Fr. Julio González C. OCD

 

TIEMPO DE PASCUA

2008

 

PALABRA Y ESPIRITUALIDAD

Pastoral de Espiritualidad

Frailes Carmelitas

Viña del Mar – Chile

 

                         

SEXTA SEMANA DE PASCUA

CICLO A

DOMINGO

LUNES     MARTES     MIERCOLES     JUEVES     VIERNES     SABADO


 

DOMINGO

Lecturas:

a.- Hch. 8, 5. 8. 14-17: Les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo.

b.- 1Pe. 3,15-18: Cristo murió y volvió a la vida por el Espíritu.

c.- Jn. 14,15-21: Yo le pediré al Padre que os dé otro Defensor.

d.- San Juan de la Cruz: “Cuando en las palabras y conceptos juntamente el alma va amando y sintiendo amor con humildad y reverencia de Dios, es señal que anda por allí el Espíritu Santo” (2S 29, 11).

Dentro del tiempo de Pascua, comenzamos a vislumbrar la presencia del Espíritu Santo prometido por el Señor Jesús. La tarea de Felipe de evangelizar se ve recompensada con la adhesión de los samaritanos a la fe en Jesucristo, el Señor. La figura del mago, que creía tener un poder divino, nos enseña cómo también él se somete al único poder que salva: la fe, puesto que termina reconociendo el bautismo y se convierte por la palabra de Felipe. Fue una conversión en cierto modo por interés, pero que termina con un arrepentimiento, por no haber comprendido bien las cosas desde el comienzo (Hch. 8, 19-24).

Pedro y Juan, son enviados a Samaría, ante lo ocurrido y oran por este grupo de nuevos convertidos para que recibieran el Espíritu Santo, ya que sólo habían sido bautizados en el nombre del Señor Jesús. La imposición de manos y el don del Espíritu Santo lo reciben con abundancia en su nueva vida de cristianos. La presencia de estos dos apóstoles habla del interés de Lucas de dejar clara la preocupación de la Iglesia de Jerusalén por la ortodoxia, además, en un territorio como Samaría, siempre sospechosa para la mentalidad judía. A esto hay que agregar que Felipe, pertenecía al grupo de los helenistas, por lo mismo algo progresista para los judíos.

La presencia de los apóstoles además de dar el visto bueno o verificar los efectos de ella, completa la misión de Felipe, con la imposición de las manos y la efusión del Espíritu Santo que ellos realizan. Si bien eran bautizados y habían recibido el Espíritu Santo, lo que faltaba ahora era su efusión, una nueva Pentecostés: el don de lenguas, el don de profecía, etc. En este sentido, Lucas, deja claro que la efusión del Espíritu es por la imposición de manos de los apóstoles y no efecto de la magia, como creía Simón, el mago.

Esta presencia apostólica viene a confirmar que el Evangelio ha sido predicado en Samaría, que han recibido el Espíritu Santo y la unión que debe existir entre la Iglesia de Jerusalén y esta nueva comunidad de cristianos. Los samaritanos excluidos de la sinagoga ahora son parte de la Iglesia, por la imposición de manos y la unción del Espíritu Santo.             

Uno de los nombres del Espíritu Santo que le da el propio Jesús es “Consolador”. Verdaderamente es adecuado este nombre para el momento en que los apóstoles experimentan la tristeza por su eminente partida de este mundo al Padre. La promesa de enviar al Defensor, al Paráclito, al Abogado entraña una presencia viva, eficaz, perenne que sostenga a la comunidad eclesial en todos los avatares que le esperan a lo largo de la historia. El Espíritu Santo, revelador del misterio de Cristo Jesús, es garantía de infalibilidad en la Iglesia.

