene mucho de real, pero también como sucede con frecuencia en Marcos, hay una corriente simbólica que lo subyace casi siempre. Como con el sordomudo (7,31-37), Jesús, se vale de gestos, el tacto, único posible para ser entendido por un ciego: crea en él conciencia de lo que va a vivir.

Primero vio árboles que caminan, en lugar de hombres; en un segundo momento, luego que Jesús, le unta los ojos con su saliva, ve perfectamente, su vista mejora hasta ver de lejos. Jesús, podría ser considerado un taumaturgo en virtud de estas facultades humanamente extraordinarias o en virtud de fuerzas sobrenaturales.

El autentico creyente no necesita demostrar lo sobrenatural de un prodigio, porque estos se producen después que está presente la fe del que cree, tanto que cuando está falta o es insignificante, no hay prodigios (Mc. 6,1-6). Los milagros no los presenta Marcos dentro de esquemas triunfalistas, al contrario, como signos de la presencia del Mesías, donde la moderación sella la acción en la persona beneficiada. 

¿Qué vio Jesús en ese ciego? Un hombre necesitado y capaz de recibir no sólo la luz de este mundo sino la fe, la salvación. Juan de la Cruz, nos invita a dejarnos mirar por Cristo, su mirar es amar, es decir, luz que vence oscuridades y luz que centra en la verdad, su mirada trasparenta el alma y la hace conocer la inmensa capacidad que posee para amar y ser amada por el Señor de la vida.


JUEVES

Lecturas

a.- Sant. 2, 1-9: Dios elige a los pobres.

b.- Mc. 8, 27-33: Tú eres el Mesías.

c.- Juan de la Cruz: “Quien a su prójimo no ama, a Dios aborrece” (D 183).                      

Evitar caer en la acepción de personas, parece resumir este pasaje de la carta de Santiago. El apóstol lo condena como contrario a la fe, por ser un criterio abiertamente mundano. Esta presente la idea de no contaminarse con los criterios y corrientes de pensamiento puramente mundanos (Sant. 1, 27). El símil del rico bien tratado en la asamblea litúrgica y el pobre que debe permanecer de pie o postrado, deja en claro la idea que quiere exponer. La sentencia conclusiva es esta: “Escuchad, hermanos míos queridos: ¿Acaso no ha escogido Dios a los pobres según el mundo como ricos en la fe y  herederos del Reino que prometió a los que le aman. ¡En cambio vosotros habéis menospreciado al pobre!?” (v. 5). Los pobres son los verdaderos ricos porque poseen la fe (cfr. 1Cor. 1, 26-29).

Si al aplicar justicia se hace acepción de personas por parte del juez, garante de equidad, el cristiano si hace lo mismo con sus hermanos, se convierte en juez impío y sin conciencia. Debe evitar esta actitud si quiere de verdad ser cristiano. La crítica del apóstol apunta a que Cristo se humilló a sí mismo (Flp. 2, 5ss), no teniendo, por tanto, ningún fundamento para hacer acepción de personas. Hacerlo es estar en contra de Jesús, inspirarse en su ejemplo, es querer seguirlo de verdad.         

Los pobres, según el mundo, son los preferidos de Dios. De ahí la importancia de no hacer preferencia por los ricos, porque significaría equipararse al mundo, actuando contra el designio de Dios. La crítica, también se centra en aquellos que debían impartir justicia y arrastraban a los pobres a las cárceles, procurando defender sus propios intereses, incluso contra las leyes. Son lo ricos los que blasfeman el santo Nombre de Dios, opuestos al cristianismo; lo mismo que Israel fue propiedad de Yavhé, porque invocaba su Nombre (Dt. 28,10; Is. 63,19), hoy los cristianos son propiedad de Jesucristo, quienes lo invocan con su Nombre (Hch. 2, 38). 

La caridad cristiana es la regla de oro para superar la acepción de personas. El amor al prójimo es una cosa y el honor dado a las personas por su posición social, es otra. Se exige objetividad: la ley de la libertad (1,25) o ley regia (2, 8), debe regir la vida del creyente porque de lo contrario violar este precepto “sería reo de todos” (v.9). El Levítico mandaba observar el amor al prójimo y la justicia (19,5), con mayor razón hoy en la Ley de gracia se debe vivir el amor al estilo de Jesús: siempre y en toda circunstancia.

La confesión de Pedro establece un hito en el evangelio de Marco. Se pasa de la incredulidad de los apóstoles a comenzar en forma incipiente a creer que Jesús es el Cristo pero no se le denomina Mesías. Decimos que comenzaron a creer, sobre todo Pedro, porque inmediatamente que Jesús presenta el primer anuncio de la Pasión, él no acepta que le pueda suceder eso a su Maestro y lo reprendió escandalizado (Mc. 8, 32). Pedro, fue reprendido por Jesús e invitado a renovar su discipulado, siguiéndolo, es decir, poniéndose detrás de ÉL. (Mc. 8, 33). Desde la curación del ciego, los apóstoles comenzarán a ver con mayor claridad a Jesús. Realidad y símbolo, unidos en Marcos. Luego de este incidente, Jesús sube a Jerusalén, a sufrir la pasión, comienza la predicación acerca de la cruz. Desde aquí en adelante aparecerá la palabra camino (9,33; 10,17.32; 11,8), con mayor frecuencia, como sinónimo de seguimiento.

