LA ELEGIDA DE DIOS

(Historia creada en homenaje a Maria)

Autor: Pedro Sergio Antonio Donoso Brant

 

I.  UNA BELLA FLOR GERMINA

 

En la soledad de las áridas tierras, junto con el ulular del viento, se oye la súplica de dos fieles de Dios, implorando, ahí esta Ana y Joaquín tomados de la manos, ojos cerrados ¡Señor, mi único Dios, no puedo impedir una lágrima, por saber si puedo germinar una semilla en mi, este desierto es mezquino con la vida, pero tu eres lo mas grande, podrías hacer florecer cada pedacito de este estéril suelo, escucha mi suplica y haz florecer en mi una flor, para que sea alegría en tu jardín. Confiamos en que nos escuchas, ¡OH! Dios, tus fieles hijos esperan confiados en ti. 

Sin perder la confianza en Dios, Joaquín y Ana, esperan confiados y cuidan de su vida cultivando en sus corazones la buena tierra, donde Dios hará germinar la flor mas bella de su Jardín, solo El Sabe porque y para que.  

Así fue, llegó el día, en el cual se aromatizó el aire con perfume celestial, las estrellas brillaron como nunca, el viento silencio su aullido y se presentó un ángel de Dios donde Ana, diciéndole: «Ana, Ana, el Señor ha escuchado tu ruego”, y ella junto sus manos entrelazando los dedos, sin poder contener un emocionado suspiro cerro sus ojos para disponerse a oír al Ángel que agrego “ concebirás y darás a luz y de tu prole se hablará en todo el mundo.» Ana, quien ama a Dios intensamente no tarda en responder; «Vive el Señor, mi Dios, que, si llego a tener algún fruto de bendición, sea niño o niña, lo llevaré como ofrenda al Señor y estará a su servicio todos los días de su vida.»  

Contemplando al horizonte, impaciente por comunicar a Joaquín, tan admirable, extremadamente buena y  extraordinaria y subliminal visita angelical, observa con atención a dos mensajeros que a toda prisa se acercan a su casa, y emocionados llegan hasta ella diciéndole; Ana, Joaquín, tu esposo, está de vuelta con sus rebaños, pues el ángel de Dios ha descendido hasta él y le ha dicho: Joaquín, Joaquín, el Señor ha escuchado tu ruego; baja de aquí, ve a tu casa, tu mujer, va a concebir en su seno.»  

Entonces Ana, preparó una ambientación de extraordinaria alegría para recibir a Joaquín, su esposo amado, sin dejar de entonar salmos de agradecimiento a Dios, y acompasados con el latir de su corazón, el cual no disimulaba su animada excitación del gozo placentero de la noticia.  

Joaquín, llegó a casa emocionado por tan grato acontecimiento, con los brazos extendidos hacia Ana, ella al verlo venir, no pudo esperar en la puerta, corrió hasta él, se abalanzó sobre su cuello, diciendo; “ Joaquín ahora veo que Dios me ha bendecido copiosamente, pues deje de ser estéril,  voy a concebir en mi seno.», juntos  bendiciendo Dios, y extendiendo sus manos hacia EL, entraron en casa, las puerta del hogar resplandecía como nunca.  

Luego de reposar, Joaquín vio como sus pastores  celebraban con emocionada alegría la visita del Ángel mensajero de Dios, y no dejaban escapar el perfumado aire que se respiraba, presintiendo la presencia de Dios, entonces Joaquín, les mandó a que le trajeran diez corderitos hembra,  sin mancha, diciendo; «Y éstas,  serán para el Señor Dios», luego mando por  doce terneras de leche y les encomendó; «Y éstas,  serán para los sacerdotes y el sanedrín»; y, finalmente, cien cabritos para todo el pueblo.  

Pasado ya los meses que había que esperar, Ana, le manifestó a Joaquín que había que preparar la casa, este poso su cabeza sobre el vientre de Ana, y exclamó, «Se respira perfume de ángeles, esta por nacer, alabado sea Dios»  

Toda la casa estaba agitada, Joaquín mando por leña, había que temperar el hogar, las hermanas y cuñadas, llegaban a casa, una preparó de comer, otra una suave cama en el piso, otras atendían y animaban la futura madre, alguien se atrevió a decir, “Los Ángeles de Dios están cuidando la casa, lo presiento”, los pastores acercaron el rebaño y se sentaron cerca en las afueras, silenciosos en espera de oír el  llanto amoroso del recién nacido.  

En un instante,  el silencio reinó por todo el lugar, y en los emocionados brazos de la comadrona una recién nacida le abre sus ojos, hace un gesto de sonrisa y estalla en llanto, ella agitada y feliz grita, una niña, es una niña.  

Ana la recibe en sus brazos y deja a su recién nacida sobre su pecho, exclamando que hermosa flor, ¡OH! Dios, haz que sea la más hermosa de tu jardín.  

Tres años han pasado, la niña juega feliz con sus padres, Joaquín prepara unas candelas, es tiempo de ir al templo, pide la asistencia de unas doncellas sin mancilla, les pide que enciendan las candelas, y les acompañen, hay que llevar la niña, para que su corazón no sea cautivado por alguna cosa fuera del templo de Dios.  