Será el Espíritu Santo quien introduzca a la comunidad eclesial en todo la verdad, cumpliendo la obra del Hijo, por la cual todas las generaciones de creyentes tendrán acceso al Padre. Conocerán su voluntad, la que el Hijo nos comunicó y que la Iglesia, conserva intacta y pura, tal como salió de la boca de Jesucristo, el Señor. La tarea del Consolador, consistirá además en liberarnos de la esclavitud del pecado por medio de la gracia, para hacer de la comunidad el  verdadero pueblo de Dios. La promesa de Jesús, asegura esta labor del Espíritu, liberación integral de todo lo caduco, la vieja condición (Rm. 8,19), que enriquece a la Iglesia de almas gozosas de su nueva vida en Cristo y su Espíritu.  

Guardar los mandamiento y amar a Jesús, aseguran el don del Espíritu en su existencia cristiana; lo mismo se puede decir de la fe y la obediencia en el creyente (Jn. 14, 21. 23-24; 15, 10-14). Este Espíritu de la verdad, es el Espíritu que continua  revelando la verdad plena de Jesús; es el Espíritu que comunica la verdad de Jesús, y ÉL es la verdad. El mundo no recibe este Espíritu porque no lo conoce, por lo mismo se puede considerar como el espacio de los no creyentes. Sólo podrán seguir viendo a Jesús sus discípulos, porque creen en ÉL, lo aman, y poseen el Espíritu en su interior, no así el mundo que no lo verá más, una vez que vuelva al Padre.

Esta es la visión de la fe que debemos cuidar, la que da vida porque la transforma, existencia que nace del misterio pascual de Jesucristo. La perspectiva del evangelio es de lo que vendrá, “aquel día” (v. 20) de la muerte y resurrección de Cristo, donde los discípulos comprenderán que el Padre y el Hijo son Uno, que hablaba y actuaba en su nombre para la salvación de la humanidad. En definitiva comprenderán “que yo estoy en mi Padre y vosotros en mí y yo en vosotros” (v. 20), unión y comunión de amor a la que participaron ellos y nosotros  gracias a Jesús.

El Espíritu Santo de Dios, enseña Juan de la Cruz, va dejando su huella en el espíritu del creyente cuando encuentra disposición interior de querer caminar en la verdad revelada y en la propia, sembrando unión de amor y voluntad con el Padre y el Hijo.


 

LUNES

Lecturas

Hch. 16, 11-15: San Pablo en Filipos.

Jn. 15, 26-27; 16,1-4: Testimonio del Espíritu y del creyente.

San Juan de la Cruz: “Y mi voluntad salió de sí, haciéndose divina, porque, unida en el divino amor, ya no ama bajamente con su fuerza natural, sino con fuerza y pureza de Espíritu Santo, y así la voluntad ya acerca de Dios no obra humanamente; ya ni más ni menos, la memoria se ha trocado en aprehensiones eternas de gloria” (2N 4,2).

La estadía de Pablo en Filipos, fue fructuosa por la predicación y por los resultados, como la conversión de la familia de Lidia. El hospedaje al que consiente Pablo, nace de la invitación que hizo esta noble dama y por otra parte es el tributo a Dios, por la palabra y el bautismo recibidos, de parte de Pablo en su evangelización de esas personas. Vemos como lo humano y lo divino se une en admirable convivencia, haciendo del hombre y de la mujer en este caso, mejores personas.

El evangelio nos habla del testimonio que el Espíritu Santo y el creyente están llamados a dar a favor de Jesucristo, el Señor. Su testimonio de entrega a la voluntad del Padre, su misterio pascual es con lo que cuente el discípulo a la hora de dar testimonio, sobre todo, en la persecución de la que también habla Juan. Pero ahora se agrega al testimonio cristiano, la fuerza del Espíritu Santo de Dios, verdad que procede del Padre. 

La presencia del Espíritu asegura, entre los discípulos, la palabra de la verdad, que en la voz del discípulo se hace presente en la sociedad y sobre todo a los enemigos de la fe cristiana, que de alguna forma, prolongan el juicio del mundo contra el propio Jesús, en la vida de su Iglesia y de sus discípulos.