Las opiniones acerca de la identidad de Jesús eran muchas. A ÉL le interesa la de sus discípulos, no la de la muchedumbre. No representa para ellos una novedad, sino alguien del pasado (Mc. 6,15). La profesión de Pedro, va envuelta de un entender el mesianismo de Jesús en la línea del poder y del triunfo humano. No comprendió el lenguaje de la pasión ni de la cruz, podemos afirmar que Pedro, no sintoniza con Cristo. Ve en Jesús algo de la figura del Mesías, pero sin cruz, en forma desproporcionada es decir, triunfalismo político. La prohibición de Jesús de hablar de esta profesión de fe hecha por Pedro, es categórica: no deben hablar de su mesianismo. El secreto mesiánico, va más allá de hablar de Él (v. 30), sino que se trata más bien,  de no confundir su mesianismo con las ideas que la gente tenía acerca del Mesías. 


VIERNES

Lecturas

a.- Sant. 2,14-24.26: La fe sin obras, está muerta.

b.- Mc. 8, 34-39: El que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará.

c.- San Juan de a Cruz: “Porque, si el hombre se determina a sujetarse a llevar esta cruz, que es un determinarse de veras a querer hallar y llevar trabajo en todas las cosas por Dios, en todas ellas hallará grande alivio y suavidad para (andar) este camino, así desnudo de todo, sin querer nada. Empero, si pretende tener algo, ahora de Dios, ahora de otra cosa, con propiedad alguna, no va desnudo ni negado en todo; y así, ni cabrá ni podrá subir por esta senda angosta” (2S 7,7).

La insistencia de Santiago, que la fe sin obras está muerta tiene su razón de ser. Por una parte para contrarrestar ciertas corrientes filosóficas griegas que insistían en el conocimiento de Dios, una especie de fe, pero que no influía en su vida moral y en sus buenas obras. La otra influencia podía venir de Pablo, que predicaba el valor de la fe, mejor dicho, el hombre era justificado por la fe (Gal. 3,1-5), independiente de las obras de la Ley de Moisés. Una mala interpretación de esto podía crear confusión al respecto.

Santiago, se vale de argumentos fuertes para demostrar que su afirmación es válida. El judío cada día debía recitar el “shema” (Dt. 6,4), teóricamente bastaba recitar esta oración para obtener la salvación, sin necesidad de las obras. Hasta los demonios creían todo eso (Mc. 1, 24), por lo mismo, una fe sin obras, no salva y no sirve para nada. Otro argumento usado por el apóstol es la historia de Israel, según la cual, la fe debe ser demostrada por la obras: Abraham por sus obras fue considerado justo delante de Dios: el sacrificio de Isaac y su disponibilidad a hacer la voluntad de Dios hasta la oblación de su hijo (Gn. 22, 9-12). El sacrifico no era lo importante, sino la obediencia del hombre frente a Dios. Este apóstol se fija en el sacrificio de Abraham, como causa de justificación, en cambio, Pablo se fijará en la fe del patriarca como justificación ante Dios (Gn.15)

La discusión entre la fe y las obras: el hombre es justificado por la fe sin las obras de Pablo y la fe sin las obras no sirve de nada de Santiago, parecen contrarias, en realidad, son complementarias. La visión de Pablo, frente a los judaizantes es que la obra de Cristo es completa, acabada, no son necesarias las obras de la ley de Moisés. ¿Significa que hay que rechazar las obras? No absolutamente. Pablo, las presenta como fruto de la fe y no como complemento; la visión de Santiago, es de carácter práctico, la fe, si no se traduce en obras, es fe muerta. Una buena relación con Dios debe afectar a la conducta moral y espiritual. Una simple confesión de fe no produce salvación, como el puro deseo de mejorar de una enfermedad en el paciente,  no lo mejora. Es el mejor aspecto sobre el cual insiste Santiago: repetir un credo, pero vivir sin tomarlo en cuenta en la vida de cada día, es un acto vano. Si hay fe, hay obras de salvación y liberación integral.

Después de reprender a Pedro y su forma política de ver su mesianismo, Jesús, propone las condiciones para seguirlo, muy contrarias  a las aspiraciones de los apóstoles. Jesús no será un sacerdote con poder, aliado del poder político del momento, tampoco fundará una iglesia, o partido poderoso aliado con la política del momento. Salvar la vida, no es una invitación a despreciar el cuerpo, como mal se interpretó en la Iglesia, hasta no hace mucho, por la influencia  platónica: salvar el alma y despreciar el cuerpo. Los grandes signos de su venida son signo de liberación integral, es decir, todo el hombre es salvado por Dios: saciar el hambre, obtener las curaciones, superar el mal, etc.   