Y así lo hicieron, y marcharon al templo, acompañados por cantos de  bellos salmos de alabanzas. Mientras iban subiendo al templo de Dios, la recibió el sacerdote, este toma la niña en sus brazos, y la observa cariñosamente, se estremece frente a su hermosura, y a la dulzura de sus ojos, la besa, la bendice, y exclama; «El Señor ha engrandecido tu nombre por todas las generaciones, pues al fin de los tiempos manifestará en ti su redención a los hijos de Israel.»  

Luego, le toma de sus manos y camina hasta la tercera grada del altar y la sienta.  

La niña manifiesta  como El Señor derramó su gracia, sonríe, mira con sublime dulzura, y luego danza,  entusiasmando y haciéndose querer de toda la casa de Israel.  

Feliz regresaron Joaquín y Ana, sus padres, embargados por la emoción, llenos de admiración, alabando al Señor Dios porque la niña no se había vuelto atrás.  

Dicen que María permaneció en el templo como una paloma, recibiendo alimento de manos de un ángel.  

Nueve años después, al llegar a los doce años de edad, los sacerdotes se reunieron para deliberar, diciendo: «He aquí que María ha cumplido sus doce años en el templo del Señor, ¿qué habremos de hacer con ella para que no llegue a mancillar el santuario?»  

Entonces fueron donde el sumo sacerdote y le dijeron: «Tú, que tienes el altar a tu cargo, entra y ora por ella, y lo que te dé a entender el Señor, eso será lo que hagamos.»  

Así fue como el sumo sacerdote, se viste con el manto de las doce campanillas, y entró en el sancta sanctorum y oró por ella.  

Horas mas tarde, seguía orando, cuando un ángel del Señor se apareció, diciéndole: “Zacarías, Zacarías, sal y reúne a todos los hombres del pueblo”, este asombrado,  escucha al Ángel que le pide, “Diles que venga cada cual con una vara, en uno de ellos, se fijara el Señor Dios, sobre quien el Señor haga una señal portentosa, será esposo de esta joven”.  

Por toda Judea salieron en su búsqueda, y a cuanto varón dieron la noticia, así fue que al sonar la trompeta de Señor, todos acudieron.  

Un buen hombre, algo viejo, viudo, labraba madera en casa, y daba forma a nobles muebles, carpintero, y llamado José, dejo sus herramientas y presintió que Dios le invitaba a asistir, tomo su vara y caminó con su sencillez y humildad habitual, su corazón presentía que no debía faltar, sus manos eran limpias, su corazón, era hábitat de la pureza, su rostro, aunque algo cansado, era reflejo de la bondad de su alma y de la obediencia al Señor.  

Así fue, como se unió a los demás al llegar al templo, José oro en el, y dedico sus plegarias a Dios, y como siempre ofreció su sometimiento, obediencia, y todo su corazón para que sea colmado de su gracia.  

Una vez terminada su plegaria, José fue por su  vara, en ninguna de las que estaba apiladas, aparecía señal alguna, pero al  coger José la suya que era la  última, sale agitando sus alas una paloma y se puso a volar sobre su cabeza, ante el asombro, el sacerdote corre hasta José, y le dice, “hombre bueno, tienes una gran misión, a ti te ha cabido la gracia de recibir bajo tu custodia a la Virgen del Señor”.

II. UN ÁNGEL EN EL JARDÍN

Era sexto mes, Maria, ya esta desposada con José, como todas las madrugadas, el frío se apodera del término de la noche, sin embargo ese día el aire era algo distinto, se escuchaba el silencio en todo Nazaret, y el estrellado cielo hacia notar que algo muy importante se anunciaba en la Galilea , Maria, sentada en su lecho, murmuraba un Salmo elegido de sus alabanzas favoritas a Dios.

En un instante de ese amanecer, María siente la presencia de algo hermoso, el Sol aún no enseña sus primeros matices, pero la habitación resplandece, enviado por Dios el ángel Gabriel se hace presente.

María, no disimula su emoción, frente a tan bella presencia, junta sus manos, entrelaza sus dedo, apega sus manos en el pecho y se dispone con gran recogimiento a oír al Ángel quien la mira con dulzura del amor de quien lo ha enviado, este hace una pausa y le dice tiernamente, Maria, «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.», María, sin dejar de inquietarse, se concentra en si para meditar un segundo sobre estas palabras, es necesario reflexionar acerca de este saludo para llegar a comprenderlo y para encontrar una respuesta, pero la paz del Ángel se adueña del ambiente, y para enternecer el encuentro, suavemente le dice, Maria, «No temas, si, María, porque has hallado gracia delante de Dios”. Maria, aprieta sus manitos de joven inocente al pecho, su corazón no disimula la emoción, el Ángel Gabriel continua, “vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo”, un hijo, murmura suavemente Maria, “si Maria un hijo a quien pondrás por nombre Jesús”, continua el Ángel.