El cristiano, tiene que estar preparado para la persecución, a causa de su adhesión a Jesucristo. Las palabras que pueda decir en su defensa las pondrá el Padre en su boca, “porque el espíritu de vuestro Padre hablará en vosotros” (Mt. 10, 19ss). Hoy más que nunca se necesita el testimonio de quien conoce realmente a Jesucristo, para saber defender o proponer, si es el caso, su visión del hombre y de la realidad, ante la mentira que propone la sociedad en que vivimos. “Os he dicho esto para que no os escandalicéis. Os expulsarán de las sinagogas.  E incluso llegará la hora   en que todo el que os mate piense que da culto a Dios. Y esto lo harán  porque no han conocido ni al Padre ni a mí. Os he dicho esto para cuando llegue la hora, os acordéis de que ya os lo había dicho” (Jn. 16, 1-4). La ignorancia religiosa puede ser en buena parte culpable de esta situación de persecución, pero cuando daña a las personas e instituciones y se abandona lo racional o el derecho, se puede caer en el caos más absoluto.

Será la oración constante la que asegure el testimonio del cristiano y la fuerza del Espíritu Santo que también da testimonio de Cristo Jesús, la que mantendrá al discípulo en pie y como hizo ÉL, vencerá al mundo y sus mentiras.

La vida teologal que plantea el místico pasa por la obra que el Espíritu Santo hace en el alma del creyente, lo que significa que las tres virtudes teologales de fe, esperanza y caridad, armen al cristiano, no sólo para el combate sino para vivir el evangelio en todas las circunstancias de su existencia. Las tres facultades del hombre: entendimiento, memoria y voluntad, quedan al servicio de la vida teologal. Es la fuerza del Espíritu la que transforma la vida de la Iglesia y del cristiano.

 

MARTES

Lecturas

a.- Hch. 16,22-34: Pablo y Silas en la cárcel.

b.- Jn. 16, 5-11: Si no me voy, no vendrá el Paráclito.

c.- San Juan de la Cruz: “Y así en esta estado no puede hacer actos que el Espíritu Santo los hace y mueve a ellos; y por eso, todos los actos son divinos, pues es hecha y movida por Dios” (LB 1,6).

La actuación de Pablo, librar a una esclava posesa de un espíritu adivinatorio, le trae como consecuencia la cárcel y la flagelación junto a Silas.  Le había arruinado el negocio a sus dueños, en el arte de adivinar, que les dejaba buenos dineros. La reacción fue acusarlos de perturbadores y de predicar costumbres no aptas para romanos (v. 21). El terremoto, que aflojó los cerrojos, y las puertas se abrieron, produjo el estupor del carcelero, que pensó hasta quitarse la vida, pensando que los presos habían escapado. Pablo, le impide hacerse daño, y el carcelero pide el bautismo para él y toda su familia. La reacción de Pablo como ciudadano romano que era, hacer valer sus derechos, que habían sido vulnerados al flagelarlo, hace que pide que sea el pretor quien los deje libre y no los lictores. Finalmente el pretor les ruega dejen la ciudad y estos van a casa de Lidia. Por predicar el evangelio y liberar a esa joven esclava del poder de Satanás, sufrieron la cárcel y la flagelación, pero la conversión del carcelero y su familia, los llenó de gozo a ellos y a los recién convertidos.

La tristeza embarga el corazón de los discípulos, por la pronta ida de Jesús a vivir su misterio pascual y su regreso al Padre. Sin embargo, nuevamente promete el Espíritu Santo, de ahí que les convenga que el se marche (v.7). Importante es la tarea que le asigna al Espíritu Santo convencer al mundo de la realidad y significado del pecado y su relación con la justicia y el juicio que recaerá sobre los que lo ignoran y actúan como si no existiera. El Espíritu demostrará que el pecado está condenado y proscrito. La fidelidad de los apóstoles y de la Iglesia a Cristo a lo largo de la historia es un argumento en contra de los que no creen en Jesús. La justicia de Jesús y de los que creen en ÉL consiste en proclamar la resurrección y exaltación del Señor Jesús a la diestra del Padre. Volvió de donde vino. El Espíritu Santo garantiza que la causa de Jesús es justa, como la de los creyentes: proclamar los valores del reino como la justicia, la verdad, la paz y el amor. Valores humanos y cristianos. El juicio es para Satanás y los que no creen en el Hijo de Dios, ahora glorioso a la diestra del Padre, pero que fue rechazado por los hombres. El Espíritu Santo que da testimonio de Jesús en la Iglesia será un recuerdo permanente de este juicio de Dios contra los que no creen, un mundo embriagado de soberbia y autosuficiencia, que no admite a Dios en su existencia como si no existiera, más aún, que vive de espaldas a ÉL.       