La cruz de Jesús, viene como resultado de la actividad de aquellos que no se adaptaban al sistema establecido. En el caso de Israel, era el resultado de la actividad profética, así habían sido tratados antes, ahora le tocaba a ÉL. Ser su discípulo, significa, ponerse en la fila de los crucificados por el poder, teniendo a Jesús como el primero y el mayor de todos ellos. Morir a uno mismo, es la renuncia a todo tipo de poder. Tentación siempre actual en la vida del cristiano y de la Iglesia. Perder la vida por Cristo y el Evangelio, es ganarla para siempre. ÉL tenía el poder de darla y recuperarla (Jn. 10,17-18), nosotros solo la podemos entregar,  con su  misterio pascual nos la devuelve en plenitud, si pasamos por el escándalo del Calvario. 

Para Juan de la Cruz, la cruz debe ser báculo del cristiano para subir por la estrecha senda de la perfección, siguiendo a Cristo camino, verdad y vida, con todo lo significa la renuncia a nuestro egoísmo para vivir y revivir su misterio pascual, muerte y vida en lo sensitivo y espiritual. Mirar a Cristo, para seguirle, es de espíritus recios y capaces de subir por sobre su propia naturaleza a la cumbre de la perfección   que es Cristo.


SABADO

Lecturas

a.- Sant. 3, 1-10: La lengua, fuente de bien y de mal

b.- Mc. 9, 1-12: La transfiguración del Señor.

c.- San Juan de la Cruz: “Refrene mucho la lengua y el pensamiento y traiga de ordinario el afecto en Dios, y calentarse ha el espíritu divinamente” (D 84).

El apóstol se dirige a los maestros y quiere dejar en evidencia la gran responsabilidad que trae consigo, el enseñar. Comienza por el control que debe tener el maestro de su lengua pero poniendo en su mira las dotes que debe tener el que quiera ejercer de maestro. Tanto en la sinagoga como en la comunidad eclesial se dio el fenómeno de muchos que querían ser maestros por la estima que tenían. El apóstol presenta la gran responsabilidad que tiene quien se dedica a enseñar e interpretar la Ley entre los judíos (cfr. Mt. 23, 6-7), y la voluntad de Dios como lo hacen sus doctores (cfr. Hch. 13,1; 1 Cor. 12, 28-29; Ef. 4,11; Heb. 13,7), en la Iglesia.

Ni la fama ni el prestigio, deben mover a alguien a querer ser maestro, más bien, el conocimiento de la voluntad de Dios, para comunicarla a los demás. Santiago, comprueba la debilidad común a todos los hombres; los hombres perfectos, como los llama él, son pocos, por lo mismo, la responsabilidad es mayor, sobre aquellos que deben enseñar. El juicio que se haga de ellos, también será mayor.

Las imágenes que usa para hablar de lo incontrolable de la lengua, el freno en los caballos y el timón, sirven a su fin: logran controlar. Sin embargo, la lengua no hay quien la controle, es fuego del infierno que todo lo destruye, aunque su efecto sea contrario al que le atribuye la naturaleza, ya que el fuego de por sí purifica, en cambio la lengua encendida hace mucho daño. Con la misma lengua alabamos a Dios y maldecimos al prójimo, es tanto su desorden, que supera a la naturaleza, pues todo árbol da frutos según su naturaleza, la higuera no produce aceitunas, ni la vid puede producir higos; tampoco una misma fuente puede dar agua dulce y salada (vv. 11-12).

La escena de la transfiguración tiene como trasfondo las grandes teofanías del libro del Exodo (Ex. 24), donde Moisés se encuentra con Dios, en el monte, y baja irradiando la gloria de divina (Ex. 34, 29-30). Jesús, es presentado como un nuevo Moisés. Se oye la voz de Yahvé (Sal. 2,7; Is. 42,1), quien invita a los apóstoles a escuchar a su Hijo (v.7; Dt. 18, 15), a diferencia del Bautismo de Cristo, donde el Padre se dirige solo al Hijo (Mc. 1,11). La nube, signo de la presencia de Dios,  cubre a los apóstoles (v. 7; cfr. Ex. 40, 38) hasta reencontrarse con Jesús, sólo.

La presencia de Moisés y Elías, tiene un profundo significado, donde Jesús es el personaje principal y Moisés es presentado como siervo de Dios. Elías, es el profeta, entre los profetas, unido a Jesús, viene a significar que Jesús es superior a todos los profetas del AT. Las palabras de Pedro, quieren fijar el tiempo, y permanecer ahí como si  fuera esa la morada de Dios para siempre (Ap. 21,3), porque habían contemplado su gloria (Jn. 1, 14). Las palabras del Padre, dirigidas a los apóstoles: “Escuchadle” (v. 7), quieren significar que la manifestación de su gloria no debe opacar la luz propia de la existencia cotidiana, donde debe ser predicado el evangelio, mejor dicho, donde se debe encarnar su Palabra. Es ahora a Jesús a quien deben escuchar y seguir, sólo a ÉL, luego de haber conocido su gloria.

El consejo del místico, como el del apóstol Santiago, es sobre todo, a ser dueño de nuestras propias pasiones y debilidades con la ayuda de la gracia y el testimonio personal, no reducido a un mero esfuerzo sino a vivir para agradar a Dios con nuestra vida.   

Fr. Julio González C.  OCD

 

 

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