María, no quiere alterar nada, oye atentamente, y sigue al Ángel Gabriel, “Maria, Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin.»

María, abre sus ojos, mirando a Gabriel, como diciendo ¿puedo preguntar algo?, unos pequeños pasitos para disimular la inquietud, y enfrenta sonriendo al Ángel y pregunta, «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?» El ángel le mira, le sonríe, y entiende  lo que le ocurre a Maria, entonces le responde: Maria “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra”, Maria, silenciosa demuestra en su actitud que comprende el plan de Dios, además es hora de cumplir una vez más con la ofrenda de Ana, y Joaquín sus padres, María, es un ser humano libre, capaz de decisión y destinado a la responsabilidad. Maria debía consentir en el plan eterno de Dios. El saludo del ángel fue para María la revelación de un decreto celestial y a la vez la invitación al consentimiento. El Ángel, vuelve sus ojos a Maria y le asegura, “el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios. Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y este es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril, porque ninguna cosa es imposible para Dios.» María, busca las palabras en su corazón, palabras de respuesta a Dios, suspira un instante, sonríe, y dice amorosamente, «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.» El Ángel, se llena de gozo y satisfacción, por tan bello encuentro,  la mira dulcemente, y se va.

Pasan algunas horas, y Maria ha estado orando sin levantar la cabeza, su disposición a Dios es total, esta aún asombrada por todo, algo menos inquieta, recuerda al ángel cuando le hablo de su prima Isabel, entonces  se apresura para visitarla, y se dirige a la casa de esta, llena de alegría, todo el Espíritu la desborda.

Apenas se asoma a la puerta de la casa de Isabel, cuando se produce el encuentro, parecía que se estaban esperando, ambas primas sonrieron, parecían  saber todo lo que a las dos le alegraba, se abrazaron y se miraron en silencio, Maria toco suavemente el vientre de Isabel y se emociono al sentir esa tierna patadita de bebe que impacientemente espera su día señalado.

Isabel, la invito a sentarse bajo un limonero, a disfrutar del día a la sombra del aromático frutal, hablaron de Raquel, de Rebeca, de Ana la madre de Samuel, de Sara, de la oraciones de Isabel y de las infinitas noches que desahogo su corazón ante Dios, y de la incrédula sonrisa entregada a  Zacarías cuando volvió mudo del santuario y trató de hacer entender que las oraciones de ellos, habían sido escuchada, y de cómo no fue capaz de creerlo hasta que tuvo la certeza de que en su seno se había alumbrado la vida. Dios se había acordado de Isabel lo mismo que de ambas madres de ellas y les había visitado con el don de la fecundidad.

“Así es prima Maria, le dice Isabel, por eso necesité esconderme muchos meses: tenía que dar tiempo a mi corazón para agradecer en el silencio y la soledad que el Señor me había desatado el sayal de luto para revestirme de fiesta”.

Isabel observa deslumbrada a María, que esta resplandeciente, llena de gracia y reconoce en ella a la elegida de Dios, convocada a la alegría, ella es la flor  elegida para ser el orgullo del jardín de su  pueblo. Isabel respira profundamente, y le brota una alabanza, que le nace del corazón:

"¡Bendita seas entre todas las mujeres, bendito el fruto de tu vientre!”

María le oye enternecida, y su prima le agrega

“Dichosa tú que te has fiado de Dios como nuestro padre Abraham…”,

María, recibe las palabras de Isabel con su habitual actitud de joven servidora de Dios, y responde a su prima  "Es a él a quien tenemos que  dirigir la bendición, que se ha inclinado a mirar a la más pequeña de sus hijas, es que en mí  ha visto a todos los que como yo, que no poseen ni pueden nada y se apoyan solamente en El”.

Que bien entienden ambas, el porque cuando alguien confía en el amor de Dios, El hace maravillas, cosas grandes y lo sienta a su mesa,  y como lamentan a los que son orgullosos y se creen algo, porque Dios los aleja de su presencia.

Isabel, agrega Maria, “yo sólo era un jardín vacío y pobre pero él se ha pronunciado sobre mí, su palabra, y el Ángel Gabriel ha llegado a mi jardín como en la primera mañana del primer día de  la creación, entonces hizo brillar la luz de un nombre nuevo, el  del hijo que ya está creciendo dentro de mí”.

“Que feliz me encuentro prima, Dios se ha acercado tanto, le pertenezco, como esa semillita a la tierra, especialmente por lo que ha hecho germinar, no podía hacer otra cosa, es así como de mi corazón broto una respuesta breve, pero de entrega total "Aquí estoy, hágase…" y deje atrás cualquier inquietud.

Maria continúa. “Ahora, Isabel, yo no sé cómo va a suceder todo esto, y entonces miro al que habita en los cielos, levanto mis ojos, como los de los siervos que miran la mano de sus amos, y como los ojos de la sierva miran la mano de su ama, así miro a nuestro Dios, hasta que tenga Compasión de mi (Salmo 123,1-2),

María se encuentra adherida plenamente al plan de Dios, ella es mujer de fe pura, su prima aprecia la grandeza de la fe de María, que no pidió ningún signo especial al contrario, acepto la voluntad divina, motivada sólo por su amor a Dios, fue invitada a creer en una maternidad virginal.