Si no estamos atentos a lo interior, podemos caer también en la falta de fe en la palabra de Jesús y el testamento de sus valores del reino de Dios. En cambio, la vida cristiana intensa hecha de palabra y sacramentos, eucaristía y comunidad, todo ungido por la oración asegura la presencia del Espíritu Santo y la mayor comprensión del misterio de Cristo en su Iglesia. San Juan de la Cruz, asegura que los actos del cristiano son divinos porque son movidos en su vida teologal por el Espíritu Santo y la obra que desde lo interior hace la presencia de Dios en su existencia cristiana, redunda en obras que glorifican al Padre y edifican la comunidad eclesial. 


 

MIERCOLES

Lecturas

a.- Hch. 17, 15. 22-34; 18,1: Discurso de Pablo en Atenas.

b.- Jn. 16, 12-15: El Espíritu Santo os guiará hasta la verdad plena.

c.- San Juan de la Cruz: “¡Oh si esas verdades que informe y oscuramente me enseñas encubiertas en tus artículos de fe, acabases ya de dármelas clara y formadamente descubiertas en ellos, como lo pide mi deseo!” (CB 12,5).

En su discurso Pablo, parte de la realidad que contemplan sus ojos: los atenienses son un pueblo religioso, desde ahí comienza su ascenso hasta el Dios desconocido, al que proclama conocer. “Pues bien lo que adoráis sin conocer, eso os vengo yo a anunciar” (v. 23). Les presenta al Dios creador en el nos movemos y existimos, por lo mismo cercano al hombre para lo encuentre y no lo busque en los ídolos. Somos linaje de Dios, pues ha creado al humano a su imagen y  semejanza. La conversión es urgente porque dejando Dios pasar el tiempo de la ignorancia viene el juicio de cada hombre, según la justicia de Aquel que ha resucitado de entre los muertos. Algunos aceptaron la fe predicada por Pablo, otros, sin embargo, lo dejaron para más tarde, sobre todo el tema de la resurrección de muertos.

La otra tarea del Espíritu, además de juzgar, es la de enseñar, introducirnos en el misterio de Cristo Jesús. “Mucho tengo todavía que deciros, pero ahora no podéis con ello. Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa; pues no hablará por su cuenta,  sino que hablará lo que oiga, y os anunciará lo que ha de venir” (vv. 12-13). La verdad plena consiste en introducir a los hombres de fe en el misterio de Cristo en forma personal, por la que la tarea del Espíritu es continua con cada creyente. El no revelará nada que Jesucristo no nos haya enseñado; reveló todo cuanto el Padre le confío y nos lo comunicó (Jn. 15,15). La labor del Espíritu es recordarnos su Palabra y ayudarnos a asumirla en la existencia cristiana de cada día. Profundizar la Palabra y doctrina del Maestro es tarea del discípulo, comprenderla significa la voluntad no sólo de guardarla sino que también de observarla con amor.

Guiados por el Espíritu, el creyente alcanza la verdad plena y completa en cuanto alcanza a ir comprendiendo el misterio de Cristo, de su Evangelio, de la Iglesia, etc. La calidad de esa comprensión es fundamental para explicar la relación personal con ese misterio a nivel de crecimiento espiritual y como discípulo. No se puede quedar el creyente en la categoría de admirador o fans de Jesucristo, sin descubrir como ese misterio de fe alcanza o cubre su vida entera de hombre de fe. La tarea del Espíritu consistirá en acompañar y dar los elementos necesarios al creyente, según el estado en que esté de su itinerario, para avanzar, progresar si quiere llegar a la verdad, que es Jesús para su vida.

La labor de la comunidad eclesial, además de la liturgia, es reconocer que posee los elementos para evangelizar y guiar a los cristianos a comprender el significado profundo del misterio de Cristo y del propio ser humano en la visión cristiana de la realidad concentrando todo este significado en el misterio pascual. La liturgia despliega a lo largo de todo el año el misterio de Jesucristo, de ahí la importancia de asistir dominicalmente a la Iglesia y escuchar la Palabra de Dios, ofrecer la vida precisamente para se vaya incorporando con mayor calidad e intensidad en el misterio que se celebra. Es el Espíritu Santo quien comunica a la Iglesia todo lo  que recibe de Jesucristo así como ÉL nos entregó lo que recibió del Padre.  

En su Cántico espiritual, Juan de la Cruz, deja establecido cómo el hombre desea que se le revelen los misterios que cree por la fe plenamente, como si ya estuviera en la eternidad. Pedagogía divina que baña el alma de gloria cada vez que el hombre vislumbra en calidad su avance en el  misterio de Cristo, porque él se va asemejando a su divino Maestro en el pensar y obrar. Es la configuración con Cristo, punto de arranque y meta de la vida cristiana. 


JUEVES

Lecturas:

a.-  Hch. 18,1-8: Fundación de la Iglesia en Corinto.

b.-  Jn. 16, 16-20: Jesús anuncia su pronto retorno.

c.- San Juan de la Cruz: “Oh, pues, alma hermosísima entre todas las criaturas, que tanto deseas saber el lugar donde está tu Amado, para buscarle y unirte con él, ya se te dice que tú misma eres el aposento donde él mora, y el retrete y escondrijo donde está escondido, que es cosa de grande contentamiento y alegría para ti ver que todo tu bien y esperanza esté tan cerca de ti, que esté en ti, o por mejor decir, tú no puedas estar sin él” (CB 1,7).

La predicación de Pablo, con la que inaugura la presencia cristiana en Corinto, terminó mal puesto que los judíos no aceptaron su palabra, no aceptaron que Jesús era el Cristo. La reacción de Pablo fue marcharse a predicar a los gentiles: “Como ellos se opusiesen y profiriesen blasfemias, sacudió sus vestidos y les dijo: Vuestra sangre recaiga sobre vuestra cabeza; yo soy inocente y desde ahora me dirigiré a los gentiles” (v. 6). Sin embargo, junto a la Sinagoga, vivía Justo, lugar donde es Pablo acogido y, Crispo, jefe de la Sinagoga, se convirtió con toda su casa y algunos otros corintios. Estos son los inicios de la Iglesia de Corinto, tan querida para el apóstol. El Señor Jesús, exhorta a Pablo a seguir predicando porque “yo estoy contigo” (Hch. 18,10).

Palabras enigmáticas las de este evangelio, cuando se lee sin considerar el contexto en que fueron pronunciadas. “Dentro de poco ya no me veréis, y dentro de otro poco me volveréis a ver” (v. 16). Se viene sobre ÉL su pasión, muerte y resurrección. Jesús desaparece y reaparece con su Resurrección. Es su misterio pascual que lo ocultará a los ojos de los discípulos, pero la resurrección y exaltación a la diestra del Padre y la venida del Espíritu Santo lo vuelven a hacer presente  a sus discípulos y al mundo entero. En este nuevo orden los crean entrarán comunión con el Padre y el Hijo.

Esta terminología: “dentro de poco” era conocida en la en el AT  así hablaban los profetas y también en el NT  (cfr. Ap. 6,11). Importante es comprender que las palabras de Jesús se referían al futuro inmediato de su muerte y resurrección, pero también se pueden entender a su retorno glorioso como Juez de la historia al final de los tiempos.