Se esta ya cumpliendo la  profecía de Isaías, que culminara con el nacimiento de Jesús,  «He aquí que una doncella está encinta y va a dar a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel» (Is 7,14

Tiempo después, Maria sentada junto al ventanal buscaba con su mirada a José, y se preguntaba que habrá soñado su esposo carpintero, que aún no se acercaba a comentárselo, a el encantaba hablar de sus sueños, admiraba los sueños de Jacob y los comentaba, y siempre le decía, Maria: “Me gusta lo que hace Dios, me entrego a EL, cada vez que el descanso me obliga a cerrar mis ojos, y espero confiado que Dios me hable en sueños”

José, no se sale de su humildad, su sencillez, es un hombre que habla con un corazón alimentado de la sabiduría que le entrego el Padre Bueno, en el cual reconoce su mejor consejero, y tiene la convicción plena, que es sólo con la sabiduría del corazón como se conoce bien a Dios.

María esperaba el saludo matinal de su esposo José, que al venir a visitarla por la mañana, le decía: “Dios nuestro Padre, nos ayude y nos Bendiga, que bella haz amanecido hoy” ella se llenaba de alegría de su respetuoso esposo, se sentía cuidada por él. 

Pero ahí estaba ya José, con su delantal de carpintero, había comenzado a trabajar temprano, estaba algo confundido, pero sabía que Dios le estaba encomendado algo muy importante, Maria lo llama sonriente, “ven José, recemos  juntos al Señor”

José, recordaba como sintió el llamado del Señor, cuando tomo su vara y fue al templo, como la paloma que salio de ella se poso sobre él, sin embargo, su corazón humano había sentido la desolación y la angustia cuando supo del embarazo de María,  pero ya había abandonado esa ansiedad, se acercó a su esposa, y luego de un instante de silencio la miró con los ojos de siempre, amoroso, y emocionado y tratando de disimular que había estado inquieto.

María, “me llegó la Voz en medio del sueño dijo José”, María lo mira y pidiendo sin decir una palabra que no tardara en contarle, José continua, María la Voz me dijo: “José, hijo de David, no temas recibir a María en tu casa pues lo que ha concebido es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo a quien llamarás Jesús… (Mt 1,20-21)”. Entonces me desperté, rece, le pedí al Señor su fuerza y al mismo tiempo le agradecí tan bello honor, y luego me apresure hasta aquí, pero aún el sol no salía y tu dormías, y para no distraer tus sueños me fui a trabajar un rato, pero ya estoy aquí, ahora que la luz me permite ver tan bella flor, que abre su vida como la mas hermosa del jardín.

El anuncio del ángel, en el sueño de José, le hizo comprender precisamente, que debía asumir la paternidad legal sobre el Niño que María lleva en su seno, cuyo carácter mesiánico viene de esta manera asegurado.

Estas palabras del ángel son la ocasión y el momento  para que José ratifique responsablemente su voluntad  de seguir unido en matrimonio a María, pero, con una particularidad, que María va a ser Madre.

Así, José, hombre justo que en el espíritu de las más nobles tradiciones del pueblo elegido amaba a la Virgen de Nazaret y se había unido a ella con amor esponsal, es llamado nuevamente por Dios a este amor, él la tomó con todo el misterio de su maternidad; la tomó junto con el Hijo que llegaría al mundo por obra del Espíritu Santo, demostrando de este modo una disponibilidad de voluntad semejante  a la de María en orden a lo que Dios le pedía por medio de su mensajero.  

María vuelve a sonreír, y le dice a José, “ven José, recemos  juntos al Señor”

José extiende su mano e invita: “además, cantémosle salmos de alabanzas”

III.  LA MADRE, LA MEJOR Y SELECTA FLOR

María había respondió libremente a los designios de Dios, y José  con gran respeto hacia ella, en quien el Espíritu Santo ha obrado grandes cosas, deja todo en las manos de Dios. Así fue que en el momento decisivo, se le apareció en sueños un ángel del Señor y le dijo: No temas recibir en tu casa a María, tu esposa" (Mt 1,20). José, no es el padre carnal del hijo de María, él recibe la misión de hacer de padre a Jesús. José, acogiendo la voluntad de Dios, actúa como esposo de María y como padre legal de Jesús.

En José, encontramos un hombre sencillo, de gran respeto, humilde, que supo acoger en secreto este misterio de la acción de Dios en María y así fue que el hizo lo que el ángel del Señor le había mandado, recibir a su esposa, respetarla, cuidarla, acompañarla siempre y participar del nacimiento del Hijo.

Pero Maria de Nazaret, también es una mujer sencilla, campesina, y digo llena de sabiduría, no por mucho leer o aprender, porque sabiduría es sabor, y quien a probado el sabor de la presencia de Dios, se llena de sabiduría,  ahora la amada,  favorecida, y en cinta en espera del Hijo de Dios.