El evangelista usa dos verbos distintos para cada vez que habla de “ver”. El primero se refiere a lo corporal y el segundo ver se refiere al creer, es decir, ver a Jesús desde la fe, que cambiará la tristeza de su partida por el gozo de reencontrarlo resucitado y glorioso. Del mismo modo que Jesucristo venció la muerte y el pecado, así el cristiano comienza a vivir su nueva condición de pasar de la tristeza y del sufrimiento a la alegría de una vida nueva en Cristo Jesús.

Este “dentro de poco” del tiempo de la Iglesia, tiempo del Espíritu Santo, es para que el cristino viva alegre su nueva condición de hijo de Dios a la espera de Señor que ya viene. La fe en la resurrección de Cristo es la esperanza de la nuestra, lo que da una capacidad superior para superar las asperezas de esta vida. Toda esta esperanza y alegría cristiana hacen comprender el lenguaje del dolor y de la cruz, incluso de la muerte, entendiendo que la última palabra no la tiene ni el mal ni la  muerte sino la vida en el Espíritu de Dios que hay en cada cristiano.

Es el Espíritu quien nos comunica la vida de Cristo resucitado. Cuanto más unidos estemos a una muerte como la suya, también lo estaremos en una resurrección como la de Cristo, enseña Pablo (Rm. 6, 5). Esta experiencia crea en cada creyente la razón de su fe y de su esperanza, como también enseña Pedro (1 Pe 3,15). Quizás deberíamos potenciar nuestra forma de expresar el gozo y la alegría que el Espíritu Santo deja en nuestro espíritu después de su visita, luego de la oración. Debemos dejarnos guiar por el Espíritu para revivir esa condición de hijos que grita Dios: Abbá. Evitemos el temor, que nos cierra el camino al amor, Jesús ya lo dijo, no temáis yo he vencido al mundo.  

Saber donde está el Amado del alma, Jesucristo, dentro de cada creyente es fundamental, tan cerca para buscarle y tan dentro para unirse a ÉL. Son motivos para estar contento y alegre, enseña el místico, pues ahí encuentra todo su bien, toda su esperanza, hasta llegar no poder vivir sin ÉL porque ha encontrado toda su alegría y gozo en esta vida y en la que ya vislumbra por medio de la fe.


 

VIERNES

Lecturas

a.- Hch. 18, 9-18: Pablo ante el tribunal de Galión.

b.- Jn. 16, 20-23: Vuestra tristeza se convertirá en gozo.

c.- Juan de la Cruz: “En este estado de vida tan perfecta siempre el alma anda interior y exteriormente como de fiesta, y trae con gran frecuencia en el paladar de su espíritu un júbilo de Dios grande, como un cantar nuevo, siempre nuevo, envuelto en alegría y amor en conocimiento de su feliz estado” (LB 2,36).

El apóstol se ve envuelto en una manifestación en su contra por parte de los judíos. El Señor, si embargo, le había dicho que no dejara de predicar, estaba con él (v.10). Galión procónsul de Acaya, no se quiere inmiscuir en un juicio sobre temas de religión y los despacha del tribunal. La acusación era que Pablo predicaba que se adorase a  Dios, en forma contraria a la Ley de Moisés. A pesar de todo Pablo, siguió predicando y permaneció un buen tiempo más en Corinto.  

La alegría de la que habla Jesús, nace del dolor de la separación de no verle ya   sobre todo por su muerte y resurrección. Pone el ejemplo de la mujer que da a luz, se olvida del dolor, una vez que ha nacido un varón para el mundo (v. 21). Imagen común o recurrente en la literatura del AT y de los profetas donde también en los evangelios queda de manifiesto que al día del Señor le precederá una gran tribulación para los elegidos, preludio del gozo y alegría que vivirán al final, lo mismo que la mujer dolorida por el parte, da a luz una vida nueva, se llena de alegría.