María se mira así misma, ella fue mujer conciente, de forma libre asumió esta responsabilidad ante Dios, respondiendo ante El, con todo su yo humano, femenino, en la misión más importante encomendada por Dios a una persona  y cuenta con un esposo que la respeta, cree y confía en ella.

Solo Dios sabe porque y para que y como de que  manera enteramente libre actúa para escoger a la madre de su Hijo, de entre tantas mujeres, “bendita es entre todas la mujeres”.

Que gran orgullo para la Joven María , mujer del pueblo Judío, de un pueblo pequeño como Nazaret, de la región de Galilea, sin riquezas, y viviendo bajo la ocupación romana. Esta mujer campesina que expresa "Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador, porque se ha fijado en su humilde esclava" (Lc. 1,46-48-49), nos enorgullece que sea nuestra amada madre, y nos contenta que sea una mujer de pueblo, y humilde,  es por todo esto por lo que  María da tanta confianza a los pobres para expresar sus penas y sus alegrías, ella nos conoce.

Ahí esta Maria, preparando su ropa, la de su hijo que pronto va nacer y la de su esposo, hay que ir a Belén para asistir al censo, el viaje será agotador, por caminos desérticos, pero la confianza en Dios Padre, y el deseo de someterse a la voluntad de El, le permite hacer su preparativos con alegría, buena ocasión para catarle a Dios, Salmos de Alabanzas.

Mientras José, su leal y tierno esposo, prepara el asno, noble animal que a paso suave llevará sobre si a la Joven Virgen Madre, por cerros y quebradas, prepara la montura lo mas suave posible, ata algunos botijos con agua, carga algunos dátiles y otro frutos para el camino.

¡Vamos María!, exclamo José, al entrar a buscarla, y agregó, ¿estas dispuesta a este duro viaje?, María, siguiendo esa inspiración divina tan especial, asienta con su cabeza la aprobación de partir.

José, lamentándose un poco por el sacrificio que tendrá que hacer su esposa embarazada, comenta, Maria, tenemos que obedecer el decreto de César Augusto que ordena un empadronamiento general, allá vamos.

El empadronamiento, había atraído a multitud de extranjeros a Belén, María y José sufrían las consecuencias de tanto visitante y no encuentran alojamiento, pero hay que encontrar un lugar para descasar, y proteger a María por avanzado embarazo, así, fue como llegan a alojarse en una gruta que servía de refugio para los animales.

En una de esas noches, "Estando allí, se cumplieron los días de su parto" (Lucas 2:6); alrededor varios pastores “estaban velando las vigilias de la noche sobre su rebaño" (Lucas 2:8). José fue por una comadrona y elementos de ayuda, y luego regreso junto a su amada, tomo un paño, y secó el sudor de su esposa y le entregó su confianza como esposo, y rezo para pedir a Dios protección.

Algo especial se notaba de nuevo en esa noche, las estrellas entregaban todo su resplandor, entre ellas había una que se destacaba mas que las otras, de pronto el viento dejo de ulular, se oía el silencio, Maria recordó el día en cual se le presento el Ángel, por su parte José, se apoyaba en su vara y recordaba como salio la paloma de entre otras que no era la suya, y presintiendo la presencia de Dios, elevo su mirada al Cielo, como buscado hablar con el Padre, para ratificar su lealtad y fidelidad.

Las manos de José terminaban de preparar con la paja de los animales un humilde pesebre, cuando escuchó el llanto del niño recién nacido, entrelazo los dedos junto a su pecho como tratando de calmar los latidos del corazón, y se acerco a Maria, su joven y Virgen esposa, quien cansada como toda mujer que ha tenido un parto, pero sin ninguna muestra de dolor y debilidad, ella con ese don de su condición femenina y de  Madre, le sonríe, y le enseña al Hijo.

Después de dar a luz a su Hijo, María "le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre" (Lucas 2:7).

Mientras José y Maria, contemplaban al niño, se oyeron unas voces que se acercaban, y unos pequeños borregos que balan, eran los pastores que hacía vigila en los alrededores cuidando su rebaño.

Mira, mira es un niño exclamo al llegar un pastorcillo cerca, las candelas de la gruta alumbraban intensamente, y el resplandor que había casi los encandilaban.

Es una noche de Jubilo exclamo alguien casi cegado por la luz, me invade una alegría desmesurada dijo otro.

Pasados ocho días, Maria y su esposo, llevaron al Recién nacido a la Sinagoga para proceder a la circuncisión, y le dieron  el nombre de Jesús.

María había comenzado a cumplir ahora su rol de Madre, entregando toda la natural ternura de mujer madre a su Hijo, preocupándose de la alimentación, de la muda y de cariño al recién nacido.

Como te siente, pregunto José, muy bien, le responde María, y agrega, he observado que esa estrella que esta al oriente, brilla y brilla mas que todas las otras, así es le responde José, pero nada brilla tanto como el Niño, y tu estas bellísima, eres la mas hermosa flor del jardín del Señor, ella sonríe, mira al niño, luego a su esposo diciendo gracias José, adoremos al Hijo de Dios.