La causa de nuestra tristeza y luego de nuestra alegría, es la muerte y resurrección de Jesucristo, sobre el pecado, la muerte y el demonio. Su nuevo modo de estar presente entre sus discípulos por medio de la acción del Espíritu Santo es también motivo de alegría para la comunidad eclesial. Presencia que reconforta  al creyente, en el dolor o persecución, que puede sufrir por el odio del mundo contra Jesucristo, el Señor.

Este binomio dolor y alegría también están presente en la vida del cristiano que quiere imitar a Jesucristo desde su propia condición de hijo de Dios, pero que se ve sujeto a sus propias debilidades, de sus pasiones que le causan dolor, si las deja gobernar su vida. Si las vence con la oración y negación del gusto y apetito en que se ceba la voluntad, produce la alegría de verse libre para amar y vivir la unión con Dios. El misterio pascual de Jesucristo supuso el parto de una nueva humanidad, nueva creación, mediante la resurrección del que es el hombre nuevo. Adán nos trajo la muerte, Jesucristo es el nuevo Adán, enseña Pablo a los romanos, nos trae la vida (Rm. 5). Es el Paráclito quien recrea la vida del resucitado en la vida de los fieles y donde reside la alegría de éstos al saberse justificados por Cristo ante el Padre. Esa vida nueva, ganada por su misterio pascual, ahora es de los que son de Cristo, y la guardan del mal y la corrupción a la que se ve acechada por el pecado. La alegría y el gozo de la fe, es el mejor antídoto contra el desánimo en las  cosas de Dios y de la vida cristiana.  

Si se trata de configurarnos a Cristo, que vivió bajo la guía del Espíritu Santo toda su existencia, también nos debe guiar a nosotros a  tomar conciencia de nuestra condición de hijos de Dios. Así como el Espíritu movió a Jesús a tomar conciencia de su condición de  Mesías y Ungido para la redención del mundo, así también, el Espíritu Santo hoy nos mueva a tomar conciencia de nuestra condición de profetas, reyes y sacerdotes como bautizados que somos.

El Espíritu Santo, está más presente de lo que pensamos en la vida de la Iglesia, y de quienes luchan por los valores del reino de Dios en este mundo. Seremos mejores cristianos en la medida no sólo en que nos dejemos guiar por el Espíritu de Dios, sino en que nos abramos a comprender que estos valores nos hacen más humanos y a su acción santificante, donde nos encontramos y reconciliamos entre nosotros y con nosotros mismos, nos abrimos al prójimo, fruto de la comunión con Dios, alegría infinita.

El cristiano consciente de su vocación trinitaria por la inhabitación en la que vive, es un hombre siempre en fiesta, porque posee a Dios en su interior y comparte su vida y su amor su felicidad, anticipo de vida de la gloria sempiterna. Gloria que comienza en esta vida, como enseña el místico carmelita, con la alegría del conocimiento que viene de la fe, y el amor que infunde la presencia del Espíritu Santo en la vida del orante contemplativo.


 

SABADO

Lecturas

a.- Hch. 18, 23-28: Apolo, un cristiano a medias.

b.- Jn. 16, 23-28: Pedid en mi nombre. El Padre os quiere porque me queréis a mí.

c.- San Juan de la Cruz: “Oh llama del Espíritu Santo…ahora que estoy tan fortalecida en amor, que no sólo no desfallece mi sentido y espíritu en ti, mas antes, fortalecidos de ti, mi corazón y mi carne se gozan en Dios vivo (Sal 83, 2), con grande conformidad de las partes, donde lo que tú quieres que pida, pido, y lo que no quieres, no quiero ni aun puedo ni me pasa por pensamiento querer; y pues son ya delante de tus ojos más válidas y estimadas mis peticiones, pues salen de ti y tú me mueves a ellas, y con sabor y gozo en el Espíritu Santo te lo pido, saliendo ya mi juicio de tu rostro (Sal 16, 2), que es cuando los ruegos precias y oyes, rompe la tela delgada de esta vida y no la dejes llegar a que la edad y años naturalmente la corten, para que te pueda amar desde luego con la plenitud y hartura que desea mi alma sin término ni fin” (LB 1,36).