Arrodillado junto al Niño se encontraban José y María, cuando se escucho la llegada de visitantes, alguien dijo ¡son reyes de oriente!, ¡vienen a adorar al recién nacido! , ¡son tres y le traen regalos!

Maria y José, sabían que toda madre judía de un varón hebreo tenía que presentarse cuarenta días después de su nacimiento para su purificación legal, costumbre judía, el primogénito tenía que ser presentado en esa misma ocasión, ellos acataron la ley, y como pobres en vez de ofrecer un cordero, presentaron el sacrificio de los pobres, este consistía en un par de tórtolas o de pichones.

Terminaban los ritos de la ceremonia, cuando sorprendido Simeón toma  al Niño en sus brazos y da gracias a Dios por el cumplimiento de sus promesas,  hace una llamada de atención sobre la universalidad de la salvación que iba a venir a través de la redención mesiánica "la que has preparado ante la faz de todos los pueblos; luz para iluminación de las gentes y gloria de tu pueblo, Israel" (Lucas 2:31 sq.).

María y José comenzaron ahora a conocer más plenamente a su divino Hijo; ellos "estaban maravillados de las cosas que se decían de El" (Lucas 2:33).

Sin embargo, como si quisiera preparar a su Bienaventurada Madre para el misterio de la cruz, el santo Simeón le dijo: "Puesto está para caída y levantamiento de muchos en Israel y para blanco de contradicción; y una espada atravesará tu alma para que se descubran los pensamientos de muchos corazones" (Lucas 2:34-35).

Al oír estas palabras, María entristeció, experimento un gran dolor en el corazón, y se retiro triste junto a José, estaba asombrada, ¿que habrá querido decir Simeón?

Algo estaba ocurriendo en el reino de Herodes, oscuros propósitos se vislumbraban, así fue que mientras dormía Maria, se acerco hasta ella José, diciéndole, ¡Maria tenemos que partir lejos!,  

Sucedió que Poco después de la partida de los magos, José recibió el mensaje del ángel del Señor, había que huir: "Levantándose de noche, tomó al niño y a la madre y partió para Egipto" (Mateo 2:14).

Así fue, rápidamente, José obedeciendo al Ángel, hizo los preparativos para la huida, Maria tomo a Jesús en Brazos, en actitud de protección, y comento que los judíos perseguidos siempre habían buscado refugio en Egipto (cf. III Reyes 11:40; IV Reyes 25:26); ¡Vamos José, son numerosos los Judíos que habitan en el Nilo!

Vamos, Maria, contesto José, el Señor esta con nosotros, confiemos en El, hasta que llegue el día del retorno, el ya debe saber para cuando y nos dará la señal para regresar.  

María vuelve a subir a su asno y con su Hijo en Brazo, como toda buena Madre, le dar calor y protección, José sonríe, la mira y le dice ¡Maria, buena Madre, Selecta Flor, porque para el es considerada la mejor en relación con todo, es la Elegida de Dios. 

IV.  MARÍA, UNA FLOR QUE NO SE MARCHITA

“Maria, necesito hablarte”, y se acerco junto a ella José inmediatamente llegada la mañana, <<Buenas noticias, regresamos a Nazaret>>.

Después de la muerte de Herodes, el Ángel del Señor se apareció en sueños a José en Egipto y le dijo: 20«Levántate, toma contigo al niño y a su madre y regresa a la tierra de Israel, porque ya han muerto los que querían matar al niño». 21José se levantó, tomó al niño y a su madre, y volvieron a la tierra de Israel. 22Pero al enterarse de que Arquelao gobernaba en Judea en lugar de su padre Herodes, tuvo miedo de ir allá. Conforme a un aviso que recibió en sueños, se dirigió a la provincia de Galilea 23 y se fue a vivir a un pueblo llamado Nazaret. Así había de cumplirse lo que dijeron los profetas: Lo llamarán ''Nazareno''.

Así fue como la Sagrada Familia, hizo sus preparativos para el feliz regreso a casa, talvez no era fácil regresar inmediatamente, especialmente cuando se es refugiado y la solidaridad crea amistades profundas, había transcurrido un buen tiempo, había una huerta que producía frutos de la tierra, una carpintería, herramientas, el horno de barro para hacer el pan, un molinillo para el trigo, el jardín, la casa en si y los amigos y esa atmósfera tan especial que cubría el hogar, cuidando del hogar los ángeles dejaban una sensación de gratificante paz, pero la obediencia de José, y el deseo de cumplir siempre la voluntad de Dios de María, le hacia preparar entusiastamente su cosas y compartir con los amigos lo que no es necesario llevar.

<<Vamos hijo, llego la hora de regresar>>, le dijo a su niño, y le preparó para el viaje por el desierto, hubo que preparar alimentos agua y abrigo, <<llevamos el burrito >>, pregunto el hijo, mientras los niños vecinos, los amigos y amigas de la familia se acercaba a despedirse.

Es así, como de pronto al lento paso del animal, caminaba ya José, había que unirse a las caravanas de los viajeros que viajaban a Jerusalén y otros lugares de Judea, María abrazaba a su Hijo, ya montada sobre el asno y pensaba con ilusión el volver a ver su familia, a la familia de José su esposo, así como Jose dabas gracias a Dios, por el retorno.

Animando el viaje, se oye cantar dulcemente a Maria, El Señor es mi pastor; nada me Faltará, en prados de tiernos pastos me hace descansar. Junto a aguas tranquilas me conduce. Confortará mi alma y me Guiará por sendas de justicia por amor de su nombre. Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque Tú Estarás conmigo. Tu vara y tu cayado me Infundirán aliento. Preparas mesa delante de Mí en presencia de mis adversarios. Unges mi cabeza con aceite; mi copa Está rebosando. Ciertamente el bien y la misericordia me Seguirán todos los Días de mi vida, y en la casa del Señor, moraré por Días sin fin.

La vida en Galilea es tranquila y las fiestas importantes se realizan en Jerusalén, y en las Fiestas de Pascua, y otras importantes actividades, el país se moviliza por largas distancias, los hombres se preparan para sus caminatas junto al noble asno, que transporta a sus esposa o madres, los niños caminan junto a su padre.

Es así, como María ya ha hecho todos lo preparativos para partir, Jesús ya ha cumplido los 12 años, y esta deseoso, ir a la ciudad siempre es muy interesante, recorrer las calles con sus mercados, ver gente nueva, ver personas que llegan de tantos lugares, y las alegres situaciones que van sucediendo en el camino, especialmente los momentos de descanso y comida dentro de la ruta, generalmente compartidos con otros peregrinos.

Falta poco por llegar, las últimas estrellas están por desaparecer y se ven a lo lejos las altas techumbres de la ciudad, María le cuenta a su Hijo como se vive allí con tanto gentío, especialmente los días de fiesta, y le agrega las últimas recomendaciones, Jose escucha atentamente y asienta con la cabeza, mira, sonríe y aporta con sus sencillos consejos.

María, presiente al igual que toda madre, que es importante advertir las situaciones que generalmente ocurren hasta hoy día con los hijos cuando se esta de visita en la gran ciudad, que llevados por su interés, y por la natural distracción de los padres, a los que también les llama la atención las cosas novedosas, de repente no están juntos.

Además, Jesús ya tiene personalidad y conciencia de su misión, es así como el se va sólo a la casa del Padre, significado de una entrega completa a Dios, que ya había caracterizado su presentación en el templo.

Maria, será preparada como madre para el misterio de la Redención.

María esta angustiada, donde esta mi hijo se pregunta, al igual que José, sufre los primeros tres minutos de dramatismo, luego las tres primeras horas. Según el relato de Lucas, en el viaje de regreso a Nazaret, María y José, después de unas horas de viaje, preocupados y angustiados por el niño Jesús, lo buscan inútilmente entre sus parientes y conocidos.

¡OH!, Dios Padre, donde estará mi Hijo, se angustia María, mientras la consuela su esposo José, y así pasan tres días dramáticos. “Jesús, al dejar partir a su madre y a José hacia Galilea, sin avisarles de su intención de permanecer en Jerusalén, Jesús los introduce en el misterio del sufrimiento que lleva a la alegría, anticipando lo que realizaría más tarde con los discípulos mediante el anuncio de su Pascua (JP II)”.

De regreso en Jerusalén y después de buscarlo por todas partes, María y José ingresan al templo, y quedan asombrados, ahí esta su Hijo, «sentado en medio de los doctores, escuchándoles y preguntándoles» (Lc 2, 46). María esta algo extrañada por su conducta, José lo observa y se sienta, esta algo cansado, han transcurridos tres días intensos, pero esta feliz, porque tiene frente a sus ojos a Jesús, «Todos los que lo oían estaban estupefactos por su inteligencia y sus respuestas» (Lc 2, 47). Jesús, manifestando una sabiduría que asombra a todos los oyentes, comienza a dar a conocer ese diálogo, que será una característica de su misión salvífica.

Sin embargo para María, como su madre, es necesario preguntarle, «Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando» (Lc 2, 48). Ella reacciona como la verdadera madre que es, muestra el sufrimiento que le causa no saber de su Hijo. «Y ¿por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía ocuparme de las cosas de mi Padre?» (Lc 2, 49)., «Mi Padre», refiriéndose al Padre celestial, ambos miran con cariño a José, quien entiende, a su hijo, y le hace saber su preocupación, en efecto, el esposo de María, reconoce la ascendencia divina de su hijo, pero no deja de lado su responsabilidad como padre que ha criado al niño, que le ha enseñado el arte de la carpintería, que ha jugado con él tantas veces, han cantado junto, ha vigilado su sueño, se ha preocupado de la calidez de hogar.

Pero, Jesús, le pide a sus padres, le permitan cumplir su misión donde lo lleve la voluntad del Padre celestial. «Pero ellos no comprendieron la respuesta que les dio» (Lc 2, 50).