Fruto de vivir la comunión con Jesús y con su Padre y de los discípulos entre sí surgen la oración confiada y un mayor conocimiento del mismo Jesús como revelador del Padre.

Son varias las veces que Jesús, asegura que cuanto pidamos al Padre en su Nombre se cumplirá (vv. 23. 24. 26.). Es consciente que todavía no ha sido glorificado, por eso todavía los discípulos no han pedido nada y porque no han recibido el don del Espíritu Santo, fruto precisamente de haber subido a la diestra de su Padre Dios. Así como nos enseña a pedir en su Nombre, también del Padre se recibe en su Nombre. De ahí la oración no debe ser siempre sobre los problemas de la vida sino mirar a la comunión con Dios y la meta de la vida eterna donde se alcanzará la alegría perfecta (v. 24).

Esta intimidad con el Hijo y con el Padre ha ido pedagógicamente de las parábolas hasta el conocimiento claro acerca del Padre. ¿Qué quiere decir Jesús? Hasta ahora ha usado parábolas para comunicar su mensaje de salvación y para hablar de su Padre. He llegado la hora de hablar claro de su relación con su Padre, al cual, por medio de ÉL, también nosotros tenemos acceso, pues nos considera sus hijos en Cristo (v. 25). El motivo de que el Padre nos ama y nos concederá cuanto le pidamos, es que amamos a su Hijo y creemos que salió del Padre (v. 27). Es importante entonces para vivir esta comunión con el Hijo y con el Padre, reconocerlo como Hijo de Dios y amarlo como lo ama su Padre.

La oración será la mejor herramienta, la mejor llave para mantener la comunión con Cristo. La eficacia de la misma radica en que hay que hacerla en su Nombre; es fruto de la comunión vital del discípulo con Jesús, en quien cree firmemente, ama con profundidad y cuya palabra guarda en su corazón, haciendo de su existencia un templo de la Trinidad. Es la inhabitación trinitaria en el alma del justo (Jn. 14, 13. 23).

Si bien Jesús es el único mediador entre Dios y los hombres deja abierta la posibilidad que los hijos acudan directamente al Padre por la confianza y el amor que el Hijo y el Espíritu Santo han infundido en el alma del creyente. “Aquel día pediréis en mi nombre  y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, pues el Padre mismo os quiere, porque me queréis a mí  y creéis que salí de Dios”. (vv. 26-27). Esto se entiende desde la perspectiva de saber que la relación la relación de amor de los creyentes es tan fuerte por la presencia de Jesús en sus vidas por la obra que realiza el Espíritu Santo que se dirigen  directamente al Padre por el amor con que sienten que los ama, el mismo amor con que ama a su Hijo desde siempre. Pedirá, no por ellos sino con ellos al Padre, en su nueva vida de resucitado en la gloria y en su Iglesia. Se forma una unidad de vida y amor entre la Trinidad y los creyentes, una comunión, hasta convertirse éstos en alabanza de su gloria (Ef.1).

Desde esta visión se comprende que la oración del discípulo, es también la oración y la alabanza de Jesucristo al Padre. Somos escuchados y atendidas nuestras peticiones precisamente porque oramos con el Hijo y con el Espíritu, cuando no sabemos pedir lo que nos conviene. Lo hace con gritos inefables (Rm. 8, 26) resonando su voz en el cielo y en el corazón del hombre.

El Llama de amor viva, San Juan de la Cruz, deja expresar su alma la experiencia que posee y de aquellos otros, que guiados por el Espíritu Santo descubren que lo mejor, es dejarle orar en sus  almas, en subido amor que llamea y enciende de santos deseos, y el mayor de ellos es ir a gozarle en la eternidad luego de concluir el camino de la vida contemplativa.   

Fr. Julio González C.  OCD

 

 

Caminando con Jesus

www.caminando-con-jesus.org

www.caminando-con-maria.org

caminandoconjesus@vtr.net