María vivió profundamente este episodio,«conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón» (Lc 2, 51), así ella vincula los acontecimientos al misterio de su Hijo, tal como se le reveló en la Anunciación, y ahonda en ellos en el silencio de la contemplación, ofreciendo su colaboración con el espíritu de un renovado «hágase»

Así comienza una nueva etapa en el caminar de Maria, una madre que se pone al servicio de la Misión de su Hijo divino.

<<Vamos amada mía, dice José>>, mostrando nuevamente lo justo que es, el no encuentra obstáculo en las cosa y obras de Dios, así han de estar dispuestos los hombres de Dios, colaborar, trabajar, vivir, convivir, por Dios y para Dios, de manera generosa.

Así los esposos, solo piensan lo importante es el plan de Dios, entonces siguen viviendo en Nazaret, con el día a día natural, el de madre que cuida de su Hijo según va creciendo, y atiende a su esposo hasta el día que la antecede y es llamado por el Padre.

Maria, hace sol sus labores rutinarias, esta la oración, la conversación con su Hijo, conserva en su corazón las cosas anunciadas, y con mucho amor sabe que esta haciendo el trabajo para Dios, por Dios y por la obra de Dios.

El señor plantó en este bello jardín terrenal, una bella flor, fue la mas bella que se ha conocido, El sabia para que y porque, hoy nuestros ojos se rinden ante su pureza, su corazón, su ternura, sencillez y nobleza, así eres, flor de belleza, brindas felicidad al verte, produces paz el mirarte, eres pétalos de ternura, eres poema de hermosura, el aire se congratula de tenerte, el agua, se emociona al rociarte, la luz se emotiva al alumbrarte, eres flor que no se marchita, pétalos que no se caen, raíces que jamás se secan, en el jardín te veneran.

V. EPÍLOGO

Ciertamente, Maria, no solo fue la Elegida de Dios para que diera a luz a su Hijo, ella debía desempeñar la misión de ser madre, la misión de educar, es así como Dios la colmó de dones especiales, así como también fue buena esposa, buena mujer, buena hermana con todos, buena prima y hoy nuestra buena madre.

Maria educa y enseña las tradiciones de su pueblo a Jesús, le enseña a cantar Salmos, le habla de Moisés, le prepara de comer, le da calidez al hogar, cuida de su sueño y luego de ser madre y educadora, se hace la mas humilde de las discípulas de su Hijo, he ahí la grandeza de la tarea encomendada a la Virgen Madre, ayudar a su Hijo Jesús a crecer, desde la infancia hasta la edad adulta, «en sabiduría, en estatura y en gracia» (Lc 2, 52) y a formarse para su misión.

María nunca deja de ser Madre, Madre de Cristo, Madre de los cristianos, Madre Nuestra, así lo dispuso Dios, el Espíritu Santo ha querido que quedase escrito, para que constase por todas las generaciones.

En efecto, Nuestra Madre María, acompaña a su Hijo paso a paso, día a día, solidaria y apasionada por su misión redentora, alegre y luego sufrida, amando intensamente a su hijo, ocupándose de El.

Acordémonos del relato de las bodas de Caná, imaginemos esa casa de campesinos, con mucho invitados, la música y el canto alegre de una boda, el baile, la alegría del evento, la amena charla y participación de los invitados que han caminado horas y algunos días para llegar a tan hermosa ceremonia que une a los amigos y familias, ahí entre ellos esta María y su Hijo, Ella como buena ama de casa, amable y dedicada para atender a los invitados, se da cuenta sola, y en seguida, “falta vino”, dice, algo muy propio de una buena mujer preocupada del hogar, pronta a advertir los pequeños detalles, que hace tan agradable la vida familiar, así es Maria.

Es así, como Maria, presente siempre en la vida de Jesús, especialmente en el comienzo de la vida pública de su Hijo, porque no, preparando la cena de Jesús y sus amigos, o con el dolor en el camino al calvario.

Hasta el último día, Jesús confió plenamente en su madre, así lo demuestra cuando a Juan, discípulo que la había amado, y que había aprendido a querer a María como a su propia madre y era capaz de entenderla, antes de expirar, allí al pie de la cruz, le dice a su madre: <<Mujer, ahí tienes a tu hijo>> Después, dice al discípulo: <<Ahí tienes a tu madre>>.

Jesús nos invito de esta manera a que pongamos a Santa Maria, su Madre Virgen en nuestras vidas, y nosotros nos acercamos a Ella con confianza, como nuestra Madre, y Ella tan dulce y tierna, tan amorosa no se hace de rogar y nos atiende, incluso se adelanta a nuestras súplicas, su gran maternidad le hace conocer nuestras necesidades y no tarda en acudir en nuestra ayuda. Ella Elegida por Dios, como Madre de Jesús, y entregada por Jesucristo a nosotros como nuestra Madre.

Tenemos miles y miles de motivos para sentirnos de una manera especial, que somos hijos de María.

“Nos acogemos bajo tu protección, Santa Madre de Dios: no desprecies las súplicas que te dirigimos en nuestra necesidad, antes bien sálvanos siempre de todos los peligros, Virgen gloriosa y bendita”

 

María, madre mía, eres dueña de mi corazón

Pedro Sergio Antonio Donoso Brant